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dimecres, 10 de gener del 2018

“SÍ, SÉ QUIÉN FUE JUDAS. UN HOMBRE PARA EL QUE TRABAJÉ Y A QUIÉN ADMIRÉ HASTA QUE SUPE QUE DESHONRÓ SU UNIFORME” (Siete días de mayo, 1964. John Frankenheimer)


Siete días de mayo (Seven Days in May)

Estados Unidos, 1964

Director: John Frankenheimer

Guión: Rod Serling. Basado en una obra de Fletcher Knebel y Charles Waldo Bailey II.

Fotografía: Ellsworth Fredricks

Música: Jerry Goldsmith

Intérpretes:

Burt Lancaster (General James Mattoon Scott)
Kirk Douglas (Coronel Martin Jiggs Casey)
Fredric March (Presidente Jordan Lyman)
Ava Gardner (Eleanor Holbrook)
Edmond O’Brien (Senador Raymond Clark)
Martin Balsam (Paul Girard)
Andrew Duggan (Coronel William Mutt Henderson)
Hugh Marlowe (Harold McPherson)

SINOPSIS: En plena Guerra Fría, un presidente de Estados Unidos en horas bajas, Jordan Lyman, acaba de firmar con los soviéticos un tratado de desarme nuclear. El país, sin embargo, está dividido. Mientras algunos apoyan al presidente Lyman, la gran mayoría parece decantarse por el General Scott, partidario de no fiarse de los rusos y de proseguir con la escalada nuclear. En este contexto, el Coronel Casey descubre que Scott planea dar un golpe de estado aprovechando un simulacro militar que ha de llevarse a cabo en el término de una semana. Durante ese período, el entorno más cercano del presidente habrá de intentar frenar el golpe a toda costa.



Pese a no estar entre los grandes de Hollywood, John Frankenheimer es de aquellos cineastas que —a mi parecer— hubieran merecido algo más de lo que la industria les dio. Personalmente lo he descubierto hace poco tiempo pero tras visionar algunas de sus mejores películas (“El mensajero del miedo”, “El hombre de Alcatraz”, “El tren”, “Siete días de mayo” y “Plan diabólico”) creo que no me equivoco en absoluto al afirmar que estamos ante un director muy interesante que supo desenvolverse muy bien en el ámbito del thriller político y que si bien sería una osadía calificarlo de genio sí podemos considerarlo, sin lugar a dudas, como un realizador solvente, eficaz e incluso muchas veces brillante. Sobre todo en la década de los 60, su período creativo más fructífero y valioso a nivel cualitativo.

Como muestra de ello, pues, mi spoiler de hoy. Una brevísima escena de “Siete días de mayo” que certifica el buen hacer de Frankenheimer tras la cámara y que constituye, al mismo tiempo, un magnífico ejemplo de sus mejores virtudes como narrador: manejo de la tensión, buenos encuadres y mensaje/denuncia. Tres cualidades que compensan con creces —en este caso— una película con una puesta en escena muy austera, con escasa acción y con mucho diálogo.

Pero antes de entrar en materia, recapitulemos. La escena en cuestión viene precedida por otra de vital importancia para entender el desarrollo de los acontecimientos. En esta escena previa se produce un agrio, duro e intenso cara a cara entre el Presidente de los Estados Unidos Jordan Lyman (Fredric March) y el Jefe del Estado Mayor General James Mattoon Scott (Burt Lancaster) en el despacho oval de la Casa Blanca al exigirle el primero al segundo su dimisión irrevocable tras haberse constatado que el General planeaba dar un golpe de estado en las próximas horas aprovechando un simulacro militar. Una escena que también hubiera servido como magnífico spoiler (constituye, sin lugar a dudas, uno de los grandes clímax del film) y que nos deja al rígido, mediático y populista General Scott total y absolutamente furibundo al ver su inminente golpe de estado prácticamente desactivado.




En este contexto es cuando el General Scott (Burt Lancaster) y el Coronel Casey (Kirk Douglas) se encuentran en un hall del Pentágono. Al principio de la escena observamos como Scott se acerca al hall desde el fondo de un pasillo y la cámara fija recoge la acción encuadrándola entre las astas de unas banderas. Concretamente, entre la del Cuerpo de Marines y la de los Estados Unidos. Cuando Scott accede al hall, el Coronel Casey aparece andando a la derecha de la imagen hasta que ambos se detienen, uno frente al otro, en el centro de la sala y se inicia una breve conversación. Antes de eso, sin embargo, Casey le entrega una carta a Scott.



Casey: “Una declaración firmada por el Almirante Barnswell”

Scott: “Coronel, es usted un mercachifle que vende información ¿Ha leído lo suficiente la Biblia para saber quién fue Judas?”

Casey: “Le sugiero que lea el escrito, señor. Lo envía el presidente”

Scott: “Le he hecho una pregunta”

Casey: “¿Es preciso que conteste, señor?”

Scott: “Se lo ordeno”

Casey: “Sí, sé quién fue Judas. Un hombre para el que trabajé y a quién admiré hasta que supe que deshonró su uniforme”



Y aunque este breve diálogo entre Casey y Scott es lo suficientemente claro, concreto y conciso para que cada uno extraiga sus propias conclusiones, permitidme —sin embargo— que haga hincapié en algunos aspectos básicos del cine de Frankenheimer que podemos vislumbrar en esta pequeña pero gran escena. El primero de ellos sería el visual. El encuadre de Casey y Scott entre las banderas, por ejemplo, me parece sencillamente genial. No sólo por el movimiento de ambos hasta llegar a ese punto concreto ni por la imagen marcial que indudablemente destila este plano sino, sobre todo, por la lectura simbólica que de este original encuadre podemos extraer. Y aquí llegamos al segundo aspecto. Al mensaje. No creo que sea accesorio y gratuito que Casey y Scott queden enmarcados entre las banderas del Cuerpo de Marines (izquierda) y la de los Estados Unidos (derecha). Ni tampoco que Scott esté flanqueado por la de los Marines y Casey por la de las barras y estrellas. Yo creo que queda bastante claro que ambas banderas simbolizan el debate interno de Casey y, por ende, el que plantea la película: la lealtad hacia la defensa del país versus la lealtad hacia la defensa de la democracia; uno de los pilares, por cierto, de los Estados Unidos de América.



Y aunque Casey, como militar, se siente lógicamente más próximo al posicionamiento ideológico de Scott respecto a la Unión Soviética, lo que resulta obvio también es que el Coronel no está dispuesto a hacer la vista gorda respecto a los planes de golpe de estado del General. Fundamentalmente porque por muy patriota y anticomunista que pueda ser un militar estadounidense, antes de todo debe ser demócrata y leal a su presidente. Y ése es el posicionamiento que, desde un buen principio, decide adoptar Casey. A pesar de su admiración y lealtad hacia el General Scott, máxima autoridad militar por debajo del Presidente Lyman.




Otro aspecto que me gustaría resaltar es el de la tensión. Un ingrediente que Frankenheimer domina a la perfección y que en este caso acentúa gracias a los pequeños silencios, a las miradas, a los primeros planos y a esa fotografía en blanco y negro tan contrastada de Ellsworth Fredericks (“La gran prueba”, “La invasión de los ladrones de cuerpos”).



Naturalmente, no podemos obviar tampoco la gran labor interpretativa de dos colosos de la pantalla como Burt Lancaster y Kirk Douglas. Su cara a cara en esta escena es, realmente, de alto voltaje. Y aunque por rango Lancaster parece por momentos merendarse a su subalterno, el zaska (como diríamos actualmente) que le acaba soltando Douglas y que encabeza este spoiler me parece, francamente, brutal.  

dijous, 6 de juliol del 2017

“-ES NUEVO EN ESTE TERRITORIO. +YO, SÍ. LA LEY, NO” (Camino de la horca, 1951. Raoul Walsh)


Camino de la horca (Along the Great Divide)

Estados Unidos, 1951

Director: Raoul Walsh

Guión: Walter Doniger y Lewis Meltzer. Basado en una obra de Walter Doniger

Fotografía: Sidney Hickox

Música: David Buttolph

Intérpretes:

Kirk Douglas (Len Merrick)
Virginia Mayo (Ann Keith)
Walter Brennan (Timothy Pop Keith)
John Agar (Billy Shear)
Ray Teal (Lou Gray)
Hugh Sanders (Frank Newcombe)
Morris Ankrum (Ed Roden)
James Anderson (Dan Roden)

SINOPSIS: Sur de Texas, 1865-1870. Len Merrick, sheriff de Santa Loma, impide que los hombres de Ed Roden ahorquen a Timothy Pop Keith, un cuatrero al que acusan de haber robado ganado y de haber asesinado al hijo predilecto del mencionado ranchero. Para evitar la persecución de los Roden, Merrick decide trasladar al detenido y a su hija Anne atravesando el desierto hasta llegar a Santa Loma. Una vez allí, Merrick se debatirá entre su sentido del deber… y de la justicia.  



Posiblemente no sea una de las cintas más reconocidas de Raoul Walsh (“El último refugio”, “Murieron con las botas puestas”, “Juntos hasta la muerte”, “Al rojo vivo”, “El mundo en sus manos”, “Los implacables”…) pero lo que queda fuera de toda duda, a mi juicio, es que “Camino de la horca” constituye un más que correcto paradigma a la hora de constatar por qué su autor es considerado como uno de los mejores (si no el mejor) narradores del cine clásico norteamericano.



Fijaos, si no, en todo lo que Walsh nos cuenta en la escena que hoy vamos a analizar. Una secuencia que, técnicamente, sería la segunda de la película y que en poco más de tres minutos nos proporciona una cantidad de información brutal. Así pues, por lo ágil que discurre, por todo lo que nos cuenta y por la celeridad con la que Walsh consigue meternos de lleno en la historia es por lo que he decidido diseccionar esta gran escena.



Naturalmente, hay más. Por de pronto tenemos como protagonista a Kirk Douglas, un auténtico actorazo. Un intérprete que en 1951 ya estaba plenamente consolidado pero que, aún así, no había rodado todavía ninguna de sus grandes películas. “Camino de la horca” es, por ejemplo, su primer western. Y quizás por ello cuando asociamos a Douglas con alguna peli del oeste lo más habitual es que —antes que “Camino de la horca”— nos vengan a la cabeza títulos como “Río de sangre”, “La pradera sin ley”, “Duelo de titanes”, “El último tren de Gun Hill”, “El último atardecer”, “Los valientes andan solos” o “El día de los tramposos”. Pero eso, por descontado, no le resta ni un ápice de calidad a la interpretación de Kirk Douglas en esta peli. Básicamente porque Kirk Douglas, como casi siempre, está espléndido en su papel de Len Merrick. Un hombre seco, duro, incorruptible que guarda en lo más profundo de su ser un trauma psicológico del que desea redimirse y que más adelante conoceremos. Aún así, creo que es justo y necesario admitir que Len Merrick también exhibe ese particular y genuino sello distintivo que el bueno de Douglas supo imprimir a muchos de sus personajes: me estoy refiriendo a ese típico punto de socarronería, de insolencia, de seducción… Puntos que, aunque más atenuados, también encontraremos —naturalmente— en su personaje de Len Merrick.



Al margen de los actores (Walter Brennan y Virginia Mayo, por ejemplo, están muy bien en este western pese a que en esta escena él no habla y ella no aparece) otro elemento que me parece digno de mención en esta secuencia es el guión. El guión y los diálogos. Y no porque el argumento sea nada del otro mundo sino porque el tiempo que se invierte para introducir al espectador en la historia y los diálogos que se utilizan para relatárnosla son realmente óptimos. Por si fuera poco, además, estamos ante un western de grandes exteriores y el director de fotografía, Sidney Hickox (“El sueño eterno”, “Tener y no tener”, “La senda tenebrosa”, “Al rojo vivo”, “Juntos hasta la muerte”…), consigue sacarle —la verdad sea dicha— un extraordinario partido a ese paisaje seco, árido y rocoso en el que transcurre gran parte de la película.



Pero, bueno, vayamos al grano. La escena empieza con un grupo de hombres a caballo (Ed Roden (Morris Ankrum) y sus secuaces) que se dirigen al típico árbol-cadalso que solemos encontrar en medio del desierto en tantos y tantos westerns para colgar (según la Ley de Lynch, por supuesto) a Timothy Pop Keith (Walter Brennan), un cuatrero acusado de haber robado varias cabezas de ganado y de haber asesinado Ed Roden Jr., uno de los hijos del mencionado ranchero. Para mostrarnos todo ello, Walsh emplea un elegante travelling lateral y un primer plano de la soga de la horca que unidos al nervioso corte musical de David Buttolph (“Pasión de los fuertes”, “La soga”, “Juntos hasta la muerte”, “Misión de audaces”…) y a varios planos de presentación de los asistentes a la ejecución (Timothy Keith, Ed Roden, Dan Roden, Frank Newcombe…) consigue generar un ambiente ciertamente tenso y dramático. Y es en este preciso instante, cuando Ed Roden le lanza el látigo a su hijo Dan (James Anderson) y éste se dispone a atizarle al caballo para que Keith quede colgando de la soga, cuando oímos —de repente— la explícita y tajante orden de Len Merrick (Kirk Douglas), el sheriff de Santa Loma.





Len Merrick: “¡Suelte el látigo!”   



En este momento irrumpen en escena —además de Merrick— Billy Shear (John Agar) y Lou Gray (Ray Teal), los ayudantes del sheriff. Billy Shear se acerca a Keith, le quita la soga del cuello y vuelve junto a sus compañeros. Un magnífico plano medio de Merrick y sus dos hombres servirá, entre otros, para canalizar la conversación entre éstos y Ed Roden y sus secuaces. Cabe mencionar, asimismo, el detalle de Merrick al mostrar la placa de sheriff o marshall escondida bajo la chaqueta cuando el ranchero le pregunta quién es. De hecho, hasta ese momento, nadie sabe quién es el personaje interpretado por Douglas. Ni los espectadores, Y ello implica que la presentación de este personaje (unida a la típica expresión entre arrogante y guasona de Douglas) resulte verdaderamente carismática y molona




Ed Roden: “¿Quién es usted?”

Len Merrick: “Me llamo Merrick. Soy agente federal”

Dan Roden: “Es nuevo en este territorio”

Len Merrick: “Yo, sí. La ley, no”

Dan Roden: “¡La ley es cosa nuestra!”

Ed Roden: “¡Es un asesino! ¡Ese hombre mató a mi hijo!”

Len Merrick: “Si es cierto le ahorcaremos legalmente”

Dan Roden: “¿Qué más da hacerlo ahora que después?”

Len Merrick: “Lo llevaremos a Santa Loma y allí lo juzgarán”

Ed Roden: “¡Lo ahorcaré yo!”



En este momento, Ed Roden desenfunda su revólver y apunta a Merrick. Y aunque Merrick ni se inmuta, sus dos hombres —Billy Shear y Lou Gray— hacen lo propio con Roden.



Len Merrick: “Dispara, Billy”

Ed Roden: “¡Usted caerá primero!”

Len Merrick: “¡Dispara!”

Billy Shear: “Len, es absurdo dar la vida por un asesino”

Y sí, aunque parezca mentira, tras tres escasos minutos de película, ya nos hallamos ante el primer clímax del film. Un clímax que nos mete de lleno en la historia y que nos constata fehacientemente la gran facilidad que tenía Raoul Walsh a la hora de narrar cualquier historia. Imposible hacerlo mejor y/o más rápido. Pero no sólo eso. En tres escasos minutos de película Walsh (y Walter Doniger, por supuesto) nos han dejado también muy claro que Merrick es un hombre tan terco como íntegro y que Roden, asimismo, es un hombre tan terco… como vengativo. 

Len Merrick: “Si me mata, llévalo a Santa Loma. Haz lo que te digo… ¡Dispara! Adelante, llevaos al prisionero. Yo os cubro las espaldas”

El encargado de que no se produzca el más que previsible tiroteo es, sin embargo, Frank Newcombe (Hugh Sanders), uno de los hombres de Roden. El diálogo que viene a continuación explica porqué Newcombe decide desarmar a su jefe cuando este parecía dispuesto a disparar al sheriff para así poder ahorcar al asesino de su hijo.

Frank Newcombe: “Lo siento, Roden. Tuve que hacerlo”

Ed Roden: “¡Ese hombre mató a mi hijo y lo ahorcaré!”

Frank Newcombe: “Oponerse a un agente federal es peligroso”

Dan Roden: “¡Nosotros somos la ley!”

Frank Newcombe: “Deja que tu padre decida. Lo arriesgas todo por una venganza personal”

Ed Roden: “¡Lo he perdido todo!”

Frank Newcombe: “Y yo puedo perder mi rancho”

Ed Roden: “¿Quién viene conmigo?”

Frank Newcombe: “¿No supondréis que es posible ahorcar impunemente a un agente federal y a sus ayudantes?”

Dan Roden: “Una vez muertos y enterrados a nadie le importará quién los mató”

Frank Newcombe: “Estás muy equivocado, Dan… ¡Les importará y mucho!”

Ed Roden: “Ahorcaré al cuatrero. Bueno, estoy esperando…”

Frank Newcombe: “Olvídalo, Roden. Comprendemos lo que sientes. Te acompañaremos a enterrar a Ed”

Ed Roden: “¡Largo de aquí! ¡Todos vosotros! ¿A dónde vas?”

Dan Roden: “A enterrar a Ed”

Ed Roden: “Lo enterraremos en el rancho”

Dan Roden: “Allí pienso llevarlo”

Ed Roden: “Lo llevaré yo solo”

Dan Roden: “Deja que te ayude. Era mi hermano”

Ed Roden: “Era mi hijo”

Dan Roden: “También yo…”

Ed Roden: “Espérame en el rancho. Y reúne a los hombres”

Y ya por último prestemos atención, por favor, a este último diálogo entre Roden y su hijo. Un diálogo que constata que Ed Roden Jr. era, efectivamente, el hijo predilecto del cacique y que Dan (al que hemos visto con una expresión algo perversa y sicótica cuando se disponía a ahorcar a Keith) no parece ser, por así decirlo, trigo limpio. Más adelante veremos por qué.   






dimecres, 14 de desembre del 2016

“DE ACUERDO, CRAIG. EL ÚLTIMO TREN SALE A LAS NUEVE. ME IRÉ EN ÉL. PERO VENDRÁN DOS HOMBRES CONMIGO. Y UNO DE ELLOS LLEVARÁ UN CORTE EN LA CARA” (El último tren de Gun Hill, 1959. John Sturges)


El último tren de Gun Hill (Last train from Gun Hill)

Estados Unidos, 1959

Director: John Sturges

Guión: James Poe. Basado en una obra de Les Crutchfield

Fotografía: Charles Lang

Música: Dimitri Tiomkin

Intérpretes:

Kirk Douglas (Matt Morgan)
Anthony Quinn (Craig Belden)
Carolyn Jones (Linda)
Earl Holliman (Rick Belden)
Brad Dexter (Beero)
Brian Hutton (Lee Smithers)
Ziva Rodann (Catherine Morgan)
Bing Russell (Skag)

SINOPSIS: Tras el asesinato de su esposa, el sheriff Matt Morgan se dirige en tren a Gun Hill para detener a los culpables. Su única pista es una silla de montar con las iniciales de Craig Belden, un viejo amigo que vive allí. Cuando llega a Gun Hill, Morgan descubre que uno de los asesinos es, precisamente, el hijo de su amigo. Con toda la ciudad en su contra —Belden es el cacique local— Morgan no se irá hasta que consiga arrestar a los culpables y llevárselos consigo en el último tren: el de las nueve.



Elegir una sola escena para conmemorar el cumpleaños número 100 de Kirk Douglas no es —sin lugar a dudas— tarea fácil. No en vano estamos hablando de un mito viviente, de uno de los mejores actores de la época dorada de Hollywood con cerca de 100 películas en su haber y un buen puñado de obras maestras. Como “Cautivos del mal”, “Senderos de gloria” o “Espartaco” por citar tan solo tres sencillos ejemplos. Aún así, puesto que me apetecía un montón volver al western y hacía tiempo que le tenía ganas a “El último tren de Gun Hill”, la elección del spoiler de hoy ha sido relativamente fácil.

Naturalmente, la peli de John Sturges tiene varias escenas memorables. A bote pronto se me ocurre la de la violación y posterior asesinato de la esposa de Morgan, algunos espléndidos diálogos entre Morgan y varios ciudadanos de Gun Hill o, evidentemente, la del emocionante duelo final entre Morgan y Belden en la estación.



La escena del spoiler de hoy no es, sin embargo, ninguna de ellas. Pero sí es, por supuesto, mi preferida. Entre otras cosas porque refleja a la perfección una de las grandes virtudes, a mi juicio, de esta película: la tensión. Una tensión que va creciendo poco a poco y por momentos hasta volverse absolutamente insoportable. Aún así, lo que finalmente me ha empujado a elegir la escena que figura en el título de este spoiler ha sido, sobre todo, el extraordinario tour de force interpretativo de sus dos protagonistas: Kirk Douglas y Anthony Quinn. O lo que es lo mismo: Matt Morgan y Craig Belden. Me estoy refiriendo, como no, a la tensa escena del reencuentro entre Matt y Craig en el rancho del segundo.



Antes de meterme de lleno en la mencionada escena, sin embargo, permitidme ya de paso que reivindique un poquito la figura de John Sturges. Fundamentalmente porque —a pesar de su innegable condición de especialista en el género del western— Sturges siempre fue considerado poco más que un hábil artesano. Y precisamente por ello considero que ya va siendo hora que a un cineasta tan preocupado por la puesta en escena, a un cineasta tan preocupado por el uso de la luz, el color y el scope, a un cineasta tan preocupado por el ritmo y la tensión narrativa se le reconozca como lo que fue: un autor. Sobre todo cuando pelis como “Conspiración de silencio” (1955), “Duelo de titanes” (1957), “Los siete magníficos” (1960) o “La gran evasión” (1963), por ejemplo, así lo certifican.



Pero bueno, dejémonos de prolegómenos y vayamos a la escena en cuestión. Una secuencia, por cierto, que ya de por sí es suficientemente explícita gracias a la elocuente conversación mantenida entre Matt Morgan (Kirk Douglas) y Craig Belden (Anthony Quinn), sus dos protagonistas. Así pues, lo que un servidor va a hacer con esta escena, simplemente, es comentarla muy por encima. Intentando describir —tan sólo— algunos detalles o gestos que por fuerza escapan al diálogo entre estos dos viejos amigos.

La escena del spoiler de hoy empieza, pues, con la llegada de Craig Belden y Beero (Brad Dexter), su capataz, al rancho del primero. En él aguarda Matt Morgan, quien ha venido a devolverle a Belden una silla de montar con sus iniciales. El quid de la cuestión radica en que la mencionada silla es la única pista que Matt dispone acerca de los asesinos de su mujer. Naturalmente, Morgan cree que alguien ha robado el caballo con la silla de Belden y, a posteriori, ha cometido el crimen. Por su parte, Belden cree que quien le espera para devolverle la silla es el propio ladrón o alguien que desea obtener con esa devolución algún tipo de recompensa. Lo primero que vemos, en cualquier caso, es un pequeño carruaje y la silla de montar de Belden frente a la puerta del rancho del cacique.



Craig Belden: Lleva la silla al cuarto de arreos”

Beero: “¿Me necesita, Sr. Belden?”

Craig Belden: “No. Y di que la limpien”



Craig Belden: “¿Matt?”

Matt Morgan: “Hola, Craig”

Craig Belden: “¡Matt Morgan! ¡Y yo que venía a pegarle una paliza a un cuatrero! ¡No cambiaría esto por nada!”



Matt Morgan: “Te he traído tu silla”

Craig Belden: “Ya lo veo ¿Dónde la encontraste?”

Matt Morgan: “Muy lejos de tu casa. En Pawley”

Craig Belden: “¿Cogiste a los ladrones?”

Matt Morgan: “Lo haré”

Craig Belden: “Seguro. Venga, pasa. Tenemos muchos tragos que recuperar”

Toda esta parte transcurre en la antesala del despacho de Craig Belden. El saludo entre ambos es franco, cálido y sincero. Se nota que fueron grandes amigos, que hace tiempo que no se ven y que realmente se alegran de reencontrarse. Acto seguido ambos entran al ostentoso y recargado despacho de Craig. Un despacho verdaderamente barroco: con una gran lámpara, sillones de cuero, lujosos muebles, candelabros, alfombras, cuadros, cornamentas y cabezas de animales disecados en las paredes, una gran chimenea… A la suntuosidad del despacho me gustaría añadir también la impresionante saturación de colores que evidencia la fotografía del gran Charles Lang Jr. Me recordó enormemente al predominio de los tonos rojizos del despacho del Capitán Wade Hunnicutt (Robert Mitchum) en “Con él llegó el escándalo” (1960), de Vincente Minnelli. En ambos casos, tanto la puesta en escena como el cromatismo responden —a mi juicio— a connotaciones de clara simbología sexual dominante. Así pues, tanto Belden como Hunnicutt son cazadores, depredadores. Machos Alfa, vaya.       

Matt Morgan: “Muchos años, Craig”

Craig Belden: “Sí ¿Qué te parece, eh? No está mal para un viejo trotamundos”



Matt Morgan: “No has cambiado. Excepto en esto”

Craig Belden: “Al diablo con esto. Toma. Brindemos por los viejos tiempos y la amistad ¿Sabes, Matt? Creo que no he tenido ningún amigo desde que nos separamos. Los tengo… pero a sueldo, desde luego. Anda, siéntate. Vaya, vaya… ¿Quién diría que te vería convertido en un sheriff?

Matt Morgan: “Me di cuenta de que el otro lado no valía la pena”



Craig Belden: “¡Por la ley! Matt, ojalá te hubieras unido a mí. Tengo toda esta zona controlada. Pero todavía puedes ser mi socio”



Matt Morgan: “No, gracias. Me gusta lo que hago”

Craig Belden: “Tengo todo lo que quiero pero a una sola persona fiel, mi hijo Rick. Mi mujer murió”

Matt Morgan: “No lo sabía”



Craig Belden: “Hace nueve años. Así es la vida. Trabajas toda la vida por algo y un día, de repente, la razón por la que la que trabajabas ya no está… Te pongo otro”



Hasta este momento todo transcurre con normalidad. Como ya hemos comentado, Matt y Craig son dos buenos amigos que se han reencontrado tras muchos años sin verse y —obviamente— lo que hacen al volverse a ver es hablar y echar un trago con total y absoluta cordialidad. Naturalmente, Craig se muestra más espontáneo y efusivo que Matt. Para él ese reencuentro constituye una simple casualidad. Como si el destino hubiera querido reunirles de nuevo sin otro propósito que el de tomarse unos tragos y ponerse al día. Pero Matt no está ahí por esa razón. Y eso se nota en su cara, en sus gestos, en sus palabras. Se le nota algo cohibido, algo forzado. No en vano Matt está ahí para indagar quién puede haber violado y asesinado a su esposa. De ahí ese curioso gesto con la mano cubriéndose el rostro cuando empieza su particular interrogatorio. Poco a poco observaremos como la expresión de su rostro va cambiando. La de él y la de Craig, por supuesto. Y es que a medida que cada uno de ellos va sacando sus propias conclusiones, la tensión va en aumento. 

Matt Morgan: “Craig, cuéntame lo de la silla de montar”

Craig Belden: “Rick la cogió prestada. Iba a Dodge City con su amigo, Lee. De regreso, pararon en Pawley a tomar algo. Cuando salieron, habían desaparecido los caballos y mi silla también”

Matt Morgan: “¿Qué día pasó?”

Craig Belden: “Veamos… El domingo pasado”

Matt Morgan: “El día que mataron a mi mujer”



Craig Belden: “¿Tu mujer?”

Matt Morgan: “Los que robaron tu silla, asesinaron a mi mujer. Por eso los busco”



Craig Belden: “Vaya… Lo siento, Matt. Y yo preocupado por unos malditos caballos… Con razón los estás buscando. Sabes dónde estoy si necesitas algo. Cuenta conmigo”



Matt Morgan: “Estuve en la oficina todo el día, el día que ocurrió. Es raro que tu hijo no denunciara el robo de los caballos”

Craig Belden: “Ni se le habrá ocurrido. Aquí nadie acude al sheriff. Todos vienen a mí”

Matt Morgan: “Ya…”

Craig Belden: “¿Tienes alguna pista? Podrían entrar aquí y no sabrías quiénes son”

Matt Morgan: “No conocería a los dos. Pero... a uno sí”

Craig Belden: “Muy bien ¿Cómo?”

Matt Morgan: “Mi mujer le cruzó el rostro con el látigo. Petey estaba ahí”



Craig Belden: “¿Petey?”

Matt Morgan: “Yo también tengo un hijo. Tiene nueve años y estaba ahí, Craig. Petey dijo que le abrió la mejilla hasta el hueso”

Craig Belden: “Bueno, eso ya es algo”

Matt Morgan: “Un corte así dejará la marca durante algún tiempo”

Y yo diría que en este preciso instante es cuando empieza lo que podríamos considerar propiamente como el clímax de la escena. Básicamente porque el detalle de la marca del latigazo en el rostro del asesino que saca a relucir Matt desvela en Craig cualquier duda: definitivamente, su vástago es el asesino de la esposa de su amigo. Una revelación que hace mella en su rostro y que lo empuja a actuar nerviosamente, sirviéndose whisky y encendiéndose un cigarro a continuación. Naturalmente, Matt se da cuenta de su inquietud. Y con ello, de que sus más terribles sospechas son ciertas. Aún así, necesita una confirmación definitiva. Una confesión. Y debido a ello, sigue interrogándole.

Craig Belden: “Sí, supongo que sí”

Matt Morgan: “Creo que debería hablar con tu hijo y su amigo”

Craig Belden: “No están. Pero no podrán contarte más de lo que me han contado a mí. Estaban en un bar en Pawley y les robaron los caballos. Eso es todo”

Matt Morgan: “¿Eso es lo que te ha dicho tu hijo?”

Craig Belden: “Es lo que me dijeron ambos”

Matt Morgan: “¿Cuál de los dos tiene el corte, Craig?”

Craig Belden: “¿Qué?”

Y este vendría a ser el punto más álgido del clímax. Cuando Craig, que no ha parado de moverse en toda la escena, se sienta en una butaca y Matt, que ha estado sentado durante toda la conversación, se levanta y pronuncia muy clara y lentamente una frase que, sin lugar a dudas, incrimina a uno de los dos vaqueros de Belden.

Matt Morgan: “La marca que le dejó mi mujer antes de que la violaran y la mataran”



Craig Belden: “¿De qué estás hablando?”

Matt Morgan: “Tu hijo. Es un mentiroso”

Craig Belden: “Matt...”

Matt Morgan: “¡Miente! Tenemos dos bares en Pawley. Ninguno abre los domingos”

Craig Belden: “Lo habré entendido mal. Quizá no fuera el domingo...”

Matt Morgan: “¿Quién tiene el corte, Craig? Fue tu hijo ¿verdad?”

Craig Belden: “No, Matt”

Matt Morgan: “¡Fue él!”

Craig Belden: “No, Matt. No fue él”

Matt Morgan: “Lo averiguaré, Craig. Aunque tarde años, lo encontraré. Y todavía tendrá ese corte”

Craig Belden: “¿Y si los localizo yo por ti?”

Matt Morgan: “Me los llevaría a Pawley. Irían a juicio por violación y asesinato”

Hasta este momento hemos asistido al típico juego de plano y contraplano entre dos interlocutores: uno sentado y el otro, de pie. Primero Matt sentado y Craig de pie y, a continuación, al revés. Pero a partir de aquí hasta el final de la escena contemplaremos a los dos hombres de pie, frente a frente. Douglas vs. Quinn o Quinn vs. Douglas. Dos monstruos de la interpretación cara a cara. Matt haciéndole saber a su amigo que detendrá a su hijo cueste lo que cueste. Que lo llevará hasta el juez para que caiga sobre él todo el peso de la ley. Y Craig dejándole muy claro a su amigo que no va a permitir que arreste a su hijo. La ley por un lado y la familia por el otro. Un enfrentamiento con aroma a tragedia clásica que ya nos anticipa que uno de los dos, sin lugar a dudas, va a salir perdiendo.

Craig Belden: “Matt, eres mi mejor amigo. Haría lo que fuera por ti. Pero deja en paz al chico. Estamos hablando de mi hijo”

Matt Morgan: “No, Craig. Estamos hablando de mi mujer”



Craig Belden: “¡No toques al chico! El sheriff y todo el pueblo me pertenecen. Te irás en el próximo tren, Matt”

Matt Morgan: “De acuerdo, Craig. El último tren sale a las nueve. Me iré en él. Pero vendrán dos hombres conmigo. Y uno de ellos llevará un corte en la cara”



Lo dicho, pues: una escena de gran tensión dramática magistralmente orquestada por John Sturges, con unos espléndidos diálogos a cargo de James Poe y —por supuesto— un monumental duelo interpretativo gentileza de un par de colosos: Kirk Douglas y Anthony Quinn; dos actores que ya habían coincidido en “Ulises” (1954), de Mario Camerini y Mario Bava, y “El loco del pelo rojo” (1956), de Vincente Minnelli, y que —como no podía ser de otro modo— nos ofrecen en “El último tren de Gun Hill” una auténtica lección de cómo componer un personaje de fuerte carácter. Llámese Matt Morgan o llámese Craig Belden.

Aún así, el que acaba de cumplir 100 años y sigue vivo es Kirk Douglas. Y aunque Anthony Quinn siempre me ha gustado muchísimo y en esta peli está francamente soberbio, el homenaje de hoy va —como no— para el hombre del hoyuelo. Para él, para Matt Morgan, Doc Holliday, Jonathan Shields, Vincent Van Gogh, Einar, Espartaco, Chuck Tatum, Midge Kelly, Jack Burns, Paris Pitman, Ned Land, el Coronel Dax y para tantos otros. Muchas Gracias, Issur Danielovitch Demsky. Muchas gracias, Mr. Douglas.