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dijous, 6 de juliol del 2017

“-ES NUEVO EN ESTE TERRITORIO. +YO, SÍ. LA LEY, NO” (Camino de la horca, 1951. Raoul Walsh)


Camino de la horca (Along the Great Divide)

Estados Unidos, 1951

Director: Raoul Walsh

Guión: Walter Doniger y Lewis Meltzer. Basado en una obra de Walter Doniger

Fotografía: Sidney Hickox

Música: David Buttolph

Intérpretes:

Kirk Douglas (Len Merrick)
Virginia Mayo (Ann Keith)
Walter Brennan (Timothy Pop Keith)
John Agar (Billy Shear)
Ray Teal (Lou Gray)
Hugh Sanders (Frank Newcombe)
Morris Ankrum (Ed Roden)
James Anderson (Dan Roden)

SINOPSIS: Sur de Texas, 1865-1870. Len Merrick, sheriff de Santa Loma, impide que los hombres de Ed Roden ahorquen a Timothy Pop Keith, un cuatrero al que acusan de haber robado ganado y de haber asesinado al hijo predilecto del mencionado ranchero. Para evitar la persecución de los Roden, Merrick decide trasladar al detenido y a su hija Anne atravesando el desierto hasta llegar a Santa Loma. Una vez allí, Merrick se debatirá entre su sentido del deber… y de la justicia.  



Posiblemente no sea una de las cintas más reconocidas de Raoul Walsh (“El último refugio”, “Murieron con las botas puestas”, “Juntos hasta la muerte”, “Al rojo vivo”, “El mundo en sus manos”, “Los implacables”…) pero lo que queda fuera de toda duda, a mi juicio, es que “Camino de la horca” constituye un más que correcto paradigma a la hora de constatar por qué su autor es considerado como uno de los mejores (si no el mejor) narradores del cine clásico norteamericano.



Fijaos, si no, en todo lo que Walsh nos cuenta en la escena que hoy vamos a analizar. Una secuencia que, técnicamente, sería la segunda de la película y que en poco más de tres minutos nos proporciona una cantidad de información brutal. Así pues, por lo ágil que discurre, por todo lo que nos cuenta y por la celeridad con la que Walsh consigue meternos de lleno en la historia es por lo que he decidido diseccionar esta gran escena.



Naturalmente, hay más. Por de pronto tenemos como protagonista a Kirk Douglas, un auténtico actorazo. Un intérprete que en 1951 ya estaba plenamente consolidado pero que, aún así, no había rodado todavía ninguna de sus grandes películas. “Camino de la horca” es, por ejemplo, su primer western. Y quizás por ello cuando asociamos a Douglas con alguna peli del oeste lo más habitual es que —antes que “Camino de la horca”— nos vengan a la cabeza títulos como “Río de sangre”, “La pradera sin ley”, “Duelo de titanes”, “El último tren de Gun Hill”, “El último atardecer”, “Los valientes andan solos” o “El día de los tramposos”. Pero eso, por descontado, no le resta ni un ápice de calidad a la interpretación de Kirk Douglas en esta peli. Básicamente porque Kirk Douglas, como casi siempre, está espléndido en su papel de Len Merrick. Un hombre seco, duro, incorruptible que guarda en lo más profundo de su ser un trauma psicológico del que desea redimirse y que más adelante conoceremos. Aún así, creo que es justo y necesario admitir que Len Merrick también exhibe ese particular y genuino sello distintivo que el bueno de Douglas supo imprimir a muchos de sus personajes: me estoy refiriendo a ese típico punto de socarronería, de insolencia, de seducción… Puntos que, aunque más atenuados, también encontraremos —naturalmente— en su personaje de Len Merrick.



Al margen de los actores (Walter Brennan y Virginia Mayo, por ejemplo, están muy bien en este western pese a que en esta escena él no habla y ella no aparece) otro elemento que me parece digno de mención en esta secuencia es el guión. El guión y los diálogos. Y no porque el argumento sea nada del otro mundo sino porque el tiempo que se invierte para introducir al espectador en la historia y los diálogos que se utilizan para relatárnosla son realmente óptimos. Por si fuera poco, además, estamos ante un western de grandes exteriores y el director de fotografía, Sidney Hickox (“El sueño eterno”, “Tener y no tener”, “La senda tenebrosa”, “Al rojo vivo”, “Juntos hasta la muerte”…), consigue sacarle —la verdad sea dicha— un extraordinario partido a ese paisaje seco, árido y rocoso en el que transcurre gran parte de la película.



Pero, bueno, vayamos al grano. La escena empieza con un grupo de hombres a caballo (Ed Roden (Morris Ankrum) y sus secuaces) que se dirigen al típico árbol-cadalso que solemos encontrar en medio del desierto en tantos y tantos westerns para colgar (según la Ley de Lynch, por supuesto) a Timothy Pop Keith (Walter Brennan), un cuatrero acusado de haber robado varias cabezas de ganado y de haber asesinado Ed Roden Jr., uno de los hijos del mencionado ranchero. Para mostrarnos todo ello, Walsh emplea un elegante travelling lateral y un primer plano de la soga de la horca que unidos al nervioso corte musical de David Buttolph (“Pasión de los fuertes”, “La soga”, “Juntos hasta la muerte”, “Misión de audaces”…) y a varios planos de presentación de los asistentes a la ejecución (Timothy Keith, Ed Roden, Dan Roden, Frank Newcombe…) consigue generar un ambiente ciertamente tenso y dramático. Y es en este preciso instante, cuando Ed Roden le lanza el látigo a su hijo Dan (James Anderson) y éste se dispone a atizarle al caballo para que Keith quede colgando de la soga, cuando oímos —de repente— la explícita y tajante orden de Len Merrick (Kirk Douglas), el sheriff de Santa Loma.





Len Merrick: “¡Suelte el látigo!”   



En este momento irrumpen en escena —además de Merrick— Billy Shear (John Agar) y Lou Gray (Ray Teal), los ayudantes del sheriff. Billy Shear se acerca a Keith, le quita la soga del cuello y vuelve junto a sus compañeros. Un magnífico plano medio de Merrick y sus dos hombres servirá, entre otros, para canalizar la conversación entre éstos y Ed Roden y sus secuaces. Cabe mencionar, asimismo, el detalle de Merrick al mostrar la placa de sheriff o marshall escondida bajo la chaqueta cuando el ranchero le pregunta quién es. De hecho, hasta ese momento, nadie sabe quién es el personaje interpretado por Douglas. Ni los espectadores, Y ello implica que la presentación de este personaje (unida a la típica expresión entre arrogante y guasona de Douglas) resulte verdaderamente carismática y molona




Ed Roden: “¿Quién es usted?”

Len Merrick: “Me llamo Merrick. Soy agente federal”

Dan Roden: “Es nuevo en este territorio”

Len Merrick: “Yo, sí. La ley, no”

Dan Roden: “¡La ley es cosa nuestra!”

Ed Roden: “¡Es un asesino! ¡Ese hombre mató a mi hijo!”

Len Merrick: “Si es cierto le ahorcaremos legalmente”

Dan Roden: “¿Qué más da hacerlo ahora que después?”

Len Merrick: “Lo llevaremos a Santa Loma y allí lo juzgarán”

Ed Roden: “¡Lo ahorcaré yo!”



En este momento, Ed Roden desenfunda su revólver y apunta a Merrick. Y aunque Merrick ni se inmuta, sus dos hombres —Billy Shear y Lou Gray— hacen lo propio con Roden.



Len Merrick: “Dispara, Billy”

Ed Roden: “¡Usted caerá primero!”

Len Merrick: “¡Dispara!”

Billy Shear: “Len, es absurdo dar la vida por un asesino”

Y sí, aunque parezca mentira, tras tres escasos minutos de película, ya nos hallamos ante el primer clímax del film. Un clímax que nos mete de lleno en la historia y que nos constata fehacientemente la gran facilidad que tenía Raoul Walsh a la hora de narrar cualquier historia. Imposible hacerlo mejor y/o más rápido. Pero no sólo eso. En tres escasos minutos de película Walsh (y Walter Doniger, por supuesto) nos han dejado también muy claro que Merrick es un hombre tan terco como íntegro y que Roden, asimismo, es un hombre tan terco… como vengativo. 

Len Merrick: “Si me mata, llévalo a Santa Loma. Haz lo que te digo… ¡Dispara! Adelante, llevaos al prisionero. Yo os cubro las espaldas”

El encargado de que no se produzca el más que previsible tiroteo es, sin embargo, Frank Newcombe (Hugh Sanders), uno de los hombres de Roden. El diálogo que viene a continuación explica porqué Newcombe decide desarmar a su jefe cuando este parecía dispuesto a disparar al sheriff para así poder ahorcar al asesino de su hijo.

Frank Newcombe: “Lo siento, Roden. Tuve que hacerlo”

Ed Roden: “¡Ese hombre mató a mi hijo y lo ahorcaré!”

Frank Newcombe: “Oponerse a un agente federal es peligroso”

Dan Roden: “¡Nosotros somos la ley!”

Frank Newcombe: “Deja que tu padre decida. Lo arriesgas todo por una venganza personal”

Ed Roden: “¡Lo he perdido todo!”

Frank Newcombe: “Y yo puedo perder mi rancho”

Ed Roden: “¿Quién viene conmigo?”

Frank Newcombe: “¿No supondréis que es posible ahorcar impunemente a un agente federal y a sus ayudantes?”

Dan Roden: “Una vez muertos y enterrados a nadie le importará quién los mató”

Frank Newcombe: “Estás muy equivocado, Dan… ¡Les importará y mucho!”

Ed Roden: “Ahorcaré al cuatrero. Bueno, estoy esperando…”

Frank Newcombe: “Olvídalo, Roden. Comprendemos lo que sientes. Te acompañaremos a enterrar a Ed”

Ed Roden: “¡Largo de aquí! ¡Todos vosotros! ¿A dónde vas?”

Dan Roden: “A enterrar a Ed”

Ed Roden: “Lo enterraremos en el rancho”

Dan Roden: “Allí pienso llevarlo”

Ed Roden: “Lo llevaré yo solo”

Dan Roden: “Deja que te ayude. Era mi hermano”

Ed Roden: “Era mi hijo”

Dan Roden: “También yo…”

Ed Roden: “Espérame en el rancho. Y reúne a los hombres”

Y ya por último prestemos atención, por favor, a este último diálogo entre Roden y su hijo. Un diálogo que constata que Ed Roden Jr. era, efectivamente, el hijo predilecto del cacique y que Dan (al que hemos visto con una expresión algo perversa y sicótica cuando se disponía a ahorcar a Keith) no parece ser, por así decirlo, trigo limpio. Más adelante veremos por qué.   






divendres, 21 d’abril del 2017

“AL FIN NOS ACERCAMOS A LA CIVILIZACIÓN” (Los implacables, 1955. Raoul Walsh)


Los implacables (The tall men)

Estados Unidos, 1955

Director: Raoul Walsh

Guión: Frank S. Nugent y Sydney Boehm

Fotografía: Leo Tover

Música: Victor Young

Intérpretes:

Clark Gable (Ben Allison)
Jane Russell (Nella Turner)
Robert Ryan (Nathan Stark)
Cameron Mitchell (Clint Allison)
Juan García (Luis)
Harry Shannon (Sam)
Emile Meyer (Chickasaw Charlie)
Stevan Darrell (Col. Norris)

SINOPSIS: Montana, 1866. Ben y Clint Allison son dos excombatientes confederados que llegan a Mineral City con objeto de hacerse ricos robando ganado. Una vez en la ciudad, un poderoso ganadero llamado Nathan Stark les propondrá conducir ganado de Montana a Texas. Durante ese viaje de 1.800 millas, sin embargo, surgirá una gran rivalidad entre Ben y Nathan por el amor de Nella Turner, una mujer a la que Ben salva la vida pero que acabará deslumbrada por la desmesurada ambición de Nathan. 



Otra escena cortita. Tan cortita como dura, impactante y absolutamente mordaz. Y encima, al principio de la peli. Recién superados los títulos de crédito iniciales e inmediatamente después del típico cartel explicativo que solemos encontrarnos en muchos westerns de los años 40 y 50. Para entrar de lleno en la peli, vamos. Crudamente y sin anestesia. Como a mi me gusta.

Me estoy refiriendo —como habréis podido deducir— a la escena del ahorcado de “Los implacables”, de Raoul Walsh. Un western que no acostumbra a figurar entre los más reconocidos de este grandísimo cineasta (“Murieron con las botas puestas”, “Perseguido”, “Juntos hasta la muerte”, “Camino de la horca”…) y que a mi me parece, sin embargo, sencillamente excepcional. Y me lo parece, fundamentalmente, porque uno de los sellos distintivos de Walsh siempre fue su gran capacidad para sumergirnos en sus historias de forma clara y directa. Sin preámbulos, ambages o circunloquios. Al grano, vaya. Como mandan los cánones del cine clásico. Y eso es algo que, sin lugar a dudas, podemos constatar desde la primera secuencia de “Los implacables”. Un western que entremezcla hábilmente los habituales códigos del género con algo de romance y cine de aventuras (el otro género en el que destacó Walsh) y que atrapa al espectador desde el minuto 1. Me explico.

Por de pronto estamos ante un western que arranca con un telón de fondo visual absolutamente extraordinario. No tan sólo por la belleza y espectacularidad de los paisajes que podemos contemplar en pantalla y que plasma magistralmente Leo Tover sino porque tampoco es demasiado habitual, la verdad sea dicha, que un western cincuentero se desarrolle en un entorno nevado. Y quizás por eso, por toparnos con una naturaleza tan asombrosa y desbordante, resulta prácticamente imposible que cualquiera de nosotros —como simples y meros espectadores— no nos quedemos literalmente prendados de esas impresionantes imágenes.



Por si fuera poco, además, lo primero que podemos leer cuando finalizan los títulos de crédito es un cartel explicativo que nos pone en situación y que dice lo siguiente:

MONTANA TERRITORY
1866

They came from the South, headed for the goldfields… Ben and Clint Allison, lonely, desperate man. Riding away from a heartbreak memory of Gettysburg. Looking for a new life. A story of tall men – and long shadows

Algo así como:

TERRITORIO DE MONTANA
1866

Desde el Sur se dirigían a los yacimientos de oro... Ben y Clint Allison, solos y desesperados, cabalgaban para alejarse del doloroso recuerdo de Gettysburg. Buscando una nueva vida. Una historia de hombres de talla y largas sombras



Con dicha información ya sabemos, pues, que esos dos jinetes que vemos avanzar trabajosamente con sus caballos por el espeso manto de nieve que los rodea son dos excombatientes confederados. Dos perdedores, vaya. Lo sabemos por la fecha que aparece en el cartel (en 1866 la Guerra de Secesión había finalizado un año antes) y también porque la Batalla de Gettysburg (del 1 al 3 de julio de 1863) significó un importantísimo punto de inflexión en la guerra. Básicamente porque fue la ofensiva con mayor número de bajas en un campo de batalla norteamericano (22.000 nordistas y 30.000 sudistas) y porque, a la postre, constituyó una gran victoria para el ejército de la Unión y una auténtica hecatombe para el ejército confederado. Un desastre que los hermanos Allison pretenden dejar atrás buscándose la vida en Montana (noroeste de los Estados Unidos) e iniciando, a su vez, una nueva vida solo al alcance de verdaderos hombres de talla (atención al título original del film: The tall men) como ellos mismos.



En poco más de 10 segundos, por consiguiente, ya estamos metidos de lleno en una historia que promete y mucho. Una historia con tintes épicos y aventureros (el propio título y el punto de partida argumental así parecen anticiparlo) que se ve enriquecida, además, por un plano y una frase total y absolutamente escalofriantes.

Me estoy refiriendo, como no, a ese plano de un hombre colgado de un árbol a lo lejos y a la frase que, acto seguido, le dirige Ben (Clark Gable) a su hermano Clint (Cameron Mitchell):



Ben Allison: “Al fin nos acercamos a la civilización”

Una frase que asocia la brutalidad y la ley del más fuerte con la civilización y que no deja de ser, obviamente, una de las sentencias más cínicas y mordaces que he podido escuchar en un western. En primer lugar porque yo interpreto que con ella Ben Allison no solo carga contra la barbarie del ser humano sino —más concretamente— contra el salvajismo y la ignorancia de los nordistas; gentes mucho más rudas e incultas que los educados y elegantes señoritos del sur. Pero, vamos, no me hagáis mucho caso. Quizás esa impresión proceda de que cada vez que veo a Clark Gable en pantalla no puedo evitar asociarlo al Rhett Butler de “Lo que el viento se llevó”.



En cualquier caso, mi teoría también se vería reforzada con la subsiguiente réplica de Clint Allison. Una réplica que constata que los hermanos Allison no acaban de sintonizar demasiado con la gente del norte y que dice así:

Clint Allison: “No cambiaría medio acre de Texas por todo el territorio de Montana”



Y poco más. Dicho esto Ben y Clint dirigen su mirada a Mineral City, el pueblo que se ve a lo lejos, y prosiguen su camino. Aún así, os recomiendo que —si no la habéis visionado nunca— no os conforméis con esta primera y brevísima secuencia y veáis la película entera. Una cinta que destaca por su proporcionada fusión de drama, aventura, humor y romance, y que gracias a la dimensión humana de sus personajes, a sus estupendos diálogos, a su espectacular fotografía y a las brillantes interpretaciones de su trío protagonista (Gable, Russell y Ryan nada menos) se disfruta enormemente. Palabra.





dimarts, 9 d’agost del 2016

“PASEAR A SU LADO POR LA VIDA FUE MUY AGRADABLE, SEÑORA” (Murieron con las botas puestas, 1941. Raoul Walsh)


Murieron con las botas puestas (They died with their boots on)

Estados Unidos, 1941

Director: Raoul Walsh

Guión: Wally Kline y Aeneas McKenzie

Fotografía: Bert Glennon

Música: Max Steiner

Intérpretes:

Errol Flynn (George Armstrong Custer)
Olivia de Havilland (Elizabeth Bacon)
Arthur Kennedy (Ned Sharp)
Charley Grapewin (California Joe)
Gene Lockhart (Samuel Bacon)
Anthony Quinn (Crazy Horse)
Stanley Ridges (Romulus Taipe)
John Litel (Phil Sheridan)
Walter Hampden (William Sharp)
Sydney Greenstreet (Winfield Scott)

SINOPSIS: Academia de West Point, 1861. Poco antes del inicio de la Guerra de Secesión (1861-1865) un joven, arrogante e indisciplinado George Armstrong Custer se gradúa como ultimo cadete de su promoción y, gracias a su valentía y méritos militares durante la contienda, se convierte en un auténtico héroe nacional. Tras la Guerra —ya casado con Elizabeth Bacon e incapaz de adaptarse a la vida civil— vive una crítica y deprimente etapa personal hasta que se reincorpora al Séptimo de Caballería para prestar un último servicio al país. Su misión: enfrentarse a los Sioux de Caballo Loco en Little Big Horn (1876).



Verdaderamente “Murieron con las botas puestas” es una de esas pelis que ya no se estilan. Un auténtico clasicazo que entremezcla sabiamente un montón de topics (western, biopic, drama, aventuras, histórica, bélica, romance…) y que corrobora a la perfección por qué Raoul Walsh está considerado uno de los mejores directores norteamericanos de la década de los 40. Y es que si una cosa me fascina enormemente de estos cineastas clásicos (llámese Ford, Hawks, Wellman o Walsh) es su extraordinaria agilidad narrativa. Esa increíble capacidad de explicarte una historia como Dios manda en 70-80 minutos. Imaginaos, por consiguiente, qué puede hacer un realizador de esta categoría si dispone de 140 minutos. Como Walsh en “Murieron con las botas puestas”. El resultado, como podréis deducir, no es una simple película. Es un peliculón. Una epopeya. Una obra maestra en la que, como ya hemos señalado, cabe de todo. Incluso cierta (o mucha) idealización respecto al personaje de George Armstrong Custer, por supuesto.

Pero es que para eso sirve el cine, amigos. Para contarnos historias. Para transmitirnos pensamientos, ideas, mensajes… Para hacernos disfrutar visualmente. Para emocionarnos, vaya. Y a fe de Dios que Walsh lo consigue sobradamente. Con ésta y con todas sus pelis, por supuesto. Pero hoy toca ésta. Y de todas las escenas memorables de “Murieron con las botas puestas” (unas cuantas, por cierto) he decidido quedarme, quizás, con la más romántica e intimista de todas. La de la despedida entre Custer y su esposa antes de la batalla final en Little Big Horn.

Así pues, olvidémonos por un momento de exaltaciones patrióticas. De críticas a políticos corruptos y a empresarios oportunistas. De enfrentamientos entre rostros pálidos y pieles rojas. De la mitificada y épica figura del General Custer. Y centrémonos, definitivamente, en la hermosa relación sentimental entre George y Elizabeth. Porque si bien “Murieron con las botas puestas” constituye un impresionante fresco de uno de los períodos más importantes de la historia de los Estados Unidos de América, que duda cabe que secuencias como la que hoy nos ocupa también han contribuido a hacer de esta peli un clásico total y absolutamente imperecedero.



La escena en cuestión se desarrolla en los aposentos privados de Custer y su esposa, dónde ambos preparan el equipaje de campaña que nuestro protagonista necesitará en el campo de batalla. Concretamente en Black Hills, territorio indio sagrado donde los Sioux, los Cheyennes y otras tribus indias aguardan impacientes la llegada del ejército yankee. Nos estamos refiriendo, obviamente, a la célebre batalla de Little Big Horn (25-26 de junio de 1876), donde 268 soldados norteamericanos (entre ellos, Custer) fueron masacrados por los indios de Toro Sentado y Caballo Loco.

Lo primero que nos muestra la cámara, en cualquier caso, es a George A. Custer (Errol Flynn) colocándose una vistosa casaca de flecos por encima del uniforme mientras Elizabeth (Olivia de Havilland), su esposa, le abrocha la valija y repasa verbalmente con su marido el utillaje necesario para la campaña.

Custer: “Bueno, vamos a ver… ¿Olvido algo?”

Elizabeth: “¿Gemelos de campaña?”

Custer: “Sí”

Elizabeth: “¿Brújula?”

Custer: “La tengo”

Elizabeth: “¿El reloj?”

Custer: “¿El reloj? No”



Llegados a este punto es cuando Walsh —mediante Custer, por supuesto— nos hace cómplices de un desenlace, sin lugar a dudas, anunciado. En primer lugar porque la historia real de los acontecimientos ya nos ha proporcionado previamente dicha información. Y en segundo, porque la reacción del propio Custer en esta misma escena también nos anticipa como va a acabar la trágica contienda. Fundamentalmente porque gracias a su amplia e intensa experiencia militar puede imaginarse sin demasiadas dificultades que ese durísimo y desigual enfrentamiento con los indios Sioux y Cheyenne va a resultar poco menos que un auténtico suicidio colectivo. Algo que el Comandante en Jefe del Séptimo de Caballería nos revela sutilmente con la célebre triquiñuela de la cadena del reloj que él mismo rompe adrede cuando cree que su esposa no está mirando. Una cadena de un reloj al que le tiene mucho aprecio (ese plano de detalle que nos permite leer lo que lleva gravado —To General Custer from the Michigan Brigade— así nos lo constata), que contiene una foto de su esposa (que sí se lleva consigo) y que, obviamente, prefiere dejar como bonito legado a Elizabeth antes que perderlo para siempre en pleno campo de batalla.



Custer: “Oye, Libby. Deberían nombrarte intendente general. Cada vez que salgo de campaña soy el hombre mejor equipado de todo el regimiento. Oh, mira… ¡Rota!”



Elizabeth: “¿El qué?”

Custer: “La cadena. Así no podré llevármelo”

Elizabeth: “Sería la primera vez que fueses a una campaña sin llevártelo”

Custer: “Sí, pero… No hay tiempo de arreglarlo. Y no quiero perderlo… Prefiero dejarlo aquí… Ya queda poco tiempo”

Elizabeth: “Toma tu cinturón. Yo creo que eres el único militar que ascendió a General sin abandonar su cinturón”

Custer: “Espera que me den ese destino en el Cuartel General cuando termine esta campaña. Empezaré a engordar y me pondré como el General Scott ¡jojojojo!”



Elizabeth: “Engordaremos y seremos felices…”

Custer: “Juntos”

Elizabeth: “Y la gente dirá: No me digas que la vida en Dakota era muy difícil. Fíjate en el General Custer y en su señora… ¡Hay que ver cómo han engordado!”

Custer: “Has sido feliz aquí ¿verdad, Libby?”

Elizabeth: “¿No te lo parezco?”

Custer: “Bueno, vamos a ver… ¡Ah, mis órdenes!”

Elizabeth: “Las puse en ese cajón de allá

Custer: “Yo las cogeré… ¿Qué es esto? Mi vida con el General Custer”

Elizabeth: “Cariño, es mi diario”

Custer: “¡Con que llevas un diario!”

Elizabeth: “Es como un relato de la vida que hemos llevado aquí. Son tonterías que a las mujeres nos parecen importantes”



Hasta aquí podríamos decir que tanto Custer como Elizabeth manejan la situación con cierta normalidad. Evidentemente, ambos intuyen lo que va a suceder, por supuesto, pero ninguno de los dos quiere meter el dedo en la llaga. Y aunque Elizabeth se muestra más seria y circunspecta, Custer se atreve incluso a bromear (Espera que me den ese destino en el Cuartel General cuando termine esta campaña. Empezaré a engordar y me pondré como el General Scott ¡jojojojo!”) para desdramatizar —indudablemente— los prolegómenos de una despedida que tiene toda la pinta de ser definitiva. Cuando Custer encuentra el diario de Elizabeth, sin embargo, la expresión de ambos cambia radicalmente. Y no solamente la expresión sino también el tamaño de los planos. Así pues, de los planos americanos y medios predominantes en la primera parte de esta secuencia pasamos, en este momento, a planos mucho más cercanos. Algunos, incluso, muy próximos al primer plano. Con ello, naturalmente, Walsh va preparando el terreno. Y de lo más convencional y accesorio pasamos, sin lugar a dudas, a lo más íntimo y personal. A las emociones, a los temores, a las ansiedades. Sentimientos, todos ellos, que quedan perfectamente reflejados en el párrafo del diario de Elizabeth que lee en voz alta su marido y que Walsh se encarga de potenciar escogiendo minuciosamente los planos y los encuadres más adecuados a cada situación. No quisiera, sin embargo, olvidarme de la conmovedora banda sonora del gran Max Steiner ni de la impecable labor como director de fotografía de Bert Glennon (“La diligencia”, “El sargento negro”…) con unos juegos de luces y sombras en blanco y negro realmente extraordinarios. Y es que, como no podía ser de otro modo, todo raya a gran altura en esta secuencia. Incluso los dos protagonistas, por supuesto. Unos inmensos Errol Flynn y Olivia de Havilland que constatan, una vez más, por qué siempre se les tuvo como dos de las estrellas más rutilantes de Hollywood.

Custer: “Mañana parte mi marido. Y no puedo evitar la sensación de que se acaban mis días de felicidad. Me invaden presentimientos de desastre jamás conocidos. Procuro ocultarlos en el fondo de mi corazón. Pero es algo insoportable. Y pido al Señor que no me condene a pasear sola”

Elizabeth: “Verás, probablemente escribí eso o algo muy parecido cada vez que ibas al combate. Aunque fuera una simple escaramuza. Ya sabes lo tontas que somos las mujeres. Hay siempre en cada despedida temores y ansiedades”

Custer: “Cierto. A veces me ocurre lo mismo pero… tiene también su lado alegre: a más triste despedida, más alegre regreso”

Elizabeth: “Ya te llaman”

Custer: “Adiós”

Custer: “Pasear a su lado por la vida fue muy agradable, señora”



Y así acaba el diálogo entre Custer y Elizabeth, amigos. Con “Pasear a su lado por la vida fue muy agradable, señora”, una de las frases más románticas de la historia del western y —por ende— de la historia del séptimo arte. Una frase que rezuma amor, respeto y elegancia a partes iguales y que se encuentra intercalada entre dos de los besos mejor rodados del cine clásico. Dos besos largos, profundos, apasionados. Pero al mismo tiempo elegantes, hermosos, sinceros. Plásticamente impecables, además. Pero aquí no acaba todo. Básicamente porque —situados en el clímax de la escena— Walsh nos obsequia, por si fuera poco, con un movimiento de cámara prodigioso. Un suave travelling hacia atrás que va desde ese expresivo primer plano de una Olivia de Havilland absolutamente rota por el dolor hasta un plano más general que nos la muestra de cuerpo entero, apoyada en la pared, y que —aderezado con la sublime partitura de Steiner— finaliza con uno de los desvanecimientos más melodramáticos que un servidor ha visto en una gran pantalla.



Naturalmente, no todo es perfecto en esta escena. A mi juicio, por ejemplo, el desmayo de Elizabeth no está del todo conseguido. Me parece poco realista, vamos. Y también he de reconocer que algunas frases (“Son tonterías que a las mujeres nos parecen importantes”, “Ya sabes lo tontas que somos las mujeres”) son total y absolutamente vergonzantes en nuestros tiempos. Pero, bueno, debemos tener en cuenta que se trata de una peli rodada en 1941 que relata sucesos acontecidos en la segunda mitad del s. XIX, con lo cual el sexismo y/o machismo que exuda —lejos de quedar justificado— no deja de ser un fiel reflejo de la sociedad de la época.




Así pues, y al margen de todo ello, estamos —incuestionablemente— ante una grandiosa escena. Ante una escena en la que todos los elementos que la integran funcionan a la perfección y en la que, si me permitís destacar algo por encima de todo lo demás, señalaría —sobre todo— la maravillosa frase que encabeza esta reseña y ese magistral travelling que retrocede hasta recuperar el plano entero y que ya hemos comentado anteriormente. Detalles así, al menos en mi caso, son los que día tras día contribuyen a que ame un poquito más el cine.