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dijous, 6 de juliol del 2017

“-ES NUEVO EN ESTE TERRITORIO. +YO, SÍ. LA LEY, NO” (Camino de la horca, 1951. Raoul Walsh)


Camino de la horca (Along the Great Divide)

Estados Unidos, 1951

Director: Raoul Walsh

Guión: Walter Doniger y Lewis Meltzer. Basado en una obra de Walter Doniger

Fotografía: Sidney Hickox

Música: David Buttolph

Intérpretes:

Kirk Douglas (Len Merrick)
Virginia Mayo (Ann Keith)
Walter Brennan (Timothy Pop Keith)
John Agar (Billy Shear)
Ray Teal (Lou Gray)
Hugh Sanders (Frank Newcombe)
Morris Ankrum (Ed Roden)
James Anderson (Dan Roden)

SINOPSIS: Sur de Texas, 1865-1870. Len Merrick, sheriff de Santa Loma, impide que los hombres de Ed Roden ahorquen a Timothy Pop Keith, un cuatrero al que acusan de haber robado ganado y de haber asesinado al hijo predilecto del mencionado ranchero. Para evitar la persecución de los Roden, Merrick decide trasladar al detenido y a su hija Anne atravesando el desierto hasta llegar a Santa Loma. Una vez allí, Merrick se debatirá entre su sentido del deber… y de la justicia.  



Posiblemente no sea una de las cintas más reconocidas de Raoul Walsh (“El último refugio”, “Murieron con las botas puestas”, “Juntos hasta la muerte”, “Al rojo vivo”, “El mundo en sus manos”, “Los implacables”…) pero lo que queda fuera de toda duda, a mi juicio, es que “Camino de la horca” constituye un más que correcto paradigma a la hora de constatar por qué su autor es considerado como uno de los mejores (si no el mejor) narradores del cine clásico norteamericano.



Fijaos, si no, en todo lo que Walsh nos cuenta en la escena que hoy vamos a analizar. Una secuencia que, técnicamente, sería la segunda de la película y que en poco más de tres minutos nos proporciona una cantidad de información brutal. Así pues, por lo ágil que discurre, por todo lo que nos cuenta y por la celeridad con la que Walsh consigue meternos de lleno en la historia es por lo que he decidido diseccionar esta gran escena.



Naturalmente, hay más. Por de pronto tenemos como protagonista a Kirk Douglas, un auténtico actorazo. Un intérprete que en 1951 ya estaba plenamente consolidado pero que, aún así, no había rodado todavía ninguna de sus grandes películas. “Camino de la horca” es, por ejemplo, su primer western. Y quizás por ello cuando asociamos a Douglas con alguna peli del oeste lo más habitual es que —antes que “Camino de la horca”— nos vengan a la cabeza títulos como “Río de sangre”, “La pradera sin ley”, “Duelo de titanes”, “El último tren de Gun Hill”, “El último atardecer”, “Los valientes andan solos” o “El día de los tramposos”. Pero eso, por descontado, no le resta ni un ápice de calidad a la interpretación de Kirk Douglas en esta peli. Básicamente porque Kirk Douglas, como casi siempre, está espléndido en su papel de Len Merrick. Un hombre seco, duro, incorruptible que guarda en lo más profundo de su ser un trauma psicológico del que desea redimirse y que más adelante conoceremos. Aún así, creo que es justo y necesario admitir que Len Merrick también exhibe ese particular y genuino sello distintivo que el bueno de Douglas supo imprimir a muchos de sus personajes: me estoy refiriendo a ese típico punto de socarronería, de insolencia, de seducción… Puntos que, aunque más atenuados, también encontraremos —naturalmente— en su personaje de Len Merrick.



Al margen de los actores (Walter Brennan y Virginia Mayo, por ejemplo, están muy bien en este western pese a que en esta escena él no habla y ella no aparece) otro elemento que me parece digno de mención en esta secuencia es el guión. El guión y los diálogos. Y no porque el argumento sea nada del otro mundo sino porque el tiempo que se invierte para introducir al espectador en la historia y los diálogos que se utilizan para relatárnosla son realmente óptimos. Por si fuera poco, además, estamos ante un western de grandes exteriores y el director de fotografía, Sidney Hickox (“El sueño eterno”, “Tener y no tener”, “La senda tenebrosa”, “Al rojo vivo”, “Juntos hasta la muerte”…), consigue sacarle —la verdad sea dicha— un extraordinario partido a ese paisaje seco, árido y rocoso en el que transcurre gran parte de la película.



Pero, bueno, vayamos al grano. La escena empieza con un grupo de hombres a caballo (Ed Roden (Morris Ankrum) y sus secuaces) que se dirigen al típico árbol-cadalso que solemos encontrar en medio del desierto en tantos y tantos westerns para colgar (según la Ley de Lynch, por supuesto) a Timothy Pop Keith (Walter Brennan), un cuatrero acusado de haber robado varias cabezas de ganado y de haber asesinado Ed Roden Jr., uno de los hijos del mencionado ranchero. Para mostrarnos todo ello, Walsh emplea un elegante travelling lateral y un primer plano de la soga de la horca que unidos al nervioso corte musical de David Buttolph (“Pasión de los fuertes”, “La soga”, “Juntos hasta la muerte”, “Misión de audaces”…) y a varios planos de presentación de los asistentes a la ejecución (Timothy Keith, Ed Roden, Dan Roden, Frank Newcombe…) consigue generar un ambiente ciertamente tenso y dramático. Y es en este preciso instante, cuando Ed Roden le lanza el látigo a su hijo Dan (James Anderson) y éste se dispone a atizarle al caballo para que Keith quede colgando de la soga, cuando oímos —de repente— la explícita y tajante orden de Len Merrick (Kirk Douglas), el sheriff de Santa Loma.





Len Merrick: “¡Suelte el látigo!”   



En este momento irrumpen en escena —además de Merrick— Billy Shear (John Agar) y Lou Gray (Ray Teal), los ayudantes del sheriff. Billy Shear se acerca a Keith, le quita la soga del cuello y vuelve junto a sus compañeros. Un magnífico plano medio de Merrick y sus dos hombres servirá, entre otros, para canalizar la conversación entre éstos y Ed Roden y sus secuaces. Cabe mencionar, asimismo, el detalle de Merrick al mostrar la placa de sheriff o marshall escondida bajo la chaqueta cuando el ranchero le pregunta quién es. De hecho, hasta ese momento, nadie sabe quién es el personaje interpretado por Douglas. Ni los espectadores, Y ello implica que la presentación de este personaje (unida a la típica expresión entre arrogante y guasona de Douglas) resulte verdaderamente carismática y molona




Ed Roden: “¿Quién es usted?”

Len Merrick: “Me llamo Merrick. Soy agente federal”

Dan Roden: “Es nuevo en este territorio”

Len Merrick: “Yo, sí. La ley, no”

Dan Roden: “¡La ley es cosa nuestra!”

Ed Roden: “¡Es un asesino! ¡Ese hombre mató a mi hijo!”

Len Merrick: “Si es cierto le ahorcaremos legalmente”

Dan Roden: “¿Qué más da hacerlo ahora que después?”

Len Merrick: “Lo llevaremos a Santa Loma y allí lo juzgarán”

Ed Roden: “¡Lo ahorcaré yo!”



En este momento, Ed Roden desenfunda su revólver y apunta a Merrick. Y aunque Merrick ni se inmuta, sus dos hombres —Billy Shear y Lou Gray— hacen lo propio con Roden.



Len Merrick: “Dispara, Billy”

Ed Roden: “¡Usted caerá primero!”

Len Merrick: “¡Dispara!”

Billy Shear: “Len, es absurdo dar la vida por un asesino”

Y sí, aunque parezca mentira, tras tres escasos minutos de película, ya nos hallamos ante el primer clímax del film. Un clímax que nos mete de lleno en la historia y que nos constata fehacientemente la gran facilidad que tenía Raoul Walsh a la hora de narrar cualquier historia. Imposible hacerlo mejor y/o más rápido. Pero no sólo eso. En tres escasos minutos de película Walsh (y Walter Doniger, por supuesto) nos han dejado también muy claro que Merrick es un hombre tan terco como íntegro y que Roden, asimismo, es un hombre tan terco… como vengativo. 

Len Merrick: “Si me mata, llévalo a Santa Loma. Haz lo que te digo… ¡Dispara! Adelante, llevaos al prisionero. Yo os cubro las espaldas”

El encargado de que no se produzca el más que previsible tiroteo es, sin embargo, Frank Newcombe (Hugh Sanders), uno de los hombres de Roden. El diálogo que viene a continuación explica porqué Newcombe decide desarmar a su jefe cuando este parecía dispuesto a disparar al sheriff para así poder ahorcar al asesino de su hijo.

Frank Newcombe: “Lo siento, Roden. Tuve que hacerlo”

Ed Roden: “¡Ese hombre mató a mi hijo y lo ahorcaré!”

Frank Newcombe: “Oponerse a un agente federal es peligroso”

Dan Roden: “¡Nosotros somos la ley!”

Frank Newcombe: “Deja que tu padre decida. Lo arriesgas todo por una venganza personal”

Ed Roden: “¡Lo he perdido todo!”

Frank Newcombe: “Y yo puedo perder mi rancho”

Ed Roden: “¿Quién viene conmigo?”

Frank Newcombe: “¿No supondréis que es posible ahorcar impunemente a un agente federal y a sus ayudantes?”

Dan Roden: “Una vez muertos y enterrados a nadie le importará quién los mató”

Frank Newcombe: “Estás muy equivocado, Dan… ¡Les importará y mucho!”

Ed Roden: “Ahorcaré al cuatrero. Bueno, estoy esperando…”

Frank Newcombe: “Olvídalo, Roden. Comprendemos lo que sientes. Te acompañaremos a enterrar a Ed”

Ed Roden: “¡Largo de aquí! ¡Todos vosotros! ¿A dónde vas?”

Dan Roden: “A enterrar a Ed”

Ed Roden: “Lo enterraremos en el rancho”

Dan Roden: “Allí pienso llevarlo”

Ed Roden: “Lo llevaré yo solo”

Dan Roden: “Deja que te ayude. Era mi hermano”

Ed Roden: “Era mi hijo”

Dan Roden: “También yo…”

Ed Roden: “Espérame en el rancho. Y reúne a los hombres”

Y ya por último prestemos atención, por favor, a este último diálogo entre Roden y su hijo. Un diálogo que constata que Ed Roden Jr. era, efectivamente, el hijo predilecto del cacique y que Dan (al que hemos visto con una expresión algo perversa y sicótica cuando se disponía a ahorcar a Keith) no parece ser, por así decirlo, trigo limpio. Más adelante veremos por qué.   






dissabte, 14 de maig del 2016

“CREO QUE, DE AHORA EN ADELANTE, PODRÁS ENTRAR POR LA PUERTA PRINCIPAL” (Rio Bravo, 1959. Howard Hawks)


Rio Bravo (Rio Bravo)

Estados Unidos, 1959

Director: Howard Hawks

Guión: Leight Brackett y Jules Furthman. Basado en una obra de B.H. McCampbell

Fotografía: Russell Harlan

Música: Dimitri Tiomkin

Intérpretes:

John Wayne (Sheriff John T. Chance)
Dean Martin (Dude)
Ricky Nelson (Colorado Ryan)
Angie Dickinson (Feathers)
Walter Brennan (Stumpy)
Ward Bond (Pat Wheeler)
John Russell (Nathan Burdette)
Claude Akins (Joe Burdette)

SINOPSIS: En Rio Bravo, una población de Texas cercana a la frontera mejicana y perteneciente al Condado de Presidio, el sheriff John T. Chance detiene a Joe Burdette por asesinato. Con el propósito de asaltar la oficina del sheriff y liberarlo, su hermano (un rico terrateniente llamado Nathan Burdette), contratará a un numeroso grupo de pistoleros. Para impedirlo, Chance tan sólo contará con la ayuda de Dude, un amigo alcohólico, y de Stumpy, un viejo tullido. A ellos se les unirá Colorado, un joven y hábil pistolero. Encerrados en la oficina, esperarán a que llegue la autoridad estatal para llevarse al detenido. Mientras, no obstante, aparecerá Feathers, una atractiva ex bailarina y jugadora de póker profesional por la que Chance se sentirá inmediatamente atraído. 



Según dicen, tanta fue la aversión que les produjo a Howard Hawks y a John Wayne el estreno de “Solo ante el peligro” (Fred Zinneman, 1952) que ninguno de los dos quedó tranquilo hasta que tuvieron ocasión de poder materializar su tremendo rechazo a esta peli de algún modo u otro. Como podréis deducir, la pertinente y contumaz respuesta al film de Zinneman fue “Río Bravo”, un western que —a diferencia de “Solo ante el peligro”— conseguiría reflejar de forma clara y meridiana tres reglas básicas en el viejo y lejano oeste: un sheriff debe asumir riesgos, cumplir con su deber y abstenerse de pedir ayuda a sus conciudadanos.



Pero si por algo me gusta “Rio Bravo” no es, precisamente, por esa prepotente o hasta incluso reaccionaria concepción del western. “Rio Bravo” me gusta, y mucho, porque —entre otras cosas— defiende valores como la amistad, la lealtad, la solidaridad, el respeto, la voluntad, la dignidad o el coraje, por ejemplo. Valores, todos ellos, que aparecen de alguna manera u otra en la secuencia que he escogido y que sintetizan perfectamente, a mi juicio, el espíritu más esencial e intrínseco de este enorme western.



La escena en cuestión, pues, empieza cuando el sheriff John T. Chance (John Wayne) y su ayudante, Dude (Dean Martin) —tras perseguir por la ciudad al asesino de un viejo amigo llamado Pat Wheeler (Ward Bond)— se personan repentinamente en el saloon, lugar donde sospechan que se ha refugiado el mencionado malhechor. El primero en entrar al local es Dude quien, tímida y discretamente, lo hace por la puerta principal. Me gustaría remarcar lo de “tímida y discretamente” porque —si me permitís el inciso— considero de vital importancia recordar que Dude es un alcohólico. Un hombre de aspecto sucio y zarrapastroso con graves problemas de aceptación social y autoestima. Un hombre acostumbrado a entrar al saloon por la puerta de atrás (la magnífica secuencia inicial de la peli así lo constata) y a recibir —por si fuera poco— todo tipo de burlas, insultos y humillaciones. Quizás por eso, precisamente, el bullicioso saloon de Rio Bravo se queda en el más absoluto de los silencios cuando la concurrencia se da cuenta de que es Dude, nada menos, el que ha entrado por la puerta principal. Un hombre que, pese a su mala reputación, lleva ahora una placa que lo acredita como ayudante del sheriff. Inmediatamente, sin embargo, alguien más entra al saloon. Se trata del sheriff Chance. Y, al contrario que Dude, lo hace por la puerta trasera, rifle en mano y dando un sonoro portazo. Imponiendo y marcando el terreno como solo John Wayne sabe hacerlo.



Aún así, el protagonista de esta escena —y que quede claro— no es Chance. Es Dude. Y precisamente por eso, un ligero ademán con la cabeza del sheriff le basta y le sobra a Dude para empezar a dirigir el operativo. Con voz calmada, da las primeras órdenes:



Dude:

“Usted primero, Charlie. El rifle que tiene bajo la barra. Tómelo del cañón. Con cuidado”

Charlie (barman):

“Creía que ibas a pedir una copa. Hace tiempo que no nos visitas”

Dude:

“El rifle primero. Póngalo ahí encima. Apártese”

“Jim, Pedro… Pónganse ahí”



Poco a poco, parece como si Dude fuera cogiendo mayor confianza en sí mismo. Sus órdenes, por de pronto, suenan algo más contundentes y categóricas. Además, los parroquianos del local (mayoritariamente hombres fieles a Burdette) empiezan a tomárselo más en serio y le obedecen. Sin rechistar. Y aunque Dude empuña el rifle que le acaba de arrebatar a Charlie, el barman, la presencia de Chance al final del saloon —también rifle en mano— ayuda y mucho a que nadie se atreva a moverse ni un solo milímetro.


Dude:

“Bien, a los demás, sólo lo diré una vez. Pónganse de pie y no hagan un solo movimiento ¡Adelante!”

“Y ahora, de uno un uno. Usted primero (al hombre de Burdette A. Myron Healey). Desabróchense las cartucheras. Tírenlas al suelo y apártense ¡Vamos!”

“No hay razón para que se mueva, Charlie”



Hombre de Burdette B (hombre del pañuelo claro):

“¿Qué sucede?”

Dude:

“Buscamos a alguien que ha entrado aquí corriendo”

Hombre de Burdette C (hombre del pañuelo rojo):

“Nadie ha entrado corriendo”

Chance (al Hombre de Burdette C, el del pañuelo rojo):

“No olvidaremos que lo ha dicho usted”



Dude:

“Las botas del que buscamos están llenas de barro. Ahora, de uno en uno, levanten los pies”

Charlie (barman):

“¿Quien ha visto entrar a ese hombre?”

Dude:

“Yo lo vi”

Y es en este preciso instante, mientras Dude revisa las botas de los hombres de Burdette, cuando nosotros —los espectadores— constatamos fehacientemente que el asesino de Wheeler está, en efecto, escondido en el saloon. Y lo hacemos, además, merced a un magnífico plano picado que nos permite ver —desde las alturas del desván del bar— a un hombre armado con un rifle. Sin lugar a dudas, el hombre al que persiguen Chance y Dude.


Dude:

“Casi me olvido de usted, Charlie. Venga aquí”

Charlie (barman):

“Relucientes… Dude, otra vez imaginando cosas. Será mejor que tomes un trago”

En este momento parece que la situación se relaja ostensiblemente y que los hombres de Burdette empiezan a crecerse poco a poco. A recuperar su insolencia habitual. Algunos, incluso, se ríen descaradamente de Dude. No olvidemos que el ayudante del sheriff tan sólo lleva algunos días sin beber y que, por consiguiente, aún se halla bajo el síndrome de abstinencia. De hecho, su expresión —abatida y sudorosa— lo dice todo. Dude está sufriendo. Aún así, Chance no interviene y sigue dejando a su compañero al mando de las pesquisas.



Hombre de Burdette A (Myron Healey):

“¡Dude! Quizás esto te ayude”

Y como si de una maldición se tratara, Dude observa con expresión doliente —una vez más— como el hombre de Burdette (Myron Healey) le lanza una moneda a la escupidera. Como tantas otras veces se lo habían hecho, en ese mismo bar, con objeto de humillarlo públicamente. Exactamente igual que al principio de la peli, cuando Dude se dirige a recoger la moneda que Joe Burdette le ha lanzado a la escupidera y Chance se lo impide propinándole un fuerte patadón a tan ignominioso recipiente. Sin perder los nervios, no obstante, el ayudante del sheriff descarga el rifle, lo deja sobre la barra del bar y se dispone a seguir los consejos de Charlie y el hombre de Burdette. Eso sí, sin recurrir a la escupidera.



Sin embargo, un rápido vistazo a una solitaria jarra de cerveza que aún espera ser consumida en esa misma barra le advierte de algo. Al parecer, algo gotea desde arriba. Algo que cae, precisamente, sobre esa jarra de cerveza. Indudablemente, sangre. Un dato que obtenemos gracias a un movimiento de cámara y a un plano de detalle muy poco habituales en el cine de Hawks, circunstancia que le otorga a ese recurso técnico —por consiguiente— una gran expresividad. Aún así, Dude ni tan sólo hará el ademán de levantar la vista y, muy lentamente, se limitará a dar unos pasos en paralelo a la barra del bar.



Dude:

“Creo que voy a aceptar ese trago, Charlie”

Charlie (barman):

“Sabía que lo harías”

Acto seguido Dude se da la vuelta, flexiona las rodillas, mira hacia arriba, desenfunda y dispara. Todo ello en centésimas de segundo. Y todo ello queda registrado en otro mítico plano picado desde el cual el hombre de Burdette al que perseguían Chance y Dude recibe un mortífero disparo y cae, desde su escondrijo, al suelo del saloon.



Y ya puestos, permitidme por favor que me recree algo más en este plano, en este momento concreto, porque creo francamente que constituye uno de los mejores instantes —sino el que más— de “Rio Bravo”. Técnicamente, por ejemplo, es impecable. Tanto por su rapidez y concisión narrativa como por su realismo y efecto sorpresa. Y estéticamente, además, me parece precioso. No tan sólo porque la angulación de un picado ya nos ofrece, de por sí, una perspectiva enfática, expresiva y muy poderosa visualmente sino porque ver a Dude disparar como un auténtico pistolero profesional constituye, sin lugar a dudas, una auténtica gozada para el espectador. No en vano estamos disfrutando de su momento de gloria. De su rehabilitación. De la recuperación de sus habilidades como pistolero (puntería, frialdad, valor…) y, sobre todo, de su dignidad perdida. De su autoestima. De su amor propio. Algo que Dude tenía, hasta ese momento, prácticamente olvidado.

Aún así debemos tener en cuenta que nos hallamos en el saloon que acostumbran a frecuentar los hombres de Burdette. En su territorio, vaya. Y obviamente, éstos no van a rendirse con facilidad. Precisamente por ello —y aprovechando el repentino desconcierto de la propia situación— uno de los hombres de Burdette intenta hacerse con un revólver. Chance, sin embargo, se da cuenta y lo advierte de forma expeditiva.



Chance (al hombre de Budette B, el del pañuelo claro):

“Si quiere el revólver, tómelo ¡Adelante, hágalo!”

Abortado ese tímido intento de sublevación, Dude procede a identificar al malhechor.



Dude:

“Es evidente que se metió en un charco. Es el que buscábamos… Supongo que serán suyos. 50 dólares de oro reluciente. Eso es lo que vale para Burdette la vida de un hombre… ¡Penosa manera de ganarse el sueldo!

Y a continuación es cuando Chance —hasta este momento bastante reprimido— se suelta, se deja ir. Haciendo gala de todo cuanto esperamos encontrar en cualquier personaje interpretado por John Wayne: dureza, rudeza, fuerza, virilidad, valor, firmeza, orgullo… Obviamente, este es su momento. Y John Wayne no acostumbra a defraudar haciendo de John Wayne, con lo cual… poco más queda por decir. Mejor limitarse a contemplar su expresión, escuchar su tono de voz, observar como utiliza su corpulencia para imponer respeto y, en definitiva, disfrutar de este gran mito del western. Sin lugar a dudas, el mejor de todos.

Chance:

¡Asesino a sueldo! 50 dólares de oro reluciente… ¿Lleva usted alguna moneda de ésas en el bolsillo?” (al hombre del pañuelo rojo)

Hombre de Burdette C (hombre del pañuelo rojo):

“A mi nadie me ha pagado. Nadie”

Chance:

“Y nadie entró aquí corriendo ¿verdad?”

Y puesto que Chance no parece ser un tipo muy dado a la retórica, lo que se lleva el hombre de Burdette (el del pañuelo rojo) tras la pregunta anterior es un tremendo golpe con el cañón del rifle en plena mandíbula. 

Dude:

“¡Chance!”

Chance:

“No voy a hacerle daño ¡Levántese!”


Chance:

“Están todos en graves problemas. Absolutamente todos. Lárguense todos del pueblo. Llévense a éste con ustedes. Díganle a Burdette que ya han matado a Wheeler. Y díganle al próximo que mande que exija más dinero… porque se lo va a ganar bien ganado. Charlie, quiero que… ¿Has terminado ya, Dude?”

Dude:

“¿Tienes prisa?”

Chance:

“No especialmente”



Dude (al hombre de Burdette A):

“Es usted quién tiró la moneda de plata ¿no?”

Hombre de Burdette A (Myron Healey):

 “Sí, Dude, yo…”

Dude:

“¿Quiere recuperarla?”

Hombre de Burdette A (Myron Healey):

“Claro…”

Dude:

“¿Sabe cómo hacerlo?”

Hombre de Burdette A (Myron Healey):

“Sí”

Y hete aquí otro de los mejores momentos de esta fructífera escena. El momento en el que el cínico esbirro de Burdette (Myron Healey) se ve obligado a recoger la moneda que minutos antes había lanzado a la escupidera. Pero lo mejor de esta situación no es el acto en sí mismo sino la elegancia con la que lo plasma Hawks. Así pues, en lugar de mostrarnos a Myron Healey tanteando el fondo de la escupidera para recoger la moneda, el cineasta prefiere centrarse en el rostro de Dude. Un rostro que expresa, más que resentimiento, satisfacción. Satisfacción por recuperar el orgullo, la dignidad, la autoestima. 



Dude:

“He terminado, Chance”

Chance:

“Charlie, venga aquí”

Charlie (barman):

“Sí, Sheriff… ¿Por qué yo? ¿Por qué no otro?”

Chance:

“Nos ayudará a llevar las armas a la cárcel. Está bien, apártense, dejen lugar…”

“Creo que, de ahora en adelante, podrás entrar por la puerta principal”



Conclusión: Una de esas escenas, en definitiva, que podrías ver una y cien veces. Una escena que no tan sólo maravilla por su tempo, planificación e intensidad dramática sino, sobre todo, por su mensaje. Y es que cuando el que rueda es un maestro como Howard Hawks casi se da por hecho que los planos serán correctos. Que la fotografía (de Russell Harlan, concretamente) será irreprochable. Que la música (de Dimitri Tiomkin nada menos) acentuará convenientemente aquellos momentos que lo requieran. Y que los diálogos (de Leight Brackett y Jules Furthman en esta ocasión) expresarán lo que el guión pretende. Pero lo que me parece realmente sublime es que todo ello concuerde a la perfección con el mensaje que se persigue. En este caso, el que sintetiza la frase que encabeza esta reseña y cuyo significado ya hemos comentado anteriormente. El de un hombre, Dude, que está luchando por superar su adicción. Por vencer sus miedos. Por recuperar su dignidad. Por volver a ser él mismo. Algo que, sin lugar a dudas, corrobora esta escena de forma inmejorable.