Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris John Wayne. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris John Wayne. Mostrar tots els missatges

dilluns, 28 de maig del 2018

“REÑIRÁN EN EL JUEGO O POR UNA BOTELLA PERO COMPARTIRÁN HASTA LA ÚLTIMA GOTA DE AGUA” (Fort Apache, 1948. John Ford)



Fort Apache (Fort Apache)

Estados Unidos, 1948

Director: John Ford

Guión: Frank S. Nugent. Basado en una obra de James Warner Bellah

Fotografía: Archie Stout

Música: Richard Hageman

Intérpretes:

John Wayne (Capt. Kirby York)
Henry Fonda (Lt. Col. Owen Thursday)
Shirley Temple (Philadelphia Thursday)
Pedro Armendariz (Sgt. Beaufort)
Ward Bond ( Sgt. Mj. Michael O’Rourke)
George O’Brien (Capt. Sam Collingwood)
Victor McLaglen (Sgt. Festus Mulcahy)
Anna Lee (Emily Collingwood)
John Agar (2nd. Lt. Michael Shannon O’Rourke)
Miguel Inclan (Cochise)

SINOPSIS: Terminada la Guerra de Secesión (1861-1865), el arrogante y egocéntrico Teniente Coronel Owen Thursday, recién degradado, es enviado a Fort Apache junto a su hija Philadelphia para hacerse cargo del mando. El fuerte, situado en medio del desierto de Arizona, es un puesto militar fronterizo cuyos soldados están curtidos en la lucha contra los apaches mescaleros. Mientras Philadelphia coquetea con el Teniente Michael Shannon O’Rourke, Thursday rechaza integrarse en la comunidad. No tardará en enfrentarse, además, con el Capitán Kirby York, partidario de dialogar con los apaches para evitar la guerra.




Durante muchos años le di largas. En parte, porque formaba parte de una trilogía. Y a mi las trilogías siempre me han dado mucha pereza. Pero también, y fundamentalmente, porque creía que siendo un western que se desarrolla en un puesto militar no me iba a gustar. Craso error. Al final lo vi y me encantó. Es más, hoy en día la considero como uno de los tres mejores westerns de John Ford. Me estoy refiriendo, obviamente, a “Fort Apache”.

Huelga decir, por lo tanto, que “Fort Apache” se merecía un spoiler. Y aunque de escenas memorables tiene unas cuantas, finalmente me he decido por la de su epílogo porque tiene dos elementos que considero esenciales en una gran secuencia: un lenguaje visual poderoso y un diálogo inolvidable. Un diálogo —en este caso— repleto de honestidad, sabiduría y mucho sentimiento. Un diálogo, en definitiva, para enmarcar.

No en vano estamos ante un western que, ya de por sí, contiene implícita lo que podríamos denominar como quintaesencia del cine de Ford. Con esa narrativa ágil y fluida que le caracteriza, con esos personajes (principales y secundarios) tan definidos, con esos exteriores tan bien rodados y con ese mensaje humanista tan claro y explícito. Un mensaje que no puede dejar indiferente a nadie y que, en esta escena concreta, encuentra su máxima expresión.



Recapitulemos, por consiguiente, todo lo que sucede antes de llegar a ese emotivo final. Recordemos, por ejemplo, que la escena inmediatamente anterior finaliza con un autoritario y paranoico Teniente Coronel Thursday (Henry Fonda) llevando a sus hombres a una muerte segura en una carga suicida frente a los indios de Cochise. Una carga que se convierte en una auténtica masacre y en la que el propio Thursday se redimirá, en cierto modo, volviendo al epicentro de la batalla para morir heroicamente al lado de sus hombres. Un acto que inequívocamente recuerda al del General Custer ante Caballo Loco en Little Big Horn y que finaliza con idéntico desenlace. Sin embargo, más allá de insistir o reincidir en la desquiciada e irresponsable decisión de Thursday y en su carácter claramente desmitificador, lo que a todas luces persigue Ford a través de esta extraordinaria secuencia final es edificar un profundo y sincero homenaje a la caballería. Un homenaje que a muchos les podrá parecer excesivamente conservador o patriotero pero que si nos atenemos a su contexto y a lo que realmente pretende su autor (honrar la muerte de todos aquellos soldados que perecieron por culpa de la obstinación de su mando) termina siendo, a mi juicio, tan justificado como tremendamente efectivo. Máxime cuando Ford de alguna manera u otra ya nos anticipa esa máxima que 14 años más tarde empleará en “El hombre que mató a Liberty Valance”. Concretamente la que dice algo así como “Esto es el oeste, señores. Cuando la leyenda supera a la realidad, publicamos la leyenda”.  

Pues nada, os dejo con la conversación final entre los periodistas y el Capitán Kirby York (John Wayne) en la que seremos testimonios de ese bello homenaje al que os he aludido. Atención al cuadro de Thursday, a los primeros planos de York mirando por la ventana y, en especial, a ese que funde su imagen con el reflejo de los soldados que van desfilando al otro lado del cristal. Un plano precioso que, unido al monólogo del capitán y al suave fondo musical que suena en ese momento (el archiconocido himno de batalla “Glory, glory, Hallelujah”), resulta absolutamente conmovedor. Que lo disfrutéis.



Capitán York: “Señores, les advierto que ésta puede ser una campaña muy larga. Tal vez pase mucho tiempo antes de que tengan noticias para sus periódicos”

Periodista: “Si cogemos a Gerónimo será una noticia sensacional, Coronel”

Periodista: “Y el regimiento se cubriría de gloria”

Periodista: “Debió ser un gran hombre. Y un gran soldado”

Capitán York: “Nadie murió con mayor coraje. Ni obtuvo mayor gloria para su regimiento”

Periodista: “Coronel, conocerá usted el famoso cuadro de “La carga de Thurday”, ¿no?”

Capitán York: “Sí, lo vi la última vez que estuve en Washington”

Periodista: “¡Una obra magnífica! ¡Enormes masas de apaches con sus pinturas de guerra y sus banderas y Thursday cargando al frente de sus hombres!”

Capitán York: “Exactamente. Así es”

Periodista: “Ya se ha convertido en leyenda. Es el héroe de los escolares norteamericanos”

Periodista: “Bueno… ¿Y los hombres que murieron con él? El Capitán Callingday…”

Capitán York: “Collingwood”

Periodista: “Sí, claro… Collingwood”

Periodista: “Siempre suele ocurrir eso. Se recuerda a los Thursday y los demás quedan olvidados”



Capitán York: “No, se equivoca. No quedan olvidados porque no han muerto. Aún viven. Están ahí. Collingwood y todos. Vivirán mientras exista el regimiento. Con una paga de 13 dólares al mes y un rancho de alubias solas… pero puede que coman carne de caballo antes de que acabe la campaña. Reñirán en el juego o por una botella pero compartirán hasta la última gota de agua. Cambiarán sus rostros, sus nombres… pero son ellos. Son el regimiento. El ejército regular. Ahora y dentro de cincuenta años. Son los mejores que existen. Él lo consiguió. Un regimiento del que uno puede sentirse orgulloso”

Sargento Mayor: “El regimiento está formado, señor”

Capitán York: “Gracias, sargento mayor. Hemos de marchar, caballeros ¿Quieren hacer alguna pregunta más?”

Periodistas: “Nada más, gracias”














dimarts, 6 de març del 2018

“BIEN, CREO QUE TIENEN USTEDES OTRO PASAJERO” (La diligencia, 1939. John Ford)



La diligencia (Stagecoach)

Estados Unidos, 1939

Director: John Ford

Guión: Dudley Nichols. Basado en una obra de Ernest Haycox

Fotografía: Bert Glennon

Música: Gerard Carbonara

Intérpretes:

John Wayne (Ringo Kid)
Claire Trevor (Dallas)
Andy Devine (Buck)
John Carradine (Hatfield)
Thomas Mitchell (Doc Josiah Boone)
Louise Platt (Lucy Mallory)
George Bancroft (Marshall Curley Wilcox)
Donald Meek (Samuel Peacock)
Berton Churchill (Ellsworth Henry Gatewood)
Tim Holt (Teniente Blanchard)

SINOPSIS: Una diligencia con destino a Lordsburg (Nuevo Mexico) reúne a una prostituta, un médico alcohólico, una mujer embarazada, un banquero, un antiguo soldado confederado, un comerciante de alcohol, un alguacil, un conductor algo charlatán y un forajido llamado Ringo Kid. A la tensa y difícil relación entre todos ellos se añade el ataque de unos indios apaches comandados por Gerónimo.



“La diligencia” es, sin lugar a dudas, el primer gran western de la historia del cine. Y el primero, además, que reunió a dos colosos del género: John Ford y John Wayne. Huelga decir, por lo tanto, que la inclusión de “La diligencia” entre mis spoilers está más que justificada. La cuestión en sí era elegir una escena concreta. Una escena que aunara, al mismo tiempo, calidad cinematográfica y repercusión histórica. Y precisamente por ello, porque lo que pretendía en esta ocasión era unir ambos objetivos, me he decidido finalmente por la escena que podríamos definir como la “presentación” de John Ford y John Wayne en el universo del western adulto. En el western como género de calidad. En el western con letras mayúsculas. Me estoy refiriendo, naturalmente, a la primera aparición de John Wayne en esta película.



Recordemos que aunque en 1939 John Ford ya llevaba más de 20 años dirigiendo películas y que incluso había obtenido un Oscar como mejor director por “El delator”, su primer gran western aún estaba por llegar. Y lo mismo podríamos decir de John Wayne. Aunque había debutado como protagonista en 1930 (como actor de reparto mucho antes) de la mano de Raoul Walsh en “La gran jornada”, no sería hasta nueve años después que, con “La diligencia”, John Ford lo convertiría en una auténtica estrella.

Así pues, “La diligencia” constituye el proyectil que lanzará a John Ford y a John Wayne a lo más alto del firmamento westerniano. Y no creo que haya escena más icónica y representativa de tan genial asociación que la estelar irrupción de Ringo Kid (John Wayne) en escena. Una irrupción que iniciaría una larga y fructífera trayectoria conjunta (más de 30 años y más de 20 películas) y que marcaría un antes y un después en la historia del género.





Pero bueno, vayamos al grano. A la escena, vaya. Recordemos, por de pronto, que los pasajeros de la diligencia que se dirige a Lordsburg (es decir: Gatewood, Peacock, Hatfield, Boone, Lucy, Dallas, Buck y Curley) saben dos cosas: que hay apaches chiricauas en la región y que Ringo Kid, un recluso de la zona, acaba de fugarse y se ofrece una suculenta recompensa por él. A partir de ahí, lo primero que vemos en la secuencia son dos planos que se alternan: el de una diligencia que va acercándose por un camino y el de un destacamento de soldados de La Unión que cruzan un río. En un momento dado, la diligencia se detiene y el siguiente plano nos muestra a un hombre de pie en mitad del camino con un Winchester en la mano derecha y la silla de montar en la izquierda. Inmediatamente, ese hombre ejecuta una vistosa pirueta con el rifle y, mientras la cámara avanza hacia su rostro en un impactante travelling frontal, grita:




Ringo: “¡Alto!”




Naturalmente, ese hombre es John Wayne. O lo que es lo mismo: Ringo Kid. El recluso fugado que detiene la diligencia porque no tiene montura (lleva la silla en la mano) y porque su intención es dirigirse hacia Lordsburg donde debe solucionar unos asuntos. Yo no sé vosotros, pero por muchas vueltas que le dé no encuentro mejor forma de presentar a un icono del western que ésta. Con la imponente silueta de Monument Valley tras de sí, el Winchester en una mano y la silla de montar en la otra. Luego está el travelling, claro. Un recurso no demasiado frecuente en la época que —junto a la pirueta de marras— le otorga a esa inesperada irrupción un extraordinario impacto visual. Un impacto que algunos han querido deslucir argumentando que ese ligero desenfoque hacia el rostro de Ringo Kid afea o desvirtúa el resultado final. Personalmente, no estoy de acuerdo. Es más: si me dijeran que Ford lo hizo a posta me lo creería a pies juntillas. En cualquier caso, el movimiento de cámara acaba con el rostro de Ringo Kid perfectamente enfocado. Tanto, que incluso puede percibirse como un hilillo de sudor desciende por su frente.




La escena continúa con el diálogo que os reproduzco a continuación y finaliza cuando, tras la llegada del destacamento de soldados, Ringo le entrega el rifle a Curley, carga su silla en la parte superior de la diligencia y accede a ella como un pasajero más. Mientras tanto, seremos testigos de una excelente selección de planos (con Ford no podía ser de otra manera), de la extraordinaria fotografía de Bert Glennon (“Murieron con las botas puestas”, “Rio Grande”, “El sargento negro”…) y de una conversación entre Ringo y Curley (George Bancroft) que, como suele ser habitual en el western clásico, contribuye al avance de la trama y resulta clara, concisa y directa. Así pues, lo dejo aquí. Me parece que cualquier cosa que pudiera añadir resultaría superflua.  Disfruten de la escena, amigos.  




Buck: “¡Quietas! ¡Si es Ringo!”

Curley: “Sí. ¡Hola, Ringo!”

Ringo: “¡Hola, Curley! ¡Hola, Buck! ¿Qué tal los tuyos?”

Buck: “Están bien, Ringo. Menos el abuelo que...”

Curley: “¡Cállate!”

Ringo: “No esperaba que viniese de escolta en este viaje, Comisario. ¿Va usted a Lordsburg?”

Curley: “A estas horas ya te hacía allí”

Ringo: “No, se me murió el caballo. Bien, creo que tienen ustedes otro pasajero”

Curley: “Sí, te recogeré el Winchester”

Ringo: “Tal vez me necesite a mí y a este rifle, Curley. Anoche vi arder la cabaña de un rancho”

Curley: “No lo entiendes, Ringo. Vienes como detenido”

Buck: “¡Curley!”

Teniente: “¿Todo en orden, Comisario?”

Curley: “Todo, Teniente”

Ringo: “Espero no molestar demasiado”






dimarts, 11 d’abril del 2017

“BUSCO UNA ESTRELLA DE HOJALATA A LA QUE VA PRENDIDO… UN BORRACHO” (El Dorado, 1967. Howard Hawks)


El Dorado (El Dorado)

Estados Unidos, 1967

Director: Howard Hawks

Guión: Leigh Brackett. Basado en una obra de Harry Brown

Fotografía: Harold Rosson

Música: Nelson Riddle

Intérpretes:

John Wayne (Cole Thornton)
Robert Mitchum (Sheriff J.P. Harrah)
James Caan (Mississippi)
Charlene Holt (Maudie)
Paul Fix (Doctor Miller)
Arthur Hunnicutt (Bull)
Michele Carey (Joey McDonald)
R.G. Armstrong (Kevin McDonald)
Edward Asner (Burt Jason)
Christopher George (Nelse McLeod)

SINOPSIS: El Dorado, 1870-1880. Cole Thornton es un veterano pistolero contratado por el ganadero Burt Jason para que le ayude en su lucha contra la familia McDonald. Alertado de las verdaderas intenciones de Jason (arrebatarles las tierras a los McDonald) por el alcohólico y depresivo Sheriff local (Jean Paul Harrah), Thornton decidirá romper su compromiso con Jason y unirse a Harrah. Ambos contarán, asimismo, con la colaboración de Bull y Mississippi —un viejo vengativo y un joven idealista muy diestro con el cuchillo— para enfrentarse a los hombres de Jason y a su nuevo pistolero profesional en nómina: Nelse McLeod.



La de hoy es una escena cortita. De un minuto y medio, más o menos. Cortita, pero muy buena. Y significativa también. Aún así, os he de confesar algo. Y es que pese a la contundencia de la frase que da nombre a este spoiler (“Busco una estrella de hojalata a la que va prendido… un borracho”… casi nada), la verdad es que no sabría deciros si estamos ante una escena dramática… o más bien cómica. Bueno, posiblemente lo que ocurre es que estamos ante una escena que es cómica y dramática a la vez. Como lo es, en términos generales, “El Dorado”. La hermana bastarda de “Río Bravo” (1959). Y que conste que lo de hermana bastarda lo digo sin ánimo peyorativo sino más bien irónico. Fundamentalmente porque aunque “El Dorado” y “Río Bravo” comparten director, protagonista y algunos aspectos básicos del entramado argumental, yo soy de los que jamás considerarían “El Dorado” como una repetición, segunda parte o refrito de su predecesora. Vamos, que me gustan las dos por igual. Y aunque “Río Bravo” siempre será la hermana mayor de “El Dorado”, de lo que no me cabe ninguna duda es que la condición de la más bella de las dos siempre será, en mi caso, un puro y azaroso formulismo.



Dicho esto, vayamos a la escena en cuestión. Una secuencia que empieza con Cole Thornton (John Wayne) entrando al calabozo de la oficina del sheriff donde Jean Paul Harrah (Robert Mitchum) se encuentra durmiendo la borrachera. Una vez dentro, Thornton rasga una cerilla, enciende un quinqué y se aproxima al camastro donde Harrah está durmiendo como un lirón. Tres gestos que no tendrían nada de especial si los ejecutara cualquier persona. Pero no si lo hace un auténtico hombre del oeste como Cole Thornton. O como John Wayne, vaya. Y si no, revisad la escena y fijaos en cómo rasga la cerilla. En cómo la tira al suelo. Y en cómo da dos o tres pasos hacia el camastro con ese estilo, con esos inconfundibles movimientos que tan bien le caracterizan. Colocando el brazo derecho en jarra sobre la canana, retrasando ligeramente la pierna izquierda y mirando a su viejo amigo como sólo Wayne sabe hacerlo. Con chulería, autoridad y autosuficiencia. Acto seguido, intenta desvelar a su amigo.



Thornton: “¡Eeh!”

No obteniendo respuesta y sin pensárselo mucho, Thornton se dirige al otro lado del camastro, coge un cubo de agua y se lo lanza a Harrah, quién obviamente despierta de inmediato.



Harrah: “¡Maldito!”



Como un autómata, sin embargo, Harrah rastrea el suelo con su mano derecha buscando ávidamente la botella de whisky que dejó allí antes de caer inconsciente. O al menos, lo que quedó de ella. Thornton, sin embargo, se lo impide de un puntapié. Un puntapié que me recordó mucho, por cierto, al célebre patadón propinado por el Sheriff John T. Chance (también interpretado por John Wayne) a la escupidera donde Dude (Dean Martin interpretando, también, a un alcohólico) buscaba una moneda que le permitiera echar un trago en la secuencia inicial de “Río Bravo”. Medio adormilado y algo confuso aún, Harrah se encara a su molesto intruso.   

Harrah: “¿Quién es y qué hace aquí?”



Thornton: “Busco una estrella de hojalata a la que va prendido… un borracho”

Harrah: “¡Cole Thonston! Jajajajaja ¿Quién lo iba a decir? ¡El viejo Cole! ¡Ayúdame a levantarme, anda! ¡Tira y ponme de pie!”

Dicho esto y aprovechando que Thornton lo sujeta con ambas manos para ayudarle a levantarse, Harrah le suelta a Cole un buen puñetazo. Un puñetazo que lo estampa contra la pared y cuyo efecto sorpresa le proporciona a Harrah unos valiosísimos segundos de ventaja para armar su brazo y propinarle otro guantazo más que lo derribe y lo deje definitivamente KO. Sin embargo, Thornton es duro de pelar. Y sin que a Harrah le de tiempo a propinarle ese segundo golpe, el veterano pistolero le mete a su borrachuzo amigo un sonoro cacerolazo en la cabeza que lo deja absolutamente groggy. Atención a la expresión de Harrah al recibir el golpe: impagable.



No contento con eso, Thornton se dispone a devolverle a Harrah el puñetazo. Aún así, cuando ya lo tiene sujeto de la pechera y se prepara para asestárselo, una voz se lo impide:



Bull: “¡Cole! ¡No lo sentirá!”

Son Bull (Arthur Hunnicutt) y Mississippi (James Caan), que irrumpen en escena para impedir que la cosa vaya a mayores.



Thornton: “Bueno, le debo un puñetazo…”

Y poco más. La escena acaba aquí. Con Thornton soltando a Harrah de la pechera mientras éste, nuevamente, cae a peso muerto sobre la cama. Punto final, pues, para una secuencia que sintetiza el espíritu fundamental de este western (una historia que pivota entre el drama y la comedia y que trata temas tan diversos como la amistad, la paulatina desmitificación del viejo oeste y la lucha por la dignidad perdida) y que constata, a su vez, ese inconfundible estilo silencioso de su autor, Howard Hawks. Un estilo que solo le sirvió al bueno de Hawks para que sus propios paisanos lo consideraran como un buen artesano hasta que, por fortuna, llegaron los franceses del Cahiers du Cinèma, lo descubrieron y lo encumbraron —definitivamente— como uno de los mejores directores de todos los tiempos. 

Antes de finalizar este spoiler —sin embargo— me gustaría añadir, como anexo, la interpretación de la escena que me acaba de enviar un buen amigo: Josep Escanilla. La verdad es que fue él quién me empujó a describir esta secuencia y precisamente por eso he preferido que fuera él quién concretara lo que, a su parecer, pretendía transmitirnos Howard Hawks. Un parecer que coincide total y absolutamente con el mío y que os adjunto a continuación:

[Una de mis secuencias preferidas es cuando Thornton le lanza un cubo de agua a Jean Paul Harrah para que se despierte. Esta breve secuencia en la que se produce un intercambio de golpes entre los dos trasciende la simple comicidad; el director, de forma sutil, nos revela lo que más tarde será evidente: el sheriff necesita desesperadamente la ayuda de su amigo pero, aún así, su orgullo le impide pedírsela. Por otro lado, Thornton lo sabe pero nunca se la ofrecerá abiertamente para no herir su dignidad. Una situación delicada y difícil que Hawks resuelve de forma impecable]


dissabte, 8 d’abril del 2017

“HE VENIDO AL ENTIERRO DE MI MADRE Y, TAL VEZ, A SALUDAR A MIS HERMANOS ¿ALGUNA OBJECIÓN?” (Los cuatro hijos de Katie Elder, 1965. Henry Hathaway)


Los cuatro hijos de Katie Elder (The sons of Katie Elder)

Estados Unidos, 1965

Director: Henry Hathaway

Guión: William H. Wright, Allan Weiss y Harry Essex. Basado en una obra de Talbot Jennings

Fotografía: Lucien Ballard

Música: Elmer Bernstein

Intérpretes:

John Wayne (John Elder)
Dean Martin (Tom Elder)
Martha Hyer (Mary Gordon)
Michael Anderson Jr. (Bud Elder)
Earl Holliman (Matt Elder)
George Kennedy (Curley)
Paul Fix (Sheriff Billy Wilson)
Dennis Hopper (Dave Hastings)
James Gregory (Morgan Hastings)
Jeremy Slate (Ben Latta)

SINOPSIS: Clearwater, Texas. Tras varios años de ausencia, John, Tom, Matt y Bud Elder regresan a su pueblo natal para enterrar a su madre, Katie. Poco después del funeral reciben la visita de Mary Gordon, quien les recrimina haber abandonado a Katie. Previamente, además, el Sheriff Billy Wilson informa a John Elder que el rancho familiar ya no les pertenece puesto que Bass, el padre, lo perdió jugando al poker poco antes de ser asesinado por los secuaces de Morgan Hastings, el armero del pueblo. A consecuencia de todo ello, los cuatro hermanos se conjurarán para recuperar el rancho y cobrar venganza.



Aunque no suele aparecer entre los mejores westerns de la historia del cine yo creo, francamente, que “Los cuatro hijos de Katie Elder” podría y merecería figurar —sin lugar a dudas— en cualquier top del género. Posiblemente esa ignominiosa ausencia se deba a que su autor es Henry Hathaway, un cineasta al que siempre se le negó el talento que nunca se le cuestionó a Ford, Hawks o Mann y que sí cargó —sin embargo— con un sambenito, a mi juicio, absolutamente injusto. Sí, me estoy refiriendo al sambenito de artesano, un calificativo que todo el mundo acostumbra a asociar con este grandísimo cineasta y que no me cuadra en absoluto, por ejemplo, con el inconmensurable lirismo que ostentan algunas de las mejores escenas de esta película.

Así pues, admitiendo por de pronto que “Los cuatro hijos de Katie Elder” es algo irregular y que quizás el desarrollo de algunos personajes y el tono de la peli (épico a veces, cómico otras) no acaba de cuajar como debería, también es justo y necesario reconocer que tiene tres o cuatro secuencias muy pero que muy buenas. Particularmente dudé entre la última (la del sutil toque de John Elder a la mecedora de Katie) y la que encabeza este spoiler. Y dudé, sencillamente, porque las dos me gustan por igual. Sin embargo, acabé decidiéndome finalmente por ésta, por la de la épica irrupción de John Wayne en el tramo inicial de la peli, porque estamos ante una escena que trasciende el propio argumento de este film y apunta directamente a la figura de este actor como mito del cine en general y del western en particular.



Me explico. John Wayne contrajo cáncer de pulmón en 1964 y fue sometido a una intervención quirúrgica para extraerle el pulmón izquierdo y un par de costillas. Afortunadamente, el tratamiento fue un éxito y John Wayne sobrevivió. Pero no sólo eso. Pocos meses después de la operación, el protagonista de westerns tan emblemáticos como “La diligencia”, “Centauros del desierto” o “El hombre que mató a Liberty Valance” estaba en Mexico rodando la peli que hoy nos ocupa. Una peli que debía simbolizar la victoria de Wayne en su batalla contra el cáncer y constatar, asimismo, que un simple actor como él también podía ser tan duro de roer como sus propios personajes. Tan y tan duro de roer, incluso, como para no acobardarse y seguir haciendo pelis como si nada hubiera sucedido.



Su irrupción en escena tras la enfermedad, por lo tanto, debía estar a la altura de las circunstancias. Y precisamente por eso, sin que ningún motivo argumental lo justifique, John Elder (o lo que es lo mismo, John Wayne) aparece de repente entre las rocas de un cerro cercano al cementerio de Clearwater cuando horas antes sus hermanos lo esperaban en la estación. Una aparición que contiene un halo total y absolutamente místico y que me recordó un poquito a la imagen recortada en el horizonte del Sargento Rutledge (Woody Strode) en “El sargento negro” (1960), de John Ford.  

Estamos, en definitiva, ante una especie de resurrección. Ante uno de los mejores homenajes del cine a uno de sus mitos vivientes. Y es precisamente por ello por lo que, una vez más, me niego a catalogar a Henry Hathaway como un mero artesano del séptimo arte. Porque aunque sus pelis quizás no sean tan redondas como algunas de Ford, Hawks o Mann, Hathaway era —sin lugar a dudas— un cineasta como la copa de un pino. Y escenas como la de hoy, con Wayne contemplando desde las rocas como entierran a su madre, así lo corroboran.



Sin nada más que añadir, os dejo con el diálogo mantenido entre John Elder (John Wayne) y el Sheriff Billy Wilson (Paul Fix) en ese cerro cercano al cementerio de Clearwater. Un diálogo que viene precedido por un conato de enfrentamiento entre ambos (John Elder percibe que alguien lo acecha y desenfunda su revólver) y que, tras la confusión, hace las veces de perfecta sinopsis de la película poniéndonos en antecedentes de todo lo que ha ocurrido en el pueblo en los últimos meses. Dice así:




John Elder: “Billy”

Sheriff Billy Wilson: “Hola, John”

John Elder: “Si vas a aparecer por detrás, deberías tener más cuidado”

Sheriff Billy Wilson: “Tan rápido como siempre… Puede que más ¿Has estado practicando?”

John Elder: “¿Aún no hay periódicos por aquí?”

Sheriff Billy Wilson: “No, pero las noticias vuelan de casa en casa ¿Por qué vienes por este otro lado? ¿Temes que haya líos?”

John Elder: “Siempre hay alguien buscando líos. Clearwater no es diferente. Billy, lo que no quiero son... líos”

Sheriff Billy Wilson: “¿Cuánto piensas quedarte?”

John Elder: “No lo sé. Acabo de llegar. La gente te deja quitarte el sombrero antes de echarte”



Sheriff Billy Wilson: “No te estoy echando. Sólo pregunto cuánto piensas quedarte”

John Elder: “¿Alguna razón por la que no debería quedarme?”

Sheriff Billy Wilson: “Sí. De hecho, hay un par de razones. Una es que ésta ya no es tu casa. La dejaste hace años”

John Elder: “Continúa”

Sheriff Billy Wilson: “La segunda, que hoy ha llegado otro hombre. Tengo entendido que es un experto con la pistola”

John Elder: “¿De quién se trata?”

Sheriff Billy Wilson: “No lo sé. No es de aquí. Tengo entendido que presta sus servicios. Y la tercera es que tengo un sustituto que se toma su trabajo muy en serio”

John Elder: “¿Se me busca por algo, Billy?”

Sheriff Billy Wilson: “No”

John Elder: “Entonces, tengo una idea”

Sheriff Billy Wilson: “¿Sí?”

John Elder: “Manda a ese joven sustituto a echar del pueblo al otro tipo”

Sheriff Billy Wilson: “Supongo que sería una forma de hacerlo. Lo que pasa es que tampoco se le busca”

John Elder: “He venido al entierro de mi madre y, tal vez, a saludar a mis hermanos ¿Alguna objeción?”

Sheriff Billy Wilson: “No”

John Elder: “Bien”

Sheriff Billy Wilson: “Si quieres ver a los chicos, ve por ahí. No tendrás que pasar por el pueblo”

John Elder: “El rancho está por ahí”

Sheriff Billy Wilson: “Ya no. Morgan Hastings es su propietario. Katie vivía donde Lupin cuando falleció”

John Elder: “¿Cuándo fue eso, Billy?”

Sheriff Billy Wilson: “Mataron a tu padre hace seis meses”

John Elder: “¿Quién lo hizo?”

Sheriff Billy Wilson: “Aún no lo he averiguado. John... No hagas tonterías”