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dilluns, 24 de setembre del 2018

“HE TRABAJADO PARA HOMBRES QUE ME DABAN MUCHO… PERO JAMÁS PARA ALGUIEN QUE ME LO DIERA TODO” (Los siete magníficos, 1960. John Sturges)



Los siete magníficos (The magnificent seven)

Estados Unidos, 1960

Director: John Sturges

Guión: William Roberts

Fotografía: Charles Lang

Música: Elmer Bernstein

Intérpretes:

Yul Brynner (Chris Larabee)
Eli Wallach (Calvera)
Steve McQueen (Vin Tanner)
Charles Bronson (Bernardo O’Reilly)
James Coburn (Britt)
Robert Vaughn (Lee)
Horst Buchholz (Chico)
Brad Dexter (Harry Luck)
Rosenda Monteros (Petra)
Jorge Martínez de los Hoyos (Hilario)
Rico Alaniz (Sotero)
Pepe Hern (Tomás)

SINOPSIS: 1880-1890. Los habitantes de una humilde aldea mexicana próxima a la frontera con Texas son asolados una vez al año por Calvera y sus hombres, una banda de forajidos que les exigen un pago anual por sus cosechas y que no dudan en matar hombres o violar mujeres si no consiguen sus objetivos. Hastiados por no poder defenderse, los campesinos del lugar harán todo lo posible para contratar a Chris Larabee, un experimentado mercenario que terminará accediendo tras reunir a otros seis hábiles pistoleros para enfrentarse al temible bandido.



Quizás no sea una obra maestra pero lo que queda fuera de toda duda es que “Los siete magníficos” es uno de los westerns más populares de la historia del cine. Razones hay muchas: su espectacular elenco interpretativo, su épico e inconfundible tema musical (junto a los spaghettis de Morricone, el score de Elmer Bernstein es incuestionablemente el más silbable del género), sus memorables tiroteos y, por descontado, su gran capacidad para entretener al espectador. Aún así, si un aspecto del western de John Sturges siempre me ha llamado poderosamente la atención ese aspecto es, sin lugar a dudas, sus maravillosos diálogos. De todos ellos, sin embargo, solo uno me quedó grabado a fuego la primera vez que vi esta película. Se trata de una frase que pronuncia Chris Larabee (Yul Brynner) tras hablar con los campesinos mejicanos que solicitan su ayuda para afrontar la presión y los abusos a los que son sometidos por parte de Calvera (Eli Wallach) y sus hombres. Una frase con una extraordinaria fuerza dramática que dice así:

“He trabajado para hombres que me daban mucho… Pero jamás para alguien que me lo diera todo”





Así pues, pese a que “Los siete magníficos” posee secuencias potencialmente mejores a la que finalmente he escogido (la de los títulos de crédito iniciales, la del carromato fúnebre o la del tiroteo final, podrían ser tres buenos ejemplos), permitidme que dedique mi spoiler de hoy a la escena que incluye la frase anteriormente citada. Básicamente porque aunque quizás no resulte demasiado atractiva desde una perspectiva puramente visual o narrativa, constituye la razón de ser de la propuesta argumental (recordemos, eso sí, que “Los siete magníficos” es un remake en clave de western de “Los siete samuráis” de Akira Kurosawa) y, al mismo tiempo, un inmejorable paradigma de aquel típico pistolero tan duro como romántico. De aquel pistolero acostumbrado a moverse por dinero y que en esta ocasión —sin embargo— aceptará luchar por una causa prácticamente perdida, sin apenas remuneración y con la única ayuda de seis expeditivos mercenarios y un puñado de labriegos desesperados.





La escena en cuestión empieza con Chris Larabee (Yul Brynner) reunido con tres campesinos en una humilde habitación de una ciudad cercana al poblado asolado por Calvera (Eli Wallach) y sus hombres. Los tres hombres son, concretamente, Hilario (Jorge Martínez de los Hoyos), Sotero (Rico Alaniz) y Tomás (Pepe Hern). La conversación se desarrolla de la siguiente manera:

Hilario: “Creemos que es usted un hombre de confianza”

Chris: “Muchas gracias”

Tomás: “Queremos que nos ayude”

Hilario: “Contra un tal Calvera”

Sotero: “Un ladrón y un asesino”

Tomas: “Él y sus hombres nos roban la comida y nos dejan morir de hambre. Y además, nuestras mujeres...”

Chris: “Esperen un momento. Si buscan protección… ¿Por qué no acuden a los rurales?”

Hilario: “Ya lo hicimos. Dos veces. Pero no pueden dejar una guarnición en un pueblecito de forma indefinida. Así que se fueron”

Tomás: “Y entonces volvió Calvera. Y sigue volviendo cada año. Lo seguirá haciendo hasta que alguien lo detenga”

Chris: “Siéntense”

Sotero: “Necesitamos ayuda”

Hilario: “Tenemos que comprar armas pero no sabemos nada de esas cosas ¿Querría comprarlas por nosotros?”

Chris: “Las armas son muy caras y difíciles de conseguir ¿Por qué no contratan hombres?”

Hilario: “¿Hombres?”

Chris: “Pistoleros. Hoy en día son más baratos que las armas”

Hilario: “¿lría usted?”

Tomás: “Sería una bendición si nos ayudara”

Chris: “Lo siento. No vivo de bendiciones”

Hilario: “No, no. Le ofrecemos más que eso. Le daríamos comida cada día”

Tomás: “Y tenemos esto”

Chris: “¿Qué es eso?”

Tomás: “Podemos cambiar esto por oro. Es todo lo que tenemos. Todo lo de valor que había en el pueblo”





Chris: “He trabajado para hombres que me daban mucho… Pero jamás para alguien que me lo diera todo”

Tomás: “¿Será suficiente?”

Hilario: “Verá usted, si lográramos ahuyentar a los bandidos, la vida podría ser muy buena en nuestro pueblo. Pero, tal como está ahora... Nosotros podemos aguantar, pero los niños lloran porque tienen hambre”

Chris: “¿Comprenden en el pueblo lo que implica empezar una cosa así?”

Sotero: “Nosotros también lucharemos. Todos”

Tomás: “Cuando llegue Calvera, doblará la campana de la iglesia”

Hilario: “Lucharemos con armas, si las tenemos. Y si no, con machetes, hachas, palos, cualquier cosa…”

Chris: “Una vez se empieza, hay que estar preparado para matar y volver a matar. Y matar más aún, hasta que haya acabado todo”

Tomás: “Lo comprendemos”

Hilario: “Nos hacemos cargo”

Chris: “¿Todos los hombres del pueblo opinan lo mismo?”

Tomás: “Absolutamente todos”

Chris: “Veré lo que puedo hacer”

Hilario: “Gracias. Sabe...”

Chris: “Esperen. No he dicho que vaya a ir. Haré correr la voz de que buscan hombres”

Hilario: “No será difícil encontrarlos. Todo el mundo lleva pistola”

Cris: “Claro. También todos llevan pantalones. Eso se da por sentado. Pero… ¿Que sirvan? Eso ya es otra cosa”

Sotero: “¿Y cómo puede saber usted si sirven?”

Chris: “Hay maneras”





Poco más se me ocurre añadir a un diálogo cuyas frases lo dicen todo. Todo sobre un hombre duro, un mercenario, que a la sazón termina empatizando con unos humildes campesinos que necesitan ayuda y que, para ello, están dispuestos a dárselo TODO. Absolutamente TODO. Aún así, comentar —por supuesto— que la puesta en escena es la correcta (con los pertinentes planos/contraplanos de Chris y los mejicanos y algún plano conjunto) y que las interpretaciones de los cuatro hombres me parecen francamente notables. Los mejicanos con esos rostros y gestos tan tímidos y respetuosos como firmes y convencidos a la vez y Yul Brynner —faltaría más— con esa mirada, esa voz (recomiendo encarecidamente ver la peli en VO para apreciarla) y ese elegantísimo porte que, a la postre, lo convirtieron en una auténtica estrella de Hollywood. “Los siete magníficos”, por ejemplo, así nos lo confirma.


divendres, 9 de juny del 2017

“–¿QUÉ VA A COMER? +¿QUÉ TIENE? –JUDÍAS CON GUINDILLAS +¿TIENE OTRA COSA? –GUINDILLAS SIN JUDÍAS” (Conspiración de silencio, 1955. John Sturges)


Conspiración de silencio (Bad day at Black Rock)

Estados Unidos, 1955

Director: John Sturges

Guión: Millard Kaufman y Don McGuire. Basado en una obra de Howard Breslin

Fotografía: William C. Mellor

Música: André Previn

Intérpretes:

Spencer Tracy (John J. Macreedy)
Robert Ryan (Reno Smith)
Walter Brennan (Doc Velie)
Ernest Borgnine (Coley Trimble)
Lee Marvin (Hector David)
Anne Francis (Liz Wirth)
John Ericsson (Pete Wirth)
Dean Jagger (Tim Horn)
Russell Collins (Mr. Hastings)
Walter Sande (Sam) 

SINOPSIS: Black Rock es un pequeño y aislado pueblo del oeste americano en cuya estación de tren desciende un buen día de 1945 John J. Macreedy, un hombre de unos 60 años —elegante y educado— a quien le falta una mano. El recelo y animadversión inicial de los lugareños hacia el forastero se transformará rápidamente en franca hostilidad cuando éste les explica que el verdadero motivo de su visita es hacerle entrega a Joe Komako —un vecino de origen japonés a quien no logra localizar— de una medalla militar que le concedieron a su difunto hijo por haberle salvado la vida. Como era de esperar, las indagaciones de Macreedy pondrán su vida en peligro pero ello no impedirá que este astuto y veterano excombatiente norteamericano termine descubriendo qué sucedió realmente con Komako.      



Hablar de John Sturges (“Fort Bravo”, “Duelo de titanes”, “El último tren de Gun Hill”, “Los siete magníficos”…) es, fundamentalmente, hablar de western. Y lo es porque Sturges me parece, sin lugar a dudas, uno de sus mejores especialistas. Aún así, la que yo considero como su mejor película no es un western. Al menos en el estricto sentido de la palabra. Personalmente yo la definiría más bien como un neowestern. Un neowestern (con pinceladas de noir o thriller, por supuesto) que a pesar de desarrollarse cronológicamente fuera del periodo histórico habitual (segunda mitad del s. XIX y principios del s. XX) respira, a mansalva, amor y respeto por el género del cual procede. Lo constatamos a través del árido paisaje, a través de ese tren que aparece al principio y al final de la peli, a través de la indumentaria de muchos de sus personajes y a través del franco apego de gran parte de ellos hacia ese viejo y lejano oeste norteamericano que, a decir verdad, tampoco había cambiado tanto a mediados del s. XX. 



Me estoy refiriendo, naturalmente, a “Conspiración de silencio”. O lo que es lo mismo: a “Bad day at Black Rock”. Un peliculón que no dura ni hora y media y que —además de abducirte desde el minuto cero— rezuma ritmo y tensión por los cuatro costados. Con un guión espléndido, una puesta en escena magistral y unas interpretaciones impecables. Ah, y con mensaje, por supuesto ¿Se le puede pedir algo más a una peli?

Dicho esto, permitidme que comparta con todos vosotros una de mis escenas favoritas de esta peli. Una secuencia que contiene todos los elementos anteriormente citados y que pone de manifiesto, por si fuera poco, el inmenso talento narrativo y visual de John Sturges. Un cineasta que, con el tiempo, ha pasado de ser considerado un buen artesano a ser considerado —definitivamente— como un autor en mayúsculas. Comprobemos por qué.




La escena que encabeza este spoiler empieza cuando John J. Macreedy (Spencer Tracy) entra en el bar (o saloon) de Black Rock con objeto de comer algo justo antes de tomar el tren e irse del pueblo. Como podréis suponer, la presencia del forastero sigue resultando incómoda (ver sinopsis) y ello lo podemos corroborar con la extraordinaria frialdad (o en el mejor de los casos, indiferencia) mostrada por los parroquianos (la mayoría secuaces de Reno Smith) que allí se congregan. La secuencia, por consiguiente, nos remite a infinidad de situaciones similares vistas una y mil veces en westerns de todas las épocas. A bote pronto os podría citar escenas parecidas en films como “El pistolero” (Henry King, 1950), “Raíces profundas” (George Stevens, 1953), “El último atardecer” (Robert Aldrich, 1961) o “Infierno de cobardes” (Clint Eastwood, 1972) pero lo dicho: el western, en general, tiene escenas de este tipo a destajo. Y precisamente esta similitud, esta incuestionable correspondencia entre “Conspiración de silencio” y otros muchos westerns clásicos y contemporáneos, es uno de los muchos factores que —a mi juicio— convierten la peli de Sturges en, como ya hemos dicho antes, un auténtico neowestern.




Aún así, sin embargo, es muy posible que la situación en la que se ve inmerso Macreedy nos remita, asimismo, a otro célebre western que aún no hemos citado. Me estoy refiriendo, como no, a “Solo ante el peligro” (Fred Zinneman, 1952). No tan sólo porque nadie (a excepción de Liz Wirth (Anne Francis) y Doc Velie (Walter Brennan) en algún momento puntual) parece muy dispuesto a prestarle ayuda a Macreedy (como le ocurre también a Will Kane (Gary Cooper) en “Solo ante el peligro”) sino porque todo el mundo —en líneas generales— parece bastante acobardado en Black Rock. Acobardados por lo que hicieron (matar o bien ser cómplices del asesinato de Joe Komako) y acobardados, también, por su condición de sumisos esbirros de Reno Smith (Robert Ryan), el “cacique” del pueblo. Una situación que, metafóricamente, la podríamos asociar con la famosa Caza de Brujas emprendida por el senador MacCarthy entre 1950 y 1956 contra todo aquel sospechoso de llevar a cabo actividades comunistas y, por ende, con todo lo que ya había pretendido denunciar Fred Zinneman tres años atrás mediante su mítico y magistral superwestern.      



Pero, bueno, dejémonos de asociaciones políticas y volvamos al bar. Una vez dentro, Macreedy se sienta en un taburete de la barra e inicia con el barman (Francis McDonald) la conversación que da nombre a este spoiler:

Barman: “¿Qué va a comer?”

Macreedy: “¿Qué tiene?”

Barman: “Judías con guindillas”

Macreedy: “¿Tiene otra cosa?”

Barman: “Guindillas sin judías. Si no le gusta el sabor, hay ketchup”

Macreedy: “Está bien, comeré eso. Una taza de café”

Al margen de esa curiosa combinación de frialdad y fina ironía o cinismo que pone de manifiesto este pequeño diálogo entre Macreedy y el barman (acentuado, además, por el sepulcral silencio mantenido por los otros parroquianos que se hallan en ese mismo momento en la cafetería) me gustaría destacar, en este preciso instante, el extraordinario tratamiento visual de Sturges. Fijaos, si no, en cómo coloca la cámara para que el objetivo consiga reunir en un mismo plano a Macreedy, el barman y los otros clientes del bar. Acto seguido, sin embargo, dos hombres irrumpen por la puerta principal: son Reno Smith (Robert Ryan) y Coley Trimble (Ernest Borgnine). El plano cambia, se cierra un poco, y lo que podemos ver a continuación es a Macreedy por la izquierda, a Coley por el centro, al barman por la derecha y a Smith, al fondo.



Coley Trimble: “¿Aún está por aquí? Creí que no le gustaba este lugar”

Macreedy: “¿Se refiere al llegar o al irme?”

Coley Trimble: “Al quedarse”

Macreedy: “Sin comentarios”

Coley Trimble: "Sin comentarios, dice... Y está sentado en mi lugar”

Dicho esto, Macreedy cambia de asiento y Coley se acomoda a su lado para seguir provocándole. Para seguir hostigándole. Para seguir acosándole. Macreedy, sin embargo, apenas se inmuta. Es zorro viejo y demuestra tener la situación completamente controlada. Aún así, la tensión va en aumento. Y aunque Macreedy sigue imperturbable como un témpano de hielo, los espectadores (tanto los del bar como los que estamos al otro lado de la pantalla) nos convertimos —de repente— en testigos presenciales de una situación tan tirante como francamente peligrosa. Un ambiente violento y enrarecido que me recordó, por cierto, al encuentro entre Matt Morgan (Kirk Douglas) y Craig Belden (Anthony Quinn) en el despacho de éste último en “El último tren de Gun Hill”. Coincidencia que me constata, asimismo, que John Sturges era un auténtico maestro manejando la tensión y rodando este tipo de secuencias.

Coley Trimble: “Este taburete no es cómodo”

Macreedy: “Eso me temía”

Coley Trimble: “Creo que me gusta el suyo”

Reno Smith: “Coley es variable como una veleta”

Macreedy: “¿Podría decirme dónde debo sentarme?”

Antes de llegar al clímax de la escena, no obstante, seguiremos presenciando como Coley y Smith persisten en provocar y avasallar a Macreedy de todas las formas habidas y por haber. Sobre todo verbalmente, por supuesto, pero también con gestos y acciones físicas. En un momento dado, por ejemplo, Coley coge el bote de ketchup y aplica un buen chorreón de tomate a ese plato de judías con guindillas que Macreedy no deja de marear constantemente con la cuchara. Naturalmente, Macreedy no cae en la pueril provocación de Coley y se limita a dirigirle a Reno Smith un comentario irónico. 



Coley Trimble: “Espero que no sea demasiado”

Macreedy (dirigiéndose a Reno Smith): “Su amigo es un hombre excesivamente servicial”

Reno Smith: “Y un poco impulsivo a veces. Peligroso como una serpiente de cascabel”

Coley Trimble: “Sí, amigo. Así soy yo: medio caimán y medio caballo. Métase conmigo y lo destripo de una coz ¿Qué me dice a eso?”

Macreedy: “Sin comentarios”

Coley Trimble: “Hablar con usted me da náuseas. Me revienta… ¡Usted es un cobarde amigo de los japoneses! ¿Me equivoco?”

Macreedy: “No sólo se equivoca en eso sino en levantar tanto la voz”

Coley Trimble: “¡No le gusta a usted mi voz!”



Macreedy (dirigiéndose a Reno Smith): “Creo que su amigo está intentando buscar camorra”

Reno Smith: “¿Por qué se le va a ocurrir semejante cosa?”



Macreedy: “Pues no lo sé… Seguramente cree que hostigándome de ese modo podría hacerme estallar y que quizás me revolviese contra él. Y entonces él o ese otro esbirro suyo que está ahí podrían matarme a palos alegando legítima defensa”



Reno Smith: “No creo que sea necesario. Tiene usted tanto miedo que probablemente antes se morirá del susto”

Coley Trimble: “Pero antes de que ocurra eso… ¿No podría luchar con usted con una mano atada a la espalda? ¿O quiere que sean las dos manos?”
  





Y esta última frase es la que, finalmente, hará estallar a Macreedy. La frase y el agarrón de Coley, por supuesto. Una provocación que será respondida con un rápido, certero e inesperado golpe de Macreedy al cuello/clavícula de Coley. Y ahí viene lo bueno. Que no estamos hablando de una tanda de puñetazos normales y corrientes. Estamos hablando de una auténtica demostración de artes marciales. Porque a ese primer golpe le seguirán otros. Todos secos, duros e infalibles. Hasta una impecable llave final. Y, obviamente, con Coley como receptor, claro. Lo que no sabría deciros, sin embargo, es si esos golpes y llaves son de karate o de cualquier otra disciplina nipona. En cualquier caso, no obstante, lo que me parece bastante probable es que Macreedy aprendiera este tipo de lucha en Japón, durante la II GM. Y hete aquí la gran paradoja de la escena. Que ese hombre mayor y manco sea capaz de darle una soberana tunda a un hombre más joven y, teóricamente, más fuerte. Y encima empleando técnicas de lucha foráneas. Japonesas, para más inri. Una extraordinaria jugada argumental que además de detonar el primer gran punto de inflexión de la peli edifica, asimismo, un gran alegato antirracista. Recordemos, si no, la frase más subida de tono de esta escena. La que le espeta Coley a Macreedy chillando. Con los ojos inyectados en sangre: “Hablar con usted me da náuseas. Me revienta… ¡Usted es un cobarde amigo de los japoneses! ¿Me equivoco?”





Tras la pelea, sin embargo, asistimos a la parte más discursiva de la secuencia. La parte en la que Macreedy estalla verbalmente y en la que la parsimonia y la inmutabilidad del protagonista dan paso a una autentica muestra de valentía, de arrojo, de determinación. Y así, después de deshacerse de Coley, Macreedy dejará completamente mudo a Smith. Comprobémoslo.



Macreedy: “¿No hubiera sido más fácil esperar que les diera la espalda... O es que hay demasiados testigos presentes?”

Reno Smith: “Aún está en peligro”

Macreedy: “Usted es quién lo está. Pase lo que pase, está perdido”

Reno Smith: “Me parece que está usted un poco confundido”

Macreedy: “Usted mató a Komako, Smith. Y tarde o temprano, pagará por ello. No porque lo haya matado porque ya sé que en un pueblo como éste hace lo que se le antoja sino porque no tuvo arrestos para hacerlo solo y se confió a individuos como éste… y éste otro que no son precisamente los más dignos de confianza. El día menos pensado se darán cuenta que usted los toma por tontos… ¿Y qué hará entonces? ¿Matar a uno y luego al otro? Entre tanto pueden perder los estribos y cuando lo hagan será su perdición. Su ruina. Porque ellos tienen un arma contra usted que utilizarán cuando las cosas se pongan feas. Y se están poniendo feas por momentos”

Doc Velie (Walter Brennan): “¡Vaya, hombre, vaya!”

En fin, no quisiera repetirme pero quisiera reiterar, una vez más, lo mucho que me gusta esta escena. Por su planificación, por su ritmo, por su riqueza visual, por sus diálogos, por la tensión que transmite, por lo bien que están —especialmente— Spencer Tracy y Ernest Borgnine… Pero, sobre todo, por la lección de Macreedy a todos los parroquianos del bar. Lección física (la tunda a Coley es antológica) y lección ética y moral, por supuesto. Un gustazo, vaya.



dimecres, 14 de desembre del 2016

“DE ACUERDO, CRAIG. EL ÚLTIMO TREN SALE A LAS NUEVE. ME IRÉ EN ÉL. PERO VENDRÁN DOS HOMBRES CONMIGO. Y UNO DE ELLOS LLEVARÁ UN CORTE EN LA CARA” (El último tren de Gun Hill, 1959. John Sturges)


El último tren de Gun Hill (Last train from Gun Hill)

Estados Unidos, 1959

Director: John Sturges

Guión: James Poe. Basado en una obra de Les Crutchfield

Fotografía: Charles Lang

Música: Dimitri Tiomkin

Intérpretes:

Kirk Douglas (Matt Morgan)
Anthony Quinn (Craig Belden)
Carolyn Jones (Linda)
Earl Holliman (Rick Belden)
Brad Dexter (Beero)
Brian Hutton (Lee Smithers)
Ziva Rodann (Catherine Morgan)
Bing Russell (Skag)

SINOPSIS: Tras el asesinato de su esposa, el sheriff Matt Morgan se dirige en tren a Gun Hill para detener a los culpables. Su única pista es una silla de montar con las iniciales de Craig Belden, un viejo amigo que vive allí. Cuando llega a Gun Hill, Morgan descubre que uno de los asesinos es, precisamente, el hijo de su amigo. Con toda la ciudad en su contra —Belden es el cacique local— Morgan no se irá hasta que consiga arrestar a los culpables y llevárselos consigo en el último tren: el de las nueve.



Elegir una sola escena para conmemorar el cumpleaños número 100 de Kirk Douglas no es —sin lugar a dudas— tarea fácil. No en vano estamos hablando de un mito viviente, de uno de los mejores actores de la época dorada de Hollywood con cerca de 100 películas en su haber y un buen puñado de obras maestras. Como “Cautivos del mal”, “Senderos de gloria” o “Espartaco” por citar tan solo tres sencillos ejemplos. Aún así, puesto que me apetecía un montón volver al western y hacía tiempo que le tenía ganas a “El último tren de Gun Hill”, la elección del spoiler de hoy ha sido relativamente fácil.

Naturalmente, la peli de John Sturges tiene varias escenas memorables. A bote pronto se me ocurre la de la violación y posterior asesinato de la esposa de Morgan, algunos espléndidos diálogos entre Morgan y varios ciudadanos de Gun Hill o, evidentemente, la del emocionante duelo final entre Morgan y Belden en la estación.



La escena del spoiler de hoy no es, sin embargo, ninguna de ellas. Pero sí es, por supuesto, mi preferida. Entre otras cosas porque refleja a la perfección una de las grandes virtudes, a mi juicio, de esta película: la tensión. Una tensión que va creciendo poco a poco y por momentos hasta volverse absolutamente insoportable. Aún así, lo que finalmente me ha empujado a elegir la escena que figura en el título de este spoiler ha sido, sobre todo, el extraordinario tour de force interpretativo de sus dos protagonistas: Kirk Douglas y Anthony Quinn. O lo que es lo mismo: Matt Morgan y Craig Belden. Me estoy refiriendo, como no, a la tensa escena del reencuentro entre Matt y Craig en el rancho del segundo.



Antes de meterme de lleno en la mencionada escena, sin embargo, permitidme ya de paso que reivindique un poquito la figura de John Sturges. Fundamentalmente porque —a pesar de su innegable condición de especialista en el género del western— Sturges siempre fue considerado poco más que un hábil artesano. Y precisamente por ello considero que ya va siendo hora que a un cineasta tan preocupado por la puesta en escena, a un cineasta tan preocupado por el uso de la luz, el color y el scope, a un cineasta tan preocupado por el ritmo y la tensión narrativa se le reconozca como lo que fue: un autor. Sobre todo cuando pelis como “Conspiración de silencio” (1955), “Duelo de titanes” (1957), “Los siete magníficos” (1960) o “La gran evasión” (1963), por ejemplo, así lo certifican.



Pero bueno, dejémonos de prolegómenos y vayamos a la escena en cuestión. Una secuencia, por cierto, que ya de por sí es suficientemente explícita gracias a la elocuente conversación mantenida entre Matt Morgan (Kirk Douglas) y Craig Belden (Anthony Quinn), sus dos protagonistas. Así pues, lo que un servidor va a hacer con esta escena, simplemente, es comentarla muy por encima. Intentando describir —tan sólo— algunos detalles o gestos que por fuerza escapan al diálogo entre estos dos viejos amigos.

La escena del spoiler de hoy empieza, pues, con la llegada de Craig Belden y Beero (Brad Dexter), su capataz, al rancho del primero. En él aguarda Matt Morgan, quien ha venido a devolverle a Belden una silla de montar con sus iniciales. El quid de la cuestión radica en que la mencionada silla es la única pista que Matt dispone acerca de los asesinos de su mujer. Naturalmente, Morgan cree que alguien ha robado el caballo con la silla de Belden y, a posteriori, ha cometido el crimen. Por su parte, Belden cree que quien le espera para devolverle la silla es el propio ladrón o alguien que desea obtener con esa devolución algún tipo de recompensa. Lo primero que vemos, en cualquier caso, es un pequeño carruaje y la silla de montar de Belden frente a la puerta del rancho del cacique.



Craig Belden: Lleva la silla al cuarto de arreos”

Beero: “¿Me necesita, Sr. Belden?”

Craig Belden: “No. Y di que la limpien”



Craig Belden: “¿Matt?”

Matt Morgan: “Hola, Craig”

Craig Belden: “¡Matt Morgan! ¡Y yo que venía a pegarle una paliza a un cuatrero! ¡No cambiaría esto por nada!”



Matt Morgan: “Te he traído tu silla”

Craig Belden: “Ya lo veo ¿Dónde la encontraste?”

Matt Morgan: “Muy lejos de tu casa. En Pawley”

Craig Belden: “¿Cogiste a los ladrones?”

Matt Morgan: “Lo haré”

Craig Belden: “Seguro. Venga, pasa. Tenemos muchos tragos que recuperar”

Toda esta parte transcurre en la antesala del despacho de Craig Belden. El saludo entre ambos es franco, cálido y sincero. Se nota que fueron grandes amigos, que hace tiempo que no se ven y que realmente se alegran de reencontrarse. Acto seguido ambos entran al ostentoso y recargado despacho de Craig. Un despacho verdaderamente barroco: con una gran lámpara, sillones de cuero, lujosos muebles, candelabros, alfombras, cuadros, cornamentas y cabezas de animales disecados en las paredes, una gran chimenea… A la suntuosidad del despacho me gustaría añadir también la impresionante saturación de colores que evidencia la fotografía del gran Charles Lang Jr. Me recordó enormemente al predominio de los tonos rojizos del despacho del Capitán Wade Hunnicutt (Robert Mitchum) en “Con él llegó el escándalo” (1960), de Vincente Minnelli. En ambos casos, tanto la puesta en escena como el cromatismo responden —a mi juicio— a connotaciones de clara simbología sexual dominante. Así pues, tanto Belden como Hunnicutt son cazadores, depredadores. Machos Alfa, vaya.       

Matt Morgan: “Muchos años, Craig”

Craig Belden: “Sí ¿Qué te parece, eh? No está mal para un viejo trotamundos”



Matt Morgan: “No has cambiado. Excepto en esto”

Craig Belden: “Al diablo con esto. Toma. Brindemos por los viejos tiempos y la amistad ¿Sabes, Matt? Creo que no he tenido ningún amigo desde que nos separamos. Los tengo… pero a sueldo, desde luego. Anda, siéntate. Vaya, vaya… ¿Quién diría que te vería convertido en un sheriff?

Matt Morgan: “Me di cuenta de que el otro lado no valía la pena”



Craig Belden: “¡Por la ley! Matt, ojalá te hubieras unido a mí. Tengo toda esta zona controlada. Pero todavía puedes ser mi socio”



Matt Morgan: “No, gracias. Me gusta lo que hago”

Craig Belden: “Tengo todo lo que quiero pero a una sola persona fiel, mi hijo Rick. Mi mujer murió”

Matt Morgan: “No lo sabía”



Craig Belden: “Hace nueve años. Así es la vida. Trabajas toda la vida por algo y un día, de repente, la razón por la que la que trabajabas ya no está… Te pongo otro”



Hasta este momento todo transcurre con normalidad. Como ya hemos comentado, Matt y Craig son dos buenos amigos que se han reencontrado tras muchos años sin verse y —obviamente— lo que hacen al volverse a ver es hablar y echar un trago con total y absoluta cordialidad. Naturalmente, Craig se muestra más espontáneo y efusivo que Matt. Para él ese reencuentro constituye una simple casualidad. Como si el destino hubiera querido reunirles de nuevo sin otro propósito que el de tomarse unos tragos y ponerse al día. Pero Matt no está ahí por esa razón. Y eso se nota en su cara, en sus gestos, en sus palabras. Se le nota algo cohibido, algo forzado. No en vano Matt está ahí para indagar quién puede haber violado y asesinado a su esposa. De ahí ese curioso gesto con la mano cubriéndose el rostro cuando empieza su particular interrogatorio. Poco a poco observaremos como la expresión de su rostro va cambiando. La de él y la de Craig, por supuesto. Y es que a medida que cada uno de ellos va sacando sus propias conclusiones, la tensión va en aumento. 

Matt Morgan: “Craig, cuéntame lo de la silla de montar”

Craig Belden: “Rick la cogió prestada. Iba a Dodge City con su amigo, Lee. De regreso, pararon en Pawley a tomar algo. Cuando salieron, habían desaparecido los caballos y mi silla también”

Matt Morgan: “¿Qué día pasó?”

Craig Belden: “Veamos… El domingo pasado”

Matt Morgan: “El día que mataron a mi mujer”



Craig Belden: “¿Tu mujer?”

Matt Morgan: “Los que robaron tu silla, asesinaron a mi mujer. Por eso los busco”



Craig Belden: “Vaya… Lo siento, Matt. Y yo preocupado por unos malditos caballos… Con razón los estás buscando. Sabes dónde estoy si necesitas algo. Cuenta conmigo”



Matt Morgan: “Estuve en la oficina todo el día, el día que ocurrió. Es raro que tu hijo no denunciara el robo de los caballos”

Craig Belden: “Ni se le habrá ocurrido. Aquí nadie acude al sheriff. Todos vienen a mí”

Matt Morgan: “Ya…”

Craig Belden: “¿Tienes alguna pista? Podrían entrar aquí y no sabrías quiénes son”

Matt Morgan: “No conocería a los dos. Pero... a uno sí”

Craig Belden: “Muy bien ¿Cómo?”

Matt Morgan: “Mi mujer le cruzó el rostro con el látigo. Petey estaba ahí”



Craig Belden: “¿Petey?”

Matt Morgan: “Yo también tengo un hijo. Tiene nueve años y estaba ahí, Craig. Petey dijo que le abrió la mejilla hasta el hueso”

Craig Belden: “Bueno, eso ya es algo”

Matt Morgan: “Un corte así dejará la marca durante algún tiempo”

Y yo diría que en este preciso instante es cuando empieza lo que podríamos considerar propiamente como el clímax de la escena. Básicamente porque el detalle de la marca del latigazo en el rostro del asesino que saca a relucir Matt desvela en Craig cualquier duda: definitivamente, su vástago es el asesino de la esposa de su amigo. Una revelación que hace mella en su rostro y que lo empuja a actuar nerviosamente, sirviéndose whisky y encendiéndose un cigarro a continuación. Naturalmente, Matt se da cuenta de su inquietud. Y con ello, de que sus más terribles sospechas son ciertas. Aún así, necesita una confirmación definitiva. Una confesión. Y debido a ello, sigue interrogándole.

Craig Belden: “Sí, supongo que sí”

Matt Morgan: “Creo que debería hablar con tu hijo y su amigo”

Craig Belden: “No están. Pero no podrán contarte más de lo que me han contado a mí. Estaban en un bar en Pawley y les robaron los caballos. Eso es todo”

Matt Morgan: “¿Eso es lo que te ha dicho tu hijo?”

Craig Belden: “Es lo que me dijeron ambos”

Matt Morgan: “¿Cuál de los dos tiene el corte, Craig?”

Craig Belden: “¿Qué?”

Y este vendría a ser el punto más álgido del clímax. Cuando Craig, que no ha parado de moverse en toda la escena, se sienta en una butaca y Matt, que ha estado sentado durante toda la conversación, se levanta y pronuncia muy clara y lentamente una frase que, sin lugar a dudas, incrimina a uno de los dos vaqueros de Belden.

Matt Morgan: “La marca que le dejó mi mujer antes de que la violaran y la mataran”



Craig Belden: “¿De qué estás hablando?”

Matt Morgan: “Tu hijo. Es un mentiroso”

Craig Belden: “Matt...”

Matt Morgan: “¡Miente! Tenemos dos bares en Pawley. Ninguno abre los domingos”

Craig Belden: “Lo habré entendido mal. Quizá no fuera el domingo...”

Matt Morgan: “¿Quién tiene el corte, Craig? Fue tu hijo ¿verdad?”

Craig Belden: “No, Matt”

Matt Morgan: “¡Fue él!”

Craig Belden: “No, Matt. No fue él”

Matt Morgan: “Lo averiguaré, Craig. Aunque tarde años, lo encontraré. Y todavía tendrá ese corte”

Craig Belden: “¿Y si los localizo yo por ti?”

Matt Morgan: “Me los llevaría a Pawley. Irían a juicio por violación y asesinato”

Hasta este momento hemos asistido al típico juego de plano y contraplano entre dos interlocutores: uno sentado y el otro, de pie. Primero Matt sentado y Craig de pie y, a continuación, al revés. Pero a partir de aquí hasta el final de la escena contemplaremos a los dos hombres de pie, frente a frente. Douglas vs. Quinn o Quinn vs. Douglas. Dos monstruos de la interpretación cara a cara. Matt haciéndole saber a su amigo que detendrá a su hijo cueste lo que cueste. Que lo llevará hasta el juez para que caiga sobre él todo el peso de la ley. Y Craig dejándole muy claro a su amigo que no va a permitir que arreste a su hijo. La ley por un lado y la familia por el otro. Un enfrentamiento con aroma a tragedia clásica que ya nos anticipa que uno de los dos, sin lugar a dudas, va a salir perdiendo.

Craig Belden: “Matt, eres mi mejor amigo. Haría lo que fuera por ti. Pero deja en paz al chico. Estamos hablando de mi hijo”

Matt Morgan: “No, Craig. Estamos hablando de mi mujer”



Craig Belden: “¡No toques al chico! El sheriff y todo el pueblo me pertenecen. Te irás en el próximo tren, Matt”

Matt Morgan: “De acuerdo, Craig. El último tren sale a las nueve. Me iré en él. Pero vendrán dos hombres conmigo. Y uno de ellos llevará un corte en la cara”



Lo dicho, pues: una escena de gran tensión dramática magistralmente orquestada por John Sturges, con unos espléndidos diálogos a cargo de James Poe y —por supuesto— un monumental duelo interpretativo gentileza de un par de colosos: Kirk Douglas y Anthony Quinn; dos actores que ya habían coincidido en “Ulises” (1954), de Mario Camerini y Mario Bava, y “El loco del pelo rojo” (1956), de Vincente Minnelli, y que —como no podía ser de otro modo— nos ofrecen en “El último tren de Gun Hill” una auténtica lección de cómo componer un personaje de fuerte carácter. Llámese Matt Morgan o llámese Craig Belden.

Aún así, el que acaba de cumplir 100 años y sigue vivo es Kirk Douglas. Y aunque Anthony Quinn siempre me ha gustado muchísimo y en esta peli está francamente soberbio, el homenaje de hoy va —como no— para el hombre del hoyuelo. Para él, para Matt Morgan, Doc Holliday, Jonathan Shields, Vincent Van Gogh, Einar, Espartaco, Chuck Tatum, Midge Kelly, Jack Burns, Paris Pitman, Ned Land, el Coronel Dax y para tantos otros. Muchas Gracias, Issur Danielovitch Demsky. Muchas gracias, Mr. Douglas.