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dimarts, 11 de setembre del 2018

“YA TE HE DICHO QUE FUESES RESPETUOSO CON EL CORONEL” (Chuka, 1967. Gordon Douglas)


 Chuka (Chuka)

Estados Unidos, 1967

Director: Gordon Douglas

Guión: Richard Jessup. Basado en una obra de Richard Jessup

Fotografía: Harold Stine

Música: Leith Stevens

Intérpretes:

Rod Taylor (Chuka)
John Mills (Coronel Stuart Valois)
Ernest Borgnine (Sargento Otto Hahnsbach)
Luciana Paluzzi (Veronica Kleitz)
James Whitmore (Lou Trent)
Victoria Vetri (Helena Chávez)
Louis Hayward (Mayor Benson)
Michael Cole (Spivey)
Hugh Reilly (Capitán Carroll)
Barry O’Hara (Slim – Cook)
Joseph Sirola (Jake Baldwin)
Marco López (Hanu)

SINOPSIS: Chuka, un solitario pistolero sin rumbo fijo, se incorpora a una diligencia en la que viajan Verónica, una joven y hermosa viuda, y su sobrina Helena. Tras detenerse en Fort Clendennon, un aislado puesto militar integrado por soldados condenados por todo tipo de delitos, el inminente ataque de un grupo de hambrientos arapahoes liderados por Hanu les obligará a interrumpir su viaje. Sitiados en el fuerte, la tensión no tardará en hacer mella en sus ocupantes. 


El día que me dispuse a ver “Chuka” no esperaba encontrarme con lo que me topé. La verdad es que mis expectativas eran más bien escasas. Esperaba encontrarme, como mucho, con un western modesto y discreto. Con un western de esos para pasar un rato agradable y poco más. Máxime cuando ya había visto “Río Conchos” y cuando en aquel momento supuse, cándido de mi, que a Gordon Douglas ya le había sonado la flauta una vez con ese peliculón protagonizado por Richard Boone y que difícilmente iba a darme de bruces de nuevo con otra joyita de índole similar. 

Obviamente, andaba equivocado. En primer lugar, por menospreciar a Gordon Douglas. Por creer, de antemano, que Douglas era un simple artesano sin títulos míticos en su haber, sin libreto de estilo y que jamás había destacado (creo que los cultivó casi todos) en ningún género en concreto. Y en segundo lugar por creer que a Douglas le había sonado la flauta con “Río Conchos”. Lo dicho: craso error. Quizás Gordon Douglas no suela aparecer entre los más laureados directores de western, pero cuando un realizador tiene en su filmografía películas tan solventes como “Corazón de hielo”, “Veneno implacable”, “La humanidad en peligro”, “El detective”, “Solo el valiente”, “Quince balas” o las ya mencionadas “Chuka” y “Río Conchos” no creo que podamos seguir hablando de flautas o clarinetes. Así pues, mis disculpas y respetos, Mr. Douglas.



Respecto a la escena escogida para mi spoiler comentaros, de antemano, que se trata de una secuencia casi paradójica. Y la califico así, de paradójica, porque “Chuka” no es un western con demasiada acción. Ni demasiada acción, ni demasiados tiroteos, ni demasiadas cabalgadas y demás. “Chuka” es, de hecho, un western casi teatral que se desarrolla prácticamente en su totalidad entre las cuatro paredes (o empalizadas, en este caso) de Fort Clendennon. Un lejano y aislado puesto militar en el que encontramos destinados a una variopinta caterva de soldados que parecen condenados a purgar allí sus vicios, pecados, delitos y/o errores del pasado. Estamos, por lo tanto, ante un western más bien asfixiante, opresivo, claustrofóbico. De cámara, diría yo. Un western en el que el estudio psicológico de los personajes predomina sobre la acción y los exteriores y en el que la atmósfera que se respira resulta francamente viciada y hedionda. Quizás para compensar ese ambiente turbio y cargado, para compensar ese predominio del diálogo y la tensión psicológica entre los diferentes personajes que integran el film, he decidido apostar, finalmente, por una de sus escasas escenas de acción. Una brutal e intensa pelea a puñetazos entre dos de sus protagonistas principales (Chuka (Rod Taylor) y el Sargento Otto Hahnsbach (Ernest Borgnine)) que me parece —además de salvaje y violenta como pocas— muy emocionante, muy bien rodada y ética o moralmente justificada. Al menos, por parte del Sargento Hahnsbach. Veamos por qué.

Recordemos que la pelea en cuestión viene precedida por otra escena en la que Chuka y el Coronel Stuart Valois (John Mills) —Comandante en Jefe de Fort Clendennon— discuten entre sí al negarse el primero a trabajar como explorador del segundo en una misión en territorio arapahoe. Amenazado de arresto, Chuka desenfunda su revólver y advierte al Coronel que matará a cualquiera que impida su marcha. Cuando ya está en el establo y se dispone a ensillar a su caballo y marcharse, Chuka recibe a una especie de comité de despedida. Son el Sargento Hahnsbach y algunos de sus hombres. La conversación previa a la durísima pelea a puñetazos que se producirá a continuación dice así:  

Jake (Joseph Sirola): “Chuka... Es mejor que me lo dejes hacer a mi”

Chuka: “Ya se ensillar un caballo”

Jake: “Sí, ya lo sé, pero necesitarás las dos manos, porque te esperan problemas”

Chuka: “¿Qué quieres decir con eso?”

Jake: “Muchos problemas”

Chuka: “Ya lo entiendo... ¿Qué es esto? ¿Una delegación de despedida?”

Sargento Hahnsbach: “Muy bien, ya te he avisado que fueses respetuoso con el Coronel. Pero esto ha sido ya la gota que ha derramado el vaso. Estos hombres son mis testigos. Desarmados ¿De acuerdo?”

Chuka: “¿Qué le ha dado ese Coronel de pacotilla que le ha de hacer de criada?”

Sargento Hahnsbach: “Es... Es mi Comandante en Jefe y yo no me olvido. Ahora puedes sacar esa pistola que llevas y matarme aquí mismo. O te puedes defender tan bien como puedas. Porque tengo la intención de atizarte con mis puños. Te estoy esperando”

Chuka: “¡Oh, vaya! ¡No me gustaría hacer esperar a un hombre tan ocupado como usted Sargento! Vigila a los otros, Jake”

Jake: “De acuerdo”





De pronto, y por sorpresa, Hahnsbach le arrea el primer puñetazo a Chuka. Un puñetazo que lo sorprende mientras estaba despojándose de su canana y al cual le siguen dos fuertes golpes en los riñones, uno en el estómago y otro en el mentón que lo tira al suelo, al pie de su caballo. Desde el suelo del establo, sin embargo, Chuka parece tomar la iniciativa. El cuerpo a cuerpo que se produce a continuación le permite taparle la vista con las manos a su oponente y obtener así unos segundos para reponerse momentáneamente de la paliza y poder asestarle a Hahnsbach un primer directo que, por desgracia para Chuka, apenas hace mella en el rostro del corpulento soldado. De hecho, Hahnsbach consigue sujetarlo de nuevo y lo empuja brutalmente contra un poste del establo. Por dos veces, la cabeza y la espalda de Chuka impactan contra la madera. Lejos de caer aturdido, sin embargo, Chuka responde al sargento con tres certeros sopapos (uno al estómago y dos a ambas mandíbulas) que por fin logran derribar a su fornido rival. A partir de este momento el intercambio de guantazos de decanta ligeramente a favor de Chuka. Aún así, los duros mandobles que reciben uno y otro van mermando las fuerzas de ambos hasta el punto de acabar arrodillados en el suelo lanzando guantazos sin ton ni son. Algunos, eso sí, con más fortuna que otros. Curiosamente, al final, Chuka y Hahnsbach acaban exhaustos y apoyados el uno en el otro. Casi abrazados, diría yo. En ese instante, todos los espectadores de la brutal pelea empiezan a aplaudir tímidamente. Sin lugar a dudas, para premiar la intensidad y bravura de la reyerta. Y es que a pesar de haberse atizado de lo lindo, Chuka y Hahnsbach son dos hombres honestos y de una pieza. De Chuka ya conocemos su talante humanitario desde el principio del film, cuando ofrece su propia comida a los hambrientos arapahoes. Y de Hahnsbach sabremos posteriormente que su inquebrantable lealtad hacia el Coronel Valois se debe a que éste le salvó la vida en la guerra y que, por ello, hubo de sufrir incluso una dolorosa castración.





En fin, que no estamos ante una pelea más. Estamos ante una de las mejores y más vibrantes peleas del western americano. Rodada con brío, carácter y mucho realismo. En parte, probablemente, por la innegable influencia a mediados-finales de los 60 del spaghetti western, un subgénero que —como todos sabemos— explotaba a la perfección un más que explícito tratamiento de la violencia. Y, en parte también, porque Gordon Douglas era un director de raza. Un director al que, por descontado, no le gustaba andarse con chiquitas.



Aún así, si existen dos grandes culpables en el éxito y repercusión de esta feroz escena ellos son, sin lugar a dudas, Ernest Borgnine y Rod Taylor. Del primero (uno de los actores de carácter por excelencia del cine norteamericano) ya sabíamos de sus maneras gracias a las peleas que protagonizó frente a Sterling Hayden en “Johnny Guitar” o frente a Spencer Tracy en “Conspiración de silencio”, mientras que aunque de Rod Taylor no teníamos demasiados precedentes en estos menesteres, conviene recordar —no obstante— que éste incluso logró superar la saña y fiereza de esta mítica pelea en una posterior mucho más salvaje aún. Tal vez la película no sea gran cosa, lo reconozco, pero lo cierto es que casi todo el mundo la recuerda por la crudeza de su reyerta. Me estoy refiriendo, como no, a “Más oscuro que el ámbar”, de Robert Clouse. No es un western, de acuerdo, pero sí un magnífico ejemplo de brutal pelea.  



Y poco más. Por lo que a mi respecta espero que compartáis mi entusiasmo por esta estupenda secuencia y que si no habéis visto ningún western de Gordon Douglas os pongáis, ya, con éste o con “Río Conchos”. Los dos merecen mucho la pena.





divendres, 9 de juny del 2017

“–¿QUÉ VA A COMER? +¿QUÉ TIENE? –JUDÍAS CON GUINDILLAS +¿TIENE OTRA COSA? –GUINDILLAS SIN JUDÍAS” (Conspiración de silencio, 1955. John Sturges)


Conspiración de silencio (Bad day at Black Rock)

Estados Unidos, 1955

Director: John Sturges

Guión: Millard Kaufman y Don McGuire. Basado en una obra de Howard Breslin

Fotografía: William C. Mellor

Música: André Previn

Intérpretes:

Spencer Tracy (John J. Macreedy)
Robert Ryan (Reno Smith)
Walter Brennan (Doc Velie)
Ernest Borgnine (Coley Trimble)
Lee Marvin (Hector David)
Anne Francis (Liz Wirth)
John Ericsson (Pete Wirth)
Dean Jagger (Tim Horn)
Russell Collins (Mr. Hastings)
Walter Sande (Sam) 

SINOPSIS: Black Rock es un pequeño y aislado pueblo del oeste americano en cuya estación de tren desciende un buen día de 1945 John J. Macreedy, un hombre de unos 60 años —elegante y educado— a quien le falta una mano. El recelo y animadversión inicial de los lugareños hacia el forastero se transformará rápidamente en franca hostilidad cuando éste les explica que el verdadero motivo de su visita es hacerle entrega a Joe Komako —un vecino de origen japonés a quien no logra localizar— de una medalla militar que le concedieron a su difunto hijo por haberle salvado la vida. Como era de esperar, las indagaciones de Macreedy pondrán su vida en peligro pero ello no impedirá que este astuto y veterano excombatiente norteamericano termine descubriendo qué sucedió realmente con Komako.      



Hablar de John Sturges (“Fort Bravo”, “Duelo de titanes”, “El último tren de Gun Hill”, “Los siete magníficos”…) es, fundamentalmente, hablar de western. Y lo es porque Sturges me parece, sin lugar a dudas, uno de sus mejores especialistas. Aún así, la que yo considero como su mejor película no es un western. Al menos en el estricto sentido de la palabra. Personalmente yo la definiría más bien como un neowestern. Un neowestern (con pinceladas de noir o thriller, por supuesto) que a pesar de desarrollarse cronológicamente fuera del periodo histórico habitual (segunda mitad del s. XIX y principios del s. XX) respira, a mansalva, amor y respeto por el género del cual procede. Lo constatamos a través del árido paisaje, a través de ese tren que aparece al principio y al final de la peli, a través de la indumentaria de muchos de sus personajes y a través del franco apego de gran parte de ellos hacia ese viejo y lejano oeste norteamericano que, a decir verdad, tampoco había cambiado tanto a mediados del s. XX. 



Me estoy refiriendo, naturalmente, a “Conspiración de silencio”. O lo que es lo mismo: a “Bad day at Black Rock”. Un peliculón que no dura ni hora y media y que —además de abducirte desde el minuto cero— rezuma ritmo y tensión por los cuatro costados. Con un guión espléndido, una puesta en escena magistral y unas interpretaciones impecables. Ah, y con mensaje, por supuesto ¿Se le puede pedir algo más a una peli?

Dicho esto, permitidme que comparta con todos vosotros una de mis escenas favoritas de esta peli. Una secuencia que contiene todos los elementos anteriormente citados y que pone de manifiesto, por si fuera poco, el inmenso talento narrativo y visual de John Sturges. Un cineasta que, con el tiempo, ha pasado de ser considerado un buen artesano a ser considerado —definitivamente— como un autor en mayúsculas. Comprobemos por qué.




La escena que encabeza este spoiler empieza cuando John J. Macreedy (Spencer Tracy) entra en el bar (o saloon) de Black Rock con objeto de comer algo justo antes de tomar el tren e irse del pueblo. Como podréis suponer, la presencia del forastero sigue resultando incómoda (ver sinopsis) y ello lo podemos corroborar con la extraordinaria frialdad (o en el mejor de los casos, indiferencia) mostrada por los parroquianos (la mayoría secuaces de Reno Smith) que allí se congregan. La secuencia, por consiguiente, nos remite a infinidad de situaciones similares vistas una y mil veces en westerns de todas las épocas. A bote pronto os podría citar escenas parecidas en films como “El pistolero” (Henry King, 1950), “Raíces profundas” (George Stevens, 1953), “El último atardecer” (Robert Aldrich, 1961) o “Infierno de cobardes” (Clint Eastwood, 1972) pero lo dicho: el western, en general, tiene escenas de este tipo a destajo. Y precisamente esta similitud, esta incuestionable correspondencia entre “Conspiración de silencio” y otros muchos westerns clásicos y contemporáneos, es uno de los muchos factores que —a mi juicio— convierten la peli de Sturges en, como ya hemos dicho antes, un auténtico neowestern.




Aún así, sin embargo, es muy posible que la situación en la que se ve inmerso Macreedy nos remita, asimismo, a otro célebre western que aún no hemos citado. Me estoy refiriendo, como no, a “Solo ante el peligro” (Fred Zinneman, 1952). No tan sólo porque nadie (a excepción de Liz Wirth (Anne Francis) y Doc Velie (Walter Brennan) en algún momento puntual) parece muy dispuesto a prestarle ayuda a Macreedy (como le ocurre también a Will Kane (Gary Cooper) en “Solo ante el peligro”) sino porque todo el mundo —en líneas generales— parece bastante acobardado en Black Rock. Acobardados por lo que hicieron (matar o bien ser cómplices del asesinato de Joe Komako) y acobardados, también, por su condición de sumisos esbirros de Reno Smith (Robert Ryan), el “cacique” del pueblo. Una situación que, metafóricamente, la podríamos asociar con la famosa Caza de Brujas emprendida por el senador MacCarthy entre 1950 y 1956 contra todo aquel sospechoso de llevar a cabo actividades comunistas y, por ende, con todo lo que ya había pretendido denunciar Fred Zinneman tres años atrás mediante su mítico y magistral superwestern.      



Pero, bueno, dejémonos de asociaciones políticas y volvamos al bar. Una vez dentro, Macreedy se sienta en un taburete de la barra e inicia con el barman (Francis McDonald) la conversación que da nombre a este spoiler:

Barman: “¿Qué va a comer?”

Macreedy: “¿Qué tiene?”

Barman: “Judías con guindillas”

Macreedy: “¿Tiene otra cosa?”

Barman: “Guindillas sin judías. Si no le gusta el sabor, hay ketchup”

Macreedy: “Está bien, comeré eso. Una taza de café”

Al margen de esa curiosa combinación de frialdad y fina ironía o cinismo que pone de manifiesto este pequeño diálogo entre Macreedy y el barman (acentuado, además, por el sepulcral silencio mantenido por los otros parroquianos que se hallan en ese mismo momento en la cafetería) me gustaría destacar, en este preciso instante, el extraordinario tratamiento visual de Sturges. Fijaos, si no, en cómo coloca la cámara para que el objetivo consiga reunir en un mismo plano a Macreedy, el barman y los otros clientes del bar. Acto seguido, sin embargo, dos hombres irrumpen por la puerta principal: son Reno Smith (Robert Ryan) y Coley Trimble (Ernest Borgnine). El plano cambia, se cierra un poco, y lo que podemos ver a continuación es a Macreedy por la izquierda, a Coley por el centro, al barman por la derecha y a Smith, al fondo.



Coley Trimble: “¿Aún está por aquí? Creí que no le gustaba este lugar”

Macreedy: “¿Se refiere al llegar o al irme?”

Coley Trimble: “Al quedarse”

Macreedy: “Sin comentarios”

Coley Trimble: "Sin comentarios, dice... Y está sentado en mi lugar”

Dicho esto, Macreedy cambia de asiento y Coley se acomoda a su lado para seguir provocándole. Para seguir hostigándole. Para seguir acosándole. Macreedy, sin embargo, apenas se inmuta. Es zorro viejo y demuestra tener la situación completamente controlada. Aún así, la tensión va en aumento. Y aunque Macreedy sigue imperturbable como un témpano de hielo, los espectadores (tanto los del bar como los que estamos al otro lado de la pantalla) nos convertimos —de repente— en testigos presenciales de una situación tan tirante como francamente peligrosa. Un ambiente violento y enrarecido que me recordó, por cierto, al encuentro entre Matt Morgan (Kirk Douglas) y Craig Belden (Anthony Quinn) en el despacho de éste último en “El último tren de Gun Hill”. Coincidencia que me constata, asimismo, que John Sturges era un auténtico maestro manejando la tensión y rodando este tipo de secuencias.

Coley Trimble: “Este taburete no es cómodo”

Macreedy: “Eso me temía”

Coley Trimble: “Creo que me gusta el suyo”

Reno Smith: “Coley es variable como una veleta”

Macreedy: “¿Podría decirme dónde debo sentarme?”

Antes de llegar al clímax de la escena, no obstante, seguiremos presenciando como Coley y Smith persisten en provocar y avasallar a Macreedy de todas las formas habidas y por haber. Sobre todo verbalmente, por supuesto, pero también con gestos y acciones físicas. En un momento dado, por ejemplo, Coley coge el bote de ketchup y aplica un buen chorreón de tomate a ese plato de judías con guindillas que Macreedy no deja de marear constantemente con la cuchara. Naturalmente, Macreedy no cae en la pueril provocación de Coley y se limita a dirigirle a Reno Smith un comentario irónico. 



Coley Trimble: “Espero que no sea demasiado”

Macreedy (dirigiéndose a Reno Smith): “Su amigo es un hombre excesivamente servicial”

Reno Smith: “Y un poco impulsivo a veces. Peligroso como una serpiente de cascabel”

Coley Trimble: “Sí, amigo. Así soy yo: medio caimán y medio caballo. Métase conmigo y lo destripo de una coz ¿Qué me dice a eso?”

Macreedy: “Sin comentarios”

Coley Trimble: “Hablar con usted me da náuseas. Me revienta… ¡Usted es un cobarde amigo de los japoneses! ¿Me equivoco?”

Macreedy: “No sólo se equivoca en eso sino en levantar tanto la voz”

Coley Trimble: “¡No le gusta a usted mi voz!”



Macreedy (dirigiéndose a Reno Smith): “Creo que su amigo está intentando buscar camorra”

Reno Smith: “¿Por qué se le va a ocurrir semejante cosa?”



Macreedy: “Pues no lo sé… Seguramente cree que hostigándome de ese modo podría hacerme estallar y que quizás me revolviese contra él. Y entonces él o ese otro esbirro suyo que está ahí podrían matarme a palos alegando legítima defensa”



Reno Smith: “No creo que sea necesario. Tiene usted tanto miedo que probablemente antes se morirá del susto”

Coley Trimble: “Pero antes de que ocurra eso… ¿No podría luchar con usted con una mano atada a la espalda? ¿O quiere que sean las dos manos?”
  





Y esta última frase es la que, finalmente, hará estallar a Macreedy. La frase y el agarrón de Coley, por supuesto. Una provocación que será respondida con un rápido, certero e inesperado golpe de Macreedy al cuello/clavícula de Coley. Y ahí viene lo bueno. Que no estamos hablando de una tanda de puñetazos normales y corrientes. Estamos hablando de una auténtica demostración de artes marciales. Porque a ese primer golpe le seguirán otros. Todos secos, duros e infalibles. Hasta una impecable llave final. Y, obviamente, con Coley como receptor, claro. Lo que no sabría deciros, sin embargo, es si esos golpes y llaves son de karate o de cualquier otra disciplina nipona. En cualquier caso, no obstante, lo que me parece bastante probable es que Macreedy aprendiera este tipo de lucha en Japón, durante la II GM. Y hete aquí la gran paradoja de la escena. Que ese hombre mayor y manco sea capaz de darle una soberana tunda a un hombre más joven y, teóricamente, más fuerte. Y encima empleando técnicas de lucha foráneas. Japonesas, para más inri. Una extraordinaria jugada argumental que además de detonar el primer gran punto de inflexión de la peli edifica, asimismo, un gran alegato antirracista. Recordemos, si no, la frase más subida de tono de esta escena. La que le espeta Coley a Macreedy chillando. Con los ojos inyectados en sangre: “Hablar con usted me da náuseas. Me revienta… ¡Usted es un cobarde amigo de los japoneses! ¿Me equivoco?”





Tras la pelea, sin embargo, asistimos a la parte más discursiva de la secuencia. La parte en la que Macreedy estalla verbalmente y en la que la parsimonia y la inmutabilidad del protagonista dan paso a una autentica muestra de valentía, de arrojo, de determinación. Y así, después de deshacerse de Coley, Macreedy dejará completamente mudo a Smith. Comprobémoslo.



Macreedy: “¿No hubiera sido más fácil esperar que les diera la espalda... O es que hay demasiados testigos presentes?”

Reno Smith: “Aún está en peligro”

Macreedy: “Usted es quién lo está. Pase lo que pase, está perdido”

Reno Smith: “Me parece que está usted un poco confundido”

Macreedy: “Usted mató a Komako, Smith. Y tarde o temprano, pagará por ello. No porque lo haya matado porque ya sé que en un pueblo como éste hace lo que se le antoja sino porque no tuvo arrestos para hacerlo solo y se confió a individuos como éste… y éste otro que no son precisamente los más dignos de confianza. El día menos pensado se darán cuenta que usted los toma por tontos… ¿Y qué hará entonces? ¿Matar a uno y luego al otro? Entre tanto pueden perder los estribos y cuando lo hagan será su perdición. Su ruina. Porque ellos tienen un arma contra usted que utilizarán cuando las cosas se pongan feas. Y se están poniendo feas por momentos”

Doc Velie (Walter Brennan): “¡Vaya, hombre, vaya!”

En fin, no quisiera repetirme pero quisiera reiterar, una vez más, lo mucho que me gusta esta escena. Por su planificación, por su ritmo, por su riqueza visual, por sus diálogos, por la tensión que transmite, por lo bien que están —especialmente— Spencer Tracy y Ernest Borgnine… Pero, sobre todo, por la lección de Macreedy a todos los parroquianos del bar. Lección física (la tunda a Coley es antológica) y lección ética y moral, por supuesto. Un gustazo, vaya.



dijous, 7 d’abril del 2016

"¿VIENES CON NOSOTROS?" (Grupo salvaje, 1969. Sam Peckinpah)


Grupo salvaje (The wild bunch)

Estados Unidos, 1969

Director: Sam Peckinpah

Guión: Walon Green y Sam Peckinpah

Fotografía: Lucien Ballard

Música: Jerry Fielding

Intérpretes:

William Holden (Pike Bishop)
Ernest Borgnine (Dutch Engstrom)
Robert Ryan (Deke Thornton)
Edmond O’Brien (Freddie Sykes)
Warren Oates (Lyle Gorch)
Ben Johnson (Tector Gorch)
Jaime Sánchez (Ángel)
Emilio Fernández (Mapache)
Strother Martin (Coffer)
L. Q. Jones (TC)


SINOPSIS: 1913. Pike Bishop y su banda de forajidos, disfrazados de soldados de la caballería, roban la caja fuerte de la oficina del ferrocarril de San Rafael, un pueblo fronterizo de Texas. Aunque son emboscados por Deke Thornton (antiguo miembro de la banda) y un grupo de cazarrecompensas, Bishop y sus hombres logran huir a Mexico. Allí se refugian en Agua Verde, el pueblo natal de uno de ellos (Ángel) y poco después contactan con el General Mapache, un opositor a Pancho Villa, quien les encarga que asalten un tren norteamericano repleto de armas a cambio de 10.000 dólares. Una vez cumplida la misión deciden liberar a Ángel, retenido y torturado por Mapache como represalia por haber intentado matarle. Pese a tener que enfrentarse a 200 hombres, Pike y su banda no se lo pensarán dos veces cuando Mapache degüella a su compañero ante sus ojos.
  


Dudé bastante antes de elegir esta escena. Y lo hice porque la escena que realmente me pedía el cuerpo era otra. La más épica. La más icónica. Sí, la del tiroteo final. Concretamente desde que Pike Bishop (William Holden) deja a la joven prostituta con la que está y entra en la habitación contigua para darles a los hermanos Gorch (que también estaban, obviamente, con sus respectivas fulanas) una decisiva y escueta orden (“¡Vámonos!”) hasta que los cuatro (Pike, Dutch, Tector y Lyle) contemplan como Mapache degüella a su compañero Ángel y, de inmediato, la lían parda en ese violento y salvaje tiroteo final. Uno de los más legendarios, sin lugar a dudas, de de la historia del western.  

Si decidí escoger otra escena fue, pues, por dos razones: en primer lugar porque con “Sin perdón” ya había elegido la más culminante y conocida (“¿Quién es el dueño de esta pocilga?”) y, en segundo, porque creo —con toda franqueza— que la que definitivamente he escogido expresa mucho mejor ese componente lírico y crepuscular por el que, al margen de la violencia y la camaradería, es tan y tan popular “Grupo Salvaje”. De todas maneras, da la casualidad que la escena que voy a desmenuzaros a continuación (la que cierra la peli, vaya) se encuentra muy muy cercana a la del famoso tiroteo con lo cual el vínculo que se establece entre ambas escenas es, naturalmente, muy estrecho y directo.


Pero bueno, dejémonos de cháchara y vayamos al grano. La escena que os quiero describir es la que empieza mostrándonos una especie de cortejo fúnebre que va desfilando ante los ojos de Thornton (Robert Ryan), que se encuentra sentado en el suelo, apoyado en un lateral del arco de entrada que da paso al cuartel general de Mapache. Un fortín que poco a poco van abandonando los supervivientes de la masacre que ha acontecido unas horas antes. Andando lenta y luctuosamente. En silencio. Llevándose —como pueden— sus animales, muebles y enseres personales. Bajo un cielo encapotado y una nube de polvo que los envuelve y los convierte en seres fantasmales. En poco más que muertos vivientes.


Como ya os he comentado antes, se trata de una escena posterior a la de la célebre ensalada de tiros, con lo cual la atmósfera que se respira en ésta es de calma tras la batalla. Estamos, por lo tanto, ante un escenario escalofriante, dantesco, desolador. Y esta calma, por consiguiente, resulta amarga, triste, sobrecogedora. Adjetivos, todos ellos, que casan a la perfección con los tonos difuminados y terrosos por los que opta el director de fotografía Lucien Ballard y, sobre todo, con la estremecedora música que podemos escuchar en este momento. De Jerry Fielding, por supuesto, el compositor habitual de Sam Peckinpah. Y así, mientras un cuervo sobrevuela la escena, la cámara se queda fija mostrándonos el lento y parsimonioso andar de un tullido que avanza penosamente. Renqueante y rezagado. Con muletas. Unos segundos después —sin embargo— el objetivo retrocede hasta Thornton, que sigue sentado en el suelo sujetando, absorto, las riendas de su caballo.


El sonido de unos disparos a lo lejos, de repente, nos empuja a pensar nuevamente en Coffer (Strother Martin) y T.C. (L.Q. Jones). Cabe recordar que los ruines secuaces de Thornton llegan al escenario de la masacre cuando esta ya ha llegado a su fin y que tiempo no les falta para cargar con los cadáveres de Pike, Dutch, Lyle, Tector y Ángel y salir de inmediato del cuartel general de Mapache para poder reclamar así las pertinentes recompensas.


La inmediata llegada de Sykes (Edmond O’Brien), Don José (Chano Urueta) y un grupo de mejicanos procedentes de Agua Verde (el pueblo de Ángel) despejará, no obstante, cualquier duda sobre el destino final de Coffer y T.C. Pero no sólo eso. La conversación que mantiene Sykes (un viejo colaborador de la banda) con Thornton y la sencilla pero efectiva fórmula con la que Peckinpah decide finalizar su western me parecen absolutamente tremendas. Y es que —la verdad sea dicha— pocos cineastas como Bloody Sam fueron capaces de transmitir tanto con tan poco. Como muestra de ello, aquí os dejo el famoso diálogo entre Sykes y Thornton. El de dos hombres que, en el ocaso de sus vidas y plenamente conscientes de sus anacrónicas costumbres, se resisten a vivir de otra manera. Naturalmente, aquí no podréis disfrutar de los gestos, miradas, inflexiones y risotadas de uno y del otro. Pero, bueno, si habéis visto la peli estoy seguro que sabréis recrear estas frases a la perfección:


Sykes: “No esperaba encontrarte por aquí”
Thornton: “¿Por qué no? Les envié hacia allá. Es todo lo que dije que haría”
Sykes: “No llegaron demasiado lejos”
Thornton: “Me lo figuraba”
Sykes: “¿Qué planes tienes?”
Thornton: “Me quedaré por aquí abajo. Trataré de no volver a la cárcel”
Sykes: “Bueno… Yo y aquí los muchachos tenemos algún trabajillo que hacer… ¿Vienes con nosotros? No es lo mismo que antes pero, en fin, algo es algo”


Tan sólo añadir, como colofón, de qué manera les cambia la expresión a ambos al final de este diálogo. Un diálogo que acaba con Sykes y Thornton riéndose a mandíbula batiente y que se entrelaza —a modo de nostálgico flashback— con antiguas imágenes de Pike, Dutch, Lyle, Tector y Ángel haciendo lo propio. Un auténtico elogio a la amistad, a la lealtad entre compañeros de alegrías y penurias, que Peckinpah nos traduce con ese estilo suyo tan peculiar. Tan rudo y poético como siempre. Aún así, nada de esto tendría tanto efecto en el espectador —a mi juicio— si no fuera por dos detalles que contribuyen a convertir esta escena en antológica. En primer lugar, el majestuoso movimiento de la cámara elevándose por encima del arco de entrada cuando Thornton monta a caballo y se une a Sykes y los mejicanos y, en segundo lugar, la hermosa canción que pone la guinda a esta memorable escena (“La golondrina”). Una canción que nos recuerda la despedida de la banda en Agua Verde y que enlaza con los títulos de crédito finales dejándonos un sabor de boca absolutamente conmovedor.