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divendres, 9 de juny del 2017

“–¿QUÉ VA A COMER? +¿QUÉ TIENE? –JUDÍAS CON GUINDILLAS +¿TIENE OTRA COSA? –GUINDILLAS SIN JUDÍAS” (Conspiración de silencio, 1955. John Sturges)


Conspiración de silencio (Bad day at Black Rock)

Estados Unidos, 1955

Director: John Sturges

Guión: Millard Kaufman y Don McGuire. Basado en una obra de Howard Breslin

Fotografía: William C. Mellor

Música: André Previn

Intérpretes:

Spencer Tracy (John J. Macreedy)
Robert Ryan (Reno Smith)
Walter Brennan (Doc Velie)
Ernest Borgnine (Coley Trimble)
Lee Marvin (Hector David)
Anne Francis (Liz Wirth)
John Ericsson (Pete Wirth)
Dean Jagger (Tim Horn)
Russell Collins (Mr. Hastings)
Walter Sande (Sam) 

SINOPSIS: Black Rock es un pequeño y aislado pueblo del oeste americano en cuya estación de tren desciende un buen día de 1945 John J. Macreedy, un hombre de unos 60 años —elegante y educado— a quien le falta una mano. El recelo y animadversión inicial de los lugareños hacia el forastero se transformará rápidamente en franca hostilidad cuando éste les explica que el verdadero motivo de su visita es hacerle entrega a Joe Komako —un vecino de origen japonés a quien no logra localizar— de una medalla militar que le concedieron a su difunto hijo por haberle salvado la vida. Como era de esperar, las indagaciones de Macreedy pondrán su vida en peligro pero ello no impedirá que este astuto y veterano excombatiente norteamericano termine descubriendo qué sucedió realmente con Komako.      



Hablar de John Sturges (“Fort Bravo”, “Duelo de titanes”, “El último tren de Gun Hill”, “Los siete magníficos”…) es, fundamentalmente, hablar de western. Y lo es porque Sturges me parece, sin lugar a dudas, uno de sus mejores especialistas. Aún así, la que yo considero como su mejor película no es un western. Al menos en el estricto sentido de la palabra. Personalmente yo la definiría más bien como un neowestern. Un neowestern (con pinceladas de noir o thriller, por supuesto) que a pesar de desarrollarse cronológicamente fuera del periodo histórico habitual (segunda mitad del s. XIX y principios del s. XX) respira, a mansalva, amor y respeto por el género del cual procede. Lo constatamos a través del árido paisaje, a través de ese tren que aparece al principio y al final de la peli, a través de la indumentaria de muchos de sus personajes y a través del franco apego de gran parte de ellos hacia ese viejo y lejano oeste norteamericano que, a decir verdad, tampoco había cambiado tanto a mediados del s. XX. 



Me estoy refiriendo, naturalmente, a “Conspiración de silencio”. O lo que es lo mismo: a “Bad day at Black Rock”. Un peliculón que no dura ni hora y media y que —además de abducirte desde el minuto cero— rezuma ritmo y tensión por los cuatro costados. Con un guión espléndido, una puesta en escena magistral y unas interpretaciones impecables. Ah, y con mensaje, por supuesto ¿Se le puede pedir algo más a una peli?

Dicho esto, permitidme que comparta con todos vosotros una de mis escenas favoritas de esta peli. Una secuencia que contiene todos los elementos anteriormente citados y que pone de manifiesto, por si fuera poco, el inmenso talento narrativo y visual de John Sturges. Un cineasta que, con el tiempo, ha pasado de ser considerado un buen artesano a ser considerado —definitivamente— como un autor en mayúsculas. Comprobemos por qué.




La escena que encabeza este spoiler empieza cuando John J. Macreedy (Spencer Tracy) entra en el bar (o saloon) de Black Rock con objeto de comer algo justo antes de tomar el tren e irse del pueblo. Como podréis suponer, la presencia del forastero sigue resultando incómoda (ver sinopsis) y ello lo podemos corroborar con la extraordinaria frialdad (o en el mejor de los casos, indiferencia) mostrada por los parroquianos (la mayoría secuaces de Reno Smith) que allí se congregan. La secuencia, por consiguiente, nos remite a infinidad de situaciones similares vistas una y mil veces en westerns de todas las épocas. A bote pronto os podría citar escenas parecidas en films como “El pistolero” (Henry King, 1950), “Raíces profundas” (George Stevens, 1953), “El último atardecer” (Robert Aldrich, 1961) o “Infierno de cobardes” (Clint Eastwood, 1972) pero lo dicho: el western, en general, tiene escenas de este tipo a destajo. Y precisamente esta similitud, esta incuestionable correspondencia entre “Conspiración de silencio” y otros muchos westerns clásicos y contemporáneos, es uno de los muchos factores que —a mi juicio— convierten la peli de Sturges en, como ya hemos dicho antes, un auténtico neowestern.




Aún así, sin embargo, es muy posible que la situación en la que se ve inmerso Macreedy nos remita, asimismo, a otro célebre western que aún no hemos citado. Me estoy refiriendo, como no, a “Solo ante el peligro” (Fred Zinneman, 1952). No tan sólo porque nadie (a excepción de Liz Wirth (Anne Francis) y Doc Velie (Walter Brennan) en algún momento puntual) parece muy dispuesto a prestarle ayuda a Macreedy (como le ocurre también a Will Kane (Gary Cooper) en “Solo ante el peligro”) sino porque todo el mundo —en líneas generales— parece bastante acobardado en Black Rock. Acobardados por lo que hicieron (matar o bien ser cómplices del asesinato de Joe Komako) y acobardados, también, por su condición de sumisos esbirros de Reno Smith (Robert Ryan), el “cacique” del pueblo. Una situación que, metafóricamente, la podríamos asociar con la famosa Caza de Brujas emprendida por el senador MacCarthy entre 1950 y 1956 contra todo aquel sospechoso de llevar a cabo actividades comunistas y, por ende, con todo lo que ya había pretendido denunciar Fred Zinneman tres años atrás mediante su mítico y magistral superwestern.      



Pero, bueno, dejémonos de asociaciones políticas y volvamos al bar. Una vez dentro, Macreedy se sienta en un taburete de la barra e inicia con el barman (Francis McDonald) la conversación que da nombre a este spoiler:

Barman: “¿Qué va a comer?”

Macreedy: “¿Qué tiene?”

Barman: “Judías con guindillas”

Macreedy: “¿Tiene otra cosa?”

Barman: “Guindillas sin judías. Si no le gusta el sabor, hay ketchup”

Macreedy: “Está bien, comeré eso. Una taza de café”

Al margen de esa curiosa combinación de frialdad y fina ironía o cinismo que pone de manifiesto este pequeño diálogo entre Macreedy y el barman (acentuado, además, por el sepulcral silencio mantenido por los otros parroquianos que se hallan en ese mismo momento en la cafetería) me gustaría destacar, en este preciso instante, el extraordinario tratamiento visual de Sturges. Fijaos, si no, en cómo coloca la cámara para que el objetivo consiga reunir en un mismo plano a Macreedy, el barman y los otros clientes del bar. Acto seguido, sin embargo, dos hombres irrumpen por la puerta principal: son Reno Smith (Robert Ryan) y Coley Trimble (Ernest Borgnine). El plano cambia, se cierra un poco, y lo que podemos ver a continuación es a Macreedy por la izquierda, a Coley por el centro, al barman por la derecha y a Smith, al fondo.



Coley Trimble: “¿Aún está por aquí? Creí que no le gustaba este lugar”

Macreedy: “¿Se refiere al llegar o al irme?”

Coley Trimble: “Al quedarse”

Macreedy: “Sin comentarios”

Coley Trimble: "Sin comentarios, dice... Y está sentado en mi lugar”

Dicho esto, Macreedy cambia de asiento y Coley se acomoda a su lado para seguir provocándole. Para seguir hostigándole. Para seguir acosándole. Macreedy, sin embargo, apenas se inmuta. Es zorro viejo y demuestra tener la situación completamente controlada. Aún así, la tensión va en aumento. Y aunque Macreedy sigue imperturbable como un témpano de hielo, los espectadores (tanto los del bar como los que estamos al otro lado de la pantalla) nos convertimos —de repente— en testigos presenciales de una situación tan tirante como francamente peligrosa. Un ambiente violento y enrarecido que me recordó, por cierto, al encuentro entre Matt Morgan (Kirk Douglas) y Craig Belden (Anthony Quinn) en el despacho de éste último en “El último tren de Gun Hill”. Coincidencia que me constata, asimismo, que John Sturges era un auténtico maestro manejando la tensión y rodando este tipo de secuencias.

Coley Trimble: “Este taburete no es cómodo”

Macreedy: “Eso me temía”

Coley Trimble: “Creo que me gusta el suyo”

Reno Smith: “Coley es variable como una veleta”

Macreedy: “¿Podría decirme dónde debo sentarme?”

Antes de llegar al clímax de la escena, no obstante, seguiremos presenciando como Coley y Smith persisten en provocar y avasallar a Macreedy de todas las formas habidas y por haber. Sobre todo verbalmente, por supuesto, pero también con gestos y acciones físicas. En un momento dado, por ejemplo, Coley coge el bote de ketchup y aplica un buen chorreón de tomate a ese plato de judías con guindillas que Macreedy no deja de marear constantemente con la cuchara. Naturalmente, Macreedy no cae en la pueril provocación de Coley y se limita a dirigirle a Reno Smith un comentario irónico. 



Coley Trimble: “Espero que no sea demasiado”

Macreedy (dirigiéndose a Reno Smith): “Su amigo es un hombre excesivamente servicial”

Reno Smith: “Y un poco impulsivo a veces. Peligroso como una serpiente de cascabel”

Coley Trimble: “Sí, amigo. Así soy yo: medio caimán y medio caballo. Métase conmigo y lo destripo de una coz ¿Qué me dice a eso?”

Macreedy: “Sin comentarios”

Coley Trimble: “Hablar con usted me da náuseas. Me revienta… ¡Usted es un cobarde amigo de los japoneses! ¿Me equivoco?”

Macreedy: “No sólo se equivoca en eso sino en levantar tanto la voz”

Coley Trimble: “¡No le gusta a usted mi voz!”



Macreedy (dirigiéndose a Reno Smith): “Creo que su amigo está intentando buscar camorra”

Reno Smith: “¿Por qué se le va a ocurrir semejante cosa?”



Macreedy: “Pues no lo sé… Seguramente cree que hostigándome de ese modo podría hacerme estallar y que quizás me revolviese contra él. Y entonces él o ese otro esbirro suyo que está ahí podrían matarme a palos alegando legítima defensa”



Reno Smith: “No creo que sea necesario. Tiene usted tanto miedo que probablemente antes se morirá del susto”

Coley Trimble: “Pero antes de que ocurra eso… ¿No podría luchar con usted con una mano atada a la espalda? ¿O quiere que sean las dos manos?”
  





Y esta última frase es la que, finalmente, hará estallar a Macreedy. La frase y el agarrón de Coley, por supuesto. Una provocación que será respondida con un rápido, certero e inesperado golpe de Macreedy al cuello/clavícula de Coley. Y ahí viene lo bueno. Que no estamos hablando de una tanda de puñetazos normales y corrientes. Estamos hablando de una auténtica demostración de artes marciales. Porque a ese primer golpe le seguirán otros. Todos secos, duros e infalibles. Hasta una impecable llave final. Y, obviamente, con Coley como receptor, claro. Lo que no sabría deciros, sin embargo, es si esos golpes y llaves son de karate o de cualquier otra disciplina nipona. En cualquier caso, no obstante, lo que me parece bastante probable es que Macreedy aprendiera este tipo de lucha en Japón, durante la II GM. Y hete aquí la gran paradoja de la escena. Que ese hombre mayor y manco sea capaz de darle una soberana tunda a un hombre más joven y, teóricamente, más fuerte. Y encima empleando técnicas de lucha foráneas. Japonesas, para más inri. Una extraordinaria jugada argumental que además de detonar el primer gran punto de inflexión de la peli edifica, asimismo, un gran alegato antirracista. Recordemos, si no, la frase más subida de tono de esta escena. La que le espeta Coley a Macreedy chillando. Con los ojos inyectados en sangre: “Hablar con usted me da náuseas. Me revienta… ¡Usted es un cobarde amigo de los japoneses! ¿Me equivoco?”





Tras la pelea, sin embargo, asistimos a la parte más discursiva de la secuencia. La parte en la que Macreedy estalla verbalmente y en la que la parsimonia y la inmutabilidad del protagonista dan paso a una autentica muestra de valentía, de arrojo, de determinación. Y así, después de deshacerse de Coley, Macreedy dejará completamente mudo a Smith. Comprobémoslo.



Macreedy: “¿No hubiera sido más fácil esperar que les diera la espalda... O es que hay demasiados testigos presentes?”

Reno Smith: “Aún está en peligro”

Macreedy: “Usted es quién lo está. Pase lo que pase, está perdido”

Reno Smith: “Me parece que está usted un poco confundido”

Macreedy: “Usted mató a Komako, Smith. Y tarde o temprano, pagará por ello. No porque lo haya matado porque ya sé que en un pueblo como éste hace lo que se le antoja sino porque no tuvo arrestos para hacerlo solo y se confió a individuos como éste… y éste otro que no son precisamente los más dignos de confianza. El día menos pensado se darán cuenta que usted los toma por tontos… ¿Y qué hará entonces? ¿Matar a uno y luego al otro? Entre tanto pueden perder los estribos y cuando lo hagan será su perdición. Su ruina. Porque ellos tienen un arma contra usted que utilizarán cuando las cosas se pongan feas. Y se están poniendo feas por momentos”

Doc Velie (Walter Brennan): “¡Vaya, hombre, vaya!”

En fin, no quisiera repetirme pero quisiera reiterar, una vez más, lo mucho que me gusta esta escena. Por su planificación, por su ritmo, por su riqueza visual, por sus diálogos, por la tensión que transmite, por lo bien que están —especialmente— Spencer Tracy y Ernest Borgnine… Pero, sobre todo, por la lección de Macreedy a todos los parroquianos del bar. Lección física (la tunda a Coley es antológica) y lección ética y moral, por supuesto. Un gustazo, vaya.



dijous, 7 d’abril del 2016

"¿VIENES CON NOSOTROS?" (Grupo salvaje, 1969. Sam Peckinpah)


Grupo salvaje (The wild bunch)

Estados Unidos, 1969

Director: Sam Peckinpah

Guión: Walon Green y Sam Peckinpah

Fotografía: Lucien Ballard

Música: Jerry Fielding

Intérpretes:

William Holden (Pike Bishop)
Ernest Borgnine (Dutch Engstrom)
Robert Ryan (Deke Thornton)
Edmond O’Brien (Freddie Sykes)
Warren Oates (Lyle Gorch)
Ben Johnson (Tector Gorch)
Jaime Sánchez (Ángel)
Emilio Fernández (Mapache)
Strother Martin (Coffer)
L. Q. Jones (TC)


SINOPSIS: 1913. Pike Bishop y su banda de forajidos, disfrazados de soldados de la caballería, roban la caja fuerte de la oficina del ferrocarril de San Rafael, un pueblo fronterizo de Texas. Aunque son emboscados por Deke Thornton (antiguo miembro de la banda) y un grupo de cazarrecompensas, Bishop y sus hombres logran huir a Mexico. Allí se refugian en Agua Verde, el pueblo natal de uno de ellos (Ángel) y poco después contactan con el General Mapache, un opositor a Pancho Villa, quien les encarga que asalten un tren norteamericano repleto de armas a cambio de 10.000 dólares. Una vez cumplida la misión deciden liberar a Ángel, retenido y torturado por Mapache como represalia por haber intentado matarle. Pese a tener que enfrentarse a 200 hombres, Pike y su banda no se lo pensarán dos veces cuando Mapache degüella a su compañero ante sus ojos.
  


Dudé bastante antes de elegir esta escena. Y lo hice porque la escena que realmente me pedía el cuerpo era otra. La más épica. La más icónica. Sí, la del tiroteo final. Concretamente desde que Pike Bishop (William Holden) deja a la joven prostituta con la que está y entra en la habitación contigua para darles a los hermanos Gorch (que también estaban, obviamente, con sus respectivas fulanas) una decisiva y escueta orden (“¡Vámonos!”) hasta que los cuatro (Pike, Dutch, Tector y Lyle) contemplan como Mapache degüella a su compañero Ángel y, de inmediato, la lían parda en ese violento y salvaje tiroteo final. Uno de los más legendarios, sin lugar a dudas, de de la historia del western.  

Si decidí escoger otra escena fue, pues, por dos razones: en primer lugar porque con “Sin perdón” ya había elegido la más culminante y conocida (“¿Quién es el dueño de esta pocilga?”) y, en segundo, porque creo —con toda franqueza— que la que definitivamente he escogido expresa mucho mejor ese componente lírico y crepuscular por el que, al margen de la violencia y la camaradería, es tan y tan popular “Grupo Salvaje”. De todas maneras, da la casualidad que la escena que voy a desmenuzaros a continuación (la que cierra la peli, vaya) se encuentra muy muy cercana a la del famoso tiroteo con lo cual el vínculo que se establece entre ambas escenas es, naturalmente, muy estrecho y directo.


Pero bueno, dejémonos de cháchara y vayamos al grano. La escena que os quiero describir es la que empieza mostrándonos una especie de cortejo fúnebre que va desfilando ante los ojos de Thornton (Robert Ryan), que se encuentra sentado en el suelo, apoyado en un lateral del arco de entrada que da paso al cuartel general de Mapache. Un fortín que poco a poco van abandonando los supervivientes de la masacre que ha acontecido unas horas antes. Andando lenta y luctuosamente. En silencio. Llevándose —como pueden— sus animales, muebles y enseres personales. Bajo un cielo encapotado y una nube de polvo que los envuelve y los convierte en seres fantasmales. En poco más que muertos vivientes.


Como ya os he comentado antes, se trata de una escena posterior a la de la célebre ensalada de tiros, con lo cual la atmósfera que se respira en ésta es de calma tras la batalla. Estamos, por lo tanto, ante un escenario escalofriante, dantesco, desolador. Y esta calma, por consiguiente, resulta amarga, triste, sobrecogedora. Adjetivos, todos ellos, que casan a la perfección con los tonos difuminados y terrosos por los que opta el director de fotografía Lucien Ballard y, sobre todo, con la estremecedora música que podemos escuchar en este momento. De Jerry Fielding, por supuesto, el compositor habitual de Sam Peckinpah. Y así, mientras un cuervo sobrevuela la escena, la cámara se queda fija mostrándonos el lento y parsimonioso andar de un tullido que avanza penosamente. Renqueante y rezagado. Con muletas. Unos segundos después —sin embargo— el objetivo retrocede hasta Thornton, que sigue sentado en el suelo sujetando, absorto, las riendas de su caballo.


El sonido de unos disparos a lo lejos, de repente, nos empuja a pensar nuevamente en Coffer (Strother Martin) y T.C. (L.Q. Jones). Cabe recordar que los ruines secuaces de Thornton llegan al escenario de la masacre cuando esta ya ha llegado a su fin y que tiempo no les falta para cargar con los cadáveres de Pike, Dutch, Lyle, Tector y Ángel y salir de inmediato del cuartel general de Mapache para poder reclamar así las pertinentes recompensas.


La inmediata llegada de Sykes (Edmond O’Brien), Don José (Chano Urueta) y un grupo de mejicanos procedentes de Agua Verde (el pueblo de Ángel) despejará, no obstante, cualquier duda sobre el destino final de Coffer y T.C. Pero no sólo eso. La conversación que mantiene Sykes (un viejo colaborador de la banda) con Thornton y la sencilla pero efectiva fórmula con la que Peckinpah decide finalizar su western me parecen absolutamente tremendas. Y es que —la verdad sea dicha— pocos cineastas como Bloody Sam fueron capaces de transmitir tanto con tan poco. Como muestra de ello, aquí os dejo el famoso diálogo entre Sykes y Thornton. El de dos hombres que, en el ocaso de sus vidas y plenamente conscientes de sus anacrónicas costumbres, se resisten a vivir de otra manera. Naturalmente, aquí no podréis disfrutar de los gestos, miradas, inflexiones y risotadas de uno y del otro. Pero, bueno, si habéis visto la peli estoy seguro que sabréis recrear estas frases a la perfección:


Sykes: “No esperaba encontrarte por aquí”
Thornton: “¿Por qué no? Les envié hacia allá. Es todo lo que dije que haría”
Sykes: “No llegaron demasiado lejos”
Thornton: “Me lo figuraba”
Sykes: “¿Qué planes tienes?”
Thornton: “Me quedaré por aquí abajo. Trataré de no volver a la cárcel”
Sykes: “Bueno… Yo y aquí los muchachos tenemos algún trabajillo que hacer… ¿Vienes con nosotros? No es lo mismo que antes pero, en fin, algo es algo”


Tan sólo añadir, como colofón, de qué manera les cambia la expresión a ambos al final de este diálogo. Un diálogo que acaba con Sykes y Thornton riéndose a mandíbula batiente y que se entrelaza —a modo de nostálgico flashback— con antiguas imágenes de Pike, Dutch, Lyle, Tector y Ángel haciendo lo propio. Un auténtico elogio a la amistad, a la lealtad entre compañeros de alegrías y penurias, que Peckinpah nos traduce con ese estilo suyo tan peculiar. Tan rudo y poético como siempre. Aún así, nada de esto tendría tanto efecto en el espectador —a mi juicio— si no fuera por dos detalles que contribuyen a convertir esta escena en antológica. En primer lugar, el majestuoso movimiento de la cámara elevándose por encima del arco de entrada cuando Thornton monta a caballo y se une a Sykes y los mejicanos y, en segundo lugar, la hermosa canción que pone la guinda a esta memorable escena (“La golondrina”). Una canción que nos recuerda la despedida de la banda en Agua Verde y que enlaza con los títulos de crédito finales dejándonos un sabor de boca absolutamente conmovedor.