dilluns, 24 de setembre del 2018

“HE TRABAJADO PARA HOMBRES QUE ME DABAN MUCHO… PERO JAMÁS PARA ALGUIEN QUE ME LO DIERA TODO” (Los siete magníficos, 1960. John Sturges)



Los siete magníficos (The magnificent seven)

Estados Unidos, 1960

Director: John Sturges

Guión: William Roberts

Fotografía: Charles Lang

Música: Elmer Bernstein

Intérpretes:

Yul Brynner (Chris Larabee)
Eli Wallach (Calvera)
Steve McQueen (Vin Tanner)
Charles Bronson (Bernardo O’Reilly)
James Coburn (Britt)
Robert Vaughn (Lee)
Horst Buchholz (Chico)
Brad Dexter (Harry Luck)
Rosenda Monteros (Petra)
Jorge Martínez de los Hoyos (Hilario)
Rico Alaniz (Sotero)
Pepe Hern (Tomás)

SINOPSIS: 1880-1890. Los habitantes de una humilde aldea mexicana próxima a la frontera con Texas son asolados una vez al año por Calvera y sus hombres, una banda de forajidos que les exigen un pago anual por sus cosechas y que no dudan en matar hombres o violar mujeres si no consiguen sus objetivos. Hastiados por no poder defenderse, los campesinos del lugar harán todo lo posible para contratar a Chris Larabee, un experimentado mercenario que terminará accediendo tras reunir a otros seis hábiles pistoleros para enfrentarse al temible bandido.



Quizás no sea una obra maestra pero lo que queda fuera de toda duda es que “Los siete magníficos” es uno de los westerns más populares de la historia del cine. Razones hay muchas: su espectacular elenco interpretativo, su épico e inconfundible tema musical (junto a los spaghettis de Morricone, el score de Elmer Bernstein es incuestionablemente el más silbable del género), sus memorables tiroteos y, por descontado, su gran capacidad para entretener al espectador. Aún así, si un aspecto del western de John Sturges siempre me ha llamado poderosamente la atención ese aspecto es, sin lugar a dudas, sus maravillosos diálogos. De todos ellos, sin embargo, solo uno me quedó grabado a fuego la primera vez que vi esta película. Se trata de una frase que pronuncia Chris Larabee (Yul Brynner) tras hablar con los campesinos mejicanos que solicitan su ayuda para afrontar la presión y los abusos a los que son sometidos por parte de Calvera (Eli Wallach) y sus hombres. Una frase con una extraordinaria fuerza dramática que dice así:

“He trabajado para hombres que me daban mucho… Pero jamás para alguien que me lo diera todo”





Así pues, pese a que “Los siete magníficos” posee secuencias potencialmente mejores a la que finalmente he escogido (la de los títulos de crédito iniciales, la del carromato fúnebre o la del tiroteo final, podrían ser tres buenos ejemplos), permitidme que dedique mi spoiler de hoy a la escena que incluye la frase anteriormente citada. Básicamente porque aunque quizás no resulte demasiado atractiva desde una perspectiva puramente visual o narrativa, constituye la razón de ser de la propuesta argumental (recordemos, eso sí, que “Los siete magníficos” es un remake en clave de western de “Los siete samuráis” de Akira Kurosawa) y, al mismo tiempo, un inmejorable paradigma de aquel típico pistolero tan duro como romántico. De aquel pistolero acostumbrado a moverse por dinero y que en esta ocasión —sin embargo— aceptará luchar por una causa prácticamente perdida, sin apenas remuneración y con la única ayuda de seis expeditivos mercenarios y un puñado de labriegos desesperados.





La escena en cuestión empieza con Chris Larabee (Yul Brynner) reunido con tres campesinos en una humilde habitación de una ciudad cercana al poblado asolado por Calvera (Eli Wallach) y sus hombres. Los tres hombres son, concretamente, Hilario (Jorge Martínez de los Hoyos), Sotero (Rico Alaniz) y Tomás (Pepe Hern). La conversación se desarrolla de la siguiente manera:

Hilario: “Creemos que es usted un hombre de confianza”

Chris: “Muchas gracias”

Tomás: “Queremos que nos ayude”

Hilario: “Contra un tal Calvera”

Sotero: “Un ladrón y un asesino”

Tomas: “Él y sus hombres nos roban la comida y nos dejan morir de hambre. Y además, nuestras mujeres...”

Chris: “Esperen un momento. Si buscan protección… ¿Por qué no acuden a los rurales?”

Hilario: “Ya lo hicimos. Dos veces. Pero no pueden dejar una guarnición en un pueblecito de forma indefinida. Así que se fueron”

Tomás: “Y entonces volvió Calvera. Y sigue volviendo cada año. Lo seguirá haciendo hasta que alguien lo detenga”

Chris: “Siéntense”

Sotero: “Necesitamos ayuda”

Hilario: “Tenemos que comprar armas pero no sabemos nada de esas cosas ¿Querría comprarlas por nosotros?”

Chris: “Las armas son muy caras y difíciles de conseguir ¿Por qué no contratan hombres?”

Hilario: “¿Hombres?”

Chris: “Pistoleros. Hoy en día son más baratos que las armas”

Hilario: “¿lría usted?”

Tomás: “Sería una bendición si nos ayudara”

Chris: “Lo siento. No vivo de bendiciones”

Hilario: “No, no. Le ofrecemos más que eso. Le daríamos comida cada día”

Tomás: “Y tenemos esto”

Chris: “¿Qué es eso?”

Tomás: “Podemos cambiar esto por oro. Es todo lo que tenemos. Todo lo de valor que había en el pueblo”





Chris: “He trabajado para hombres que me daban mucho… Pero jamás para alguien que me lo diera todo”

Tomás: “¿Será suficiente?”

Hilario: “Verá usted, si lográramos ahuyentar a los bandidos, la vida podría ser muy buena en nuestro pueblo. Pero, tal como está ahora... Nosotros podemos aguantar, pero los niños lloran porque tienen hambre”

Chris: “¿Comprenden en el pueblo lo que implica empezar una cosa así?”

Sotero: “Nosotros también lucharemos. Todos”

Tomás: “Cuando llegue Calvera, doblará la campana de la iglesia”

Hilario: “Lucharemos con armas, si las tenemos. Y si no, con machetes, hachas, palos, cualquier cosa…”

Chris: “Una vez se empieza, hay que estar preparado para matar y volver a matar. Y matar más aún, hasta que haya acabado todo”

Tomás: “Lo comprendemos”

Hilario: “Nos hacemos cargo”

Chris: “¿Todos los hombres del pueblo opinan lo mismo?”

Tomás: “Absolutamente todos”

Chris: “Veré lo que puedo hacer”

Hilario: “Gracias. Sabe...”

Chris: “Esperen. No he dicho que vaya a ir. Haré correr la voz de que buscan hombres”

Hilario: “No será difícil encontrarlos. Todo el mundo lleva pistola”

Cris: “Claro. También todos llevan pantalones. Eso se da por sentado. Pero… ¿Que sirvan? Eso ya es otra cosa”

Sotero: “¿Y cómo puede saber usted si sirven?”

Chris: “Hay maneras”





Poco más se me ocurre añadir a un diálogo cuyas frases lo dicen todo. Todo sobre un hombre duro, un mercenario, que a la sazón termina empatizando con unos humildes campesinos que necesitan ayuda y que, para ello, están dispuestos a dárselo TODO. Absolutamente TODO. Aún así, comentar —por supuesto— que la puesta en escena es la correcta (con los pertinentes planos/contraplanos de Chris y los mejicanos y algún plano conjunto) y que las interpretaciones de los cuatro hombres me parecen francamente notables. Los mejicanos con esos rostros y gestos tan tímidos y respetuosos como firmes y convencidos a la vez y Yul Brynner —faltaría más— con esa mirada, esa voz (recomiendo encarecidamente ver la peli en VO para apreciarla) y ese elegantísimo porte que, a la postre, lo convirtieron en una auténtica estrella de Hollywood. “Los siete magníficos”, por ejemplo, así nos lo confirma.


dilluns, 17 de setembre del 2018

“¡YO TE ARREGLARÉ TU BONITA CARA!” (Los sobornados, 1953. Fritz Lang)



Los sobornados (The big heat)

Estados Unidos, 1953

Director: Fritz Lang

Guión: Sydney Bohem. Basado en una obra de William P. McGivern

Fotografía: Charles Lang

Música: Henry Vars, Daniele Amfitheatrof

Intérpretes:

Glenn Ford (Dave Bannion)
Gloria Grahame (Debby Marsh)
Lee Marvin (Vince Stone)
Alexander Scourby (Mike Lagana)
Jocelyn Brando (Katie Bannion)
Jeannette Nolan (Bertha Duncan)
Peter Whitney (Tierney)
Willis Bouchey (Ted Wilks)
Robert Burton (Gus Burke)
Adam Williams (Larry Gordon)
Howard Wendell (Commissioner Higgins)
Chris Alcaide (George Rose)

SINOPSIS: Tras suicidarse, el policía Tom Duncan deja una carta en la que confiesa haberse dejado sobornar y en la que revela el nombre de altos funcionarios corruptos. Religiosamente custodiada por su viuda, Bertha Duncan, la preciada misiva le sirve a ésta para hacer chantaje a todos los implicados; en especial a Mike Lagana, el poderoso gangster que controla toda la ciudad a su antojo. Mientras tanto, el Sargento Dave Bannion —encargado de las investigaciones— empezará a encontrarse con todo tipo de obstáculos.



“Los sobornados” es, sin lugar a dudas, una de las grandes obras maestras del cine negro y quizás (con permiso de “Perversidad”, por supuesto) la mejor película de Fritz Lang en su etapa norteamericana. Lo corroboran su agilidad narrativa, su extraordinario guión, sus memorables diálogos, su acertadísima ambientación, su magnífica fotografía, su violencia y dramatismo y sus más que convincentes personajes. Pero si hay algo en esta película que probablemente haya pasado a formar parte de la memoria colectiva de todos los cinéfilos del mundo ese algo es, como no, su escena más impactante y emblemática: la de Vince Stone (Lee Marvin) arrojando el café hirviendo al rostro de Debby Marsh (Gloria Grahame). 



Así pues supongo que queda claro cuál va a ser mi spoiler de hoy. Un spoiler que he elegido no tanto por su incuestionable impacto dramático (que también) sino, sobre todo, porque “Los sobornados” es una película que avanza —desde una perspectiva pura y llanamente narrativa— a base de golpes de violencia. Violencia física y psicológica, por supuesto, pero básicamente física. Una violencia que se nos muestra de forma más que variopinta (suicidio, asesinatos, estrangulamientos, puñetazos, quemaduras, balazos…) y que actúa como detonante primordial de la historia que Lang nos va contando. Como si el destino, lo que tiene que ocurrir, dependiera única y exclusivamente de todos esos estallidos de violencia. Pero no sólo por eso. Esta escena me encanta también porque sus protagonistas son Lee Marvin y Gloria Grahame. Dos grandes intérpretes que, por si fuera poco y a mi juicio, se meriendan literalmente al protagonista principal de la peli: Glenn Ford. En el caso de Lee Marvin y su extraordinaria interpretación de Vince Stone, además, me recordó al espléndido debut de Richard Widmark en “El abrazo de la muerte” encarnando al diabólico Tommy Udo. Tanto por los dos espléndidos roles de villano que construyen uno y otro como por el hecho de que, para ambos, estamos hablando de sus primeros papeles destacables en el mundo del cine. Respecto a Gloria Grahame señalar, en cambio, que cuando encarnó a la voluptuosa Debby Marsh ya era una actriz prácticamente consagrada. Sus interpretaciones —casi siempre ejerciendo, como no, de femme fatale— en “Encrucijada de odios” (1947), “En un lugar solitario” (1950), “El mayor espectáculo del mundo” (1952) o “Cautivos del mal” (1952), por ejemplo, así nos lo confirman.



Como siempre, no obstante, repasemos primero los antecedentes de esta escena. Recordemos que Dave Bannion (Glenn Ford) investiga el misterioso suicidio de Tom Duncan y que todas las pistas apuntan hacia Mike Lagana (Alexander Scourby) y sus hombres. Sin embargo, Bannion va en especial tras Larry Gordon (Adam Williams), el principal sospechoso del asesinato por encargo de Katie (Jocelyn Brando), su esposa. Pues bien, después de pasarse por The Retreat, un bar de copas, y no dar con Larry sino con Vince Stone (Lee Marvin), la mano derecha de Lagana, Bannion aprovecha la ocasión para intercambiar unas palabras con la novia de este último, Debby Marsh (Gloria Grahame). Lo que no se imagina Debby, sin embargo, es la explosiva reacción de su celoso pretendiente cuando ella llega a casa. Máxime cuando se encuentra al matón de Lagana jugando una plácida partida de poker con cuatro amigos. Entre ellos, el comisionado policial Higgins (Howard Wendell) y Larry Gordon (Adam Williams), el sicario de Lagana. La conversación que se produce en ese momento es la siguiente:



Debby: “¿Ganan todos?”

Comisionado Higgins: “¡Hola señorita Marsh!”

Debby: “¿Cómo andas, Vince?”

Vince: “Muy bien ¿Dónde has estado?”

Debby: “Me quedé en el club viendo el último pase del espectáculo”



Tras saludar y dar un sorbo al whisky de Vince, Debby se despoja del abrigo de visón y se dirige a la habitación contigua. Vince no tarda en abandonar la partida e ir tras ella. Mientras tanto, Debby enciende la radio y se dispone a pintarse los labios. A su vez, Vince no deja de acosarla pregunta tras pregunta. Como en casi todas las cintas de cine negro, destaca en esta escena el diálogo (verdaderos dardos que tanto Debby como Vince lanzan en ambas direcciones) y, sobre todo, el gran provecho que saca Lang del espejo ante el cual se pinta los labios Debby y en el cual se reflejan los rostros de ambos personajes. La puesta en escena es, por lo tanto, magistral.

Vince: “Jugad un rato sin mi ¿Qué tal el espectáculo?”





Debby: “Lo mismo de siempre. No muy malo”

Vince: “¿Por qué no viniste antes a casa?”

Debby: “Por la forma en que corrías no creí que te importara”

Vince: “¿Qué significa… ‘Corrías’?”

Debby: “No fue ningún paseo”

Vince: “Con las elecciones encima no debo tener problemas con un policía loco”

Debby: “No está tan loco… Tengo noticias frescas: te odia a muerte”

Vince: “¿Cómo lo sabes?”

Debby: “Estaba allí ¿recuerdas? Soy la chica que dejaste en el bar”





Vince: “Llamé al Retreat. Tierney dice que le ofreciste un trago”

Debby: “Tierney no distinguiría una broma a menos que le diera en la cara”

Vince: “Tierney dijo que seguiste a Bannion fuera del bar”

Debby: “Salí en tu busca. Pero tu hiciste una marca mejor que la de los Juegos Olímpicos”

Vince: “Muy amable de tu parte”

Debby: “¿De veras?”

Vince: “Pensé que tal vez Bannion y tu queríais intimar a mis espaldas”

Debby: “Deberías enseñar mejor a Tierney. Búscate un chivato de más confianza”

Vince: “Tal vez tenga un soplón mejor… ¡Como fue el Club!”

En este momento, Vince sujeta fuertemente el brazo de Debby y el nivel de violencia se eleva ostensiblemente con el tono de voz de él y los gritos de ella.




Debby: “¡No! ¡Mi brazo, Vince, mi brazo!”

Vince: “¿Te gustan los policías, no?”

Debby: “¡No lo hagas, Vince! ¡Por favor!”

Vince: “¿A dónde fuisteis?”

Debby: “¡Mi brazo, mi brazo!”

Vince: “¡Te he hecho una pregunta! ¿A dónde?”

Debby: “¡Yo solo le vi en la calle! ¡Solo le vi en la calle!”

Ante el cariz que van tomando los acontecimientos, el Comisionado policial Higgins se levanta de la mesa de juego y asoma tímidamente la cabeza en la habitación contigua.



Comisionado Higgins: “Sugiero que tengamos una noche agradable”

Vince: “¡Y yo sugiero que cierres el pico! ¿A dónde fuiste con Bannion?”

Debby: “¡A ninguna parte! ¡A ninguna parte! ¡Me dejó en la puerta del club!”

Vince: “¡Embustera! ¡Maldita embustera!”





Un solo plano, el de cafetera hirviendo con la mano de Vince asiéndola a continuación, nos anticipa la tragedia. Fuera de plano, no obstante, escucharemos como Vince vierte el café en la cara de Debby y los consecuentes gritos de ella. El efecto, sin embargo, es tanto o más terrible que si hubiéramos sido testigos presenciales de ello. Algo que, por cierto, sí ocurre más adelante, en el tramo final de la película, cuando Debby consuma su venganza y hace lo propio con Vince. Al margen de ello, señalar también que la cara medio quemada de Debby (recordemos que solo le quedará afectada la parte derecha) ha sido interpretada por muchos analistas como una espléndida metáfora visual de su doble o ambigua personalidad: cínica y egoísta al principio de la película (mitad quemada) y sensible y generosa tras conocer a Bannion (mitad intacta).    

Debby: “¡Aaaah! ¡Mi cara, mi cara!”

Acto seguido, Debby escapa de su agresor cubriéndose el rostro con sus propias manos y buscando refugio en la mesa donde los amigos de Vince asisten perplejos a los acontecimientos.





Vince: “¡Yo te arreglaré tu bonita cara!”

Comisionado Higgins: “¡Déjala, Vince! ¡Basta ya!”

Vince: “¡Ella se lo ha buscado!”

Larry Gordon: “¡No se quede ahí quieto! ¡Llévela a un médico!”

Comisionado Higgins: “¡Informará a la policía!”

Vince: “Por eso tienes que ir tú ¡Vamos, muévete! Cierra la puerta”





Y poco más a añadir. Cuando una película de cine negro reúne a dos buenos actores, un diálogo para quitarse el sombrero, una puesta en escena magistral y un nivel de violencia inaudito el resultado, obviamente, no puede pasar desapercibido. Juzguen ustedes mismos.






dimarts, 11 de setembre del 2018

“YA TE HE DICHO QUE FUESES RESPETUOSO CON EL CORONEL” (Chuka, 1967. Gordon Douglas)


 Chuka (Chuka)

Estados Unidos, 1967

Director: Gordon Douglas

Guión: Richard Jessup. Basado en una obra de Richard Jessup

Fotografía: Harold Stine

Música: Leith Stevens

Intérpretes:

Rod Taylor (Chuka)
John Mills (Coronel Stuart Valois)
Ernest Borgnine (Sargento Otto Hahnsbach)
Luciana Paluzzi (Veronica Kleitz)
James Whitmore (Lou Trent)
Victoria Vetri (Helena Chávez)
Louis Hayward (Mayor Benson)
Michael Cole (Spivey)
Hugh Reilly (Capitán Carroll)
Barry O’Hara (Slim – Cook)
Joseph Sirola (Jake Baldwin)
Marco López (Hanu)

SINOPSIS: Chuka, un solitario pistolero sin rumbo fijo, se incorpora a una diligencia en la que viajan Verónica, una joven y hermosa viuda, y su sobrina Helena. Tras detenerse en Fort Clendennon, un aislado puesto militar integrado por soldados condenados por todo tipo de delitos, el inminente ataque de un grupo de hambrientos arapahoes liderados por Hanu les obligará a interrumpir su viaje. Sitiados en el fuerte, la tensión no tardará en hacer mella en sus ocupantes. 


El día que me dispuse a ver “Chuka” no esperaba encontrarme con lo que me topé. La verdad es que mis expectativas eran más bien escasas. Esperaba encontrarme, como mucho, con un western modesto y discreto. Con un western de esos para pasar un rato agradable y poco más. Máxime cuando ya había visto “Río Conchos” y cuando en aquel momento supuse, cándido de mi, que a Gordon Douglas ya le había sonado la flauta una vez con ese peliculón protagonizado por Richard Boone y que difícilmente iba a darme de bruces de nuevo con otra joyita de índole similar. 

Obviamente, andaba equivocado. En primer lugar, por menospreciar a Gordon Douglas. Por creer, de antemano, que Douglas era un simple artesano sin títulos míticos en su haber, sin libreto de estilo y que jamás había destacado (creo que los cultivó casi todos) en ningún género en concreto. Y en segundo lugar por creer que a Douglas le había sonado la flauta con “Río Conchos”. Lo dicho: craso error. Quizás Gordon Douglas no suela aparecer entre los más laureados directores de western, pero cuando un realizador tiene en su filmografía películas tan solventes como “Corazón de hielo”, “Veneno implacable”, “La humanidad en peligro”, “El detective”, “Solo el valiente”, “Quince balas” o las ya mencionadas “Chuka” y “Río Conchos” no creo que podamos seguir hablando de flautas o clarinetes. Así pues, mis disculpas y respetos, Mr. Douglas.



Respecto a la escena escogida para mi spoiler comentaros, de antemano, que se trata de una secuencia casi paradójica. Y la califico así, de paradójica, porque “Chuka” no es un western con demasiada acción. Ni demasiada acción, ni demasiados tiroteos, ni demasiadas cabalgadas y demás. “Chuka” es, de hecho, un western casi teatral que se desarrolla prácticamente en su totalidad entre las cuatro paredes (o empalizadas, en este caso) de Fort Clendennon. Un lejano y aislado puesto militar en el que encontramos destinados a una variopinta caterva de soldados que parecen condenados a purgar allí sus vicios, pecados, delitos y/o errores del pasado. Estamos, por lo tanto, ante un western más bien asfixiante, opresivo, claustrofóbico. De cámara, diría yo. Un western en el que el estudio psicológico de los personajes predomina sobre la acción y los exteriores y en el que la atmósfera que se respira resulta francamente viciada y hedionda. Quizás para compensar ese ambiente turbio y cargado, para compensar ese predominio del diálogo y la tensión psicológica entre los diferentes personajes que integran el film, he decidido apostar, finalmente, por una de sus escasas escenas de acción. Una brutal e intensa pelea a puñetazos entre dos de sus protagonistas principales (Chuka (Rod Taylor) y el Sargento Otto Hahnsbach (Ernest Borgnine)) que me parece —además de salvaje y violenta como pocas— muy emocionante, muy bien rodada y ética o moralmente justificada. Al menos, por parte del Sargento Hahnsbach. Veamos por qué.

Recordemos que la pelea en cuestión viene precedida por otra escena en la que Chuka y el Coronel Stuart Valois (John Mills) —Comandante en Jefe de Fort Clendennon— discuten entre sí al negarse el primero a trabajar como explorador del segundo en una misión en territorio arapahoe. Amenazado de arresto, Chuka desenfunda su revólver y advierte al Coronel que matará a cualquiera que impida su marcha. Cuando ya está en el establo y se dispone a ensillar a su caballo y marcharse, Chuka recibe a una especie de comité de despedida. Son el Sargento Hahnsbach y algunos de sus hombres. La conversación previa a la durísima pelea a puñetazos que se producirá a continuación dice así:  

Jake (Joseph Sirola): “Chuka... Es mejor que me lo dejes hacer a mi”

Chuka: “Ya se ensillar un caballo”

Jake: “Sí, ya lo sé, pero necesitarás las dos manos, porque te esperan problemas”

Chuka: “¿Qué quieres decir con eso?”

Jake: “Muchos problemas”

Chuka: “Ya lo entiendo... ¿Qué es esto? ¿Una delegación de despedida?”

Sargento Hahnsbach: “Muy bien, ya te he avisado que fueses respetuoso con el Coronel. Pero esto ha sido ya la gota que ha derramado el vaso. Estos hombres son mis testigos. Desarmados ¿De acuerdo?”

Chuka: “¿Qué le ha dado ese Coronel de pacotilla que le ha de hacer de criada?”

Sargento Hahnsbach: “Es... Es mi Comandante en Jefe y yo no me olvido. Ahora puedes sacar esa pistola que llevas y matarme aquí mismo. O te puedes defender tan bien como puedas. Porque tengo la intención de atizarte con mis puños. Te estoy esperando”

Chuka: “¡Oh, vaya! ¡No me gustaría hacer esperar a un hombre tan ocupado como usted Sargento! Vigila a los otros, Jake”

Jake: “De acuerdo”





De pronto, y por sorpresa, Hahnsbach le arrea el primer puñetazo a Chuka. Un puñetazo que lo sorprende mientras estaba despojándose de su canana y al cual le siguen dos fuertes golpes en los riñones, uno en el estómago y otro en el mentón que lo tira al suelo, al pie de su caballo. Desde el suelo del establo, sin embargo, Chuka parece tomar la iniciativa. El cuerpo a cuerpo que se produce a continuación le permite taparle la vista con las manos a su oponente y obtener así unos segundos para reponerse momentáneamente de la paliza y poder asestarle a Hahnsbach un primer directo que, por desgracia para Chuka, apenas hace mella en el rostro del corpulento soldado. De hecho, Hahnsbach consigue sujetarlo de nuevo y lo empuja brutalmente contra un poste del establo. Por dos veces, la cabeza y la espalda de Chuka impactan contra la madera. Lejos de caer aturdido, sin embargo, Chuka responde al sargento con tres certeros sopapos (uno al estómago y dos a ambas mandíbulas) que por fin logran derribar a su fornido rival. A partir de este momento el intercambio de guantazos de decanta ligeramente a favor de Chuka. Aún así, los duros mandobles que reciben uno y otro van mermando las fuerzas de ambos hasta el punto de acabar arrodillados en el suelo lanzando guantazos sin ton ni son. Algunos, eso sí, con más fortuna que otros. Curiosamente, al final, Chuka y Hahnsbach acaban exhaustos y apoyados el uno en el otro. Casi abrazados, diría yo. En ese instante, todos los espectadores de la brutal pelea empiezan a aplaudir tímidamente. Sin lugar a dudas, para premiar la intensidad y bravura de la reyerta. Y es que a pesar de haberse atizado de lo lindo, Chuka y Hahnsbach son dos hombres honestos y de una pieza. De Chuka ya conocemos su talante humanitario desde el principio del film, cuando ofrece su propia comida a los hambrientos arapahoes. Y de Hahnsbach sabremos posteriormente que su inquebrantable lealtad hacia el Coronel Valois se debe a que éste le salvó la vida en la guerra y que, por ello, hubo de sufrir incluso una dolorosa castración.





En fin, que no estamos ante una pelea más. Estamos ante una de las mejores y más vibrantes peleas del western americano. Rodada con brío, carácter y mucho realismo. En parte, probablemente, por la innegable influencia a mediados-finales de los 60 del spaghetti western, un subgénero que —como todos sabemos— explotaba a la perfección un más que explícito tratamiento de la violencia. Y, en parte también, porque Gordon Douglas era un director de raza. Un director al que, por descontado, no le gustaba andarse con chiquitas.



Aún así, si existen dos grandes culpables en el éxito y repercusión de esta feroz escena ellos son, sin lugar a dudas, Ernest Borgnine y Rod Taylor. Del primero (uno de los actores de carácter por excelencia del cine norteamericano) ya sabíamos de sus maneras gracias a las peleas que protagonizó frente a Sterling Hayden en “Johnny Guitar” o frente a Spencer Tracy en “Conspiración de silencio”, mientras que aunque de Rod Taylor no teníamos demasiados precedentes en estos menesteres, conviene recordar —no obstante— que éste incluso logró superar la saña y fiereza de esta mítica pelea en una posterior mucho más salvaje aún. Tal vez la película no sea gran cosa, lo reconozco, pero lo cierto es que casi todo el mundo la recuerda por la crudeza de su reyerta. Me estoy refiriendo, como no, a “Más oscuro que el ámbar”, de Robert Clouse. No es un western, de acuerdo, pero sí un magnífico ejemplo de brutal pelea.  



Y poco más. Por lo que a mi respecta espero que compartáis mi entusiasmo por esta estupenda secuencia y que si no habéis visto ningún western de Gordon Douglas os pongáis, ya, con éste o con “Río Conchos”. Los dos merecen mucho la pena.