diumenge, 8 de gener del 2017

“ME COMÍ SU HÍGADO ACOMPAÑADO DE HABAS Y UN BUEN CHIANTI” (El silencio de los corderos, 1991. Jonathan Demme)


El silencio de los corderos (The silence of the lambs)

Estados Unidos, 1991

Director: Jonathan Demme

Guión: Ted Tally. Basado en una obra de Thomas Harris

Fotografía: Tak Fujimoto

Música: Howard Shore

Intérpretes:

Jodie Foster (Clarice Starling)
Anthony Hopkins (Hannibal Lecter)
Scott Glenn (Jack Crawford)
Anthony Heald (Frederick Chilton)
Ted Levine (Jame Gumb)
Brooke Smith (Catherine Martin)
Diane Baker (Ruth Martin)
Tracey Walter (Lamar)
Charles Napier (Boyle)
Stuart Rudin (Miggs)


SINOPSIS: Clarice Starling, una brillante licenciada especializada en conductas psicópatas, es requerida por el FBI para seguirle la pista a Buffalo Bill, un asesino en serie que se dedica a matar y a despellejar chicas adolescentes. Su primera misión consistirá en entrevistar al Dr. Hannibal Lecter, un antiguo psicoanalista que está encerrado en una cárcel de alta seguridad por asesinato y canibalismo, con objeto de reunir la información necesaria para poder localizar y detener a Buffalo Bill lo antes posible.



Dicen de “El silencio de los corderos” que ha envejecido mal y que, posiblemente por ello, jamás se convertirá en un verdadero clásico. Para mí, en cambio, ya es un clásico. Y desde hace tiempo, además. Mis razones son muchas: os podría hablar del extraordinario guión o de los memorables diálogos de Ted Tally, de las tremendas interpretaciones —sobre todo— de Jodie Foster, Anthony Hopkins, Scott Glenn y Ted Levine, de esa atmósfera malsana que impregna todo el film o de esa tensión que no decae en ningún momento. Pero si hay algo en “El silencio de los corderos” que la convierte, a mi juicio, en un auténtico clásico desde el minuto uno ese es —sin lugar a dudas— su personaje estrella: el Dr. Hannibal Lecter

Precisamente por ello he escogido la escena del primer encuentro entre Clarice Starling (Jodie Foster) y el Dr. Hannibal Lecter (Anthony Hopkins). Porque es la primera vez que vemos a Lecter en pantalla y porque su presentación y mise-en-scène me parece absolutamente impactante, aterradora, brutal. Y es que muy pocas veces —como espectador— la primera toma de contacto con un villano me había impresionado tanto como la de Lecter en esa sórdida cárcel de alta seguridad. No sé, intento recordar la primera aparición de villan@s de su mismo calibre como Norman Bates, Darth Vader, Alex DeLarge, Amon Göth, Jack Torrance, Max Cady, Mrs. Danvers, Annie Wilkes, Travis Bickle, Baby Jane Hudson, Frank Booth, Anton Chigurh, Tommy DeVito, Hans Landa, Bill, Frank y tantos otr@s y no encuentro a ninguno que me impresionara más (como mucho, lo mismo) que Hannibal Lecter en “El silencio de los corderos”.



Pero bueno, ahora toca demostrarlo. Y qué mejor escena que la que encabeza este spoiler. Una escena bastante larga (casi siete minutos) que pese a no ser nada del otro jueves desde un punto de vista estrictamente formal goza de unos diálogos y de un tour de force interpretativo (sobre todo de Anthony Hopkins) sublimes. Recordémosla.

La secuencia empieza con Clarice Starling recorriendo el largo y sombrío pasillo de la cárcel de alta seguridad donde se halla recluido —en la última celda, concretamente— el Dr. Hannibal Lecter. Algo antes de llegar, Miggs (Stuart Rudin), uno de los reclusos, le dedica un pequeño piropo:

Miggs: “¡Desde aquí huelo tu coño!”

Acto seguido, Starling llega al final del pasillo, donde se halla la celda de Lecter. Una celda que —en lugar de barrotes, como las demás— posee a modo de cierre un grueso cristal blindado. Lecter la aguarda en su interior de pie. Perfectamente peinado, afeitado y vistiendo una especie de mono de color azul. No sé a vosotros pero a mi esta primera visión de Lecter (con su impoluta vestimenta, su postura casi marcial, los brazos paralelos al cuerpo, su media sonrisa y esa mirada azul y acerada hacia la cámara que representa a Starling pero que también nos representa a nosotros mismos) me parece absolutamente escalofriante.



Lecter: “Buenos días”

Starling: “Dr. Lecter, mi nombre es Clarice Starling ¿Puedo hablar con usted?”

Lecter: “Usted trabaja para Jack Crawford ¿verdad?”

Starling: “Pues sí”

Lecter: “¿Me deja ver su identificación?”

Starling: “Claro”



Lecter: “Más cerca, por favor. Más cerca. Caduca dentro de una semana. Usted no es agente del FBI ¿verdad que no?”



Starling: “Aún estoy preparándome en la academia”



Lecter: “Así que Jack Crawford me ha mandado a una aprendiz”

Starling: “Sí, soy estudiante. Estoy aquí para aprender de usted. Quizás pueda decidir usted si estoy preparada para hacerlo”

Hasta aquí asistimos —como espectadores— al típico diálogo materializado o plasmado a través del habitual plano-contraplano. Curiosamente, Lecter es quien hace las preguntas y quien conduce la conversación por dónde quiere. No en vano el Doctor es muy consciente de su hipotética superioridad intelectual y, en estos primeros compases, se dedica a jugar verbal y gestualmente con su interlocutor. La agente Starling, por su parte, se muestra en este primer tramo cauta y prudente. Su escasa estatura (1.60 m.) y su traje chaqueta excesivamente grande nos la hacen ver aún más pequeña frente a un Lecter que impresiona con sus acerados ojos azules y su sonrisa burlona. Recordemos que, de momento, Lecter y Starling están hablando de pie —frente a frente— a ambos lados del cristal blindado. Y aunque ambos comparten primeros planos, los primerísimos son para Lecter. Aún así, cuando Starling replica con celeridad a la primera ironía de Lecter, se gana su respeto.

Lecter: “Veo que es usted muy astuta, agente Starling. Siéntese, por favor. Y ahora, dígame: ¿Qué le ha dicho Miggs al pasar? Miggs, el múltiple; el de la celda de al lado. Le ha susurrado algo ¿Qué es lo que le ha dicho?”

Starling: “Ha dicho: desde aquí huelo tu coño”



Lecter: “Comprendo. Sin embargo, yo no puedo. Usted usa crema hidratante Evian. Y algunas veces lleva L'Air du Temps… Pero hoy no”

Starling: “¿Son suyos todos esos dibujos?”



Lecter: “Ah… Eso es el Duomo visto desde El Belvedere ¿Conoce usted Florencia?



Starling: “¿Tantos detalles solo de memoria?”

Lecter: “La memoria, agente Starling, es lo que tengo en lugar de una bonita vista”

Starling: “Bien, pues quizás quiera darnos su punto de vista sobre este cuestionario…”

Lecter: “Ah, no, no, no, no, no… Lo hacía muy bien. Ha sido usted muy amable y correcta conmigo. Se ha ganado mi confianza contándome el desagradable incidente de Miggs... ¡Y ahora este chapucero salto al cuestionario! ¡No ha colado!”

Starling: “Yo sólo le pido que vea esto, Doctor. Usted haga lo que quiera”

Por segunda vez la agente Starling da muestras de su carácter. Obviamente, es joven e inexperta. Pero también inteligente, sagaz y ambiciosa. Y no está dispuesta a desperdiciar su entrevista con Lecter. Aún así, ha despertado a la bestia. Y Lecter, que hasta el momento solo se había pavoneado ante ella, decide cambiar su estrategia, elevando progresivamente sus dosis de cinismo y crueldad mental hasta límites insospechados. La tensión, por lo tanto, se vuelve prácticamente insoportable. Y todo ello lo consigue Demme a través de cuatro ejes fundamentales: los primeros y primerísimos planos de Hopkins y Foster, sus espléndidas interpretaciones (sobre todo de un espeluznante Hopkins), la desasosegante música de Howard Shore y —naturalmente— los espléndidos diálogos de Ted Tally. Así pues, os dejo con ellos. Disfrutadlos. Paladeadlos. Solo os anticipo que la conocidísima frase que encabeza este spoiler (acompañada, claro está, por ese curioso gesto de “sorber sesos” que por lo visto improvisó Hopkins para la escena) no es más que la simple guinda de un pastel dialéctico absolutamente colosal. Con eso, os lo digo todo.

Lecter: “Sí. Jack Crawford debe de estar muy ocupado si tiene que recurrir a la ayuda de los estudiantes… Ocupado cazando a ese nuevo Buffalo Bill ¡Qué chico más travieso! ¿Sabe por qué le llaman Buffalo Bill? Por favor, dígamelo. Los periódicos no lo dicen”

Starling: “Todo empezó como una broma de los agentes de Homicidios de Kansas City. Porque arranca la piel a sus víctimas…”

Lecter: “¿Por qué, según usted, les arranca la piel, agente Starling? Sorpréndame con su perspicacia…”

Starling: “Eso le excita. Los homicidas sistemáticos guardan trofeos de sus víctimas”

Lecter: “Yo no lo hice”

Starling: “No. Usted se los comía”

Lecter: “¿Quiere pasarme eso? Agente Starling ¿Cree usted que puede diseccionarme con este burdo instrumento?”

Starling: “No, yo he pensado que quizás…”



Lecter: “Usted es muy ambiciosa ¿verdad? ¿Sabe que aspecto tiene con ese bolso bueno y esos zapatos baratos? Tiene aspecto de hortera. Aspecto de hortera apañada y con cierto gusto. La buena alimentación le ha proporcionado una constitución fuerte pero solo una generación la separa del hambre ¿no es cierto agente Starling? Y ese cutis que quisiera disimular es el típico cutis de una campesina… ¿A qué se dedica su padre? ¿Es minero de carbón? ¿Acaso apesta a lámpara de carburo? Sé que usted era una presa fácil para los chicos. Se dejaba sobar en los asientos traseros de los coches, soñando solo en escapar de allí, con ir a dónde fuera. Y así fue como llegó hasta el FBI”



Starling: “Adivina muchas cosas, pero… ¿Será capaz de dirigir esa intuición hacia sí mismo? ¿Qué me contesta? ¿Por qué no se mira a sí mismo y escribe lo que ve? Quizás no se atreva”



Lecter: “Una vez uno del censo quiso hacerme una encuesta. Me comí su hígado acompañado de habas y un buen Chianti. Vuela a la escuela, pajarillo. Vuela, vuela, vuela, vuela… Vuela, vuela, vuela, vuela”




En este punto, sin embargo, la batalla parece perdida. Lecter se ha negado a contestar el cuestionario de la agente Starling y ésta se levanta de la silla plegable y vuelve por donde ha venido, cabizbaja y derrotada. Al pasar por delante de la celda de Miggs, no obstante, se detiene. Los gritos del loco son tan horrendos que no puede evitar dedicarle una fugaz mirada. Ipso facto, recibe en su pelo el impacto de una sustancia viscosa. El semen de Miggs.

Miggs: “¡Aaaah! ¡Me he mordido la muñeca! ¡Puedo morirme! ¡Aaaah!  ¡Mira! ¡Te he engañado!”

Lecter: “¡Agente Starling! ¡Vuelva! ¡Agente Starling! Siento mucho lo que ha ocurrido. La grosería me parece imperdonable”

Starling: “¡Pues entonces relléneme el test!”

Lecter: “No, pero le daré una alegría. Pondré a su alcance lo que usted más desee”

Starling: “¿El qué, Doctor?”

Lecter: “El ascenso, por supuesto. Escúcheme atentamente. Quizás lo encuentre almacenado en su interior, Clarice Starling. Busque a la Señorita Otser, una expaciente mía. O-T-S-E-R. Búsquela. No creo que Miggs pueda hacerlo otra vez tan pronto aunque está bastante loco ¡Váyase!”  

¿Y qué más podría decirse de uno de los mejores thrillers de la historia del cine, del film que catapultó a la fama a Anthony Hopkins con una aparición de tan solo 25 minutos en pantalla, de una de las tres únicas pelis que ha ganado un repoker (película, director, guión, actor y actriz) de Oscars? Pues poco más, supongo. Tan sólo hacer hincapié en la importantísima labor conjunta de Tak Fujimoto (fotografía) y Howard Shore (música) para conseguir esa atmósfera tan tensa y angustiosa que destila el film en su conjunto y también que, desde un punto de vista más prosaico, la peli de Jonathan Demme fue —por si fuera poco— un gran éxito de taquilla. Permitidme —a riesgo de parecer pesado, sin embargo— reiterar una vez más la incuestionable trascendencia de los diálogos de Ted Tally. Diálogos y frases que ya forman parte de la memoria colectiva de toda una generación y que constatan —sin lugar a dudas— que “El silencio de los corderos” es, por supuesto, un clásico. Un clásico de los de verdad.





dijous, 29 de desembre del 2016

“¡A NADAR!” (Tiburón, 1975. Steven Spielberg)


Tiburón (Jaws)

Estados Unidos, 1975

Director: Steven Spielberg

Guión: Peter Benchley y Carl Gottlieb. Basado en una obra de Peter Benchley

Fotografía: Bill Butler

Música: John Williams

Intérpretes:

Roy Scheider (Martin Brody)
Robert Shaw (Quint)
Richard Dreyfuss (Matt Hooper)
Lorraine Gary (Ellen Brody)
Murray Hamilton (Alcalde Larry Vaughn)
Carl Gottlieb (Meadows)
Jeffrey C. Kramer (Alguacil Hendricks)
Susan Backlinie (Chrissie Watkins)
Jonathan Filley (Cassidy)
Chris Rebello (Michael Brody)


SINOPSIS: Amity Island, un pequeño pueblo turístico de la costa de Nueva Inglaterra, se ve de repente amenazado por la presencia en sus tranquilas aguas de un peligroso tiburón responsable de la muerte de una chica y un niño. Aunque el jefe de policía Martin Brody intenta cerrar las playas para evitar más víctimas mortales, el alcalde Larry Vaughn no está dispuesto a que el pánico afecte al negocio turístico de la zona e impide el cierre. Nuevos ataques del escualo, sin embargo, obligarán a que Brody, Quint (un veterano cazatiburones) y Matt Hooper (un prestigioso oceanógrafo) aúnen esfuerzos para intentar darle caza. 



Por primera vez desde que me dedico a diseccionar escenas me he decidido por fin a incluir unos títulos de crédito (o secuencia de apertura) en un spoiler. Y no porque no me gusten —todo lo contrario— sino porque siempre he considerado los títulos de crédito (cuando son buenos, por supuesto) como una especie de entidad autónoma dentro de la película. No sé, como algo con vida propia. Como una tarjeta de presentación. Como una primera toma de contacto del director con su público. Y quizás por eso mismo no me apetecía mezclarlos con lo que son escenas o secuencias propiamente dichas.



En esta ocasión, sin embargo, me he visto casi obligado. Y no porque los títulos de crédito de “Tiburón” me parezcan especialmente originales sino porque contienen, sin lugar a dudas, uno de los componentes más importantes de esta película: el mítico main theme musical compuesto por John Williams. Un tema musical que imprime muchísima tensión y suspense al entramado argumental de la peli y que se fundamenta —curiosamente— en uno de los ostinato más escuetos y minimalistas de la historia del cine.



Antes de entrar a destriparos la escena en cuestión me gustaría, sin embargo, hacer hincapié en algunos aspectos importantes de esta peli. El primero —la BSO de Williams— ya lo hemos comentado. Pero, naturalmente, hay más. Y es que con “Tiburón” nos estamos refiriendo, para empezar, al primer taquillazo de Steven Spielberg, el Rey Midas de Hollywood. Un joven cineasta que había debutado cuatro años antes con “El diablo sobre ruedas” y que emprende, con “Tiburón”, su proyecto más ambicioso. Y aquí quería llegar: a la envergadura de la peli. A las dificultades con el guión de Benchley y Gottlieb, a los contratiempos con Bruce (la réplica mecánica del escualo), a los problemas de presupuesto y calendario, a todas las metáforas (acertadas o no) construidas entorno al legendario monstruo… La verdad es que el rodaje de “Tiburón” fue tan accidentado que el producto resultante podría haber sido —por qué no— un gran fracaso. Pero no lo fue. “Tiburón” gozó de un impacto mediático tan tremendo (sólo en Estados Unidos se estrenó en más de 450 salas al mismo tiempo) que su éxito fue absolutamente arrollador. Y no sólo a nivel de público (las colas en los cines eran interminables) sino también a nivel de crítica. De ahí su condición de película más taquillera de la historia del cine (hasta el estreno de “La guerra de las galaxias” en 1977) y, obviamente, sus múltiples premios. Con Globos de Oro, BAFTA y sus tres Oscars, por supuesto. Concretamente, de montaje, sonido y BSO.



Pero bueno, vayamos a la escena. O mejor dicho: al opening o secuencia de apertura que incluye los títulos de crédito iniciales de “Tiburón”. Lo primero que me gustaría advertir es que el susodicho opening dura muy poquito: poco más de un minuto concretamente. Un periodo de tiempo, sin embargo, más que suficiente para mostrar algunos de los nombres más relevantes de la ficha técnica y artística y que, por cierto, se corta abruptamente en el clímax o punto más álgido de la composición musical, coincidiendo con el último golpe de cuerda del famoso ostinato de John Williams. Hasta ese momento, lo que hemos podido ver es un fondo negro (y, a continuación, la imagen de un fondo marino) con los nombres o títulos (según estricto orden de aparición) siguientes: A Zanuck/Brown Production; Roy Scheider, Robert Shaw, Richard Dreyfuss; Jaws; Co-starring Lorraine Gary; Murray Hamilton, Carl Gottlieb, Jeffrey C. Kramer, Susan Backlinie; Music by John Williams y Film Editor Verna Fields.



Aún así, me gustaría puntualizar que la música propiamente dicha empieza a sonar muy poco antes de que aparezca el título original de la película (“Jaws”: algo así como “fauces” o “mandíbulas”) y que la subyugante imagen del fondo marino también aparece por primera vez en este preciso instante. Antes de eso lo único que vemos en pantalla es el nombre de la productora y de los tres protagonistas principales sobre un fondo negro mientras escuchamos, al mismo tiempo, un extraño e inquietante sonido submarino.

En cualquier caso, lo dicho: el opening es correcto y efectivo desde un punto de vista estrictamente formal. Pero tampoco es nada del otro mundo, la verdad. Lo que sí resulta del todo desasosegante y excepcional es —sin lugar a dudas— la banda sonora. Sobre todo, el main theme del film. Y es que cuando alguien consigue meterte el miedo en el cuerpo en menos de treinta segundos no queda otra —como mínimo— que decirlo alto y claro. Faltaría más. Así pues, chapeau, John Williams. Gracias por una BSO tan tremenda y, por supuesto, por todo tu legado cinematográfico (“E.T.”, “Superman”, “Star Wars”, “Indiana Jones” y tantas otras).

Superados los títulos de crédito, pues, entramos de inmediato en la escena propiamente dicha. Una escena que, pese a no contar con el main theme de Williams, me parece igualmente magistral. En primer lugar porque siempre me han gustado las pelis que empiezan con fuerza. Con una escena potente, vibrante, intensa. Y en segundo lugar porque Spielberg la narra y, por lo tanto, la resuelve con gran pulso, elegancia y sentido del suspense.





Así pues, lo primero que observamos es un grupo de jóvenes en la playa —de noche— alrededor de una hoguera. Como podréis deducir se trata de una fiesta informal. Y eso conlleva que los chicos beban, fumen, hablen y se besen. Obviamente, siempre está el que toca una guitarra o una harmónica. En cualquier caso se trata de una fiesta plácida, agradable, tranquila. De una fiesta hippy, vaya. Y aunque el lugar donde acontece todo ello es, en la ficción, Amity Island (un pequeño pueblo turístico de la costa de Nueva Inglaterra) la localización real de esta escena es, concretamente, la isla de Martha’s Vineyard, en Massachusetts.  



Todo ello nos lo muestra Spielberg a través de un lento travelling de izquierda a derecha que finalmente se detiene ante el rostro de Cassidy (Jonathan Filley), un apuesto melenitas que no deja de mirar —mientras bebe y fuma— a Chrissie (Susan Backlinie), nuestra rubia, bella y desgraciada protagonista. Paralelamente, continúan los títulos de crédito. Concretamente con los siguientes nombres: Director of Photography Bill Butler; Screenplay by Peter Benchley and Carl Gottlieb, Based upon the Novel by Peter Benchley; Produced by Richard D. Zanuck and David Brown y Directed by Steven Spielberg.




Tras el pertinente intercambio de miradas, Cassidy se levanta y se dirige hacia Chrissie, que se encuentra algo apartada del grupo. Sin apenas tiempo a establecer ningún tipo de conversación, Chrissie se levanta y empieza a correr paralelamente a una especie de empalizada que separa las dunas de la playa. Mientras corre, va despojándose de sus ropas hasta quedar totalmente desnuda. Cassidy la sigue a cierta distancia. Sin lugar a dudas, charlar, correr y quitarse la ropa cuando uno va borracho no parece tarea fácil.



Cassidy: “¿Cuál era tu nombre?”

Chrissie: “¡Chrissie!”

Cassidy: “¿A dónde vamos?”

Chrissie: “¡A nadar!”

Cassidy: “¡Espera! ¡Más despacio! ¡No estoy borracho! ¡Ya voy! ¡Espera! ¡Puedo nadar! Solo que… ¡No puedo caminar y desvestirme!”



Chrissie: “¡Entra al agua!”

Cassidy: “¡Con calma, con calma!”



Hasta aquí todo resulta plácido y divertido. Incluso romántico diría yo. Mientras Chrissie nada tranquilamente en un mar que parece un verdadero estanque, Cassidy intenta quitarse la ropa en la orilla para poder meterse en el agua y chapotear junto a su nueva amiga. La noche es espléndida y las últimas luces del día aún pueden verse a lo lejos.



Sin embargo, lo que parecía una tranquila y apacible noche de verano se transforma de repente en una verdadera pesadilla cuando Chrissie recibe un brusco tirón que la hunde momentáneamente. Antes de que eso ocurra, la única pista de la que disponemos como espectadores es un espléndido contrapicado submarino (a modo de cámara subjetiva para más señas) que nos muestra como algo va acercándose poco a poco hacia Chrissie desde las silenciosas profundidades del Océano Atlántico. Y aunque —como suele decirse— “siempre resulta mejor sugerir que mostrar”, en este caso específico la ausencia de Bruce en la escena fue debida —en realidad— a razones puramente mecánicas. Una ausencia que en este tramo de la película, por cierto, no se acusa en absoluto. Es más, el propio Spielberg admitió más tarde que no mostrar al tiburón en la primera escena fue todo un acierto puesto que con ello la sensación de suspense o de terror hitchcockiano resultó, verdaderamente, mucho más acusada.



Pero volvamos a la escena. Habíamos dejado a Chrissie en el agua víctima de un primer tirón. A partir de aquí lo que veremos serán planos alternos de Chrissie zarandeada a diestro y siniestro por el escualo y planos de Cassidy tumbado en la orilla completamente borracho sin enterarse de nada en absoluto. Un último tirón, con el mar en calma acto seguido, deja bien claro que Chrissie ha sido definitivamente engullida por el, hasta ese momento, hipotético tiburón.    




Chrissie: “¡Ayúdame!”

Cassidy: “¡Ya voy, ya voy!”

Chrissie: “¡Duele! ¡Ay Dios mío, ay Dios mío! ¡Ay Dios mío! ¡Ay, Dios! ¡No, por favor! ¡Dios, por favor, ayúdame!”

En resumen: una secuencia de apertura con títulos de crédito incluidos absolutamente magistral. Bien narrada, bien estructurada y bien rodada. Como en Spielberg es habitual, vaya. Con su impactante y ya comentado toque musical, con la extraordinaria fotografía de Bill Butler (nunca resulta fácil rodar de noche) y con esa gestión del suspense tan —pretendidamente o no— hitchcockiana. Una gran escena, en definitiva, que acojonó a toda una generación (la mía al menos) cada vez que nos metíamos en el agua.









dimecres, 14 de desembre del 2016

“DE ACUERDO, CRAIG. EL ÚLTIMO TREN SALE A LAS NUEVE. ME IRÉ EN ÉL. PERO VENDRÁN DOS HOMBRES CONMIGO. Y UNO DE ELLOS LLEVARÁ UN CORTE EN LA CARA” (El último tren de Gun Hill, 1959. John Sturges)


El último tren de Gun Hill (Last train from Gun Hill)

Estados Unidos, 1959

Director: John Sturges

Guión: James Poe. Basado en una obra de Les Crutchfield

Fotografía: Charles Lang

Música: Dimitri Tiomkin

Intérpretes:

Kirk Douglas (Matt Morgan)
Anthony Quinn (Craig Belden)
Carolyn Jones (Linda)
Earl Holliman (Rick Belden)
Brad Dexter (Beero)
Brian Hutton (Lee Smithers)
Ziva Rodann (Catherine Morgan)
Bing Russell (Skag)

SINOPSIS: Tras el asesinato de su esposa, el sheriff Matt Morgan se dirige en tren a Gun Hill para detener a los culpables. Su única pista es una silla de montar con las iniciales de Craig Belden, un viejo amigo que vive allí. Cuando llega a Gun Hill, Morgan descubre que uno de los asesinos es, precisamente, el hijo de su amigo. Con toda la ciudad en su contra —Belden es el cacique local— Morgan no se irá hasta que consiga arrestar a los culpables y llevárselos consigo en el último tren: el de las nueve.



Elegir una sola escena para conmemorar el cumpleaños número 100 de Kirk Douglas no es —sin lugar a dudas— tarea fácil. No en vano estamos hablando de un mito viviente, de uno de los mejores actores de la época dorada de Hollywood con cerca de 100 películas en su haber y un buen puñado de obras maestras. Como “Cautivos del mal”, “Senderos de gloria” o “Espartaco” por citar tan solo tres sencillos ejemplos. Aún así, puesto que me apetecía un montón volver al western y hacía tiempo que le tenía ganas a “El último tren de Gun Hill”, la elección del spoiler de hoy ha sido relativamente fácil.

Naturalmente, la peli de John Sturges tiene varias escenas memorables. A bote pronto se me ocurre la de la violación y posterior asesinato de la esposa de Morgan, algunos espléndidos diálogos entre Morgan y varios ciudadanos de Gun Hill o, evidentemente, la del emocionante duelo final entre Morgan y Belden en la estación.



La escena del spoiler de hoy no es, sin embargo, ninguna de ellas. Pero sí es, por supuesto, mi preferida. Entre otras cosas porque refleja a la perfección una de las grandes virtudes, a mi juicio, de esta película: la tensión. Una tensión que va creciendo poco a poco y por momentos hasta volverse absolutamente insoportable. Aún así, lo que finalmente me ha empujado a elegir la escena que figura en el título de este spoiler ha sido, sobre todo, el extraordinario tour de force interpretativo de sus dos protagonistas: Kirk Douglas y Anthony Quinn. O lo que es lo mismo: Matt Morgan y Craig Belden. Me estoy refiriendo, como no, a la tensa escena del reencuentro entre Matt y Craig en el rancho del segundo.



Antes de meterme de lleno en la mencionada escena, sin embargo, permitidme ya de paso que reivindique un poquito la figura de John Sturges. Fundamentalmente porque —a pesar de su innegable condición de especialista en el género del western— Sturges siempre fue considerado poco más que un hábil artesano. Y precisamente por ello considero que ya va siendo hora que a un cineasta tan preocupado por la puesta en escena, a un cineasta tan preocupado por el uso de la luz, el color y el scope, a un cineasta tan preocupado por el ritmo y la tensión narrativa se le reconozca como lo que fue: un autor. Sobre todo cuando pelis como “Conspiración de silencio” (1955), “Duelo de titanes” (1957), “Los siete magníficos” (1960) o “La gran evasión” (1963), por ejemplo, así lo certifican.



Pero bueno, dejémonos de prolegómenos y vayamos a la escena en cuestión. Una secuencia, por cierto, que ya de por sí es suficientemente explícita gracias a la elocuente conversación mantenida entre Matt Morgan (Kirk Douglas) y Craig Belden (Anthony Quinn), sus dos protagonistas. Así pues, lo que un servidor va a hacer con esta escena, simplemente, es comentarla muy por encima. Intentando describir —tan sólo— algunos detalles o gestos que por fuerza escapan al diálogo entre estos dos viejos amigos.

La escena del spoiler de hoy empieza, pues, con la llegada de Craig Belden y Beero (Brad Dexter), su capataz, al rancho del primero. En él aguarda Matt Morgan, quien ha venido a devolverle a Belden una silla de montar con sus iniciales. El quid de la cuestión radica en que la mencionada silla es la única pista que Matt dispone acerca de los asesinos de su mujer. Naturalmente, Morgan cree que alguien ha robado el caballo con la silla de Belden y, a posteriori, ha cometido el crimen. Por su parte, Belden cree que quien le espera para devolverle la silla es el propio ladrón o alguien que desea obtener con esa devolución algún tipo de recompensa. Lo primero que vemos, en cualquier caso, es un pequeño carruaje y la silla de montar de Belden frente a la puerta del rancho del cacique.



Craig Belden: Lleva la silla al cuarto de arreos”

Beero: “¿Me necesita, Sr. Belden?”

Craig Belden: “No. Y di que la limpien”



Craig Belden: “¿Matt?”

Matt Morgan: “Hola, Craig”

Craig Belden: “¡Matt Morgan! ¡Y yo que venía a pegarle una paliza a un cuatrero! ¡No cambiaría esto por nada!”



Matt Morgan: “Te he traído tu silla”

Craig Belden: “Ya lo veo ¿Dónde la encontraste?”

Matt Morgan: “Muy lejos de tu casa. En Pawley”

Craig Belden: “¿Cogiste a los ladrones?”

Matt Morgan: “Lo haré”

Craig Belden: “Seguro. Venga, pasa. Tenemos muchos tragos que recuperar”

Toda esta parte transcurre en la antesala del despacho de Craig Belden. El saludo entre ambos es franco, cálido y sincero. Se nota que fueron grandes amigos, que hace tiempo que no se ven y que realmente se alegran de reencontrarse. Acto seguido ambos entran al ostentoso y recargado despacho de Craig. Un despacho verdaderamente barroco: con una gran lámpara, sillones de cuero, lujosos muebles, candelabros, alfombras, cuadros, cornamentas y cabezas de animales disecados en las paredes, una gran chimenea… A la suntuosidad del despacho me gustaría añadir también la impresionante saturación de colores que evidencia la fotografía del gran Charles Lang Jr. Me recordó enormemente al predominio de los tonos rojizos del despacho del Capitán Wade Hunnicutt (Robert Mitchum) en “Con él llegó el escándalo” (1960), de Vincente Minnelli. En ambos casos, tanto la puesta en escena como el cromatismo responden —a mi juicio— a connotaciones de clara simbología sexual dominante. Así pues, tanto Belden como Hunnicutt son cazadores, depredadores. Machos Alfa, vaya.       

Matt Morgan: “Muchos años, Craig”

Craig Belden: “Sí ¿Qué te parece, eh? No está mal para un viejo trotamundos”



Matt Morgan: “No has cambiado. Excepto en esto”

Craig Belden: “Al diablo con esto. Toma. Brindemos por los viejos tiempos y la amistad ¿Sabes, Matt? Creo que no he tenido ningún amigo desde que nos separamos. Los tengo… pero a sueldo, desde luego. Anda, siéntate. Vaya, vaya… ¿Quién diría que te vería convertido en un sheriff?

Matt Morgan: “Me di cuenta de que el otro lado no valía la pena”



Craig Belden: “¡Por la ley! Matt, ojalá te hubieras unido a mí. Tengo toda esta zona controlada. Pero todavía puedes ser mi socio”



Matt Morgan: “No, gracias. Me gusta lo que hago”

Craig Belden: “Tengo todo lo que quiero pero a una sola persona fiel, mi hijo Rick. Mi mujer murió”

Matt Morgan: “No lo sabía”



Craig Belden: “Hace nueve años. Así es la vida. Trabajas toda la vida por algo y un día, de repente, la razón por la que la que trabajabas ya no está… Te pongo otro”



Hasta este momento todo transcurre con normalidad. Como ya hemos comentado, Matt y Craig son dos buenos amigos que se han reencontrado tras muchos años sin verse y —obviamente— lo que hacen al volverse a ver es hablar y echar un trago con total y absoluta cordialidad. Naturalmente, Craig se muestra más espontáneo y efusivo que Matt. Para él ese reencuentro constituye una simple casualidad. Como si el destino hubiera querido reunirles de nuevo sin otro propósito que el de tomarse unos tragos y ponerse al día. Pero Matt no está ahí por esa razón. Y eso se nota en su cara, en sus gestos, en sus palabras. Se le nota algo cohibido, algo forzado. No en vano Matt está ahí para indagar quién puede haber violado y asesinado a su esposa. De ahí ese curioso gesto con la mano cubriéndose el rostro cuando empieza su particular interrogatorio. Poco a poco observaremos como la expresión de su rostro va cambiando. La de él y la de Craig, por supuesto. Y es que a medida que cada uno de ellos va sacando sus propias conclusiones, la tensión va en aumento. 

Matt Morgan: “Craig, cuéntame lo de la silla de montar”

Craig Belden: “Rick la cogió prestada. Iba a Dodge City con su amigo, Lee. De regreso, pararon en Pawley a tomar algo. Cuando salieron, habían desaparecido los caballos y mi silla también”

Matt Morgan: “¿Qué día pasó?”

Craig Belden: “Veamos… El domingo pasado”

Matt Morgan: “El día que mataron a mi mujer”



Craig Belden: “¿Tu mujer?”

Matt Morgan: “Los que robaron tu silla, asesinaron a mi mujer. Por eso los busco”



Craig Belden: “Vaya… Lo siento, Matt. Y yo preocupado por unos malditos caballos… Con razón los estás buscando. Sabes dónde estoy si necesitas algo. Cuenta conmigo”



Matt Morgan: “Estuve en la oficina todo el día, el día que ocurrió. Es raro que tu hijo no denunciara el robo de los caballos”

Craig Belden: “Ni se le habrá ocurrido. Aquí nadie acude al sheriff. Todos vienen a mí”

Matt Morgan: “Ya…”

Craig Belden: “¿Tienes alguna pista? Podrían entrar aquí y no sabrías quiénes son”

Matt Morgan: “No conocería a los dos. Pero... a uno sí”

Craig Belden: “Muy bien ¿Cómo?”

Matt Morgan: “Mi mujer le cruzó el rostro con el látigo. Petey estaba ahí”



Craig Belden: “¿Petey?”

Matt Morgan: “Yo también tengo un hijo. Tiene nueve años y estaba ahí, Craig. Petey dijo que le abrió la mejilla hasta el hueso”

Craig Belden: “Bueno, eso ya es algo”

Matt Morgan: “Un corte así dejará la marca durante algún tiempo”

Y yo diría que en este preciso instante es cuando empieza lo que podríamos considerar propiamente como el clímax de la escena. Básicamente porque el detalle de la marca del latigazo en el rostro del asesino que saca a relucir Matt desvela en Craig cualquier duda: definitivamente, su vástago es el asesino de la esposa de su amigo. Una revelación que hace mella en su rostro y que lo empuja a actuar nerviosamente, sirviéndose whisky y encendiéndose un cigarro a continuación. Naturalmente, Matt se da cuenta de su inquietud. Y con ello, de que sus más terribles sospechas son ciertas. Aún así, necesita una confirmación definitiva. Una confesión. Y debido a ello, sigue interrogándole.

Craig Belden: “Sí, supongo que sí”

Matt Morgan: “Creo que debería hablar con tu hijo y su amigo”

Craig Belden: “No están. Pero no podrán contarte más de lo que me han contado a mí. Estaban en un bar en Pawley y les robaron los caballos. Eso es todo”

Matt Morgan: “¿Eso es lo que te ha dicho tu hijo?”

Craig Belden: “Es lo que me dijeron ambos”

Matt Morgan: “¿Cuál de los dos tiene el corte, Craig?”

Craig Belden: “¿Qué?”

Y este vendría a ser el punto más álgido del clímax. Cuando Craig, que no ha parado de moverse en toda la escena, se sienta en una butaca y Matt, que ha estado sentado durante toda la conversación, se levanta y pronuncia muy clara y lentamente una frase que, sin lugar a dudas, incrimina a uno de los dos vaqueros de Belden.

Matt Morgan: “La marca que le dejó mi mujer antes de que la violaran y la mataran”



Craig Belden: “¿De qué estás hablando?”

Matt Morgan: “Tu hijo. Es un mentiroso”

Craig Belden: “Matt...”

Matt Morgan: “¡Miente! Tenemos dos bares en Pawley. Ninguno abre los domingos”

Craig Belden: “Lo habré entendido mal. Quizá no fuera el domingo...”

Matt Morgan: “¿Quién tiene el corte, Craig? Fue tu hijo ¿verdad?”

Craig Belden: “No, Matt”

Matt Morgan: “¡Fue él!”

Craig Belden: “No, Matt. No fue él”

Matt Morgan: “Lo averiguaré, Craig. Aunque tarde años, lo encontraré. Y todavía tendrá ese corte”

Craig Belden: “¿Y si los localizo yo por ti?”

Matt Morgan: “Me los llevaría a Pawley. Irían a juicio por violación y asesinato”

Hasta este momento hemos asistido al típico juego de plano y contraplano entre dos interlocutores: uno sentado y el otro, de pie. Primero Matt sentado y Craig de pie y, a continuación, al revés. Pero a partir de aquí hasta el final de la escena contemplaremos a los dos hombres de pie, frente a frente. Douglas vs. Quinn o Quinn vs. Douglas. Dos monstruos de la interpretación cara a cara. Matt haciéndole saber a su amigo que detendrá a su hijo cueste lo que cueste. Que lo llevará hasta el juez para que caiga sobre él todo el peso de la ley. Y Craig dejándole muy claro a su amigo que no va a permitir que arreste a su hijo. La ley por un lado y la familia por el otro. Un enfrentamiento con aroma a tragedia clásica que ya nos anticipa que uno de los dos, sin lugar a dudas, va a salir perdiendo.

Craig Belden: “Matt, eres mi mejor amigo. Haría lo que fuera por ti. Pero deja en paz al chico. Estamos hablando de mi hijo”

Matt Morgan: “No, Craig. Estamos hablando de mi mujer”



Craig Belden: “¡No toques al chico! El sheriff y todo el pueblo me pertenecen. Te irás en el próximo tren, Matt”

Matt Morgan: “De acuerdo, Craig. El último tren sale a las nueve. Me iré en él. Pero vendrán dos hombres conmigo. Y uno de ellos llevará un corte en la cara”



Lo dicho, pues: una escena de gran tensión dramática magistralmente orquestada por John Sturges, con unos espléndidos diálogos a cargo de James Poe y —por supuesto— un monumental duelo interpretativo gentileza de un par de colosos: Kirk Douglas y Anthony Quinn; dos actores que ya habían coincidido en “Ulises” (1954), de Mario Camerini y Mario Bava, y “El loco del pelo rojo” (1956), de Vincente Minnelli, y que —como no podía ser de otro modo— nos ofrecen en “El último tren de Gun Hill” una auténtica lección de cómo componer un personaje de fuerte carácter. Llámese Matt Morgan o llámese Craig Belden.

Aún así, el que acaba de cumplir 100 años y sigue vivo es Kirk Douglas. Y aunque Anthony Quinn siempre me ha gustado muchísimo y en esta peli está francamente soberbio, el homenaje de hoy va —como no— para el hombre del hoyuelo. Para él, para Matt Morgan, Doc Holliday, Jonathan Shields, Vincent Van Gogh, Einar, Espartaco, Chuck Tatum, Midge Kelly, Jack Burns, Paris Pitman, Ned Land, el Coronel Dax y para tantos otros. Muchas Gracias, Issur Danielovitch Demsky. Muchas gracias, Mr. Douglas.