diumenge, 8 de gener del 2017

“ME COMÍ SU HÍGADO ACOMPAÑADO DE HABAS Y UN BUEN CHIANTI” (El silencio de los corderos, 1991. Jonathan Demme)


El silencio de los corderos (The silence of the lambs)

Estados Unidos, 1991

Director: Jonathan Demme

Guión: Ted Tally. Basado en una obra de Thomas Harris

Fotografía: Tak Fujimoto

Música: Howard Shore

Intérpretes:

Jodie Foster (Clarice Starling)
Anthony Hopkins (Hannibal Lecter)
Scott Glenn (Jack Crawford)
Anthony Heald (Frederick Chilton)
Ted Levine (Jame Gumb)
Brooke Smith (Catherine Martin)
Diane Baker (Ruth Martin)
Tracey Walter (Lamar)
Charles Napier (Boyle)
Stuart Rudin (Miggs)


SINOPSIS: Clarice Starling, una brillante licenciada especializada en conductas psicópatas, es requerida por el FBI para seguirle la pista a Buffalo Bill, un asesino en serie que se dedica a matar y a despellejar chicas adolescentes. Su primera misión consistirá en entrevistar al Dr. Hannibal Lecter, un antiguo psicoanalista que está encerrado en una cárcel de alta seguridad por asesinato y canibalismo, con objeto de reunir la información necesaria para poder localizar y detener a Buffalo Bill lo antes posible.



Dicen de “El silencio de los corderos” que ha envejecido mal y que, posiblemente por ello, jamás se convertirá en un verdadero clásico. Para mí, en cambio, ya es un clásico. Y desde hace tiempo, además. Mis razones son muchas: os podría hablar del extraordinario guión o de los memorables diálogos de Ted Tally, de las tremendas interpretaciones —sobre todo— de Jodie Foster, Anthony Hopkins, Scott Glenn y Ted Levine, de esa atmósfera malsana que impregna todo el film o de esa tensión que no decae en ningún momento. Pero si hay algo en “El silencio de los corderos” que la convierte, a mi juicio, en un auténtico clásico desde el minuto uno ese es —sin lugar a dudas— su personaje estrella: el Dr. Hannibal Lecter

Precisamente por ello he escogido la escena del primer encuentro entre Clarice Starling (Jodie Foster) y el Dr. Hannibal Lecter (Anthony Hopkins). Porque es la primera vez que vemos a Lecter en pantalla y porque su presentación y mise-en-scène me parece absolutamente impactante, aterradora, brutal. Y es que muy pocas veces —como espectador— la primera toma de contacto con un villano me había impresionado tanto como la de Lecter en esa sórdida cárcel de alta seguridad. No sé, intento recordar la primera aparición de villan@s de su mismo calibre como Norman Bates, Darth Vader, Alex DeLarge, Amon Göth, Jack Torrance, Max Cady, Mrs. Danvers, Annie Wilkes, Travis Bickle, Baby Jane Hudson, Frank Booth, Anton Chigurh, Tommy DeVito, Hans Landa, Bill, Frank y tantos otr@s y no encuentro a ninguno que me impresionara más (como mucho, lo mismo) que Hannibal Lecter en “El silencio de los corderos”.



Pero bueno, ahora toca demostrarlo. Y qué mejor escena que la que encabeza este spoiler. Una escena bastante larga (casi siete minutos) que pese a no ser nada del otro jueves desde un punto de vista estrictamente formal goza de unos diálogos y de un tour de force interpretativo (sobre todo de Anthony Hopkins) sublimes. Recordémosla.

La secuencia empieza con Clarice Starling recorriendo el largo y sombrío pasillo de la cárcel de alta seguridad donde se halla recluido —en la última celda, concretamente— el Dr. Hannibal Lecter. Algo antes de llegar, Miggs (Stuart Rudin), uno de los reclusos, le dedica un pequeño piropo:

Miggs: “¡Desde aquí huelo tu coño!”

Acto seguido, Starling llega al final del pasillo, donde se halla la celda de Lecter. Una celda que —en lugar de barrotes, como las demás— posee a modo de cierre un grueso cristal blindado. Lecter la aguarda en su interior de pie. Perfectamente peinado, afeitado y vistiendo una especie de mono de color azul. No sé a vosotros pero a mi esta primera visión de Lecter (con su impoluta vestimenta, su postura casi marcial, los brazos paralelos al cuerpo, su media sonrisa y esa mirada azul y acerada hacia la cámara que representa a Starling pero que también nos representa a nosotros mismos) me parece absolutamente escalofriante.



Lecter: “Buenos días”

Starling: “Dr. Lecter, mi nombre es Clarice Starling ¿Puedo hablar con usted?”

Lecter: “Usted trabaja para Jack Crawford ¿verdad?”

Starling: “Pues sí”

Lecter: “¿Me deja ver su identificación?”

Starling: “Claro”



Lecter: “Más cerca, por favor. Más cerca. Caduca dentro de una semana. Usted no es agente del FBI ¿verdad que no?”



Starling: “Aún estoy preparándome en la academia”



Lecter: “Así que Jack Crawford me ha mandado a una aprendiz”

Starling: “Sí, soy estudiante. Estoy aquí para aprender de usted. Quizás pueda decidir usted si estoy preparada para hacerlo”

Hasta aquí asistimos —como espectadores— al típico diálogo materializado o plasmado a través del habitual plano-contraplano. Curiosamente, Lecter es quien hace las preguntas y quien conduce la conversación por dónde quiere. No en vano el Doctor es muy consciente de su hipotética superioridad intelectual y, en estos primeros compases, se dedica a jugar verbal y gestualmente con su interlocutor. La agente Starling, por su parte, se muestra en este primer tramo cauta y prudente. Su escasa estatura (1.60 m.) y su traje chaqueta excesivamente grande nos la hacen ver aún más pequeña frente a un Lecter que impresiona con sus acerados ojos azules y su sonrisa burlona. Recordemos que, de momento, Lecter y Starling están hablando de pie —frente a frente— a ambos lados del cristal blindado. Y aunque ambos comparten primeros planos, los primerísimos son para Lecter. Aún así, cuando Starling replica con celeridad a la primera ironía de Lecter, se gana su respeto.

Lecter: “Veo que es usted muy astuta, agente Starling. Siéntese, por favor. Y ahora, dígame: ¿Qué le ha dicho Miggs al pasar? Miggs, el múltiple; el de la celda de al lado. Le ha susurrado algo ¿Qué es lo que le ha dicho?”

Starling: “Ha dicho: desde aquí huelo tu coño”



Lecter: “Comprendo. Sin embargo, yo no puedo. Usted usa crema hidratante Evian. Y algunas veces lleva L'Air du Temps… Pero hoy no”

Starling: “¿Son suyos todos esos dibujos?”



Lecter: “Ah… Eso es el Duomo visto desde El Belvedere ¿Conoce usted Florencia?



Starling: “¿Tantos detalles solo de memoria?”

Lecter: “La memoria, agente Starling, es lo que tengo en lugar de una bonita vista”

Starling: “Bien, pues quizás quiera darnos su punto de vista sobre este cuestionario…”

Lecter: “Ah, no, no, no, no, no… Lo hacía muy bien. Ha sido usted muy amable y correcta conmigo. Se ha ganado mi confianza contándome el desagradable incidente de Miggs... ¡Y ahora este chapucero salto al cuestionario! ¡No ha colado!”

Starling: “Yo sólo le pido que vea esto, Doctor. Usted haga lo que quiera”

Por segunda vez la agente Starling da muestras de su carácter. Obviamente, es joven e inexperta. Pero también inteligente, sagaz y ambiciosa. Y no está dispuesta a desperdiciar su entrevista con Lecter. Aún así, ha despertado a la bestia. Y Lecter, que hasta el momento solo se había pavoneado ante ella, decide cambiar su estrategia, elevando progresivamente sus dosis de cinismo y crueldad mental hasta límites insospechados. La tensión, por lo tanto, se vuelve prácticamente insoportable. Y todo ello lo consigue Demme a través de cuatro ejes fundamentales: los primeros y primerísimos planos de Hopkins y Foster, sus espléndidas interpretaciones (sobre todo de un espeluznante Hopkins), la desasosegante música de Howard Shore y —naturalmente— los espléndidos diálogos de Ted Tally. Así pues, os dejo con ellos. Disfrutadlos. Paladeadlos. Solo os anticipo que la conocidísima frase que encabeza este spoiler (acompañada, claro está, por ese curioso gesto de “sorber sesos” que por lo visto improvisó Hopkins para la escena) no es más que la simple guinda de un pastel dialéctico absolutamente colosal. Con eso, os lo digo todo.

Lecter: “Sí. Jack Crawford debe de estar muy ocupado si tiene que recurrir a la ayuda de los estudiantes… Ocupado cazando a ese nuevo Buffalo Bill ¡Qué chico más travieso! ¿Sabe por qué le llaman Buffalo Bill? Por favor, dígamelo. Los periódicos no lo dicen”

Starling: “Todo empezó como una broma de los agentes de Homicidios de Kansas City. Porque arranca la piel a sus víctimas…”

Lecter: “¿Por qué, según usted, les arranca la piel, agente Starling? Sorpréndame con su perspicacia…”

Starling: “Eso le excita. Los homicidas sistemáticos guardan trofeos de sus víctimas”

Lecter: “Yo no lo hice”

Starling: “No. Usted se los comía”

Lecter: “¿Quiere pasarme eso? Agente Starling ¿Cree usted que puede diseccionarme con este burdo instrumento?”

Starling: “No, yo he pensado que quizás…”



Lecter: “Usted es muy ambiciosa ¿verdad? ¿Sabe que aspecto tiene con ese bolso bueno y esos zapatos baratos? Tiene aspecto de hortera. Aspecto de hortera apañada y con cierto gusto. La buena alimentación le ha proporcionado una constitución fuerte pero solo una generación la separa del hambre ¿no es cierto agente Starling? Y ese cutis que quisiera disimular es el típico cutis de una campesina… ¿A qué se dedica su padre? ¿Es minero de carbón? ¿Acaso apesta a lámpara de carburo? Sé que usted era una presa fácil para los chicos. Se dejaba sobar en los asientos traseros de los coches, soñando solo en escapar de allí, con ir a dónde fuera. Y así fue como llegó hasta el FBI”



Starling: “Adivina muchas cosas, pero… ¿Será capaz de dirigir esa intuición hacia sí mismo? ¿Qué me contesta? ¿Por qué no se mira a sí mismo y escribe lo que ve? Quizás no se atreva”



Lecter: “Una vez uno del censo quiso hacerme una encuesta. Me comí su hígado acompañado de habas y un buen Chianti. Vuela a la escuela, pajarillo. Vuela, vuela, vuela, vuela… Vuela, vuela, vuela, vuela”




En este punto, sin embargo, la batalla parece perdida. Lecter se ha negado a contestar el cuestionario de la agente Starling y ésta se levanta de la silla plegable y vuelve por donde ha venido, cabizbaja y derrotada. Al pasar por delante de la celda de Miggs, no obstante, se detiene. Los gritos del loco son tan horrendos que no puede evitar dedicarle una fugaz mirada. Ipso facto, recibe en su pelo el impacto de una sustancia viscosa. El semen de Miggs.

Miggs: “¡Aaaah! ¡Me he mordido la muñeca! ¡Puedo morirme! ¡Aaaah!  ¡Mira! ¡Te he engañado!”

Lecter: “¡Agente Starling! ¡Vuelva! ¡Agente Starling! Siento mucho lo que ha ocurrido. La grosería me parece imperdonable”

Starling: “¡Pues entonces relléneme el test!”

Lecter: “No, pero le daré una alegría. Pondré a su alcance lo que usted más desee”

Starling: “¿El qué, Doctor?”

Lecter: “El ascenso, por supuesto. Escúcheme atentamente. Quizás lo encuentre almacenado en su interior, Clarice Starling. Busque a la Señorita Otser, una expaciente mía. O-T-S-E-R. Búsquela. No creo que Miggs pueda hacerlo otra vez tan pronto aunque está bastante loco ¡Váyase!”  

¿Y qué más podría decirse de uno de los mejores thrillers de la historia del cine, del film que catapultó a la fama a Anthony Hopkins con una aparición de tan solo 25 minutos en pantalla, de una de las tres únicas pelis que ha ganado un repoker (película, director, guión, actor y actriz) de Oscars? Pues poco más, supongo. Tan sólo hacer hincapié en la importantísima labor conjunta de Tak Fujimoto (fotografía) y Howard Shore (música) para conseguir esa atmósfera tan tensa y angustiosa que destila el film en su conjunto y también que, desde un punto de vista más prosaico, la peli de Jonathan Demme fue —por si fuera poco— un gran éxito de taquilla. Permitidme —a riesgo de parecer pesado, sin embargo— reiterar una vez más la incuestionable trascendencia de los diálogos de Ted Tally. Diálogos y frases que ya forman parte de la memoria colectiva de toda una generación y que constatan —sin lugar a dudas— que “El silencio de los corderos” es, por supuesto, un clásico. Un clásico de los de verdad.





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