dimecres, 12 de juliol del 2017

“LOS QUE LEEN LIBROS LES DICEN A LOS QUE NO LEEN LIBROS, QUE SON LOS POBRES: ¡AQUÍ HAY QUE HACER UN CAMBIO!” (¡Agáchate, maldito!, 1971. Sergio Leone)


¡Agáchate, maldito! (Giù la testa)

Italia, 1971

Director: Sergio Leone

Guión: Luciano Vincenzoni, Sergio Donati y Sergio Leone

Fotografía: Giuseppe Ruzzolini

Música: Ennio Morricone

Intérpretes:

Rod Steiger (Juan Miranda)
James Coburn (John H. Mallory)
Romolo Valli (Dr. Villegas)
Maria Monti (Adelita)
Rick Battaglia (Santerna)
Franco Graziosi (Gobernador Huerta)
Antoine Saint-John (Coronel Gutiérrez – Günther Reza)
David Warbeck (Nolan)

SINOPSIS: Mexico, hacia 1915. Juan Miranda y John H. Mallory son, respectivamente, un vulgar ladronzuelo mejicano y un veterano militante irlandés del IRA experto en explosivos que un buen día se conocen y deciden asociarse para robar bancos conjuntamente. La voladura de una prisión para revolucionarios que Miranda creía ser un banco constata a éste, sin embargo, que Mallory es un activista en pro de La Revolución. Aunque ambos se convierten de repente en héroes de La Revolución, muy pronto las tropas gubernamentales del Coronel Gutiérrez empezarán a seguirles los pasos.



Personalmente he de admitir que “¡Agáchate, maldito!” es la peli de Sergio Leone que menos me gusta y la única que solo he visto una vez. Aún así, ello no significa que la considere mala, mediocre o regular. Ni mucho menos. “¡Agáchate, maldito!” me parece, en realidad, una buena película. Y es muy posible, incluso, que cuando vuelva a verla mi opinión sobre ella mejore ostensiblemente. Lo que la perjudica, a mi juicio, es la sistemática, injusta e inicua comparación a la que proverbialmente se ha visto sometida respecto a las otras pelis de Leone. Y es que cabe señalar que, exceptuando sus primeras y ramplonas cintas de espadas y sandalias, el genial cineasta romano tan solo rodó 6 largometrajes. Cuatro de ellos, además, sublimes. Y “¡Agáchate, maldito!”, por si fuera poco, tuvo la desgracia de rodarse cronológicamente entre las que, a la postre, serían sus dos grandes obras maestras: “Hasta que llegó su hora” (1968) y “Érase una vez en América” (1984). De ahí, pues, que “¡Agáchate, maldito!” haya sido considerada, tradicionalmente, como su obra menor. Como su trabajo menos logrado. Como su patito feo, vaya. Una etiqueta, por desgracia, muy difícil de erradicar.

Precisamente por ello creo que es justo y necesario reivindicar este film. En primer lugar porque si no lo hubiera firmado Leone estaríamos hablando de un spaghetti western magistral. Y en segundo lugar porque, como toda obra de Leone, posee una serie de rasgos estilísticos que la hacen —sin lugar a dudas— digna acreedora de su autor. Y eso, hablando de Leone, nunca puede ser negativo. Todo lo contrario.



En cualquier caso, mi spoiler de hoy no pretende discernir ni teorizar sobre el estilo de Leone. Ni sobre su estilismo, ni sobre su estética, ni sobre su épica ni sobre su vigor. Eso ya lo he hecho en los spoilers de “Por un puñado de dólares”, “La muerte tenía un precio”, “El bueno, el feo y el malo”, “Hasta que llegó su hora” y “Érase una vez en América”. Lo que me apetece en el spoiler de hoy es, sencillamente, poner el acento en el guión. En los diálogos. En el mensaje. En todo lo que significa “¡Agáchate, maldito!” desde un punto de vista ideológico. Desde un punto de vista sociológico. Desde un punto de vista político. Porque no olvidemos que aunque el título original de este western es “Giù la testa”, en algunos países también se tituló “Érase una vez la Revolución. Y eso significa que —como en todo zapata western que se precie— el componente sociológico es fundamental. Un poco en la línea (aunque en ese caso, más crepuscular y romántica) del espléndido diálogo que mantienen Bill Dolworth (Burt Lancaster) y Jesús Raza (Jack Palance) en el tramo final de “Los profesionales” (1966), de Richard Brooks.



Así pues, veamos cuál es la opinión del rudo y analfabeto Juan Miranda (Rod Steiger) sobre la Revolución Mexicana (1910-1917). Una opinión que vierte el mexicano en una conversación con su docto y refinado amigo John H. Mallory (James Coburn) en pleno campamento revolucionario y que constata que una cosa es ser inculto y otra, muy diferente, ser tonto. Como ya he comentado anteriormente, lo importante de esta escena es lo que se dice puesto que, técnicamente, estamos ante una escena muy normalita que se limita a ir alternando planos de uno, del otro y de los dos. 





Miranda: “¿Qué es este papel?”

Mallory: “Un mapa”

Miranda: “¿Un mapa?”

Mallory: “¡Eeeh, te has acostado sobre tu patria!”

Miranda: “Mi patria… Mi patria somos yo y mis hijos”

Mallory: “Sí, lo sé, pero tu patria también es Huerta. El gobernador y los latifundistas. Günther Reza y su caballería. Esta Revolución que no es ninguna broma…”





Miranda: “¡La Revolución! ¡La Revolución! ¡Hazme el favor de no hablarme más de revoluciones! ¡Yo sé muy bien qué es eso y cómo empieza! ¡Los que leen libros les dicen a los que no leen libros, que son los pobres: aquí hay que hacer un cambio!”



Mallory: “¡Ssssh!”



Miranda: “¡Ssssh, ssssh, ssssh! ¡Narices! ¡Sé muy bien lo que me digo, que me he criado en medio de revoluciones! ¡Los que leen libros les dicen a los que no leen libros, que son los pobres: aquí hay que hacer un cambio! ¡Y los pobres diablos van y hacen el cambio! ¡Luego los más vivos de los que leen libros se sientan alrededor de una mesa y hablan y comen y hablan y comen! Y mientras… ¿Qué fue de los pobres diablos? ¡Todos muertos! ¡Esa es tu Revolución! ¡Ssssh! Por favor, no me hables más de revoluciones… ¡Puerca mentira! ¿Sabes qué pasa luego? ¡Nada!”



La escena en cuestión, sin embargo, no acaba con las palabras de Miranda. La escena acaba con Mallory retomando la lectura que había interrumpido a raíz de su conversación con Miranda y que, paradójicamente, era la de una obra de Mikhael A. Bakunin: “El patriotismo”. Un libro que, tras la perorata de Miranda, Mallory arrojará despectivamente al suelo.



En definitiva: una vigorosa escena que refleja la escéptica, desencantada y furibunda postura de Miranda (histriónico Steiger) respecto a La Revolución y que constata, al mismo tiempo, que cualquier ideal —por noble y magnánimo que sea— suele albergar en su fuero interno intereses mucho más, digámoslo así, terrenales.




Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada