dilluns, 17 de setembre del 2018

“¡YO TE ARREGLARÉ TU BONITA CARA!” (Los sobornados, 1953. Fritz Lang)



Los sobornados (The big heat)

Estados Unidos, 1953

Director: Fritz Lang

Guión: Sydney Bohem. Basado en una obra de William P. McGivern

Fotografía: Charles Lang

Música: Henry Vars, Daniele Amfitheatrof

Intérpretes:

Glenn Ford (Dave Bannion)
Gloria Grahame (Debby Marsh)
Lee Marvin (Vince Stone)
Alexander Scourby (Mike Lagana)
Jocelyn Brando (Katie Bannion)
Jeannette Nolan (Bertha Duncan)
Peter Whitney (Tierney)
Willis Bouchey (Ted Wilks)
Robert Burton (Gus Burke)
Adam Williams (Larry Gordon)
Howard Wendell (Commissioner Higgins)
Chris Alcaide (George Rose)

SINOPSIS: Tras suicidarse, el policía Tom Duncan deja una carta en la que confiesa haberse dejado sobornar y en la que revela el nombre de altos funcionarios corruptos. Religiosamente custodiada por su viuda, Bertha Duncan, la preciada misiva le sirve a ésta para hacer chantaje a todos los implicados; en especial a Mike Lagana, el poderoso gangster que controla toda la ciudad a su antojo. Mientras tanto, el Sargento Dave Bannion —encargado de las investigaciones— empezará a encontrarse con todo tipo de obstáculos.



“Los sobornados” es, sin lugar a dudas, una de las grandes obras maestras del cine negro y quizás (con permiso de “Perversidad”, por supuesto) la mejor película de Fritz Lang en su etapa norteamericana. Lo corroboran su agilidad narrativa, su extraordinario guión, sus memorables diálogos, su acertadísima ambientación, su magnífica fotografía, su violencia y dramatismo y sus más que convincentes personajes. Pero si hay algo en esta película que probablemente haya pasado a formar parte de la memoria colectiva de todos los cinéfilos del mundo ese algo es, como no, su escena más impactante y emblemática: la de Vince Stone (Lee Marvin) arrojando el café hirviendo al rostro de Debby Marsh (Gloria Grahame). 



Así pues supongo que queda claro cuál va a ser mi spoiler de hoy. Un spoiler que he elegido no tanto por su incuestionable impacto dramático (que también) sino, sobre todo, porque “Los sobornados” es una película que avanza —desde una perspectiva pura y llanamente narrativa— a base de golpes de violencia. Violencia física y psicológica, por supuesto, pero básicamente física. Una violencia que se nos muestra de forma más que variopinta (suicidio, asesinatos, estrangulamientos, puñetazos, quemaduras, balazos…) y que actúa como detonante primordial de la historia que Lang nos va contando. Como si el destino, lo que tiene que ocurrir, dependiera única y exclusivamente de todos esos estallidos de violencia. Pero no sólo por eso. Esta escena me encanta también porque sus protagonistas son Lee Marvin y Gloria Grahame. Dos grandes intérpretes que, por si fuera poco y a mi juicio, se meriendan literalmente al protagonista principal de la peli: Glenn Ford. En el caso de Lee Marvin y su extraordinaria interpretación de Vince Stone, además, me recordó al espléndido debut de Richard Widmark en “El abrazo de la muerte” encarnando al diabólico Tommy Udo. Tanto por los dos espléndidos roles de villano que construyen uno y otro como por el hecho de que, para ambos, estamos hablando de sus primeros papeles destacables en el mundo del cine. Respecto a Gloria Grahame señalar, en cambio, que cuando encarnó a la voluptuosa Debby Marsh ya era una actriz prácticamente consagrada. Sus interpretaciones —casi siempre ejerciendo, como no, de femme fatale— en “Encrucijada de odios” (1947), “En un lugar solitario” (1950), “El mayor espectáculo del mundo” (1952) o “Cautivos del mal” (1952), por ejemplo, así nos lo confirman.



Como siempre, no obstante, repasemos primero los antecedentes de esta escena. Recordemos que Dave Bannion (Glenn Ford) investiga el misterioso suicidio de Tom Duncan y que todas las pistas apuntan hacia Mike Lagana (Alexander Scourby) y sus hombres. Sin embargo, Bannion va en especial tras Larry Gordon (Adam Williams), el principal sospechoso del asesinato por encargo de Katie (Jocelyn Brando), su esposa. Pues bien, después de pasarse por The Retreat, un bar de copas, y no dar con Larry sino con Vince Stone (Lee Marvin), la mano derecha de Lagana, Bannion aprovecha la ocasión para intercambiar unas palabras con la novia de este último, Debby Marsh (Gloria Grahame). Lo que no se imagina Debby, sin embargo, es la explosiva reacción de su celoso pretendiente cuando ella llega a casa. Máxime cuando se encuentra al matón de Lagana jugando una plácida partida de poker con cuatro amigos. Entre ellos, el comisionado policial Higgins (Howard Wendell) y Larry Gordon (Adam Williams), el sicario de Lagana. La conversación que se produce en ese momento es la siguiente:



Debby: “¿Ganan todos?”

Comisionado Higgins: “¡Hola señorita Marsh!”

Debby: “¿Cómo andas, Vince?”

Vince: “Muy bien ¿Dónde has estado?”

Debby: “Me quedé en el club viendo el último pase del espectáculo”



Tras saludar y dar un sorbo al whisky de Vince, Debby se despoja del abrigo de visón y se dirige a la habitación contigua. Vince no tarda en abandonar la partida e ir tras ella. Mientras tanto, Debby enciende la radio y se dispone a pintarse los labios. A su vez, Vince no deja de acosarla pregunta tras pregunta. Como en casi todas las cintas de cine negro, destaca en esta escena el diálogo (verdaderos dardos que tanto Debby como Vince lanzan en ambas direcciones) y, sobre todo, el gran provecho que saca Lang del espejo ante el cual se pinta los labios Debby y en el cual se reflejan los rostros de ambos personajes. La puesta en escena es, por lo tanto, magistral.

Vince: “Jugad un rato sin mi ¿Qué tal el espectáculo?”





Debby: “Lo mismo de siempre. No muy malo”

Vince: “¿Por qué no viniste antes a casa?”

Debby: “Por la forma en que corrías no creí que te importara”

Vince: “¿Qué significa… ‘Corrías’?”

Debby: “No fue ningún paseo”

Vince: “Con las elecciones encima no debo tener problemas con un policía loco”

Debby: “No está tan loco… Tengo noticias frescas: te odia a muerte”

Vince: “¿Cómo lo sabes?”

Debby: “Estaba allí ¿recuerdas? Soy la chica que dejaste en el bar”





Vince: “Llamé al Retreat. Tierney dice que le ofreciste un trago”

Debby: “Tierney no distinguiría una broma a menos que le diera en la cara”

Vince: “Tierney dijo que seguiste a Bannion fuera del bar”

Debby: “Salí en tu busca. Pero tu hiciste una marca mejor que la de los Juegos Olímpicos”

Vince: “Muy amable de tu parte”

Debby: “¿De veras?”

Vince: “Pensé que tal vez Bannion y tu queríais intimar a mis espaldas”

Debby: “Deberías enseñar mejor a Tierney. Búscate un chivato de más confianza”

Vince: “Tal vez tenga un soplón mejor… ¡Como fue el Club!”

En este momento, Vince sujeta fuertemente el brazo de Debby y el nivel de violencia se eleva ostensiblemente con el tono de voz de él y los gritos de ella.




Debby: “¡No! ¡Mi brazo, Vince, mi brazo!”

Vince: “¿Te gustan los policías, no?”

Debby: “¡No lo hagas, Vince! ¡Por favor!”

Vince: “¿A dónde fuisteis?”

Debby: “¡Mi brazo, mi brazo!”

Vince: “¡Te he hecho una pregunta! ¿A dónde?”

Debby: “¡Yo solo le vi en la calle! ¡Solo le vi en la calle!”

Ante el cariz que van tomando los acontecimientos, el Comisionado policial Higgins se levanta de la mesa de juego y asoma tímidamente la cabeza en la habitación contigua.



Comisionado Higgins: “Sugiero que tengamos una noche agradable”

Vince: “¡Y yo sugiero que cierres el pico! ¿A dónde fuiste con Bannion?”

Debby: “¡A ninguna parte! ¡A ninguna parte! ¡Me dejó en la puerta del club!”

Vince: “¡Embustera! ¡Maldita embustera!”





Un solo plano, el de cafetera hirviendo con la mano de Vince asiéndola a continuación, nos anticipa la tragedia. Fuera de plano, no obstante, escucharemos como Vince vierte el café en la cara de Debby y los consecuentes gritos de ella. El efecto, sin embargo, es tanto o más terrible que si hubiéramos sido testigos presenciales de ello. Algo que, por cierto, sí ocurre más adelante, en el tramo final de la película, cuando Debby consuma su venganza y hace lo propio con Vince. Al margen de ello, señalar también que la cara medio quemada de Debby (recordemos que solo le quedará afectada la parte derecha) ha sido interpretada por muchos analistas como una espléndida metáfora visual de su doble o ambigua personalidad: cínica y egoísta al principio de la película (mitad quemada) y sensible y generosa tras conocer a Bannion (mitad intacta).    

Debby: “¡Aaaah! ¡Mi cara, mi cara!”

Acto seguido, Debby escapa de su agresor cubriéndose el rostro con sus propias manos y buscando refugio en la mesa donde los amigos de Vince asisten perplejos a los acontecimientos.





Vince: “¡Yo te arreglaré tu bonita cara!”

Comisionado Higgins: “¡Déjala, Vince! ¡Basta ya!”

Vince: “¡Ella se lo ha buscado!”

Larry Gordon: “¡No se quede ahí quieto! ¡Llévela a un médico!”

Comisionado Higgins: “¡Informará a la policía!”

Vince: “Por eso tienes que ir tú ¡Vamos, muévete! Cierra la puerta”





Y poco más a añadir. Cuando una película de cine negro reúne a dos buenos actores, un diálogo para quitarse el sombrero, una puesta en escena magistral y un nivel de violencia inaudito el resultado, obviamente, no puede pasar desapercibido. Juzguen ustedes mismos.






dimarts, 11 de setembre del 2018

“YA TE HE DICHO QUE FUESES RESPETUOSO CON EL CORONEL” (Chuka, 1967. Gordon Douglas)


 Chuka (Chuka)

Estados Unidos, 1967

Director: Gordon Douglas

Guión: Richard Jessup. Basado en una obra de Richard Jessup

Fotografía: Harold Stine

Música: Leith Stevens

Intérpretes:

Rod Taylor (Chuka)
John Mills (Coronel Stuart Valois)
Ernest Borgnine (Sargento Otto Hahnsbach)
Luciana Paluzzi (Veronica Kleitz)
James Whitmore (Lou Trent)
Victoria Vetri (Helena Chávez)
Louis Hayward (Mayor Benson)
Michael Cole (Spivey)
Hugh Reilly (Capitán Carroll)
Barry O’Hara (Slim – Cook)
Joseph Sirola (Jake Baldwin)
Marco López (Hanu)

SINOPSIS: Chuka, un solitario pistolero sin rumbo fijo, se incorpora a una diligencia en la que viajan Verónica, una joven y hermosa viuda, y su sobrina Helena. Tras detenerse en Fort Clendennon, un aislado puesto militar integrado por soldados condenados por todo tipo de delitos, el inminente ataque de un grupo de hambrientos arapahoes liderados por Hanu les obligará a interrumpir su viaje. Sitiados en el fuerte, la tensión no tardará en hacer mella en sus ocupantes. 


El día que me dispuse a ver “Chuka” no esperaba encontrarme con lo que me topé. La verdad es que mis expectativas eran más bien escasas. Esperaba encontrarme, como mucho, con un western modesto y discreto. Con un western de esos para pasar un rato agradable y poco más. Máxime cuando ya había visto “Río Conchos” y cuando en aquel momento supuse, cándido de mi, que a Gordon Douglas ya le había sonado la flauta una vez con ese peliculón protagonizado por Richard Boone y que difícilmente iba a darme de bruces de nuevo con otra joyita de índole similar. 

Obviamente, andaba equivocado. En primer lugar, por menospreciar a Gordon Douglas. Por creer, de antemano, que Douglas era un simple artesano sin títulos míticos en su haber, sin libreto de estilo y que jamás había destacado (creo que los cultivó casi todos) en ningún género en concreto. Y en segundo lugar por creer que a Douglas le había sonado la flauta con “Río Conchos”. Lo dicho: craso error. Quizás Gordon Douglas no suela aparecer entre los más laureados directores de western, pero cuando un realizador tiene en su filmografía películas tan solventes como “Corazón de hielo”, “Veneno implacable”, “La humanidad en peligro”, “El detective”, “Solo el valiente”, “Quince balas” o las ya mencionadas “Chuka” y “Río Conchos” no creo que podamos seguir hablando de flautas o clarinetes. Así pues, mis disculpas y respetos, Mr. Douglas.



Respecto a la escena escogida para mi spoiler comentaros, de antemano, que se trata de una secuencia casi paradójica. Y la califico así, de paradójica, porque “Chuka” no es un western con demasiada acción. Ni demasiada acción, ni demasiados tiroteos, ni demasiadas cabalgadas y demás. “Chuka” es, de hecho, un western casi teatral que se desarrolla prácticamente en su totalidad entre las cuatro paredes (o empalizadas, en este caso) de Fort Clendennon. Un lejano y aislado puesto militar en el que encontramos destinados a una variopinta caterva de soldados que parecen condenados a purgar allí sus vicios, pecados, delitos y/o errores del pasado. Estamos, por lo tanto, ante un western más bien asfixiante, opresivo, claustrofóbico. De cámara, diría yo. Un western en el que el estudio psicológico de los personajes predomina sobre la acción y los exteriores y en el que la atmósfera que se respira resulta francamente viciada y hedionda. Quizás para compensar ese ambiente turbio y cargado, para compensar ese predominio del diálogo y la tensión psicológica entre los diferentes personajes que integran el film, he decidido apostar, finalmente, por una de sus escasas escenas de acción. Una brutal e intensa pelea a puñetazos entre dos de sus protagonistas principales (Chuka (Rod Taylor) y el Sargento Otto Hahnsbach (Ernest Borgnine)) que me parece —además de salvaje y violenta como pocas— muy emocionante, muy bien rodada y ética o moralmente justificada. Al menos, por parte del Sargento Hahnsbach. Veamos por qué.

Recordemos que la pelea en cuestión viene precedida por otra escena en la que Chuka y el Coronel Stuart Valois (John Mills) —Comandante en Jefe de Fort Clendennon— discuten entre sí al negarse el primero a trabajar como explorador del segundo en una misión en territorio arapahoe. Amenazado de arresto, Chuka desenfunda su revólver y advierte al Coronel que matará a cualquiera que impida su marcha. Cuando ya está en el establo y se dispone a ensillar a su caballo y marcharse, Chuka recibe a una especie de comité de despedida. Son el Sargento Hahnsbach y algunos de sus hombres. La conversación previa a la durísima pelea a puñetazos que se producirá a continuación dice así:  

Jake (Joseph Sirola): “Chuka... Es mejor que me lo dejes hacer a mi”

Chuka: “Ya se ensillar un caballo”

Jake: “Sí, ya lo sé, pero necesitarás las dos manos, porque te esperan problemas”

Chuka: “¿Qué quieres decir con eso?”

Jake: “Muchos problemas”

Chuka: “Ya lo entiendo... ¿Qué es esto? ¿Una delegación de despedida?”

Sargento Hahnsbach: “Muy bien, ya te he avisado que fueses respetuoso con el Coronel. Pero esto ha sido ya la gota que ha derramado el vaso. Estos hombres son mis testigos. Desarmados ¿De acuerdo?”

Chuka: “¿Qué le ha dado ese Coronel de pacotilla que le ha de hacer de criada?”

Sargento Hahnsbach: “Es... Es mi Comandante en Jefe y yo no me olvido. Ahora puedes sacar esa pistola que llevas y matarme aquí mismo. O te puedes defender tan bien como puedas. Porque tengo la intención de atizarte con mis puños. Te estoy esperando”

Chuka: “¡Oh, vaya! ¡No me gustaría hacer esperar a un hombre tan ocupado como usted Sargento! Vigila a los otros, Jake”

Jake: “De acuerdo”





De pronto, y por sorpresa, Hahnsbach le arrea el primer puñetazo a Chuka. Un puñetazo que lo sorprende mientras estaba despojándose de su canana y al cual le siguen dos fuertes golpes en los riñones, uno en el estómago y otro en el mentón que lo tira al suelo, al pie de su caballo. Desde el suelo del establo, sin embargo, Chuka parece tomar la iniciativa. El cuerpo a cuerpo que se produce a continuación le permite taparle la vista con las manos a su oponente y obtener así unos segundos para reponerse momentáneamente de la paliza y poder asestarle a Hahnsbach un primer directo que, por desgracia para Chuka, apenas hace mella en el rostro del corpulento soldado. De hecho, Hahnsbach consigue sujetarlo de nuevo y lo empuja brutalmente contra un poste del establo. Por dos veces, la cabeza y la espalda de Chuka impactan contra la madera. Lejos de caer aturdido, sin embargo, Chuka responde al sargento con tres certeros sopapos (uno al estómago y dos a ambas mandíbulas) que por fin logran derribar a su fornido rival. A partir de este momento el intercambio de guantazos de decanta ligeramente a favor de Chuka. Aún así, los duros mandobles que reciben uno y otro van mermando las fuerzas de ambos hasta el punto de acabar arrodillados en el suelo lanzando guantazos sin ton ni son. Algunos, eso sí, con más fortuna que otros. Curiosamente, al final, Chuka y Hahnsbach acaban exhaustos y apoyados el uno en el otro. Casi abrazados, diría yo. En ese instante, todos los espectadores de la brutal pelea empiezan a aplaudir tímidamente. Sin lugar a dudas, para premiar la intensidad y bravura de la reyerta. Y es que a pesar de haberse atizado de lo lindo, Chuka y Hahnsbach son dos hombres honestos y de una pieza. De Chuka ya conocemos su talante humanitario desde el principio del film, cuando ofrece su propia comida a los hambrientos arapahoes. Y de Hahnsbach sabremos posteriormente que su inquebrantable lealtad hacia el Coronel Valois se debe a que éste le salvó la vida en la guerra y que, por ello, hubo de sufrir incluso una dolorosa castración.





En fin, que no estamos ante una pelea más. Estamos ante una de las mejores y más vibrantes peleas del western americano. Rodada con brío, carácter y mucho realismo. En parte, probablemente, por la innegable influencia a mediados-finales de los 60 del spaghetti western, un subgénero que —como todos sabemos— explotaba a la perfección un más que explícito tratamiento de la violencia. Y, en parte también, porque Gordon Douglas era un director de raza. Un director al que, por descontado, no le gustaba andarse con chiquitas.



Aún así, si existen dos grandes culpables en el éxito y repercusión de esta feroz escena ellos son, sin lugar a dudas, Ernest Borgnine y Rod Taylor. Del primero (uno de los actores de carácter por excelencia del cine norteamericano) ya sabíamos de sus maneras gracias a las peleas que protagonizó frente a Sterling Hayden en “Johnny Guitar” o frente a Spencer Tracy en “Conspiración de silencio”, mientras que aunque de Rod Taylor no teníamos demasiados precedentes en estos menesteres, conviene recordar —no obstante— que éste incluso logró superar la saña y fiereza de esta mítica pelea en una posterior mucho más salvaje aún. Tal vez la película no sea gran cosa, lo reconozco, pero lo cierto es que casi todo el mundo la recuerda por la crudeza de su reyerta. Me estoy refiriendo, como no, a “Más oscuro que el ámbar”, de Robert Clouse. No es un western, de acuerdo, pero sí un magnífico ejemplo de brutal pelea.  



Y poco más. Por lo que a mi respecta espero que compartáis mi entusiasmo por esta estupenda secuencia y que si no habéis visto ningún western de Gordon Douglas os pongáis, ya, con éste o con “Río Conchos”. Los dos merecen mucho la pena.





dijous, 2 d’agost del 2018

“LAWRENCE, SÓLO HAY DOS ESPECIES QUE SE DIVIERTEN EN EL DESIERTO: LOS BEDUINOS Y LOS DIOSES” (Lawrence de Arabia, 1962. David Lean)



Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia)

Reino Unido, 1962

Director: David Lean

Guión: Robert Bolt y Michael Wilson. Basado en la obra de T.E. Lawrence

Fotografía: Freddie Young

Música: Maurice Jarre

Intérpretes:

Peter O’Toole (T.E. Lawrence)
Alec Guinness (Príncipe Feysal)
Anthony Quinn (Auda Abu Tayi)
Jack Hawkins (General Allenby)
Omar Sharif (Sherif Ali)
José Ferrer (Turkish Bey)
Anthony Quayle (Coronel Brighton)
Claude Rains (Mr. Dryden)
Arthur Kennedy (Jackson Bentley)
Donald Wolfit (General Murray)

SINOPSIS: El Cairo, 1916. Durante la Gran Guerra (1914-1948), el conflictivo y misterioso Teniente Lawrence es requerido por el Arab Bureau británico para contactar en misión diplomática con el Príncipe Feysal, principal aliado de los británicos en su lucha contra los otomanos. Junto a su amigo Sherif Ali, Lawrence recorrerá el desierto estableciendo gran amistad con los árabes (sobre todo los beduinos) que va conociendo. Pronto, sin embargo, empezará a chocar con sus superiores británicos.



David Lean es, sin lugar a dudas, uno de mis diez cineastas predilectos. Y lo es por dos sencillas razones: porque me gustan todas las pelis que he visto de él y porque creo, sinceramente, que fue un director especial, único. Recalco lo de especial y único porque, pese a que la crítica lo tachó de comercial y/o academicista con demasiada facilidad y osadía, a mi Lean me parece —al margen de un inmenso panteísta— uno de los tres o cuatro mejores narradores del cine clásico y un creador de imágenes cinematográficas absolutamente inconmensurable.

Precisamente por todo ello ya iba tocando alguna escena de David Lean en mi selección de spoilers. Y pese a que “El puente sobre el río Kwai”, “Doctor Zhivago” y “La hija de Ryan” me gustan casi tanto como “Lawrence de Arabia”, finalmente he decidido decantarme por una secuencia de ésta última porque no quisiera olvidarme en mi recopilación de escenas memorables, ni por lo más remoto, de la que muchos consideramos como la más bella elipsis de la historia del cine.  



Antes de entrar en materia, no obstante, permitidme aclarar para todo aquel que lo ignore a que nos referimos cuando hablamos de una elipsis cinematográfica. Pues bien, una elipsis cinematográfica es —básicamente— un salto en el tiempo o en el espacio que no impide, sin embargo, que el espectador pierda la continuidad de la secuencia aunque se hayan eliminado los pasos intermedios. Naturalmente, las elipsis se utilizan continuamente en cualquier película por razones de pura agilidad narrativa. Es lo que denominamos elipsis inherente. Sin embargo, cuando la elipsis contiene un efecto dramático o simbólico, la denominamos elipsis expresiva. La que hoy vamos a comentar, como podréis constatar, es una elipsis inherente que, al mismo tiempo, también es expresiva. Pero antes de entrar de lleno en materia, vayamos al inicio de la escena.

Nos encontramos en El Cairo, en el despacho de Mr. Dryden (Claude Rains), un funcionario del Arab Bureau británico, que le encomienda al Teniente Lawrence (Peter O’Toole) la misión de contactar con el Príncipe Feysal (Alec Guinness), principal aliado de los británicos en su lucha contra el Imperio Otómano. El diálogo se desarrolla de la siguiente manera:



Teniente Lawrence: “¿De qué se trata?”

Mr. Dryden: “Encuentre al Príncipe Feysal”

Teniente Lawrence: “¿Y cuando le encuentre?”

Mr. Dryden: “Vea qué clase de hombre es y sus intenciones. Pero no las inmediatas, eso es cosa de Brighton, sino sus intenciones respecto a Arabia en general”

Teniente Lawrence: “Esto es nuevo ¿Dónde están ahora?”

Mr. Dryden: “A unos 500 kilómetros de Medina. Son... beduinos hachemitas. Pueden cruzar cien kilómetros de desierto al día”

En este momento Dryden coge un cigarro de una caja y, automáticamente, Lawrence toma la caja de fósforos y le ofrece una cerilla a Dryden para prender su cigarro.



Teniente Lawrence: “Gracias, Dryden. Será divertido”

Mr. Dryden: “Lawrence, sólo hay dos especies que se divierten en el desierto: los beduinos y los dioses. Y usted no lo es. Para los hombres, el desierto es un horno ardiente”

Teniente Lawrence: “No, Dryden. Va a ser divertido”

Acto seguido, Lawrence se arremanga el brazo y contempla la cerilla como se va consumiendo poco a poco.



Mr. Dryden: “Tiene un curioso sentido de la diversión”





Dicho esto, Lawrence sopla el fósforo y ¡tachán! el siguiente plano ya es el de un rojizo y ardiente amanecer en pleno desierto. La elipsis se ha consumado. Y de qué manera, señores. Con unos segundos de silencio absoluto mientras el astro rey va emergiendo al fondo del abrasador horizonte hasta que ¡por segunda vez, tachán! empieza a sonar el épico y emotivisímo main theme de Maurice Jarre. A mi juicio, una de las mejores bandas sonoras de la historia del cine. No sólo por su indiscutible y conmovedora calidad musical sino por lo bien que se adapta a las imágenes (¡qué gran director de fotografía era Freddie Young!) que estamos contemplando. Naturalmente, el efecto es apabullante. Y aunque, obviamente, la comentada elipsis daría paso a la siguiente escena, permitidme que añada que —tras el espectacular amanecer— lo siguiente que vamos a ver van a ser las impresionantes dunas del desierto y como, a lo lejos, aparecen dos diminutas siluetas. Las de Lawrence y su guía beduino Tafas (Zia Mohyeddin) atravesando el desierto a lomos de sus respectivos camellos. Y ahí lo dejo. Acabáis de ser testigos de una elipsis modélica respecto a su carácter inherente (a Lawrence se le encomienda una misión y en el siguiente plano ya está llevándola a cabo) y, naturalmente, también respecto a su carácter simbólico y expresivo (llama de la cerilla = ardiente sol del desierto). Todo ello acompañado de unas imágenes y una banda sonora tremendas ¿Se puede pedir algo más?




diumenge, 29 de juliol del 2018

“-¿QUÉ ES ESO, SEÑOR? +PARECE UN SUICIDIO” (Bailando con lobos, 1990. Kevin Costner)



Bailando con lobos (Dances with wolves)

Estados Unidos, 1990

Director: Kevin Costner

Guión: Michael Blake. Basado en una obra de Michael Blake

Fotografía: Dean Semler

Música: John Barry

Intérpretes:

Kevin Costner (Teniente Dunbar)
Mary McDonnell (Stands with a fist)
Graham Greene (Kicking bird)
Rodney A. Grant (Wind in his hair)
Floyd Red Crow Westerman (Ten bears)
Tantoo Cardinal (Black shawl)
Wes Studi (Toughest Pawnee)
Maury Chaykin (Mayor Fambrough)
Robert Pastorelli (Timmons)
Charles Rocket (Teniente Elgin)


SINOPSIS: Tras la Guerra de Secesión (1860-1865), el Teniente John J. Dunbar es destinado a Fort Sedgewick, un puesto fronterizo situado a escasa distancia de territorio sioux. A pesar de encontrarlo absolutamente arrasado y abandonado, Dunbar decide quedarse. Acompañado por Calcetines —un simpático e inofensivo lobo— y sus propios pensamientos, la relación de Dunbar con sus nuevos vecinos, los sioux, se basará en la admiración y respeto mutuos.



Exceptuando “La puerta del cielo” (1980), “El jinete pálido” (1985) y —si mucho me apuráis— “Forajidos de leyenda” (1980) y “Silverado” (1985), los 80 fueron una década más bien nefasta para el western. Precisamente por ello sorprende y mucho que un director novel como Kevin Costner tuviera, a finales de esa década, la osadía de emprender un proyecto cinematográfico del calibre de “Bailando con lobos”. Afortunadamente, lo hizo. Y gracias a ello, a su tremenda audacia, hoy podemos considerar a “Bailando con lobos” como uno de los tres o cuatro mejores western de los últimos 30 años.




Naturalmente, “Bailando con lobos” no es una película redonda. Y no lo es porque se nota que Costner tira de clichés, porque no se preocupa demasiado en enriquecer su trabajo a base de subtextos o sutilezas que le den mayor sustancia y porque quizás su producto final resulte excesivamente largo y ñoño para ser un gran western. Aún así, “Bailando con lobos” es, sin lugar a dudas, una de esas pelis que te reconcilia con el género. Que te permite volver a disfrutar, después de mucho tiempo, del auténtico y genuino western de antaño. Que te proporciona tres horas de puro espectáculo. Y solo por eso (y por su marcado carácter proindio, por supuesto) ya merece, sobradamente, todos mis respetos.



Por si fuera poco, “Bailando con lobos” es una peli de grandes escenas. Y aunque podría haber optado tranquilamente por la del entrañable baile con Calcetines, por la de la espectacular cacería de búfalos o por la conmovedora despedida de Cabello al viento, finalmente me he decantado por el épico intento de suicidio inicial porque fue la que más me impresionó la primera vez que vi esta película.



La escena se desarrolla en St. David’s field, Tennessee, durante la Guerra de Secesión. Concretamente, en 1863. Malherido en un pie y temeroso de que se lo amputen, el Teniente John Dunbar (Kevin Costner) huye del hospital de campaña en el que se encuentra, monta a caballo y cabalga campo a través en tierra de nadie. Ante la sorpresa colectiva, los suyos (el ejército nordista) le vitorean mientras que el enemigo (el ejército sudista), empieza a tirotearle con escasa fortuna. Estamos, obviamente, ante el acto suicida de un hombre que, hastiado de los horrores de la guerra, prefiere morir antes que vivir mutilado el resto de sus días. Lo que no sabe Dunbar, sin embargo, es que su épica acción insuflará nuevos ánimos a su ejército y que, en consecuencia, acabará ganándose una batalla que se había estancado y que parecía perdida de antemano. Pero no nos anticipemos…





Tras una primera cabalgada, Dunbar se detiene, acaricia a su caballo y escuchando los gritos de unos y otros se dispone a repetir su acción. Antes de espolear a su caballo e iniciar una nueva cabalgada, no obstante, pronunciará para sí mismo unas palabras de indudables resonancias bíblicas (“Perdóname, padre”). Acto seguido, Dunbar vuelve a cruzar el campo. Los suyos, como es normal, volverán a vitorearle. Y los de La Confederación, obviamente, le apuntarán con sus fusiles y harán nuevamente fuego contra él. De repente, inmerso de lleno en plena lluvia de proyectiles, Dunbar suelta las riendas y —sin dejar de cabalgar— levanta los brazos y los deja en cruz en una nueva y muy icónica imagen de inequívoca resonancia cristiana. El efecto es demoledor. No solo por su poderosa connotación épica (o incluso religiosa) sino porque desde una perspectiva puramente plástica o gráfica la imagen es bellísima. Por si fuera poco, el Costner director adereza la secuencia ralentizando levemente la acción, subiendo el volumen de la banda sonora del grandísimo John Barry (“Cowboy de medianoche”, “Memorias de África”) y dejando, tan sólo, de sonido de fondo el lejano eco del fuego enemigo.  




Y poco más. En esta ocasión prescindo del diálogo (me parece insustancial: las imágenes hablan por sí solas) y me limito a incluir las palabras del General Tide (Donald Hotton) como título de mi spoiler: “¿Qué es eso, señor? Parece un suicidio”. Añadir, tan sólo, que la fotografía de Dean Semler (“Apocalypto”, “Cuando éramos soldados”) es espléndida y que la selección de planos del montaje de Costner también lo es, combinando travellings, planos generales y otros más cerrados con gran pericia. En fin, que si esta escena no os pone la carne de gallina, abandonad toda esperanza. Estáis perdidos.