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dimecres, 10 d’octubre del 2018

“LO SIENTO POR ELLOS… PORQUE YO ACABARÉ EN UN MOMENTO Y ELLOS LLEVARÁN ESTO EN SU CONSCIENCIA DURANTE EL RESTO DE SUS VIDAS” (Incidente en Ox Bow, 1943. William A. Wellman)



Incidente en Ox Bow (The Ox Bow incident)

Estados Unidos, 1943

Director: William A. Wellman

Guión: Lamar Trotti. Basado en una obra de Walter Van Tilburg Clark

Fotografía: Arthur C. Miller

Música: Cyril J. Mockridge

Intérpretes:

Henry Fonda (Gil Carter)
Dana Andrews (Donald Martin)
Harry Morgan (Art Croft)
Anthony Quinn (Juan Martínez)
Mary Beth Hugues (Rose Mapen)
William Eythe (Gerald Tetley)
Jane Darwell (Ma Grier)
Matt Briggs (Juez Daniel Tyler)
Harry Davenport (Arthur Davies)
Frank Conroy (Mayor Tetley)

SINOPSIS: Nevada, 1885. Gil Carter llega a la pequeña población de Bridger’s Wells en busca de una antigua novia. Le acompaña su amigo Art Croft. En el saloon se anuncia el asesinato de Larry Kinkaid, un ranchero de los alrededores, y rápidamente algunos habitantes de Bridger’s Wells se organizan para perseguir a los cuatreros asesinos. Una vez localizados en Ox Bow Canyon, la patrulla se debate entre arrestarlos y entregarlos a la justicia o ahorcarlos allí mismo. Pese a que Donald Martin proclama que compró el ganado a Kinkaid y nada tiene que ver con su muerte, él y sus dos acompañantes acabarán siendo colgados al amanecer sin que Carter y otros seis hombres más puedan evitarlo.



Aunque en el momento de su estreno “Incidente en Ox Bow” generó ciertas dudas respecto a su carácter excesivamente grave o incluso desagradable, supongo que todos estaremos de acuerdo en que hoy en día la peli de William A. Wellman constituye una extraordinaria condena del linchamiento, un inmejorable examen de conciencia y, por ende, uno de los mejores westerns de la historia del género. No en vano Henry Fonda lo consideró su mejor trabajo y Clint Eastwood lo ha señalado varias veces como su western favorito.

Así pues, partiendo de la base que “Incidente en Ox Bow” destaca fundamentalmente por su mensaje progresista (la ley y el orden frente a la violencia y la venganza; la presunción de inocencia frente a la ley del talión; la justicia institucional frente a la horca sin proceso legal…) me gustaría, sin embargo, romper una lanza en pro de otros aspectos de este western que también considero harto significativos. Me refiero, por ejemplo, a su concisión narrativa, a su extraordinaria fotografía tenebrista (recordemos que Arthur C. Miller fue director de fotografía en peliculones como “¡Qué verde era mi valle!”, de John Ford, o de “Náufragos”, de Alfred Hitchcock) y, naturalmente, a su impecable puesta en escena. Precisamente por ello mi spoiler de hoy lo he dedicado a la secuencia en la que Gil Carter (Henry Fonda) —en la repleta barra del Darby’s bar— le lee a su compañero Art Croft (Harry Morgan), la carta que Donald Martin (Dana Andrews) le escribe a su esposa poco antes de ser colgado. Porque además de ser una escena en la que el mensaje anteriormente señalado adquiere una trascendencia superlativa, el aspecto formal (fotografía, iluminación, movimientos de cámara, angulaciones, encuadres…) raya —a su vez— a un nivel absolutamente magistral. Vamos, que la comunión de fondo y forma es total. Y yo a eso lo llamo, sencillamente, cine en estado puro.



Dicho esto, recordemos en qué circunstancias llegamos a la escena de hoy. Con los tres sospechosos (Donald Martin/Dana Andrews, Juan Martínez/Anthony Quinn y Alva Dad Hardwicke/Francis Ford) ahorcados en Ox Bow Canyon y con la posterior confirmación por parte del sheriff Risley (Willard Robertson) que Larry Kinkaid sigue vivo y que los auténticos ladrones han sido detenidos.



No sorprende en absoluto, pues, que el magnífico travelling con el que Wellman y Miller nos obsequian al principio de esta secuencia sea un verdadero compendio de vergüenza, desolación y remordimiento. Así lo consigue expresar, a mi juicio, el lento barrido que nos va mostrando, casi uno a uno, los cariacontecidos rostros de esos verdugos ocasionales que fuman y beben en silencio en la barra del Darby’s. Un barrido que se detiene al final del mostrador y que deja en un magnífico plano conjunto a Gil Carter (Henry Fonda) y a Art Croft (Harry Morgan) en pleno centro de la imagen hasta que el siguiente plano ya nos muestra a estos dos hombres rompiendo, por fin, el abrumador silencio que reina en el bar de Bridger’s Wells.





Gil: “Están recaudando un fondo común para la esposa de Martin. Incluso Mapes ha contribuido”

Art: “No sabía que hubiera aparecido en público”

Gil: “No. Lo hizo a través de Sparks. A propósito de la colecta… Di veinticinco dólares a nuestro nombre””

Art: “¿Cuánto llevan?”

Gil: “Unos quinientos”

Art: “Quinientos dólares no es mucho para un pobre diablo que fue asesinado por una banda de forajidos”

Gil: “¿Te gustaría saber lo que dice la carta?”

Art: “Sí. Léela bien alto”





Tras esta frase y unos breves instantes de silencio absoluto, la cámara dirige un pausado zoom a los rostros de Gil y Art hasta que el ala del sombrero de Art tapa los ojos de Gil en el momento en que éste empieza a leer la carta en voz alta. Un plano muy medido y calculado que, sin lugar a dudas, es susceptible de múltiples interpretaciones. Y aunque muchos han querido ver en él una especie de réplica de la representación simbólica de la Justicia (con los ojos vendados) yo creo, francamente, que entronca más bien con el sentimiento colectivo de vergüenza y contrición que pesa sobre los verdugos de Donald, Juan y Dad. En cualquier caso, lo que queda meridianamente claro es que no se trata de un plano gratuito, de un simple capricho estético. Se trata de un plano muy simbólico que, de alguna manera u otra, enlaza con lo ocurrido y dice tanto o más que la propia carta. Aún así, tampoco creo que la carta sea redundante o prescindible. Aleccionadora, quizás. Pero necesaria al fin y al cabo. Básicamente porque a pesar de que muchas veces una imagen vale más que mil palabras (y en el cine esto debería ir a misa) lo cierto es que un texto como el de la carta de Donald a su esposa ayuda y mucho a reforzar el mensaje que las imágenes de la película pretenden (y consiguen sobradamente, por supuesto) transmitir.





Así pues, os dejo con la lectura de la carta. Una carta que remueve consciencias, que pone el dedo en la llaga y que nos deja —como espectadores— con un nudo en la garganta tanto o más asfixiante que el que tuvieron que sufrir Donald, Juan y Dad la madrugada que fueron ejecutados en Ox Bow Canyon. Dice así:   



Gil: “Mi querida esposa:

El Sr. Davies te contará lo ocurrido aquí esta noche. Es un hombre bueno y ha hecho por mí todo lo posible. Supongo que aquí también hay otros hombres buenos… pero no se dan cuenta de lo que hacen. Lo siento por ellos... Porque yo acabaré en un momento y ellos llevarán esto en su consciencia durante el resto de sus vidas. Un hombre no puede tomarse la justicia por su mano sin herir gravemente la consciencia de la humanidad. Porque entonces no es que infrinja una ley… sino todas las leyes. La ley es mucho más que unas palabras escritas en un libro o los jueces, abogados o sheriffs contratados para aplicarla. Es todo lo que la gente ha aprendido sobre la justicia y lo que está bien y lo que está mal. Es la mismísima consciencia de la humanidad. No puede existir la civilización si los hombres no tienen consciencia. Porque si no es a través de ella... ¿De qué otra forma pueden acercarse a Dios? ¿Y qué es la conciencia individual sino un pedacito de la conciencia de todos los hombres que han vivido en el mundo? Supongo que eso es todo. Besa a los niños y que Dios te bendiga.

Tu esposo,

Donald”

Una vez leída la carta y tras unos cuantos planos más de los envilecidos hombres que abarrotan la barra de Darby’s, Art y Gil salen del establecimiento y montan en sus caballos. Mientras tanto, una canción espiritual negra muy popular y apropiada suena de fondo. Me estoy refiriendo, como no, a Red River Valley.





Art: “¿Adónde vamos?”

Gil: “Quería que su esposa recibiera esta carta ¿no? Y que alguien se ocupara de sus hijos”

dilluns, 15 de maig del 2017

“¿A DÓNDE VAS? ¡A POR ELLOS!” (Cielo Amarillo, 1948. William A. Wellman)


Cielo Amarillo (Yellow Sky)

Estados Units, 1948

Director: William A. Wellman

Guión: Lamar Trotti. Basado en una obra de W.R. Burnett

Fotografía: Joseph McDonald

Música: Alfred Newman

Intérpretes:

Gregory Peck (James Strecht Dawson)
Anne Baxter (Constance Mae Mike)
Richard Widmark (Dude)
Robert Arthur (Bull Run)
John Russell (Lengthy)
Harry Morgan (Half Pint)
James Barton (Grandpa)
Charles Kemper (Walrus)

SINOPSIS: Arizona, 1867. Tras atracar un banco, un grupo de siete forajidos capitaneados por James Strecht Dawson, cruzan el desierto y llegan a Yellow Sky, un fantasmagórico pueblo habitado por tan solo por un viejo buscador de oro y su nieta. El tesoro que esconde el viejo y la presencia de la joven despertarán en los ladrones las más bajas pasiones.



Dirigida por el nunca suficientemente reconocido y valorado William A. Wellman (“Incidente en Ox Bow”, “Caravana de mujeres”, “El rastro de la pantera”…), “Cielo Amarillo” me parece, sin ningún género de dudas, uno de los mejores westerns de los 40.

Precisamente por ello me he decidido a dedicarle uno de mis spoilers a esta peli. Porque Wellman se lo merece y porque este film tiene más de una y de dos escenas que forman parte de la memoria colectiva de todos los aficionados al western. En este caso, sin embargo, vamos a centrarnos en la escena del duelo final. O mejor dicho: triello final. Básicamente porque son tres y no dos los hombres que se van a enfrentar en el abandonado y fantasmagórico saloon de Yellow Sky. Me estoy refiriendo a James Strecht Dawson (Gregory Peck), a Dude (Richard Widmark) y a Lengthy (John Russell). Strecht por mantener su palabra y obstinarse en repartir el tesoro con el viejo minero y su nieta (algo que los otros dos no piensan hacer) y Dude y Lengthy por no querer repartir el oro con nadie. Ni entre ellos dos. De hecho, cuando poco antes del enfrentamiento Strecht le pregunta a Walrus (Charles Kemper) que cree que van a hacer esos dos con el oro éste le responde: “No creo que hagan nada salvo matarse el uno al otro. El ganador se lo llevará todo”.



Así pues, aunque la escena del triple duelo empieza inmediatamente después de que Walrus y Strecht intercambien ese “¿A dónde vas? ¡A por ellos!” que encabeza este spoiler, he decidido titularlo de esta forma porque éstas son, curiosamente, las únicas palabras que escucharemos en toda la secuencia. Estamos, por lo tanto, ante una secuencia silente. Ante una secuencia en la que música y diálogos brillan por su ausencia. Y cuando digo que “brillan” no lo digo irónicamente. Lo digo porque la ausencia de música y diálogos contribuye a elevar la tensión y el dramatismo del momento y porque le otorga a la escena una sequedad y una aspereza muy particulares.

La escena empieza, por lo tanto, cuando Strecht sale de la casa del viejo minero y se dirige al destartalado saloon para impedir que Dude o Lengthy se fuguen con el oro. Conviene recordar que la secuencia es nocturna y que el montaje va alternando planos de los tres hombres que van a enfrentarse: Strecht, Dude y Lengthy. Así, tras el plano de Strecht saliendo de la casa del abuelo, le sucede otro de Lengthy merodeando sigilosamente por los aledaños del saloon. Simultáneamente vemos a Dude en la calle principal, frente al saloon, cargando las bolsas de oro en las alforjas de su caballo y desatando a los otros para evitar que nadie más pueda fugarse con el botín.

Acto seguido, Dude entra al saloon, se dirige a la barra y recoge algunas bolsas más de oro. De repente, oímos relinchar a un caballo. Como un resorte, Dude suelta las bolsas y desenfunda. El relincho corresponde al caballo de Strecht, que ha llegado al saloon y se dispone a entrar en él. 




Mientras tanto, Lengthy (en el otro lateral del saloon) se quita las botas para no hacer ruido y entra al desvencijado bar de Yellow Sky escondiéndose detrás de la mesa de la ruleta. Un elegante movimiento de cámara, asimismo, nos muestra a un expectante Dude escondido tras la barra del bar.




Por su parte, Strecht gatea y se arrastra por el porche lateral exterior del saloon para que Dude y Lengthy no puedan verlo u oírlo desde dentro. Todo ello a través de un lento travelling que contribuye, obviamente, a situarnos en la piel de Strecht.





Cuando, superados los ventanales, Strecht llega a la puerta, todo cambia. Y así, tras desenfundar sus dos revólveres, nuestro protagonista entra en el bar y la cámara —en lugar de seguirle dentro— se queda fuera y se limita a mostrarnos a través de los cristales, desde el exterior, los fogonazos y el ruido de los disparos que se producen en su interior. 



Estamos, por lo tanto, ante un duelo atípico. Ante un duelo “fuera de campo”. Ante un recurso narrativo absolutamente original y novedoso. Al menos en un western de corte clásico. Y son precisamente este tipo de detalles (como algunos planos muy pero que muy modernos y arriesgados en otras escenas) los que convierten a Wellman en un cineasta, a mi juicio, mucho más talentoso de lo que la mayoría cree.



Lo que viene a continuación sigue siendo espléndido. Y es que a partir de este momento y gracias a la súbita llegada de Mike (Anna Baxter) podremos entrar definitivamente en el saloon y ser testigos de lo que ha sucedido en su interior. Así pues, descubriremos a Dude muerto y tendido en el suelo mientras un lento zoom de la cámara nos mostrará como una de las bolsas que aún llevaba encima el ladrón ha quedado agujereada por efecto de los disparos mientras el polvo de oro de su interior va discurriendo hacia el suelo con la rítmica e inexorable cadencia de un reloj de arena. Un plano que asocia la sangre con el oro (realmente parece como si Dude estuviera desangrándose) y que podríamos interpretar como que la codicia es la gran responsable de ese trágico final.





A continuación, la mirada de Mike se centra en los pies descalzos de Lengthy. Unos pies que parecen inmóviles y que asoman por detrás de la mesa de la ruleta donde el larguirucho bandido se había escondido. Cuando Mike se acerca constatamos que, efectivamente, Lengthy está muerto. Sus ojos en blanco no albergan ningún género de duda.




Huelga decir que mientras Mike va descubriendo los cuerpos su cara lo dice todo. Está absolutamente aterrada. Entre otras cosas porque se teme lo peor: que Strecht también esté muerto.



De repente, aparece un tercer cuerpo en el suelo. Junto al ventanal situado al lado de la puerta de entrada al saloon. Se trata, obviamente, del cuerpo de Strecht. Y aunque cuando Mike se arrodilla ante él todo hace pensar que el jefe de los forajidos también ha fallecido en el tiroteo, un casi imperceptible movimiento de su abdomen cogiendo aire nos anuncia que Strecht está vivo. Automáticamente, Mike se levanta y grita con todas sus fuerzas a través de los cristales rotos del ventanal. Un plano que, por cierto, recuerda muy mucho a uno de Gary Cooper en “Solo ante el peligro” ¿Casualidad?



Mike: “¡Abuelo! ¡Abuelo! ¡Abuelooo!”

Y poco más. Ahí acaba la escena. Señalar, quizás, que estamos ante una de esas secuencias narradas con total y absoluta clarividencia y que al margen de la riqueza de planos y de sutiles movimientos de cámara me encanta el juego de luces y sombras con el que nos obsequia Joseph McDonald. No en vano estamos hablando del director de fotografía de, entre otras, “Pasión de los fuertes”, “Pánico en las calles”, “¡Viva Zapata!”, “Lanza rota”, “El hombre de las pistolas de oro” o “Río Conchos”. Ahí es nada.