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dilluns, 11 de juliol del 2016

“NOS QUEDAMOS PORQUE TENEMOS FE. NOS MARCHAMOS PORQUE NOS DESENGAÑAMOS. VOLVEMOS PORQUE NOS SENTIMOS PERDIDOS. MORIMOS PORQUE ES INEVITABLE” (Los profesionales, 1966. Richard Brooks)


Los profesionales (The professionals)

Estados Unidos, 1966

Director: Richard Brooks

Guión: Richard Brooks. Basado en una obra de Frank O’Rourke

Fotografía: Conrad L. Hall

Música: Maurice Jarre

Intérpretes:

Burt Lancaster (Bill Dolworth)
Lee Marvin (Henry Rico Fardan)
Robert Ryan (Hans Ehrengard)
Woody Strode (Jacob Sharp)
Jack Palance (Jesús Raza)
Claudia Cardinale (María Grant)
Ralph Bellamy (Joe Grant)

SINOPSIS: En plena Revolución Mexicana (1910-1920), Joe Grant —un poderoso magnate del ferrocarril— contrata a cuatro experimentados mercenarios (Dolworth, Fardan, Ehrengard y Sharp) para que localicen y rescaten a Maria, su esposa, una bella mujer secuestrada por un temible revolucionario mexicano llamado Jesús Raza. Tras exponerse a multitud de peligros en territorio hostil, Fardan y sus hombres consiguen liberar a Maria pero —mientras regresan a casa— empezarán a plantearse si la mujer había sido realmente secuestrada o guardaba, quizás, algún vínculo con la Revolución.



Lo he dicho muchas veces pero volveré a repetirlo. Si por algo me encantan Aldrich, Peckinpah o Leone es —fundamentalmente— por su particularísima visión del western. Un género al que poquito de clásico e idílico le quedaba ya en los 60 y que nos muestra en esta convulsa y apasionante década una percepción del oeste mucho más cínica, amoral y desoladora. Una percepción del oeste gravemente afectada por diversas circunstancias sociales y políticas de la época (la Guerra de Vietnam, por ejemplo) y que ya no permite, en absoluto, seguir narrando historias con la misma ingenuidad e idealismo de antaño. Me estoy refiriendo, naturalmente, al western revisionista. Al western crepuscular. Al Spaghetti Western. A todos esos westerns, en definitiva, en los que la delgada línea que suele separar a buenos y malos es cada vez más imperceptible y en los que la incapacidad de sus protagonistas por adaptarse a los nuevos tiempos es cada vez más manifiesta.  



La escena que hoy os voy a reseñar, sin embargo, no pertenece a ninguna peli de los tres directores anteriormente citados. Pero sí os puedo asegurar que es tan crepuscular, o más, que cualquiera de las que haya podido parir Aldrich, Peckinpah o Leone. Se trata —concretamente— de la mítica conversación que mantienen Bill Dolworth (Burt Lancaster) y Jesús Raza (Jack Palance) en el tramo final de “Los profesionales”, de Richard Brooks. Una conversación que exuda romanticismo, nostalgia y desaliento a partes iguales y que viene a sintetizar, además, el mensaje esencial que quiere transmitirnos Richard Brooks a través de su peli. Tanto en su faceta de director como en la de guionista. El de cuatro mercenarios que, pese a su amor al dinero, siguen manteniendo entre sí cierto código ético. Ciertos principios. Ciertos ideales. Quizás algo marchitos, por supuesto, pero vivos al fin y al cabo. Y es precisamente ese sentido elemental de la dignidad, de la profesionalidad, de la lealtad… la clave fundamental para que estos cuatro tipos duros vuelvan a ilusionarse de nuevo y se vean capaces de darle una vuelta de tuerca a una historia que —como tantas otras— había empezado por amor… al dinero.

Antes de entrar de lleno en el análisis de la secuencia, no obstante, me gustaría incidir en dos aspectos. En primer lugar que estamos ante una escena en la que lo primordial —más que el aspecto visual o estético— es el fondo. El mensaje. Lo que Richard Brooks trata de contarnos, vaya. Así pues, no esperéis encontraros planos o encuadres fuera de lo estrictamente convencional. Recordad que estamos presenciando un grandísimo diálogo entre dos personas que se están jugando el todo por el todo y que Brooks lo único que pretende —a nivel visual— es que nosotros, como espectadores, seamos simples testigos de la conversación de marras. Ni más, ni menos. No en vano, me gustaría añadir que Brooks —además de ser un gran director— también fue un excelente guionista y que, precisamente por ello, ganó un merecidísimo Oscar por “El fuego y la palabra” y fue nominado hasta cuatro veces más por “Semilla de maldad”, “La gata sobre el tejado de zinc”, “A sangre fría” y, como no, por “Los profesionales”. Asimismo, también me gustaría hacer hincapié, en segundo lugar, que estamos ante una conversación entre dos personajes —a priori— completamente distintos. Entre un mercenario que se mueve por dinero (Dolworth) y un revolucionario que se mueve por ideas (Raza). Dos personajes que antaño fueron viejos compañeros (ambos combatieron junto a Pancho Villa) y que, en este preciso momento, se encuentran en bandos opuestos. Considero importante puntualizarlo porque no estamos hablando de dos desconocidos. Estamos hablando de dos personas entre las que hubo, antiguamente, una causa común.



Dicho esto, situémonos. Es de día, hace muchísimo calor y nos encontramos en plena sierra mexicana. Concretamente, en una quebrada. Apostados detrás de unas gigantescas rocas que protegen a nuestros protagonistas del sol… y de las balas. Y aunque tanto Dolworth como Raza se encuentran heridos, ambos parecen plenamente convencidos de poder resolver con éxito su particular duelo personal. Un duelo que se inicia con una de las líneas de diálogo más nostálgicas y emotivas de la historia del western y que dice así:

Jesús Raza: “Supongo que sabes que uno de los dos ha de morir”

Bill Dolworth: “Es posible que los dos”

Jesús Raza: “Morir por dinero es una estupidez”



La escena, de entrada, nos muestra a Jesús Raza en primer término. Detrás de una gran roca. Y a lo lejos —algo más desprotegido— intuimos la silueta de Dolworth. Como es lógico, la distancia entre ambos les obliga a dialogar utilizando un tono de voz más alto de lo habitual. Una circunstancia que —a mi juicio— refuerza aún más, si cabe, la fuerza y el efecto de unas frases ya de por sí lapidarias. Y es que si una frase es buena, os aseguro que la réplica de rigor es —muchas veces— aún mejor. Tanto si la pronuncia Raza como si la pronuncia Dolworth. En este caso, por ejemplo, el primer reproche lo lanza el mexicano, que le recrimina al americano su amor al dinero. Pero, como era de esperar, Dolworth no se queda callado y hace lo propio con su rival, recordándole que morir por una mujer tampoco es algo demasiado inteligente.



Bill Dolworth: “Y morir por una mujer más aún. Sea la mujer que sea. Incluso ella”

Jesús Raza: “¿Cuanto tiempo vas a retenernos?”

Bill Dolworth: “Un par de horas y lo que pase aquí ya no importará. Ella volverá a ser la señora Grant”

Jesús Raza: “Pero eso no cambiará nada. Lo que importa es que ella es mi mujer: antes, ahora y siempre”

En este momento es cuando Dolworth rebate el romanticismo de Raza (y conste que aquí utilizo el término romanticismo en su vertiente más amplia y genérica) con una visión de la vida total y absolutamente escéptica, pragmática y descarnada. La suya. Una visión, por cierto, que —al final— tampoco resulta tan distinta a la de Raza. Sobre todo cuando después de la ácida y mordaz andanada verbal de Dolworth el mexicano contraataca con uno de los soliloquios más bellos y conmovedores de la historia del western. Una lúcida y, a la vez, amarga reflexión en voz alta sobre la Revolución (y, por ende, sobre cualquier ideología política y/o social que se tercie) que constata por qué Richard Brooks siempre fue considerado un hombre comprometido y progresista y por qué —a su vez— también fue considerado, y con razón, como uno de los mejores guionistas de Hollywood.



Bill Dolworth: “Nada es para siempre. Excepto la muerte. Pregúntale a Fierro, a Francisco, a todos aquellos del cementerio de los hombres sin nombre”

Jesús Raza: “Todos ellos murieron por un ideal”

Bill Dolworth: “¿La revolución?... Cuando el tiroteo termina, los muertos se entierran y los políticos entran en acción. Y el resultado es siempre igual: una causa perdida”

Jesús Raza: “Así que tú quieres la perfección o nada. Ohhh, eres demasiado romántico, amigo. La revolución es como la más bella historia de amor. Al principio ella es una diosa, una causa pura. Pero todos los amores tienen un terrible enemigo”

Bill Dolworth: “El tiempo”

Jesús Raza: “Tú la ves tal como es. La revolución no es una diosa sino una mujerzuela. Nunca ha sido pura, ni virtuosa, ni perfecta. Así que huimos y encontramos otro amor, otra causa. Pero sólo son asuntos mezquinos. Lujuria pero no amor. Pasión pero sin compasión. Y sin un amor, sin una causa, no somos nada. Nos quedamos porque tenemos fe. Nos marchamos porque nos desengañamos. Volvemos porque nos sentimos perdidos. Morimos porque es inevitable”


 
Respecto a la descripción estrictamente visual de la escena, lo dicho. Plano y contraplano. O lo que es lo mismo: plano de Dolworth cuando habla el americano y plano de Raza cuando habla el mexicano. Sin más. Eso sí, la fotografía de Conrad L. Hall es tan y tan jodidamente buena que no me extraña en absoluto que fuera nominada al Oscar de ese mismo año y que muchos espectadores recuerden esta peli durante toda su vida por una acuciante y muy concreta sensación física: el calor. Y es que, sin lugar a dudas, “Los profesionales” es un auténtico elogio al calor. Al calor, al sudor y al sol del desierto. Por eso mismo Dolworth y Raza lucen cuerpos y rostros permanentemente bañados en sudor y por eso mismo lo que les castiga a ambos en todo momento es el pegajoso polvo del desierto y ese despiadado y abrasador astro rey cerniéndose horas y horas sobre sus cabezas. No tanto Raza (resguardado a la sombra en esta escena) pero sí Dolworth, tumbado al sol encima de un peñasco durante toda la secuencia como si fuera un verdadero lagarto.




Y poco más. Añadir, tal vez, que el lingotazo de tequila que se mete el mejicano entre pecho y espalda al final de la perorata contribuye, sin lugar a dudas, a elevar la insoportable temperatura ambiental hasta límites insospechados y reiterar, una vez más, que lo que convierte esta escena en una de las más memorables de la historia del western es —obviamente— el susodicho diálogo entre Dolworth y Raza. Un diálogo tan y tan espléndido que parafrasearlo más de lo estrictamente necesario me parece —con franqueza— bastante absurdo. Así pues, si aún no habéis visto esta magnífica secuencia solo os recomendaría dos cosas: que tengáis a mano alguna bebida fresquita, sobre todo, y que la disfrutéis —no una— sino varias veces. Me lo agradeceréis.

dimarts, 24 de maig del 2016

“¿A DÓNDE CREES QUE VAS?” (Raíces profundas, 1953. George Stevens)



Raíces profundas (Shane)

Estados Unidos, 1953

Director: George Stevens

Guión: A. B. Guthrie Jr. Basado en una obra de Jack Schaefer

Fotografía: Loyal Griggs

Música: Victor Young

Intérpretes:

Alan Ladd (Shane)
Jean Arthur (Marian Starrett)
Van Heflin (Joe Starrett)
Brandon de Wilde (Joey Starrett)
Jack Palance (Jack Wilson)
Ben Johnson (Chris Calloway)
Edgar Buchanan (Fred Lewis)
Elisha Cook Jr. (Stonewall Torrey)
Emile Meyer (Rufus Ryker)
Douglas Spencer (Axel ‘Swede’ Shipstead)
Paul McVey (Sam Grafton)


SINOPSIS: Shane, un pistolero de oscuro y tormentoso pasado, decide cambiar de vida y establecerse en un lugar tranquilo y retirado. A su paso por un desolado valle de Wyoming se detiene a beber agua en la granja de Joe Starrett y presencia como el poderoso ganadero Rufus Ryker pretende apropiarse de las tierras de los campesinos locales para convertir todo el valle en tierra de pastos para su ganado. Secretamente enamorado de Marian Starrett, Shane rechaza trabajar como pistolero para Ryker y decide defender a los amenazados campesinos. Ante la negativa de Shane, Ryker contratará a Jack Wilson, un peligroso asesino a sueldo.  



Partiendo de la base que “Shane” es, sin lugar a dudas, uno de los mejores western jamás filmados, he de admitir —sin embargo— que la peli de George Stevens siempre me ha resultado algo previsible, academicista, ñoña e incluso impostada. Pero, no sé, considero —por otro lado— que hay algo muy grande en ella. Algo fabuloso, legendario, mítico. Algo que la eleva muy por encima de la media y que la sitúa, a mi juicio, tan sólo un peldañito por debajo de auténticas e incontestables obras maestras como “El hombre que mató a Liberty Valance”, “Hasta que llegó su hora”, “Río Bravo” o “Solo ante el peligro”, por citar sólo algunas. De hecho, muchos expertos la consideran incluso un superwestern, término que acuñó el crítico y teórico francés André Bazin para referirse a los primeros western psicológicos de los 50. Aquellos que coinciden, además, con la edad de oro del género.

Sea como fuere, lo que está clarísimo es que “Shane” es un verdadero peliculón. Y como peliculón que es, goza de suficiente caché como para estar hablando o escribiendo sobre él largo y tendido. Permitidme, sin embargo, que en esta ocasión me aleje de la figura de su protagonista, de sus circunstancias y de su legado y me centre en la de su antagonista. Me estoy refiriendo, obviamente, a Jack Wilson. Posiblemente (con permiso del Frank de “Hasta que llegó su hora”) el mejor villano de la historia del cine. Y no, no lo digo porque sí. Lo digo porque la escena que voy a reseñaros a continuación corrobora total y absolutamente dicha afirmación.



Situémonos, pues. La escena empieza con dos jinetes que pasan por delante del Grafton’s Saloon y se dirigen hacia unos postes de madera con objeto de dejar atados a sus caballos. Son Stonewall Torrey (Elisha Cook Jr.) y Axel ‘Swede’ Shipstead (Douglas Spencer), dos campesinos del valle. Mientras atan sus monturas, un hombre alto y flaco —elegantemente ataviado— se dirige hacia ellos. El característico sonido de botas y espuelas al andar por las irregulares tablas de madera del porche nos revela un andar lento, parsimonioso… siniestro diría yo. Se trata, naturalmente, de Jack Wilson (Jack Palance), el pistolero contratado por Rufus Ryker (Emile Meyer) para amedrentar a los campesinos del lugar. Con los pulgares de ambas manos apoyados en el cinto, Wilson anda calmosamente hacia el extremo del porche, recuesta su largo y esbelto cuerpo sobre un barril y se dirige a los labriegos. Debo añadir —para que la composición de lugar que nos estamos haciendo sea lo más correcta posible— que la calle se encuentra absolutamente embarrada y que, aunque no llueve aún, diversos truenos en la lejanía amenazan tormenta. Un escalofriante sonido que, unido a la lúgubre banda sonora de Victor Young, no contribuye precisamente a presagiar nada bueno. 

Wilson: “¡Eh! ¡Venid aquí!”

Swede: “Torrey. No vayas, Torrey”

Torrey: “A mí nadie me asusta”



En este momento es cuando Torrey se agacha, pasa por debajo del poste donde él y Swede tienen atados a sus caballos y se dirige hacia Wilson. Camina, sin embargo, lentamente. Con precaución. Como antes ya he señalado, el suelo está completamente embarrado y Torrey no quiere resbalar. La cámara se sitúa detrás de él y nos muestra a Wilson al fondo, apostado chulescamente en el barril de la esquina del porche con los pulgares hundidos en el cinto y actitud burlona. De hecho, la irónica y provocadora frase que da nombre a esta reseña (“¿A dónde crees que vas?”) sintetiza a la perfección el peculiar método de trabajo de Wilson. Un pistolero tan rápido con el revólver como extremadamente frío, calculador y maquiavélico.  



Torrey: “¿Qué quieres?”

Wilson: “¿A dónde crees que vas?”

Torrey: “A tomar un whisky”

Swede: “Torrey…”

Swede: “Torrey…”

Swede: “Torrey…”



Y aunque Torrey se gira hacia Swede cada vez que su amigo le advierte de su tremendo error, definitivamente ya es demasiado tarde. Situados uno frente al otro (Wilson en el entarimado del porche y Torrey a pie de calle, en el barro), los dos hombres se tantean en silencio. Wilson, con pasos lentos pero seguros. Haciendo tintinear sus espuelas con ese sonido tan característico en cualquier western que se precie. Y Torrey, en cambio, chapoteando en el barro con pasos vacilantes y torpones. Intentando no resbalar más de lo estrictamente necesario. Siguiendo a Wilson, en paralelo, hasta la misma entrada del saloon. Al principio, incluso andando de espaldas. Sin quitarle el ojo de encima ni un solo instante. Si me permitís un inciso, me gustaría añadir como anécdota que Stevens mandó regar la calle durante horas para conseguir que estuviera, en el momento de rodar la secuencia, total y absolutamente embarrada.



A partir de aquí se inicia lo que sería propiamente el duelo entre Wilson y Torrey. Un duelo que de primeras es meramente dialéctico y que Wilson gestiona con una sangre fría absolutamente increíble. Tomándose su tiempo. De hecho, la imagen de Wilson poniéndose los guantes, lenta y parsimoniosamente, mientras le va lanzando afilados y contundentes dardos verbales al pobre Torrey es, como poco, antológica. Máxime teniendo en cuenta que ese gesto no figuraba en el guión y que lo introdujo el propio Jack Palance para proteger su mano derecha de una llaga producida por las innumerables veces que estuvo practicando con el revólver esa misma escena.

    

Wilson: “Te llaman Stonewall”.

Torrey: “¿Y qué?”

Wilson: “Pues que es gracioso”

Wilson: “Supongo que le llamaron así a mucha gente… en honor a ese sureño, Stonewall”

Torrey: “Yo también soy del sur. Y a mucha honra”

Wilson: “Yo digo que "Stonewall" Jackson no valía nada. Ni él, ni Lee, ni los demás rebeldes”

Wilson: “Incluido tú”

Torrey: “No sabes lo que dices, yanqui”

Wilson: “Haz la prueba”

Swede: “¡No, Torrey!”



Lo que viene acto seguido, como habréis constatado si habéis visto la peli, es una auténtica ejecución. No solamente porque se trata, obviamente, de un enfrentamiento desigual (entre un pistolero profesional y un campesino) sino porque la forma empleada por Wilson para matar a Torrey es la de un verdadero asesino sin escrúpulos. Tanto por el tiempo que se toma y la liturgia que sigue antes de dispararle como por el claro y manifiesto placer que experimenta inmediatamente después de hacerlo. Con sonrisita incluida. Pero retornemos a los instantes previos a ese momento clave. Al clímax de la escena, vaya. Comentábamos como detalle esencial la imagen de Wilson calzándose litúrgicamente los guantes, pero tan importante como ese pormenor es la posición de la cámara. Así pues, Stevens acentúa el concepto de superioridad/inferioridad de ambos personajes picando o contrapicando los planos según si aparece en ellos Wilson o Torrey respectivamente. Pero si hay un plano realmente espectacular en esta escena ése es el del momento del disparo de Wilson. En primer lugar por el lapso de tiempo que se toma desde que desenfunda (antes que Torrey, por supuesto) hasta que aprieta el gatillo de su Colt 45. Y, en segundo, por la espectacularidad del balazo en sí. Un atronador disparo que, por cierto, no respeta el Código Hays (en el apartado que prohíbe mostrar el disparo y su receptor en un mismo plano) y cuyo terrible impacto lanza a Torrey dos metros hacia atrás. Me gustaría recordar, respecto a este vistoso efecto, que hasta ese momento la reacción habitual de cualquier hombre al recibir un balazo en cualquier western clásico acostumbraba a ser —curiosamente— una caída hacia delante. Una convención que no satisfacía en absoluto a Stevens y que el cineasta decidió transgredir recreando lo que para él sería recibir el balazo de un Colt 45 a tres metros de distancia. Para ello confeccionó un alambre que, colocado estratégicamente bajo el chaleco de Torrey y tirado con fuerza por dos hombres, desplazaría al actor hacia atrás con el ímpetu, la violencia y la brusquedad que la escena requería. Naturalmente, el efecto fue un éxito y contribuyó a otorgarle a esta secuencia un impacto visual extraordinario.



Llegados a este punto, sin embargo, la escena prosigue. Concretamente, un minuto más. Y aunque lo que sucede a continuación no es demasiado trascendental me gustaría destacar el silencio sepulcral que sigue al atronador disparo que acaba con la vida de Torrey, la confusión reinante entre los lugareños ajenos al duelo y, obviamente, las graves palabras que Sam Grafton (Paul McVey) le dirige a Swede, el compañero de Torrey. Sin lugar a dudas, una amenaza en toda regla. Irónicamente, además, uno de los hombres de Ryker se encarga de proclamar a los cuatro vientos que ha sido un campesino, Torrey, el que ha querido acabar con la vida de Wilson. La escena acaba, eso sí, con la logradísima imagen de Swede arrastrando penosamente a su amigo por el barro. Pocas veces, probablemente, la sensación de arrastrar un “peso muerto” habrá traspasado la pantalla con tanta credibilidad y acierto como en la de este sensacional plano de Stevens.



Sam Grafton: “Un campesino menos”

Hombre A: “¿Qué ha pasado?”

Hombre de Ryker: “Quiso matar a Wilson… ¿No es cierto, sueco?”

Swede: “Sólo quiso desenfundar...”

Sam Grafton: “Está bien. Recógelo. Y dile a tus amigos que estaremos esperando si quieren buscar más pelea ¿Me has entendido? ¡Llévatelo!”

Will Atkey (barman): “¿Qué ha ocurrido?”

Hombre de Ryker: “Un campesino quería matar a Wilson”

Hombre B (desde el otro lado de la calle): “¿Qué han sido esos disparos?”

Hombre de Ryker: “¡Han amenazado a Wilson!”



En fin, que aunque muchos puedan tachar este superwestern de esquemático y tópico hasta las trancas, lo que queda clarísimamente fuera de toda duda es que escenas como ésta lo resarcen de cualquier mácula y le otorgan un plus de planificación y genialidad indiscutibles. Tanto por los magníficos planos y la cuidadísima puesta en escena de George Stevens como por la extraordinaria fotografía de Loyal Griggs, los acertadísimos efectos sonoros de Gene Garvin y Harry Lindgren, los contundentes diálogos de A.B. Guthries Jr. o la apropiadísima banda sonora de Victor Young. Pero si me permitís destacar algo por encima de todo lo demás permitidme que lo haga con ambos duelistas. Con ese tremendo actor de reparto llamado Elisha Cook Jr. y, naturalmente, con esa mantis religiosa llamada Jack Palance. Sin lugar a dudas, un villano inolvidable.