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dijous, 19 d’abril del 2018

“Y CONTEMPLÉ UN CABALLO PÁLIDO Y EL NOMBRE DE SU JINETE ERA LA MUERTE. Y EL INFIERNO LE SEGUÍA” (El jinete pálido, 1985. Clint Eastwood)



El jinete pálido (Pale Rider)

Estados Unidos, 1985

Director: Clint Eastwood

Guión: Michael Butler y Dennis Shryack

Fotografía: Bruce Surtees

Música: Lennie Niehaus

Intérpretes:

Clint Eastwood (El Predicador)
Michael Moriarty (Hull Barret)
Carrie Snodgress (Sarah Wheeler)
Sydney Penny (Megan Wheeler)
Chris Penn (Josh LaHood)
Richard Dysart (Coy LaHood)
Richard Kiel (Club)
Charles Hallahan (MacGill)
John Russell (Marshall Stockburn)
Billy Drago (hombre de Stockburn)

SINOPSIS: California, 1850-1860. Un grupo de colonos buscadores de oro acampados en Carbon Canyon son intimidados por los hombres de Coy LaHood, un cacique local que pretende librarse de ellos para poder así explotar sus yacimientos. Sin embargo, la irrupción de un misterioso pistolero apodado El predicador animará a los colonos a enfrentarse al todopoderoso LaHood y a Stockburn, su pistolero a sueldo.



Aunque ser uno de los mejores westerns de una década (la de los 80) en la que el género parecía inevitablemente abocado a la extinción no da para tirar cohetes precisamente, qué duda cabe que “El jinete pálido” es —a mi juicio— una gran película. Para muchos, incluso, el mejor western de Clint Eastwood. Con permiso de “Sin perdón” y “El fuera de la ley”, por supuesto.   

A partir de ahí podríamos hablar largo y tendido de “El jinete pálido”. De su impecable narrativa clásica, de su inconfundible sello leoniano, de su excepcional fotografía, de sus incuestionables concomitancias con “Raíces profundas” o “Infierno de cobardes”, de sus frases lapidarias, de su vestuario (lo confieso: me encantan las levitas y los guardapolvos), de sus paisajes, de personajes tan interesantes como Megan, Club o Stockburn o, naturalmente, de su antológico duelo final. Pero hoy de lo que me apetece hablar es, en concreto, de su protagonista principal. De El predicador, vaya. Un personaje que encarna irreprochablemente Clint Eastwood y que, alejándose un tanto del típico maniqueísmo del western clásico, se acerca muy mucho a los característicos antihéroes del Spaghetti Western. Seres de moral ambigua, lacónicos, duros, cínicos y absolutamente imperturbables. Como el pistolero sin nombre, el predicador es un hombre del que no sabemos prácticamente nada. Pero no sólo eso. El predicador es un ser casi fantasmal. Una especie de aparición. Alguien que, probablemente, debiera estar muerto. Algo que nos confirma, precisamente, la escena escogida para el spoiler de hoy: la de su espectral llegada al poblado minero de Carbon Canyon.



Así pues, pese a que El predicador ya ha hecho acto de presencia en la película mucho antes de esta escena, lo que resulta obvio es que la primera vez que lo ven tanto Sarah Wheeler (Carrie Snodgress) como su hija, Megan Wheeler (Sydney Penny) es en este preciso instante. Y lo ven desde la ventana de su cabaña mientras Megan (una chiquilla, por cierto, realmente preciosa) lee unos versículos de la Biblia. Concretamente el Apocalipsis 6, 7-8. Unos versículos que hacen referencia a los cuatro jinetes del Apocalipsis y que, en este caso, se centran en el cuarto jinete. El que monta un caballo bayo (o pálido, según la versión) y que se corresponde con la muerte.





Y aunque la escena es realmente cortita, lo que me parece genial es como está montada. Calculando los tiempos para que el texto que está leyendo Megan coincida exactamente con la irrupción de El predicador en escena. Un Clint Eastwood ataviado con un sombrero de copa alta y una levita que me encantan y montando, obviamente, un caballo bayo. Todo ello alternando varios planos de Megan y de Sarah en la casa y varios planos (fijaos, sobre todo, en los impactantes contrapicados con el cielo de fondo) de El Predicador en la calle. Unos planos cuyo suspense enfatiza la intrigante música de Lennie Niehaus (colaborador habitual de Eastwood) y que dan respuesta —en definitiva— a la invocación de Megan a través de la majestuosa aparición, a mi juicio, de uno de los personajes más misteriosos de la historia del western.





Antes de dejaros con Megan leyendo el Apocalipsis me gustaría, sin embargo, subrayar la gran labor como director de fotografía de Bruce Surtees, otro colaborador habitual de Eastwood. Un técnico que dominaba a la perfección los siempre complicados contraluces y que, en este caso, juega admirablemente con la luz natural para lograr ese efecto siniestro y fantasmal que requiere la escena. Que la disfrutéis.





Megan: "Y contemplé un caballo negro. El que lo montaba llevaba en las manos un par de balanzas. Y escuché una voz que decía: “Una medida de trigo por un centavo y tres medidas de cebada por un centavo. De este modo no estropearás ni el aceite ni el vino”. Y cuando él hubo abierto el cuarto sello oí la voz de la cuarta bestia decir: “Ven a ver”. Y yo miré. Y contemplé un caballo pálido y el nombre de su jinete era la muerte. Y el infierno le seguía”




dimecres, 14 de febrer del 2018

“MI PALABRA DE MUERTE ES SINCERA. Y MI PALABRA DE VIDA, TAMBIÉN” (El fuera de la ley, 1976. Clint Eastwood)


El fuera de la ley (The Outlaw Josey Wales)

Estados Unidos, 1976

Director: Clint Eastwood

Guión: Philip Kaufman y Sonia Chermus. Basado en una obra de Forrest Carter

Fotografía: Bruce Surtees

Música: Jerry Fielding

Intérpretes:

Clint Eastwood (Josey Wales)
Chief Dan George (Lone Watie)
Sondra Locke (Laura Lee)
John Vernon (Fletcher)
Sam Bottoms (Jamie)
Bill McKinney (Terrill)
Will Sampson (Ten Bears)
Paula Trueman (Grandma Sarah)
Geraldine Keams (Little Moonlight)
Woodrow Parfrey (Carpetbagger)

SINOPSIS: Josey Wales es un exsoldado confederado que ve como miembros de Las Botas Rojas (a las ordenes de La Unión) matan a su familia e incendian su granja. A partir de ese momento, se convertirá en un forajido con una sola obsesión: cobrar venganza. Aún así, el paso del tiempo le hace ver que su sed de venganza no le llevará a ninguna parte y decide iniciar una nueva vida más pacífica.  



Nunca se me ocurriría discutirle a nadie que “El fuera de la ley” es —efectivamente— una de esas pelis concebidas desde un primer momento como vehículo de lucimiento de Clint Eastwood. Lo sé, lo reconozco y, obviamente, no voy a negarlo de ningún modo. Aún así, los que aprendimos a amar este género de la mano del viejo Clint, le tenemos a esta peli un cariño especial. Muy especial. Y es que pese a que Eastwood ya se convirtió en un icono del western gracias a sus intervenciones en la trilogía del dólar de Leone, yo diría que fueron en realidad pelis posteriores como “Cometieron dos errores” (1968), “Infierno de cobardes” (1972) o ésta misma las que acabaron por confirmarlo definitivamente como ese inconmensurable mito cinematográfico del viejo oeste que es hoy en día.  



Naturalmente, Josey Wales continúa siendo ese pistolero duro, cínico y nihilista que nos dibujó Leone a mediados de los 60. Pero Josey Wales habla más que el pistolero del poncho. Habla más, dispara más e incluso tiene un pasado. Un pasado que conocemos desde el principio de la peli y que nos permite empatizar un poquito más con él. Pero no sólo eso. El Josey Wales de Clint Eastwood calza mejor sombrero, dispara a dos manos y escupe tabaco como nadie. Detalles que, por sí solos, convierten a nuestro protagonista en un personaje de primera división y que, personalmente, me bastan y me sobran para considerar este western como un auténtico peliculón.

Pero si hay algo que me fascina de “El fuera de la ley” (al margen de su fluidez narrativa, de esos personajes secundarios tan bien construidos o de ese tono entre pesimista y crepuscular) es el emotivo tributo que el Clint Eastwood director le dedica a las Naciones Indias. Precisamente por eso he decidido desmenuzar, finalmente, la extraordinaria conversación que Josey Wales (Clint Eastwood) sostiene con Diez Osos (Will Sampson). Porque a pesar de tratarse de una escena que técnica o visualmente no tiene nada de extraordinario (aunque está muy bien rodada, por supuesto) estamos, a mi juicio, ante uno de los mejores diálogos entre blancos e indios que ha dado la historia del western.





La escena arranca con el encuentro entre Josey Wales y Diez Osos en el poblado comanche. Y aunque antes he comentado que lo más valioso de esta secuencia es el diálogo, debo reconocer que la aproximación entre ambos está —visualmente— muy bien rodada. Inmediatamente, sin embargo, empieza la conversación. Una conversación que Eastwood resuelve con los consabidos plano/contraplano (planos que, obviamente, también van cambiando, a su vez, de ángulo y formato) y que dejan, como es habitual, alguna frase que otra fuera de plano. Pero vamos a lo importante. A lo que dice ese diálogo y a lo que intenta expresar Eastwood a través de él. Si os parece, os lo reproduzco a continuación y posteriormente os lo comento. Dice así:

Josey Wales: “¿Eres tú Diez Osos?”

Diez Osos: “Yo soy Diez Osos”

(Si me permitís el inciso, aquí es cuando nuestro protagonista emplea una notoria pausa dramática que dilata, además, con uno de los escupitajos marca de la casa Josey Wales)



Josey Wales: “Yo soy Josey Wales”

Diez Osos: “Ya lo sé. Tú eres el que cabalga solo y no quiere la paz con los casacas azules. Puedes marcharte”

Josey Wales: “No me iré. No tengo a dónde ir”

Diez Osos: “Entonces morirás”

Josey Wales: “Vine aquí a morir contigo. O a vivir contigo. A ti y a mi no nos asusta la muerte. Es más difícil la vida cuando los seres queridos han sido violados y asesinados. No son los gobiernos quienes conviven, son las personas. De los gobiernos no se recibe una palabra justa, ni la lucha es justa. Yo he venido aquí a ofrecerte o a recibir una cosa u otra de ti. He venido para que sepas que mi palabra de muerte es sincera. Y mi palabra de vida, también. Aquí vive el lobo, el oso, el antílope y el comanche. Y nosotros también viviremos aquí. Cazaremos sólo lo necesario para subsistir como hace el comanche. Y en primavera cuando la hierba se vuelve verde y el comanche se traslade al norte, podrá descansar aquí y llevarse carne de nuestro ganado y buey seco para el viaje. El símbolo del comanche lo pondremos en la puerta de nuestra casa. Esa es mi palabra de vida”

Diez Osos: “¿Y tu palabra de muerte?”

Josey Wales: “Está en mi revólver y en tus rifles. Aceptaré una cosa u otra”

Diez Osos: “Esas cosas que dices que nos darás… ya las tenemos”

Josey Wales: “Es cierto. Yo no prometo nada excepcional. Solo os ofrezco la vida y tú me ofreces la vida. Te aseguro que los hombres pueden convivir sin matarse los unos a los otros”

Diez Osos: “Es triste que las palabras de los jefes de gobierno sean falsas. En tus palabras de muerte hay hierro. Todo comanche puede verlo. Y también hay hierro en tus palabras de vida. Ningún papel firmado puede impedir que hable el hierro de los hombres. La palabra de Diez Osos lleva el mismo hierro de la vida y de la muerte. Es bueno que guerreros como nosotros nos encontremos en la lucha por la vida o la muerte. Será la vida. Que así sea”

Josey Wales: “Espero que sí”





Antes de proceder a interpretar lo que yo he podido deducir, humildemente, de este diálogo me gustaría recordar que la trayectoria vital de Josey Wales durante todo el film lo lleva a comprender que su sed de venganza no le ayudará a vivir mejor ni a recuperar a su familia y que, por lo tanto, intentar iniciar una nueva vida con cierta paz y armonía es lo mejor que puede hacer.

Dicho esto, subrayar ante todo que el mensaje que Josey Wales le traslada a Diez Osos es un mensaje de paz, de concordia, de amistad. Precisamente por ello lo primero que Wales le explicita al caudillo indio (aunque éste ya lo sabe de sobra) es que él habla por si mismo y que su filosofía de vida nada tiene que ver con los gobiernos ni con las leyes de esos gobiernos. Y no solo se aparta de cualquier vínculo con el gobierno sino que, como buen outlaw, lo critica abiertamente. Así pues estamos ante un mensaje sincero, cordial, autocrítico, humano y ecologista. Y cuando digo sincero lo afirmo porque Wales no intenta maquillar ni edulcorar su discurso. Por eso distingue entre una palabra de vida y una palabra de muerte. Porque si bien unos y otros pueden entenderse y convivir a la perfección, Wales es consciente que si no es así ambos bandos deberán recurrir a la vieja Ley del Talión o como dice Diez Osos, al hierro: a los fusiles y a los revólveres. No olvidemos que estamos en 1865 y que el país (un país en vías de formación) acaba de superar una guerra civil que ha dejado sumida a su población en la miseria, en el hambre, en la muerte y en la desolación. Y la gente que ha vivido una tragedia similar (muchas veces con el añadido de esos asesinatos y violaciones que menciona Wales) son gente curtida. Gente que ya está de vuelta de todo y que no le tiene miedo a la muerte. Como no le tienen Wales y Diez Osos. Precisamente por ello tiene incluso más valor que Wales y Diez Osos lleguen a un buen entendimiento. Un entendimiento que sellan con ese simbólico apretón de manos (con intercambio de sangre incluido) que adquiere mucha más trascendencia ética y moral que cualquier papel firmado.






En fin, poco más se me ocurriría añadir que no deje lo suficientemente claro y meridiano el magnífico diálogo que acabamos de leer y que yo recomiendo volver a revisar en imágenes. Si acaso, reivindicar a sus autores (los guionistas Philip Kaufman y Sonia Chermus, basándose en la obra de Forrest Carter), la extraordinaria banda sonora de un grande como Jerry Fielding y, como no, la espléndida fotografía de otro monstruo como Bruce Surtees.      

dilluns, 16 de gener del 2017

“¿QUIÉN ERES?” (Infierno de cobardes, 1972. Clint Eastwood)


Infierno de cobardes (High Plains Drifter)

Estados Unidos, 1972

Director: Clint Eastwood

Guión: Ernest Tidyman

Fotografía: Bruce Surtees

Música: Dee Barton

Intérpretes:

Clint Eastwood (El extranjero)
Verna Bloom (Sarah Belding)
Marianna Hill (Callie Travers)
Mitchell Ryan (Dave Drake)
Stefan Gierasch (Jason Hobart)
Jack Ging (Morgan Allen)
Geoffrey Lewis (Stacey Bridges)
Anthony James (Cole Carlin)
Dan Davis (Dan Carlin)
Billy Curtis (Mordecai)
Ted Hartley (Lewis Belding)
Robert Donner (Predicador)
Walter Barnes (Sam Shaw)
Buddy Van Horn (Jim Duncan)

SINOPSIS: Un misterioso jinete llega, hacia 1870-1880, a la ciudad fronteriza de Lago. Tras matar a tres malhechores que le increpan sin apenas despeinarse, Dave Drake y Morgan Allen (propietarios de la compañía minera de Lago) contratan al forastero para que proteja la ciudad ante la inminente llegada de tres pistoleros que acaban de salir de la cárcel y que pretenden vengarse de quienes los denunciaron. El extranjero accede al trato, pero siempre y cuando se haga todo a su modo.



Obviamente, el primer western dirigido por Clint Eastwood no es un trabajo redondo. Ni redondo, ni irreprochable ni excepcional. Aún así “Infierno de cobardes” me parece —sin lugar a dudas— un estupendo esbozo preliminar de lo que serán las posteriores y superiores “El fuera de la ley”, “El jinete pálido” y “Sin perdón”. Y solamente por eso, por ser el primer film de un poker de westerns de tantos quilates, ya merece la pena que lo tengamos en cuenta y que lo valoremos en su justa medida.

Me gustaría destacar, por de pronto, la enorme influencia de Sergio Leone en particular y del Spaghetti Western en general en este primer western dirigido por Eastwood. No solamente por las concomitancias argumentales que podemos constatar sino, sobre todo, por los múltiples paralelismos estilísticos. Me estoy refiriendo —por ejemplo— a ese extranjero que tanto nos recuerda al hombre sin nombre de la trilogía del dólar, a esa estética sucia y feísta tan clara y meridiana o a esa violencia y amoralidad que planea sobre la peli en todo momento.

Naturalmente, también podemos descubrir en “Infierno de cobardes” rasgos y detalles que nos hacen pensar en Don Siegel, la otra gran referencia cinematográfica de Eastwood. Sobre todo en ese peculiar humor negro, en ese espíritu perverso y morboso del que siempre hizo gala y en esa forma de rodar —quizás porque fue, también, un extraordinario montador— tan ágil y directa. Pero no sólo en Siegel y Leone se apoya Eastwood. Básicamente porque Eastwood es de aquellos directores con una mochila cinéfila considerablemente abultada. De aquellos directores que se han empapado de cine clásico a diestro y siniestro. De Ford, Walsh, Hawks, Wellman, Daves, Zinneman, Ray, Mann y hasta de Peckinpah. Y eso se nota, obviamente, en su forma de narrar y en todos esos rasgos y detalles que nos remiten a westerns como “Incidente en Ox Bow”, “Solo ante el peligro”, “Raíces profundas” y tantos otros. Pero lo bueno de Eatwood es que su cine —pese a su innegable clasicismo— tiene, entre otras cosas, sello propio. Algo que podemos constatar si analizamos sus cuatro westerns en conjunto y que empezamos a visualizar, precisamente, en “Infierno de cobardes”. Así pues, dejémonos de prolegómenos y vayamos al grano.



La escena elegida para el spoiler de hoy es, pues, la del clímax final de la película. Cuando Stacey Bridges (Geoffrey Lewis), Cole Carlin (Anthony James) y Dan Carlin (Dan Davis) —los tres pistoleros que acaban de salir de la cárcel— entran a Lago como un elefante a una cacharrería dispuestos a cobrarse algunas cuentas pendientes. Recordemos que Stacey y sus primos, los hermanos Carlin, habían sido los guardaespaldas de los propietarios de la compañía minera de la ciudad y que —tras la aquiescencia de todo un pueblo que contempla impasible como asesinan al Sheriff Duncan a golpes de látigo— fueron finalmente denunciados (y. por lo tanto, traicionados) por sus propios inductores: Dave Drake y Morgan Allen, los propietarios de Lago Mining Co.

A partir de aquí asistiremos al intento de venganza de Stacey y sus primos contra los propietarios de la compañía minera y, por ende, contra todo el pueblo en general. Ese nido de ratas que contemplaron inmutables como Stacey y los hermanos Carlin mataban a latigazos al Sheriff de Lago y que ahora deberán transigir con la rabia y el rencor de tres hombres que dieron con sus huesos en la cárcel por ello y que no parecen muy dispuestos a olvidarlo. Y cuando digo intento de venganza lo digo porque Stacey y sus primos no cuentan con la presencia del extranjero (Clint Eastwood). Un misterioso y solitario pistolero que ha sido contratado por Dave Drake y Morgan Allen para proteger el pueblo de las fechorías de sus antiguos guardaespaldas y que no permitirá —ni mucho menos— que los tres expresidiarios puedan llevar a cabo sus planes de venganza.



Más allá de su generoso contrato (recordemos que ese compromiso presupone que el extranjero puede pedir y decidir cuanto se le antoje en Lago) el misterioso pistolero encarnado por Clint Eastwood parece tener —no obstante— sus propios motivos para impedir que Stacey y sus primos se salgan con la suya. Motivos que algo tienen que ver con esos flashbacks que nos muestran como murió Jim Duncan y que más tarde (en la última secuencia del film) acabaremos deduciendo. Pero no vayamos más allá. Dejémoslo ahí. Quien quiera saber por qué razón el extranjero quiere vengarse de Stacey y los hermanos Carlin que vea la película hasta el final; cuando el extranjero y Mordecai sostienen ese breve diálogo frente a la tumba del Sheriff Duncan. Si veis la versión doblada al castellano obtendréis un final claro y masticadito. Y si no, si os quedáis con la versión original en inglés, quizás tendréis que labraros vuestra propia interpretación. Una interpretación, sin lugar a dudas, abierta e incierta como pocas.



La escena de hoy empieza, concretamente, en el Saloon de la ciudad. Después de entrar en Lago (ahora Hell) sembrando el caos a base de balazos y destrozos a tutiplén, Stacey y sus primos se encierran en este céntrico local para llevar a cabo sus planes de venganza. Y aunque tanto Drake como Allen ya han sido previamente ajusticiados por Stacey, parece ser que éste y los Carlin no se conforman con ello y quieren que la singular fiesta de bienvenida que les han preparado los parroquianos de Lago continúe pero a su modo. Como es lógico, los habitantes de Hell-Lago que se encuentran recluidos en el bar están absolutamente atemorizados. Máxime cuando Stacey se comporta como un verdadero demente, bebiendo sin parar y lanzando botellas a los cristales.



Stacey: “¡Una fiesta! ¿Una fiesta? Una fiesta de bienvenida ¿eh? ¡Por vuestra fiesta! Dame otra botella… ¡Dame otra botella!”

Dan Carlin: “Se acabó la fiesta”



De repente, Cole Carlin irrumpe en el bar empujando a Callie Travers (Marianna Hill). Recordemos que Callie era —simultáneamente— la amante de Stacey y de Morgan Allen (Jack Ging), uno de los propietarios de la compañía minera.

Cole Carlin: “¡Mira lo que hallé entre la maleza!”

Callie: “Stacey, siempre te quise a ti. Por eso te odiaba Morg Allen. Sabía cuánto te quería”

Stacey: “Sí, me imagino cómo llorarías de noche... Pensando en mí, en aquella prisión”

Callie: “Pues sí... Créeme. Así fue”



Stacey: “Sí, sí. Ahora lo veo claro. Te veo en la cama de Morgan Allen, llorando y gozando… La botella… Cole, trae los caballos”

Cole Carlin: “Claro, Stacey”

Callie: “Stacey, me llevarás contigo ¿verdad?”

Stacey: “Mejores que tú las hallaré en un burdel… ¿Todavía estás aquí?”



Cole Carlin: “¡Sí, aún estoy aquí! Quiero saber quién de estos malnacidos nos ha tendido esta trampa”

Stacey: “Lo averiguaremos ahora mismo”

Hasta aquí lo que vemos en pantalla es la típica conversación a base de planos alternos ligeramente picados y contrapicados (Callie tendida en el suelo y Stacey, de rodillas) aliñados con alguna que otra imagen de los aterrorizados rostros de los habitantes de Lago. De repente, sin embargo, una especie de soga procedente de la calle surca el aire, rodea el cuello de Cole Carlin y tira de él hacia fuera. Una vez en la calle comprobamos que la soga es en realidad un látigo y que quien lo usa es el extranjero. Con Cole en el suelo y el pueblo pasto de las llamas como telón de fondo, el extranjero somete al hombre de Stacey a una dura tanda de latigazos. Sin lugar a dudas, Cole Carlin está probando su propia medicina. Recordemos que, precisamente, Stacey y sus hombres mataron al Sheriff Duncan a latigazos. Cabe añadir que en este fragmento hay muchísimo montaje (se van alternando planos de el extranjero, de Stacey y de la gente del pueblo) y que las mejores estampas son, por supuesto, las de el extranjero con las llamas a sus espaldas azotando sistemática y despiadadamente a Carlin. No solo por su incuestionable belleza estética sino, sobre todo, por ese aspecto entre fantasmagórico y siniestro que le confiere ese fuego purificador de fondo a la escena. A todo ello ayuda también la escalofriante música de Dee Barton, de tintes absolutamente terroríficos.



Cole Carlin: “¿Quién eres tu?”



Una vez liquidado Cole con un último tirón al cuello que lo estrangula definitivamente, el extranjero lanza su látigo al interior del Saloon y aguarda. Hasta ese momento todo el mundo se había quedado como petrificado en el bar, sin moverse ni articular palabra. Escuchando, tan sólo, los chasquidos del látigo y los espeluznantes gritos de Cole. El único que sonríe —tímidamente— es Mordecai (Billy Curtis). La presencia del arma en el suelo, sin embargo, los hace reaccionar y todos salen precipitadamente al exterior.



Dan Carlin: “¡Vámonos de aquí, Stacey! ¡No me gusta esto!”

Stacey: “¡Cállate! ¡Que salgan todos! ¡Todo el mundo fuera! ¡Fuera! ¡Rápido, fuera!”

Dan Carlin: “¡Stacey, han desaparecido los caballos!”

Stacey: “¡Vamos! ¡Busca por ahí!”

Tras lanzar unos falsos cartuchos de dinamita para dispersar a la gente, el extranjero ya tiene libre el terreno. Y así, mientras Stacey y Dan lo buscan, él permanece escondido en la oscuridad. Aguardando el momento preciso para acabar con los dos restantes expresidiarios.



El siguiente en caer es Dan, ahorcado por una soga que le lanza el extranjero al cuello y que lo deja colgando a dos metros del suelo. Tras despistar a Stacey lanzándole un quinqué y obligándole a disparar sin ton ni son, el extranjero aparece súbitamente detrás de él. A una cierta distancia. Sin lugar a dudas, ha llegado la hora del duelo final entre ambos. De nuevo, la mítica silueta del extranjero queda recortada fantasmagóricamente por la luz de las llamas a sus espaldas.



Y así, frente a frente y sin articular palabra, Stacey y el extranjero se miran. Pero, vamos, unos segundos. Nada que ver con los dilatadísimos duelos de Leone. Y como acostumbra a suceder, el antagonista desenfunda primero. Pero el primero y único que consigue disparar es el extranjero que, de un certero balazo, desarma a su rival.



Stacey: “¿Quién eres tú?”



Sin mediar palabra, el extranjero levanta el revolver, lo carga y le mete tres balazos en pecho y abdomen a su oponente. Sin perdón. Sin piedad. Sin explicaciones. Obviamente, la última pregunta de Stacey antes de morir continúa sin hallar respuesta.



Stacey: “¿Quién eres tú?”



Y cuando parecía que todo había acabado, vemos a alguien apuntando con su rifle al extranjero. Se trata de Lewis Belding (Ted Hartley), el propietario del Hotel de Lago. Propietario del Hotel y marido, por cierto, de Sarah Belding (Verna Bloom) a quien —recordemos— nuestro protagonista ya se había beneficiado con anterioridad. Pues bien, cuando Belding está a punto de disparar sobre el extranjero, éste recibe un balazo por detrás que se lo impide. Su autor: Mordecai.




En fin, que sin ser una escena técnica o artísticamente perfecta, me gusta mucho. En primer lugar por ese componente sobrenatural y/o terrorífico que destila por los cuatro costados. Algo que le otorga a este western cierta singularidad, que casa a la perfección con ese tono ambiguo que Eastwood maneja a propósito desde un buen principio y que —como es natural— llega a su punto más álgido en esta escena, con un clímax final absolutamente apocalíptico. Así pues, chapeau para Eastwood. Chapeau como director y chapeau como intérprete, obviamente, de ese siniestro ángel exterminador que hará las delicias de sus legiones de fans. Pero chapeau también para la extraordinaria fotografía tenebrista de Bruce Surtees, para las contundentes frases de Ernest Tidyman y —como no— para la desasosegante banda sonora de Dee Barton. Chapeau, en definitiva, para todos los que consiguieron materializar una especie de cuento gótico que, pese a sus limitaciones y carencias, constituye —a mi juicio— una fascinante rareza.