divendres, 2 de desembre del 2016

“¡CHILLA COMO UN CERDO!” (Defensa, 1972. John Boorman)


Defensa (Deliverance)

Estados Unidos, 1972

Director: John Boorman

Guión: James Dickey

Fotografía: Vilmos Zsigmond

Música: Eric Weissberg

Intérpretes:

John Voight (Ed)
Burt Reynolds (Lewis)
Ned Beatty (Bobby)
Ronny Cox (Drew)
Billy Redden (Lonnie)
Bill McKinney (Hombre de la montaña)
Herbert Coward (Hombre desdentado)
Seamon Glass (First Griner)
Randall Deal (Second Griner)
Ed Ramey (Viejo)
James Dickey (Sheriff Bullard)
Lewis Crone (Ayudante del Sheriff)

SINOPSIS: Lewis, Ed, Bobby y Drew son cuatro empresarios de Atlanta que deciden irse a navegar en piragua siguiendo el curso del río Cahulawassee (nombre ficticio del río Chattooga), en los Montes Apalache, antes de que el valle quede inundado a causa de la próxima construcción de una presa. Sin embargo, un fatídico encuentro en el bosque con dos sucios y perversos lugareños convertirá lo que había de ser un entretenido fin de semana en la naturaleza en una verdadera pesadilla.



Aviso: la escena de hoy es —sin lugar a dudas— desagradable. Desagradable, impactante y violenta. Aún así, creo que ya iba tocando destripar una escena de este tipo. No solo por puro morbo (que también) sino porque la violencia exacerbada (la también denominada ultraviolencia) fue uno de los rasgos distintivos (junto al protagonismo de un sexo cada vez más explícito, por supuesto) del típico cine desinhibido y transgresor de los 70. Una década cinematográfica que, por cierto, me gusta mucho. Ejemplos de ello los tendríamos a mansalva. Ahora mismo y a bote pronto se me ocurren pelis como “Perros de paja” (1971) de Sam Peckinpah, “La naranja mecánica” (1971) de Stanley Kubrick, “Salò o los 120 días de Sodoma” (1975) de Pier Paolo Pasolini, “El imperio de los sentidos” (1976) de Nagisa Oshima o “Taxi Driver” (1976) de Martin Scorsese.



El spoiler de hoy, sin embargo, procede de una peli algo menos controvertida y mediática. Y recalco lo de “algo menos” porque el film que hoy vamos a analizar me parece tan duro y contundente como los anteriormente mencionados. Me estoy refiriendo a “Defensa”, del británico John Boorman. Un cineasta que me gusta mucho y que, al margen de la citada, tiene en su haber películas tan interesantes como “A quemarropa” (1967), “Infierno en el Pacífico” (1968), “Excalibur” (1981), “La selva esmeralda” (1985) o “El General” (1998).



Y aunque “Defensa” es una peli que plantea y pone de manifiesto muchísimos temas y de diversa índole (naturaleza vs. ciudad, viaje físico vs. viaje psicológico, moral vs. instinto, ocio vs. supervivencia…) si he optado, en concreto, por una escena tan atroz y descarnada como la que os voy a relatar es —precisamente— por lo que antes os comentaba. Porque me encanta ese espíritu moderno, desprejuiciado y procaz de los 70 y porque si bien el cine anterior a esa década había mostrado ya en diversas ocasiones (de forma más o menos explícita) cualquier variante de abuso sexual hacia la mujer, no recuerdo ni por lo más remoto haber visto (o sabido de) una peli anterior a “Defensa” (no erótica o pornográfica, por descontado) en la que un hombre fuera sodomizado ante los atónitos ojos de los espectadores. Curiosamente, sin embargo, ese mismo año (1972) Bernardo Bertolucci y Marlon Brando —de común acuerdo— decidieron añadir a “El último tango en París” la famosa escena de la mantequilla. Una polémica secuencia en la que —según hemos podido saber gracias a una reciente entrevista al director italiano— Maria Schneider fue sodomizada (ficticiamente, eso sí) por Brando sin aviso previo. Al parecer, porque Bertolucci quería mostrar en esa durísima escena un sufrimiento real y no fingido. Un sufrimiento que, por cierto, acarreó graves secuelas psicológicas a la pobre Schneider hasta su muerte y cuyo origen hemos descubierto hace muy poco. Como se suele decir, increíble… pero cierto.



Sea como sea, dejémonos de rodeos y vayamos a la escena. Una secuencia que empieza con Ed (John Voight) y Bobby (Ned Beatty) desembarcando de su piragua en una orilla del ficticio río Cahulawassee (en realidad el río Chattooga, en Georgia). Lewis (Burt Reynolds) y Drew (Ronny Cox) van detrás, algo más rezagados.

Bobby: “¿Qué demonios estarán haciendo Lewis y Drew ahí arriba?”

Ed: “Probablemente lo mismo que nosotros”

De repente, Ed distingue a dos hombres entre la maleza del bosque. Cuando él y Bobby llegan a su encuentro percibimos de inmediato que habrá problemas. Por de pronto el aspecto de esos dos hombres (auténticos rednecks o hillbillies según la jerga del lugar) deja mucho que desear: sucios, con ropas ajadas, desdentados o con la dentadura en mal estado… Pero lo peor de todo no es eso. Lo peor es que van armados (el desdentado con un rifle de caza y el otro con un machete) y que sus palabras no auguran, precisamente, nada bueno. Aún así, parecen cazadores. Y aunque la tensión podría cortarse con un cuchillo, de momento todo son palabras. Palabras, no obstante, desafiantes y amenazadoras. El diálogo entre los cuatro es el siguiente:



Ed: “¡Bobby!”

Bobby: “¿Qué tal?”

Hombre de la montaña (Bill McKinney): “¿Qué diablos estáis haciendo aquí?”

Ed: “Un viaje en canoa. Vamos río abajo, hacia  Aintry”

Hombre de la montaña: “¿Aintry?”

Bobby: “Claro. Este río sólo va en un sentido, jefe ¿No lo sabía?”

Hombre de la montaña: “Nunca vais a llegar a Aintry”

Bobby: “¿Por qué no?”

Hombre de la montaña: “Porque no. Este río no va a Aintry. Han cogido una curva equivocada. Este río ni se acerca a Aintry”

Bobby: “Entonces ¿Adónde va?”

Hombre de la montaña: “Se han perdido ¿no?”

Bobby: “Bueno, este río irá a alguna parte ¿no? Pues allí vamos. No queremos problemas”

Ed: “Si ustedes ocultan un alambique por aquí, no nos importa”

Bobby: “Claro. No le diremos a nadie dónde está porque ¿sabe una cosa? Estamos perdidos”

Hombre desdentado (Herbert Coward): “¿Un alambique?”

Bobby: “Si fabrican whisky podemos comprarles algo. Nos vendría bien”



Hombre de la montaña: “¿De qué leches estáis hablando? Ha dicho algo de destilar whisky ¿No ha dicho eso?”

Ed: “No sabemos qué están haciendo ni nos importa. No es asunto nuestro”

Hombre de la montaña: “Exactamente, no es asunto suyo”

Ed: “Todavía nos queda un largo viaje. Caballeros...”

A partir de este momento es cuando el nivel de peligrosidad aumenta y muy ostensiblemente. Así pues, las palabras dejan paso a las órdenes y el rifle del desdentado apuntando a Ed y a Bobby no deja lugar a dudas: conviene obedecer.



Hombre desdentado: “¡Quietos! No vais a ninguna parte”

Ed: “Esto es ridículo. Discúlpeme”

Hombre desdentado: “Alto o desparramo vuestros sesos por el monte”

Ed: “Un momento, podemos hablar con calma ¿Qué quieren de nosotros?”

Hombre de la montaña: “Queremos que entréis en el puto bosque”

Bobby: “De acuerdo. Mire...”

Hombre de la montaña: “¡Ahora mismo! ¡Sube!”

Bobby: “Muy bien. De acuerdo”

Hombre de la montaña: “¡Arriba!”

Bobby: “De acuerdo”

Hombre de la montaña: “Más deprisa, muchacho. Mueve el culo”

Ed: “¡Cuidado con el arma!”

Hombre de la montaña: “Silencio. Venga. Muy bien. Ahí detrás”

Ed: “¿Cuál es el problema?”

Bobby: “No discutas con ellos, Ed”

Hombre de la montaña: “¿Ves ese árbol de ahí?”

Hombre desdentado: “Ya le has oído”

Hombre de la montaña: “Apóyate en él”

Ed: “¿Es cuestión de dinero?”

Hombre de la montaña: “Si lo fuera, lo cogeríamos”

Hombre de la montaña: “Apóyate en el árbol”

Ed: “Ya estoy apoyado”

Hasta aquí todo podía haber quedado en un susto. En una broma macabra quizás. Pero no, no se trata de ninguna broma. Los dos hillbillies no van a conformarse acojonando a los dos chicos de ciudad. La cosa va en serio ¿Qué querrán? Dinero ya han dicho que no. Si lo hubieran querido, ya lo hubieran tomado ¿Entonces? Por de pronto el hombre de la montaña ata a Ed al árbol con su propio cinturón mientras que el otro hillbilly, el desdentado, apunta con su rifle a un atemorizado Bobby.  

Hombre de la montaña: “Quédate ahí. Y no te mueva ¡Quieto! Si vuelve a intentarlo, mata al otro”



Hombre desdentado: “¡Te volaré la tapa de los sesos!”

Hombre de la montaña: “No te muevas… Ahora, tú… ¡Bájate los pantalones!”

Bobby: ¿Que me los baje?

Hombre de la montaña: “¡Quítatelos!”



Bobby: “¿Qué es esto?”

Hombre desdentado: “No hables, obedece”

Hombre de la montaña: “¡Quítatelos, muchacho! ¿Te han cortado los huevos alguna vez, mono de mierda?”

Bobby: “Dios mío”

Hombre de la montaña: “Mira qué afilado está. Podría afeitar un pelo”

Hombre desdentado: “¿Por qué no haces la prueba? Quítate también la camiseta… ¿Está sangrando?”



Hombre de la montaña: “Ha sangrado… Y los calzoncillos. Fuera”

De repente, el montañero clava su machete en el tronco de un árbol y empieza a perseguir a Bobby, que se ha quedado en calzoncillos. Las intenciones, por fin, empiezan a ser algo más claras. Sin lugar a dudas, de lo que se trata es de insultar, vejar y humillar a los urbanitas. Pero… ¿Hasta qué punto? ¿Con qué propósito?

Hombre de la montaña: “¡Arriba, muchacho! ¡Vamos, sube!”



Bobby: “No, no, no. Oh, no. ¡No! ¡No!”

Hombre de la montaña: “Eh, chico. Pareces un cerdo”

Bobby: “No, no”



Hombre de la montaña: “Igualito que un cerdo. Ven aquí, cerdito, cerdito. Vamos, cerdito. Vamos, cerdito. Vamos, cerdito, paséame. Levántate y paséame”

Bobby: “De acuerdo”

Hombre de la montaña: “Levántate y paséame”

Bobby: “De acuerdo”



Hombre de la montaña: “¡Levántate! ¡Venga!”

Bobby: “De acuerdo. Oh, no, no”

Hombre de la montaña: “Parece que tenemos una cerdita en vez de un macho”

Bobby: “¡No! ¡No!”





Hombre de la montaña: “¿Qué te pasa, muchacho? Seguro que sabes chillar. Seguro que chillas como un cerdo. Vamos, chilla un poco. Chilla. Chilla. Más fuerte. Más fuerte. Más fuerte. Más fuerte. ¡Más fuerte! ¡Más fuerte! ¡Agáchate! Ahora, bájate los calzoncillos. Muy bien. Puedes hacerlo mejor, muchacho. ¡Venga, chilla! ¡Chilla!”



Finalmente ocurre lo que todos nos temíamos y Bob es sodomizado por el hombre de la montaña sin que Ed pueda hacer nada por evitarlo. Dos minutos y medio —ni más ni menos— de persecución, humillaciones e insultos. Dos minutos y medio de violencia física y verbal que culminan, en definitiva, en una de las penetraciones más dolorosas y aberrantes jamás mostradas en una gran pantalla.

Aún así, el juego no ha terminado. Y aunque el hombre de la montaña ya ha satisfecho sus más bajos instintos, el desdentado también quiere hacer lo propio. En este momento, pues, Ed pasa a ser la próxima víctima.

Hombre de la montaña: “¿Qué quieres hacer con él?”



Hombre desdentado: “Tiene una boca muy bonita, ¿no?”



Hombre de la montaña: “Es verdad”



Hombre desdentado: “Vas a rezar por mi, muchacho. Y será mejor que reces bien. Toma, apúntale con esto”

Y en este momento, cuando la forzada y consiguiente felación parece un acto absolutamente inevitable, es cuando un rapidísimo zoom nos revela la esperadísima llegada de Lewis y su inseparable arco al lugar de los hechos. Un Lewis que apunta durante unos interminables segundos hacia los dos abyectos hillbillies hasta que su flecha parte y da en el blanco atravesando el putrefacto corazón del violador de las montañas. Un plano —el de Ed apuntando con su arco— que constituye, sin lugar a dudas, una de las imágenes más icónicas de esta peli. Inmediatamente, Ed le arrebata el rifle al hillbilly desdentado y éste huye a la carrera desapareciendo en las profundidades del bosque. Drew, que obviamente ha llegado con Lewis, intenta perseguirlo sin éxito. 





Drew: “¡Será mejor que corras, hijo de la gran puta!”

Drew: “¿Podemos hacer algo por él?”



Lewis: “No. Ya no hay nada que hacer”

Ed: “Pensaba que iban a matarnos”

Lewis: “Lo habrían hecho”

La muerte del violador, pues, pone punto y final a esta impactante escena. Una escena que muestra la faceta más perversa y salvaje del ser humano y que constata —en definitiva— que ante una situación límite nuestro instinto de supervivencia es capaz de saltarse cualquier tipo de principio cívico, ético o moral. Pero lo dicho: más allá de todo el debate filosófico, sociológico o incluso antropológico que la peli en su conjunto pueda generar, lo que me parece absolutamente impactante y transgresor es que John Boorman y James Dickey (guionista y autor de la novela en la que se basa “Defensa”) se atrevieran a mostrar una situación tan infame y espeluznante en un film destinado al gran público. En un film que obtuvo varias nominaciones a los Oscars y Globos de Oro de 1973 y que, por si fuera poco, se convirtió en el quinto film más taquillero de 1972 en Estados Unidos.



No quisiera dar por finalizado este spoiler, sin embargo, obviando algunos detalles que estimo sumamente interesantes y que, a mi juicio, merecen ser comentados. El primero de ellos sería la música. Teóricamente la escena de hoy no goza de ningún acompañamiento musical. Ni diegético ni extradiegético. De hecho, lo único que podemos escuchar en ella al margen de las voces de los personajes son los típicos ruidos del bosque; ya se sabe: graznidos de aves y demás. Ruidos que, por cierto, le otorgan a la escena un cariz más realista y —por consiguiente— más verosímil y aterrador. Aún así, la secuencia que hoy analizamos sí que empieza con música. Aunque sea por breves instantes. Concretamente lo hace con el célebre “Dueling Banjos”, una versión del tema homónimo obra de Arthur Guitar Boggie Smith que Eric Weissberg arregló para esta peli y que —al margen de la famosa escena en la que Ronny Cox y Billy Redden van contestándose con sus respectivos instrumentos— también aparece en otras secuencias. En ésta, por ejemplo, lo podemos escuchar muy al principio, cuando Ed y Bobby se acercan con la canoa a la orilla y desembarcan. Un momento que convierte un apasionante fin de semana en plena naturaleza en una auténtica pesadilla y que se materializa —entre otras cosas— a partir de este corte musical.

Otro apartado digno de mención es, sin lugar a dudas, la extraordinaria fotografía de Vilmos Zsigmond (“Encuentros en la tercera fase”, “El cazador”). Y es que muy pocos directores de fotografía fueron capaces de lograr atmósferas tan fascinantes como siempre lo hizo el húngaro; según la asociación Cinematographers Guild, uno de los 10 mejores profesionales del mundo en su especialidad. 

En lo que a interpretaciones se refiere, muy bien los seis. Fundamentalmente, porque cada uno de ellos clava su papel a la perfección y dejan bien clara y meridiana la psicología de sus respectivos personajes. Y es que —aunque sus roles puedan parecer, según como, algo estereotipados— de lo que se trata, al fin y al cabo, es de que resulten convincentes. Y todos ellos, en “Defensa”, me lo parecen.

Y ya por último señalar, tan sólo, que muy probablemente Quentin Tarantino podría haberse inspirado en la violación de Bobby para la escena de la sodomización de Marsellus Wallace (Ving Rhames) por parte de Zed (Peter Greene), el policía, en “Pulp Fiction”. No me consta haberlo leído en ningún sitio pero supongo que el guiño o el homenaje son clarísimos ¿no?



divendres, 25 de novembre del 2016

“CAN’T TAKE MY EYES OFF YOU” (El cazador, 1978. Michael Cimino)


El cazador (The deer hunter)

Estados Unidos, 1978

Director: Michael Cimino

Guión: Michael Cimino, Deric Washburn, Louis Garfinkle y Quinn K. Redeker

Fotografía: Vilmos Zsigmond

Música: Stanley Myers

Intérpretes:

Robert De Niro (Michael)
John Savage (Steven)
Christopher Walken (Nick)
John Cazale (Stan)
Meryl Streep (Linda)
Chuck Aspegren (Axel)
George Dzundza (John)
Rutanya Alda (Angela)
Shirley Stoler (Steven’s mother)
Mady Kaplan (Axel’s girl)

SINOPSIS: Pennsylvania, 1968. Michael, Steven y Nick, tres obreros rusoamericanos que trabajan en una planta siderúrgica en Clairton, son destinados a Vietnam. Poco antes de partir, Steven se casa con Angela y Nick se promete con Linda. Asimismo, Michael y Nick —junto a StanAxel y John— deciden organizar una última expedición de caza a las montañas (su gran afición común) antes de ser llamados a filas. En Vietnam, sin embargo, serán capturados por el Vietcong y vivirán experiencias sumamente traumáticas. Las heridas físicas y psicológicas que habrán de soportar los marcarán en un regreso a casa que no será nada fácil.



Dicen que la verdadera amistad se demuestra en los momentos difíciles. Cuando necesitas un hombro en el que llorar, un buen consejo o que directamente te echen una mano. Pero yo soy de los que prefiere asociar la amistad (sea más o menos verdadera) a los buenos momentos. Al buen rollo, a las risas, a la felicidad. Y eso es, precisamente, lo que refleja y transmite —a mi juicio— la escena de hoy. Posiblemente, el mejor elogio a la amistad jamás visto en una gran pantalla.



Las razones concretas, sin embargo, no las tengo demasiado claras. La escena en sí no es ningún prodigio audiovisual. Y no hay nada, además, que apele directamente a la emoción o a los sentimientos. Precisamente por ello yo diría que su gran virtud radica en la sencillez, en la naturalidad, en la espontaneidad. En todo ello y en la cotidianeidad, por supuesto. Porque eso mismo es lo que hace que esta escena parezca creíble, próxima, entrañable, improvisada y empática.

Y si no… ¿Quién de nosotros no ha vivido nunca una experiencia similar? ¿Quién de nosotros no se ha tomado nunca algunas cervezas de más en un bar con los amigos y no se ha dejado llevar por las risas y la música? Nadie ¿Verdad? Bueno, quizás exagere. Quizás haya quién jamás haya vivido nada parecido y quizás piense que esta escena no tiene ni puñetera gracia. Pero ya se sabe… Para gustos, colores. Y mi spoiler va dirigido, sobre todo, a los que amáis “El cazador”. La que para mi es la mejor película —muy seguida de “Las puertas del cielo”, eso sí— del malogrado Michael Cimino. Una película que obtuvo cinco Oscars en el año 1979 (película, director, Christopher Walken como actor de reparto, montaje y sonido) y que, pese a su título y a su parcial entramado bélico, no deja de ser —fundamentalmente— una gran peli sobre la amistad.



Precisamente por eso he decidido escoger esta escena. Porque aunque “El cazador” es una peli que tiene escenas memorables a mansalva, ésta es la que —a mi juicio— refleja mejor el feeling y la camaradería de este grupo de amigos.

Permitidme, sin embargo, que antes de empezar a destripar la escena en cuestión especifique en qué momento se produce. Recordemos, por lo tanto, que Michael (Robert De Niro), Steven (John Savage), Nick (Christopher Walken), Stan (John Cazale), Axel (Chuck Aspegren) y John (George Dzundza) forman un grupo de amigos con una afición común: la caza. Y que tres de ellos (Michael, Steven y Nick) han sido llamados a filas en breve para partir hacia Vietnam; circunstancia que los empuja a tomar ciertas decisiones (casarse en el caso de Steven; comprometerse, en el de Nick) y a celebrar esa despedida temporal de la vida civil cazando y yéndose de copas al bar de John.



Así pues, la escena empieza con ese grupo de amigos al que aludíamos (Michael, Steven, Nick, Stan y Axel) en el bar de John. Stan y Steven están sentados en la barra tomando unas cervezas mientras que Michael, Nick, Axel y John hacen lo propio jugando, además, una partida de billar. De fondo, obviamente, suena “Can’t take my eyes off you”, de Frankie Valli & the four seasons, una canción que fue todo un hit en la época que se desarrolla la acción (1968) y que posteriormente se convirtió en todo un clásico versionado hasta la saciedad. Entre otros, por Frank Sinatra, Diana Ross & The Supremes, Tom Jones, Gloria Gaynor, Matt Monro, Pet Shop Boys, Lauryn Hill o Muse.



Al ritmo de su pegadiza melodía, pues, vemos como Nick se contonea acompañado por su palo de billar mientras espera su turno y Michael mete su bola en la tronera con un gesto chulesco. Paralelamente, en la barra, Stan parece estar limpiando algo con su pañuelo.



Nick: “¡Eeh, estupendo! ¡Pero te haré pasar por el tubo!”



El siguiente plano me encanta. De vuelta a la barra donde se encuentran Stan y Steven, la cámara nos muestra como el primero de ellos se levanta lentamente del taburete mientras entona, con mirada melancólica y voz entre afectada y aflautada, ese mítico I want to hold you so much que está cantando en ese momento por la radio Frankie Valli. Permitidme, pues, que haga en este momento un pequeño inciso en la descripción de la escena para elogiar a John Cazale, un grandísimo actor de reparto que ya estaba gravemente enfermo de cáncer durante el rodaje de la peli y que, aunque pudo finalizarla por los pelos, ni tan sólo pudo llegar a verla estrenada. Debido a ello Cimino decidió rodar primero todas sus escenas juntas y debido a ello, también, De Niro asumió pagar el hipotético coste de volver a rodar las escenas de Cazale con otro actor en caso de muerte prematura. Como dato anecdótico, añadir tan sólo que todas las pelis que interpretó Cazale en su corta pero intensísima carrera cinematográfica (“El Padrino” I y II, “La conversación”, “Tarde de perros” y “El cazador”) fueron candidatas al Oscar a mejor película. Un récord, por cierto, aún no superado.



Pero volvamos a la escena. Michael mete la siguiente bola y Nick le paga su particular apuesta personal.

Michael: “¿Has visto?”

Nick: “¿Y a mi cuando me toca?”

Momento, precisamente, durante el cual John se dispone a jugar.

Axel: “Eso no es lo tuyo, John. Tu a limpiar mesas”

Mientras tanto, Stan y Steven siguen tomando cervezas en la barra.

Steven: “Fíjate. Otra… ¡y como si nada!”

Instantáneamente, Stan le aparta la copa a Steven.



Stan: “Hoy no debes empinar demasiado el codo, compañero”

A continuación volvemos a la mesa de billar. El turno es para Nick.

Axel: “Ahora a ver como te portas”

Michael: “¡Vamos!”

Nick: “¡Ya voy, amigos míos!”



Nick juega, Michael aplaude irónicamente y a continuación juega Axel. Mientras tanto, la canción se ha situado ya en el umbral previo al clímax del estribillo. En el pa-ra, pa-ra, pa, pa-ra-pa..., vaya. Y así, mientras vamos viendo varias tomas de la mesa de billar, de la barra y hasta un plano general semipicado del bar, llegamos por fin al clímax de la escena y del estribillo. O lo que es lo mismo: al éxtasis. A la catarsis colectiva que conlleva ese famosísimo I love you, baby cantado al unísono (y pertinentemente desafinado, claro está) por gentileza de Nick, Stan, Steven, Axel y John. Un momentazo de efervescencia etílica que me sigue poniendo la piel de gallina cada vez que lo veo y que sintetiza —a mi juicio— la felicidad total y absoluta. La felicidad más pura, inocente y verdadera que os podáis imaginar. Esa felicidad que reside en las pequeñas cosas y que en este momento se convierte, además, en una especie de válvula de escape ante unos acontecimientos futuros nada halagüeños. Como contrapunto, sin embargo, tenemos al serio y circunspecto Michael algo más alejado del grupo. Jugando al billar mientras los demás beben y cantan al alimón. Observándolos desde cierta distancia con una mirada cariñosa, protectora, paternalista. En un momento dado —no obstante— hasta sonríe tímidamente. En concreto, cuando John agarra a Steven de la cabeza y lo besa toscamente en la mejilla. Recordemos que Steven se casa esa misma noche y que esta inolvidable velada en el bar viene a ser algo así como su despedida de soltero particular.   



Axel: “¡Marica!”

John: “¡Calla, envidioso!”



Lamentablemente, todo lo bueno tiene un final. Y ese final (o anticlímax) se produce cuando vemos llegar por la calle a la madre de Steven (Shirley Stoler). Un plano que nos permite ver, de paso, la situación del bar de John en un suburbio industrial de Pennsylvania. Y un plano, además, que nos recuerda dos cosas: que es de día mientras todo esto sucede y que este grupo de amigos medio borrachos son obreros que acaban de salir de trabajar de un turno de noche. Gente humilde. Hijos de la inmigración para más señas. Y que su progresión social y económica en el país de las grandes oportunidades se ha visto injustamente truncada por una guerra. La de Vietnam. Una guerra que, por si fuera poco, convirtió a jóvenes como los de esta peli en una auténtica generación infausta. En una generación maldita. En una generación —en definitiva— perdida.



Madre de Steven: “¡Sinvergüenza!”

Nick: “Me parece que vienen por ti, amigo”

Steven: “¡Déjame!”



La entrada de la madre de Steven llevándose a su hijo a empujones revela, asimismo, otro detalle importante. Aunque Stan y John son cuarentones y los demás no tienen pinta, precisamente, de tener veintipocos lo que da a entender en todo caso esta escena es que estamos ante una pandilla de niños traviesos. Y quizás eso mismo es lo que otorga a esta secuencia esa pátina tan entrañable, cariñosa y encantadora. Casi naïf diría yo. Vamos, eso es al menos lo que yo percibo y siento cada vez que veo a la madre de Steven regañando a su hijo mientras Stan, Nick, Axel y John se despiden de él con ese mítico I want to hold you so much segundos antes de que Stan se caiga al suelo embriagado de risas, amistad y vida.




No me gustaría finalizar este spoiler, no obstante, sin destacar la gran fotografía de Vilmos Zsigmond y sin hacer hacer hincapié —una vez más— en la gran trascendencia que tiene el “Can’t take my eyes off you” de Frankie Valli en esta escena. Una canción (diegética, por supuesto) que no se limita a acompañar o enriquecer lo que vemos en pantalla sino que va más allá, dirigiendo y vertebrando la escena hasta el punto que los propios actores siguen una especie de coreografía (muy sui generis, eso sí) total y absolutamente sincronizada con la canción. Quizás por eso mismo cada vez que escucho el “Can’t take my eyes off you” no puedo evitar pensar en esta escena. Y quizás también por eso (a pesar de su exceso de azúcar) esta canción es y seguirá siendo —sin lugar a dudas— una de las canciones de mi vida. He aquí su letra:  



You're just too good to be true
Can't take my eyes off of you
You'd be like heaven to touch
I want to hold you so much
At long last love has arrived
And I thank God I'm alive
You're just too good to be true
Can't take my eyes off of you

Pardon the way that I stare
There's nothing else to compare
The sight of you leaves me weak
There are no words left to speak
But if you feel like I feel
Please let me know that it's real
You're just too good to be true
Can't take my eyes off of you

I love you, baby, and if it's quite all right
I need you, baby, to warm the lonely nights
I love you, baby; trust in me when I say
Oh, pretty baby, don't bring me down I pray
Oh, pretty baby, now that I found you, stay
And let me love you, baby, let me love you

You're just too good to be true
Can't take my eyes off of you
You'd be like heaven to touch
I want to hold you so much
At long last love has arrived
And I thank God I'm alive
You're just too good to be true
Can't take my eyes off of you







dilluns, 21 de novembre del 2016

“¿POR QUÉ NO SE ABROCHA LOS PANTALONES Y SE VA A DORMIR?” (El pistolero, 1950. Henry King)


El pistolero (The gunfighter)

Estados Unidos, 1950

Director: Henry King

Guión: William Bowers y William Sellers. Basado en una obra de William Bowers y André de Toth

Fotografía: Arthur C. Miller

Música: Alfred Newman

Intérpretes:

Gregory Peck (Jimmy Ringo)
Helen Westcott (Peggy Walsh)
Millard Mitchell (Marshall Mark Strett)
Jean Parker (Molly)
Karl Malden (Mac)
Skip Homeier (Hunt Bromley)
Anthony Ross (Charlie Norris)
Verna Felton (Mrs. Pennyfeather)
Ellen Corby (Mrs. Devlin)
Richard Jaeckel (Eddie)
James Millican (Pete)
Harry Shannon (Chuck)

SINOPSIS: Nuevo México, 1880-1890. Jimmy Ringo es un famoso pistolero que, cansado de luchar contra su propia leyenda, desea dejar las armas y establecerse como granjero con su mujer y su hijo, a los que no ve desde hace ocho años. Perseguido por tres hombres que quieren vengar la muerte de su hermano, Ringo habrá de enfrentarse también a la animadversión y a la intolerancia de una sociedad que querrá verlo muerto a toda costa. Mark Strett, sheriff de Cayenne y antiguo compañero de fechorías, será su único apoyo.



Posiblemente la típica escena de un forastero que entra de repente en un bar y se siente algo incómodo ante las miradas matadoras de los parroquianos que lo concurren sea —para qué nos vamos a engañar— una situación bastante socorrida y recurrente en el universo del western. Sobre todo si, a continuación, algún fanfarrón se levanta de su asiento, se acerca a la barra y le busca las cosquillas a nuestro prota con alguna bravuconada más o menos chapucera para divertir al respetable. Pero si son así de socorridas y recurrentes este tipo de escenas es porque, indudablemente, funcionan. Y cuando algo funciona en el universo del western se convierte en norma. En ley. En código. Así pues, permitidme que en esta ocasión aborde una situación de esta índole. Una situación que se produce inmediatamente después de los títulos de crédito de “El pistolero” y que —si bien no es ni por asomo la primera en la historia del género— sí se convierte, a mi juicio, en un auténtico modelo a seguir para cientos de westerns posteriores a éste.

Permitidme también, ya de paso, que reivindique a través de este magnífico paradigma de western psicológico la obra global de Henry King. Básicamente porque, pese a su enorme calidad, King siempre fue un cineasta infravalorado. Un cineasta que, bajo la etiqueta de artesano, nunca se le consideró como realmente se merecía. Posiblemente debido a su gran prodigalidad: casi cien pelis de casi todos los géneros en más de cuatro décadas de trayectoria artística. O quizás también debido a su impoluta fidelidad a la 20th. Century Fox, la productora para la que trabajó casi toda su vida. Pero eso no debería mancillar, en absoluto, una carrera cinematográfica con peliculones como “Tierra de audaces” (1939), “Almas en la hoguera” (1949), “Las nieves del Kilimanjaro” (1952) o “El vengador sin piedad” (1958), por poner algunos ejemplos más allá de la peli que hoy nos ocupa.

Pero bueno, volvamos a “El pistolero”. Un sobrio y opresivo western que juega muy hábilmente con elementos dramáticos y de thriller y que concede, sin lugar a dudas, un gran protagonismo a los diálogos. Algo que ya podemos constatar, indudablemente, en la secuencia que os voy a destripar. Una escena precedida tan sólo por los títulos de crédito iniciales en los que previamente ya hemos visto a un hombre cabalgando a través de diferentes paisajes del oeste y que —gracias al típico cartel explicativo— nos sitúa en el siguiente contexto espaciotemporal: En la década de 1880, al sudoeste del país, la diferencia entre la vida y la muerte solía decidirla una milésima de segundo. Esa velocidad convirtió en leyendas a Wyatt Earp, Billy el Niño y Wild Bill Hickok. Pero el pistolero más rápido de la historia fue, según muchos, un texano alto y enjuto llamado Ringo.



Y ese alto y enjuto pistolero es el que, precisamente, llega ya de noche cerrada al saloon de una pequeña ciudad entre Santa Fe y Cayenne. Un Jimmy Ringo (Gregory Peck) que desmonta de su caballo, lo ata al poste y entra en el local. No sin antes, por cierto, saludar a un viejo conocido.

Viejo: “Hola, Jimmy”

Ringo: “Hola, viejo”

Ringo entra al saloon con decisión; sin prisa, pero sin pausa. Como no podía ser de otro modo, el pistolero cruza el local y se detiene en la barra. El movimiento de la cámara siguiendo a Ringo y acercándose a él es —sin lugar a dudas— tan medido y elegante como el propio andar de Peck. De fondo, por otro lado, se oye la melodía (diegética) que toca el pianista que se halla al otro extremo de la barra.



Ringo: “Dame algo de beber”

Chuck, el barman (Harry Shannon): “¡Claro!”

Ringo: “Dame algo de beber ¿quieres?”

Chuck: “¡Con mucho gusto, Jimmy!”

En este momento, un vaquero barbudo que estaba en un extremo de la barra al llegar Ringo se dirige a una mesa donde hay cinco hombres bebiendo y les informa de la identidad del forastero.



Vaquero 1: “¿Sabéis quién es ése?”

Eddie (Richard Jaeckel): “¿Quién?”

Vaquero 1: “Jimmy Ringo”

Eddie: “¡Vaya! ¿Y qué hay con ése?”



El siguiente plano nos muestra a Chuck y a Ringo conversando en la barra. Ringo sostiene un vaso de whisky con la mano derecha.



Chuck: “Celebro verle de nuevo, Jim”

Ringo: “Gracias”

Chuck: “¿Recuerda la taberna de Buckhorn en El Paso?”

Ringo: “Sí ¿trabajaste allí?”

Chuck: “Hace cinco años”



A continuación, la cámara abandona la barra y se centra en la mesa donde se hallan los cinco hombres. Uno de ellos, Pete (James Millican), acrecenta la leyenda de Jimmy Ringo comentándoles a sus compañeros a cuántos hombres ha matado Ringo y lo valiente y rápido que es. Uno de ellos (Eddie), sin embargo, duda de todas esas historias y decide vacilarle a Ringo a pesar de las serias advertencias de Pete. El diálogo es sumamente explícito.   

Eddie: “Yo no le creo tan valiente”

Pete: “Pues lo cierto es que se han producido una serie de muertes repentinas a su alrededor”

Vaquero 2: “¿Cuántas?”

Pete: “Diez, doce, quince… Depende de quién lo cuente”

Vaquero 3: “No puede ser tan rápido como Wyatt Earp”

Pete: “En Dodge City y por ahí dicen que lo es”

Eddie: “Tiene dos manos como los demás”

Pete: “Sí, el mismo número que todos, pero… Espera un momento, Eddie. No estarás pensando hacer ninguna tontería…”

Eddie: “¿Tan bravucón es que no se le puede ni hablar?”

Pete: “No es cosa de broma, muchacho. Ese es un hombre de una pieza”

Eddie: “Solo quiero ver si a un hombre tan valiente como dices le responden los puños ¿Hay algo de malo en ello?”

Pete: “Lo que te digo es que yo en tu lugar no lo haría”

Sin hacerle caso a Pete, pues, Eddie se levanta de la mesa, se dirige a la barra y empieza a provocar verbalmente a Ringo. Las advertencias de Chuck, el barman, tampoco sirven de mucho. Dos vaqueros que se hallan al otro extremo de la barra, más allá de donde se encuentra Ringo, deciden marcharse. Sin lugar a dudas, se huelen lo peor. Unos segundos más tarde, otros dos o tres vaqueros sentados cerca de la barra también deciden buscar un sitio más seguro y se van.



Eddie: “¡Eh, Chuck! ¿Puedes atender un momento aquí? Digo, si el Señor Culo Sucio o como se llame no lo prohíbe…”

Chuck: “¿Sabes quién es?”

Eddie: “Quieres decir el Señor Culo Sucio”

Chuck: “Es Jimmy Ringo”

Eddie: “Bueno, pues a mi me parecía el Señor Culo Sucio”

Chuck: “¡Siempre está de broma!”

Eddie: “¿Quiere beber algo Señor Culo Sucio?”

Ringo: “No, gracias”

Eddie: “¿Cómo es eso Señor Culo Sucio?”

Chuck: “¡Eddie, por favor!”

Eddie: “¡Por favor, qué! Yo invito a este hombre a beber conmigo… ¿Qué mal hay en ello? ¿Qué dice usted Señor Culo Sucio?”

Ringo: “Conforme, amigo”

Eddie: “¡Sabía yo que el Señor Culo Sucio no me lo despreciaría!”

Chuck: “¡No te das cuenta, Eddie! ¡Este es Jimmy Ringo!”



Eddie: “Está bien, este es Jimmy Ringo… Bueno ¿Y qué tenemos que hacer después? ¿Arrodillarnos?”

Chuck: “¡Ser un poco más correcto, digo yo!”

Eddie: “Señor Ringo. Chuck cree que debemos guardarle consideración por haber venido aquí ¿Es cierto eso?”

Ringo: “No”

Hasta este momento de la conversación el plano es el mismo: Chuck a la izquierda de la imagen (y al otro lado de la barra), Eddie a la derecha y Ringo en el centro más al fondo. Se trata, pues, de un plano que juega con la profundidad de la barra del bar como punto de fuga y cuya composición me parece absolutamente irreprochable. De todas maneras, el propio devenir de la conversación ya nos va preparando para un clímax, para un punto de inflexión inminente. Un punto de inflexión que incluso nos lo señala el cese de la música ambiental diegética (la del piano del saloon, vaya). Y es que, aunque seas un tipo tan calmoso y cerebral como Ringo, soportar estoicamente que un mequetrefe de tres al cuarto te llame hasta siete veces “culo sucio” no debe ser, precisamente, moco de pavo. De ahí los cambios de plano en este contexto (cada vez más próximos al medio y al primer plano) y de ahí, también, la tremenda frase que encabeza este spoiler (“¿Por qué no se abrocha los pantalones y se va a dormir?”). Una frase que desencadena un duelo tan fugaz como inevitable.

Aún así, Ringo intentará evitar el duelo a toda costa. Y lo hará (o intentará hacerlo, vaya) por dos poderosas razones. En primer lugar porque (aunque como espectadores aún no lo sepamos) Ringo es un pistolero que quiere dejar las armas. Que está cansado de matar. Que lo único que quiere es iniciar una nueva vida de granjero junto a su mujer y su hijo y redimirse definitivamente de un oscuro y turbulento pasado. Y en segundo lugar porque Ringo sabe perfectamente que Eddie no tiene ninguna opción enfrentándose a él. Que si lo hace va a morir. Irremediablemente. Precisamente por eso intenta relajar a Eddie invitándolo a un trago y precisamente por eso casi suplica al respetable que se lleven al joven majadero antes que se vea obligado a descerrajarle un tiro.



Eddie: “¿Qué dice Señor Ringo? ¡Tendrá que hablar alto si quiere que le oiga!”



Ringo: “¿Por qué no se abrocha los pantalones y se va a dormir?”

Eddie: “¿Quiere usted probar a llevarme, Señor Ringo?”

Ringo: “Escuche, amigo. Yo no he venido aquí a molestar a nadie ¿Por qué no me deja que salga del mismo modo?”

Eddie: “¡Quiero saber primero lo que pretendía decir con sus palabras!”

Ringo: “Escuche, usted. Acaba de invitarme. Ahora le invito yo y estamos en paz ¿Qué le parece? Invítale de mi parte”

Eddie: “¡No se trata de eso! ¡Quiero saber primero lo que pretendía decir con sus palabras!”

Chuck: “¡Escucha, Eddie!”

Eddie: “¡No hablo contigo! ¡Hablo con el Señor Ringo! ¡Quiero saber qué pretendió decir con sus palabras!”



Ringo: “¿Por qué he de tropezarme con un fanfarrón como usted por dondequiera que voy hace días? ¿Qué es lo que pretende? ¿Jactarse ante sus amigos?”

Eddie: “¿Está dispuesto a explicar lo que dijo o no?”

Ringo: “¿A qué viene esto? ¿Ninguno de ustedes está encargado de este asno?”



Eddie: “¡Se lo digo en serio, Señor Ringo!”

Pete: “Eddie no lo dice con mala intención, Señor Ringo”

Ringo: “¡Entonces que Eddie no meta la nariz en mis asuntos si no quiere perderla de un guantazo!”



Tras esta frase es cuando Eddie desenfunda. Pero antes de que llegue a disparar siquiera le alcanza, obviamente, el disparo de Ringo. Un hombre mucho más rápido y experimentado. De hecho —como mandaba el Código Hays en aquellos entonces— ni tan sólo vemos disparar a Ringo. Tan sólo vemos a Eddie caer al suelo y, en el siguiente plano, a Ringo con el revólver aún humeante en la mano izquierda y el vaso de whisky en la derecha. Una estampa que deja meridianamente clara la sangre fría y la rapidez de un pistolero profesional como Ringo.  



Ringo: “¿Lo viste tú?”

Chuck: “Sí, señor. Él sacó primero”

Ringo: “¿Y usted?”

Vaquero 3: “Sí, yo lo vi”

Pete: “Sí, señor. Yo también. Sin embargo yo en su lugar saldría enseguida de esta ciudad”

Ringo: “¿Por qué?”

Pete: “Porque tiene tres hermanos que no preguntarán quién sacó primero”



Ringo: “Está bien. Que nadie se mueva de donde está”

Una gran escena, en definitiva, cuyos elementos cinematográficos —todos— funcionan con la precisión de un reloj suizo. Me estoy refiriendo a los encuadres, a los movimientos de la cámara, a los diálogos, a las interpretaciones, al pulso narrativo… Pero si hay algo que me gustaría destacar de “El pistolero” a nivel técnico es la espléndida fotografía en blanco y negro de Arthur C. Miller, un profesional que obtuvo tres Oscars —ni más ni menos— a lo largo de su carrera y que siempre lo podremos recordar, entre otros, por peliculones como “¡Qué verde era mi valle!” (1941), de John Ford, “Incidente en Ox-Bow” (1943), de William A. Wellman o “Náufragos” (1944), de Alfred Hitchcock.